Como saben los aficionados a la mejor literatura, en el mundo francófono hay un sustantivo para definir un género específico dentro de la narrativa, se trata del récit. Suele usarse para narraciones no especialmente extensas, que suelen pivotar en torno a un hecho concreto y en las que el narrador se incluye a sí mismo como un modo dar mayor énfasis a los hechos narrados. En analfabeto moderno suele despreciar este tipo de textos porque «se internan en la moda de la autoficción», pero el lector un poco formado sabe bien que no solo se trata de uno de los géneros más trabajados por los autores franceses, sino uno de los que ha moldeado algunos de los textos más interesantes de los producidos por esa literatura en las últimas décadas. No hay lugar para la muerte es el récit y además el más reciente de los libros publicados por Pascal Quignard, que ha tardado apenas cinco meses en ser vertido al castellano por Manuel Arranz para ser publicado en Shangrila, una de esas editoriales imprescindibles pese a lo poco conocidas que son, donde además han tenido el generoso gesto de facilitar el inicio del texto para que podamos compartirlo con los siempre inquietos lectores de penúltiMa. Manuel Arranz ha escrito unas líneas definitorias acerca del texto que se incluyen en la contracubierta de la edición: «No hay lugar para la muerte, There is not room for death, uno de los últimos versos que escribiera Emily Brontë, es quizá su libro más personal, más autobiográfico, más íntimo y secreto. Quignard retoma en este texto composiciones musicales soñadas, variaciones, fugas y melodías, citas explícitas e implícitas, alusiones, sueños y recuerdos apócrifos, ecos de otros libros, propios y ajenos, que se confunden y olvidan, porque leer es, en última instancia, descifrar el mundo, este mundo de lenguas y de libros, donde todo renace, todo vuelve, todo muere, y no hay lugar para la muerte». Y es que, como dijo el propio Quignard: «Soy un lector que un día abrió un libro y que está lejos de haberse apropiado de su lengua».
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Delante de la estación había un comerciante de películas de fotos. Al lado del comerciante de fotos, una vieja cuchillería. Se acercó al escaparate. Saca-anzuelos de pesca. Una colección de minúsculas tijeras de costurera, pequeñas tijeras para cortar las garras, pequeñas tijeras para cortar las uñas, a cuál más bella. Junto a ellas, magníficas navajas con la empuñadura nacarada y la hoja de acero. el expositor era de terciopelo amarillo. Justo al lado de la entrada de la tienda, la puerta del corredor estaba abierta. echó un vistazo al interior. estaba muy oscuro. Abrió la puerta un poco más empujándola suavemente con la mano. La puerta no hizo ruido. Se deslizó en el corredor oscuro. Caminaba sin hacer ruido por el fresco pasillo. fue a parar a una cocina iluminada pero vacía. La puerta de doble hoja estaba entornada. Había luz allí dentro. entró en la estancia. Gritó:
—¿Vive alguien aquí?
Oyó una voz a su espalda que decía:
—Vivir es mucho decir.
Se volvió. Una anciana estaba sentada frente a su secreter. Siguió de espaldas. estaba concentrada escribiendo. firmó y dejó la pluma. A continuación colocó un secante verde sobre la carta que acababa de escribir. Y apoyó la palma de la mano sobre toda la superficie del secante para absorber la tinta. Aparta delicadamente el secante y lo deja encima del escritorio. Vuelve a tapar la pluma, y la guarda en un estrecho estuche lacado en rojo.
Finalmente gira la cabeza en su dirección. Le mira por encima de los cristales de sus gafas. Pregunta:
–¿A quién tengo el honor?
–Señora, ¿no necesita un hijo?
–¡Oh! pues claro. es una maravillosa idea, pero le encuentro algo viejo para ese papel.
–¿Puedo sentarme?
Ella inclina la cabeza.
Él se sienta delante de ella.
–Seamos francos, le dice ella. ¿Qué edad tiene usted?
–Cuarenta y dos años.
–Es verdad que podría ser mi hijo pero no sé por qué me imaginaba a mi hijo con más pelo.
De repente él está de rodillas. Apoya su rostro sobre las rodillas de la anciana, en la tela de su vestido. Olía bien. Olía a levadura. Olía a polvos de arroz. Olía también a masa de pan y a madreselva. ella decía: «¡Ay Dios mío!» Ninguno de los dos hablaba.
Al cabo de tres años ella le sacó de la cama en plena noche.
–Es hora de irse. Voy a morir.
Él partió. Tomó el camino de Nantes pero antes de llegar a Nantes, cuando llegó a la Chapelle-Basse-Mer, se perdió.
En Sèvres había dejado el castillo en el que vivía. Su padre era administrador. Su madre dirigía una escuela internacional que los oficiales del Shape le habían pedido fundar. Había partido sobre el asiento trasero correoso de una Vespa. Tenía la impresión de estar sobre la silla de montar de un caballo. La calle principal de los comercios llevaba al puerto. Cuando había venido seis años antes todo estaba muy sucio. Todo estaba oscuro e incluso en ruinas. Al caer la noche se refugió en un prostíbulo del puerto. La mujer autoritaria que llevaba la caja, al cabo de algunas horas, encontrándole demasiado joven, o demasiado desdichado, llamó a la policía. Se lo llevan en una furgoneta azul, se sienta en el banco de madera. Los gendarmes le llevaron al centro Léