Hay una larga estirpe de “relatos de colegio”. Decía Borges que su educación se interrumpió cuando comenzó a asistir a la escuela, y en buena medida es cierto que los procesos educativos pretenden muchas veces más “socializar” al individuo, esto es, domesticarlo y castrarlo, que realmente formarlo. El relato de Paz Monserrat Revillo viene a unirse a esta larga serie.

 

Este es el relato de una experiencia que jamás debió ser vivida. Una de tantas. La primera, para nuestro protagonista. Lamentablemente ocurrió. Ojalá pudiéramos volver atrás en el tiempo. Y proceder con rigor. Atarle una rueda de molino alrededor del cuello al causante del  escándalo y a continuación tirarlo al fondo del mar, tal como recomienda de forma contundente el mismísimo Jesús de Nazaret.

Pero como eso no es posible, voy a dejar constancia de los hechos para conocimiento de inocentes y escarnio de culpables o cómplices. Advierto ya desde ahora que las palabras no van a alcanzar como instrumento para expresar lo que pasó. Para compensar esta deficiencia, engañaremos al cerebro con simulacros de imágenes, dando al texto un formato de Súper 8: dieciocho fotogramas por segundo,  lo máximo que es posible asimilar en este asunto.

Para la primera escena situaremos una hipotética cámara en el techo. Un plano en picado que muestre una perspectiva oblicua del largo pasillo de un colegio a finales de los años sesenta.  Un colegio solo de chicos. Frailes al frente de su formación: los Hermanos.  A  la derecha una ristra de ventanas. A la izquierda, uniformemente repartidas a lo largo del corredor,  las puertas de las aulas como rutilantes  fauces cerradas.

Un niño se acerca por el fondo. Ha entrado un poco tarde. Parece que va contento hacia la clase. Da pequeños saltitos mientras balancea su cartera.  De hecho, al acercarse a la cámara se le oye cantar.  Es muy pequeño, tendrá unos cuatro o cinco años. Son los primeros días del curso. De su actitud se deduce que  se trata de un crío muy salado, espontáneo y alegre. Viste con camiseta de tirantes bajo la camisa de franela, jersey de pico azul, zapatos con calcetines gruesos y pantalón corto confeccionado con una mezclilla que pica al contacto con la piel.

 

Lo anterior no ha sido más que un flashback. Ahora nos situamos en el futuro. O en el presente, según se mire. Y en este extraño lugar es él mismo, cincuenta años después, quien nos habla. Sigue teniendo un aire de niño travieso. Su mirada desprende un brillo entre canalla y bondadoso, que no le han podido arrebatar. Por otro lado, hay algo en su personalidad que sí parece definitivamente roto. Él lo asocia a esa primera experiencia a la que siguieron muchas más, a cuál más atroz. Pero reconoce que semejante  iniciación  le hizo añicos su alma para siempre.

Y continua explicando sus vivencias con una actitud muy lejana a la autocompasión, a medio camino entre el espanto y la burla. No puede parar de hablar. A veces se levanta y escenifica las situaciones. Suelta tacos, se ríe, insulta a los frailes para luego hacer una reflexión sobre los orígenes siniestros de aquella gente y la oscuridad de la época.

 

Pero sigamos al niño en su camino hacia el aula. En la entrada se ha cruzado con el director de la EGB, el hermano Pablo, uno de los educadores que se preocupa por ellos y se ha ganado el respeto y el cariño de los alumnos invitando  de vez en cuando a los mayores a un sorbito de vino de misa.  Imaginemos que le ha revuelto el cabello en un gesto cómplice  y le ha espetado para que fuera rápido hacia la clase. Todo está bien. El chico todavía no sabe que el pasillo no es un espacio para experimentar en soledad. El pasillo es un territorio colectivo,  uno debe  transitarlo camuflándose dentro de la bandada.  Superar los rellanos y los desembarcos de la escalera es vital para evitar deformaciones en los límites de esa masa protectora que es el grupo. La coreografía es un arte imprescindible para atravesar los pasillos.  La individualidad se recupera en el pupitre. Pero él todavía no lo sabe.

Unos pasos más adelante, sin advertir su aparición, se topa con una sotana terminada en dos zapatos patizambos que huelen a pescado podrido. Con el tiempo se convertirá en un especialista en hedores y distinguirá perfectamente el olor a sudor, a pies, a mal aliento, a alcohol y a semen. Muy frecuentemente se tratará de una mezcla de todos ellos. Hay olores que no sólo se huelen sino que se perciben a través de otros sentidos: en las miradas, en los manchurrones en el hábito o en una ligera excoriación en las comisuras de los labios de esos hombres que a veces parecen fieras. En breve registrará en su catálogo un nuevo olor.  Pero en aquel momento lo que huele le evoca una bolsa de basura que se hubiera quedado varios días dentro de una habitación.

El hermano Mofeta, llamémosle así,  le detiene bruscamente y le pregunta que a dónde va tan contento. Él le contesta, confiado: A clase, hermano.

– ¿Has visto al hermano “Fulanito”? -le ladra.

Un plano general corto permite ver la cara del niño e imaginar lo que siente. No sabe de quién le está hablando. No le gusta el tono de la pregunta. Duda. Para ganar tiempo le contesta: ¿A qué hermano?

El sudor que le empieza a cubrir el cogote no tiene tiempo de enfriarse antes de recibir un pescozón en el cuello. Una pequeña onda sísmica le recorre todo el espinazo.

-El hermano Fulanito. ¿Lo has visto en el patio?

-Sí, sí – responde, pensando que mientras vaya a comprobarlo, él se podrá marchar a clase.

Entonces se le adelanta. Le agarra con saña de la oreja y lo arrastra como a un pelele hasta la sala de trofeos. Una habitación forrada con vitrinas llenas de copas, medallas y demás objetos de latón que producen destellos mortecinos tras los cristales. En ese momento la sala está en penumbra, los párpados legañosos de las persianas no permiten que entre la primera claridad del día. Una oscuridad solamente iluminada por seis velones temblorosos que flanquean a un catafalco vestido con un crepé color granate.

Lo lleva a rastras hasta el centro del mausoleo. En el interior hay un hombre cubierto con una sábana hasta el cuello, como si estuviera durmiendo en una cama muy estrecha. Sólo que su cara tiene el color de la cera y la cabeza está vendada sujetando su mandíbula.

-Aquí tienes al hermano Fulanito ruge, con gesto de poseso.

Agarrándole por el brazo lo levanta en volandas y  lo coloca de rodillas en un reclinatorio lleno de roña frente al fraile muerto.

 

 

Plano sobre el hombro: dos tercios de la pantalla ocupadas por la persona que habla, a la derecha. En primer plano  la parte superior de la espalda y el cogote de quien escucha.

Mis ojos no llegaban a la zona donde se apoyan los codos, y el tipo me buscó un alza para que pudiese ver al muerto. Mi cabeza estuvo durante cinco horas imaginando de todo, llamando a mi madre sin que me saliera una sola palabra por la boca, llorando, hipando. Tenía pis. Veía todo como a través de una herida llena de sal. Al principio una especie de cortina de agua distorsionaba la escena. Al cabo de un rato pude enfocar y me obsesioné con los tapones de algodón sanguinolentos de su nariz, con las legañas de pegamento Imedio que cerraban sus párpados, con los moratones de sus mejillas. Las  sombras producidas por las velas a veces le abrían la boca, otras hacían que se levantase. Todavía tengo incrustado en el recuerdo el olor a cloroformo mezclado con un vago hedor de fondo. Olía muy raro, como a fiebre. La lanilla de los pantalones me producía un molesto escozor en los muslos. Tenía mucho calor. Y los trofeos de todos los partidos de futbol ganados reflejaban esa escena conmigo en el centro.  Nunca volví a ese maldito lugar, nunca participé en nada que tuviera que ver con competir para ganar. Me daba miedo y repugnancia cualquier deporte.

Esa mañana, en unas horas, pase de ser una criatura inocente a ser un niño amargado y aterrorizado por la muerte.  Y desde ese momento no he podido dejar de estar alerta. Siempre preparado para la huida, como los antílopes de los documentales.

No, no se lo conté a mis padres porque iría al infierno. Mi padre se fue al otro mundo sin saber nada de esto. Y para mi madre ha sido muy doloroso conocer lo que pasó.

Solo tenía cuatro años, y fue el comienzo de los peores tormentos que se puedan imaginar. Muchos judíos nunca perdonarán al pueblo alemán por su pasividad ante la locura de un demonio que se creyó Dios. Estos pederastas no sólo gozaban con tocar nuestros cuerpos de niños, también martirizaban nuestras mentes en formación hasta dejarnos tarados. ¿Dónde están mis compañeros de aventuras?  ¿Dónde el capitán de madera de la canción? Desde ese momento les odié, nunca les he podido perdonar. Fue el principio.

 

Este es un episodio de la biografía de la infamia. Ocurrió. Afectó a un niño concreto. Le produjo una herida imposible de cicatrizar. La primera. Probablemente la más profunda.

Pero en este relato están de alguna manera todos los demás. Los que han conseguido salir a la luz y los que se han quedado enterrados en lo más profundo del cerebro de las víctimas. En esta herida confluye toda la sangre hacia un río desbordado. No son necesarios más casos, más detalles, para hacernos cargo del horror. En el terror de esta criatura se aglutinan el resto de espantos.  Es el mismo ultraje, que se inflige una y otra vez como una letanía. Una llaga en carne viva, una incisión que ha gangrenado.

No puedo saber qué porcentaje de educadores han mancillando la inocencia de niños que no tenían modo de entender ni de procesar el daño que les provocaban los depredadores. Dicen que muchos. Hablan de un iceberg gigantesco por debajo del nivel del mar. Habría que explorar ese mar metafórico y llegar hasta el fondo, en donde quizás podríamos contar el número de  ruedas de molino atadas a esqueletos que yacen, entre seres albinos y ciegos, en el fondo abisal.

Cualquier abuso de poder es execrable, pero si los abusos proceden de los supuestos representantes de Dios en la tierra, la gravedad es infinita. Imposible rebelarse contra Dios. Mirar directamente al Sol produce ceguera.  Nadie está preparado para constatar que aquellos que tienen que protegerte del mal sean los malos. Me pregunto si en algún momento, quizás ante la inminencia de la muerte, alguno de estos hombres que ha escandalizado a un niño y le ha desguazado la vida, ha sentido el peso de la culpa como quien carga una gran rueda de piedra alrededor de su yugular palpitante. Si se han hecho conscientes por un instante de que ellos, que creían luchar contra el mal, eran el propio Satán.  O tal vez han usado las ruedas de molino solamente para comulgar con ellas, intentando justificar de alguna inimaginable manera su conducta. En cualquier caso esperemos que la  digestión haya sido lenta y muy dolorosa.

 

Tras cinco horas de suplicio, entra en la sala de trofeos por casualidad el hermano Alberto, el cocinero del colegio. Ve la silueta del niño al contraluz de las velas. Piensa  que acaba de entrar y está allí llorando y rezando por la muerte del fraile. Le intenta consolar diciéndole que ya está en el cielo. Él le contesta, hipando, que lleva allí castigado toda la mañana. Y entonces, el cocinero se da cuenta de que la palabra adecuada no es cielo sino infierno.

Lo saca de allí inmediatamente. Pero ya es demasiado tarde.

Fundido a negro.

 

Paz Monserrat Revillo (Tortosa, 1962)  es bióloga de formación y profesora de instituto de profesión. Vive en Molins de Rei ( Barcelona). Ha participado en la redacción de libros de texto de biología y ha escrito a cuatro manos con Jordi de Manuel 100 situacions extraordinàries a l’aula ( Cossetània Edicions, 2014). Como autora de ficciones ha participado en la antología Mar de pirañas, nuevas voces del microrrelato español ( Menoscuarto, 2012). Sus relatos y microrrelatos han sido galardonados en diversos certámenes literarios e incluidos en volúmenes recopilatorios de premios ( La Microbiblioteca, Esta noche te cuento, Acumán , Grupobuho, Ciudad de Getafe, Mujeres viajeras, El laurel, Caja de Ávila, El bosque y yo, …), revistas literarias ( Tales Literary)  y  en blogs y páginas web de ámbito literario ( Axxón, La nave de los locos,  Cuentos para el andén, El jinete insomne, Lectures d’ailleurs, …). A finales del 2015 la editorial Nazarí publicó su primer libro individual de relatos: Hormonautas Está casada, tiene cuatro hijos y dos galgos. Desde enero del 2013 publica en su  blog “Crónicas desenfocadas” http://pazmonserratrevillo.blogspot.com.es/

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La fotografía que ilustra el texto es de Shiv Narayan Joshi “Shivji” su trabajo puede disfrutarse en su página web shivjijoshi.com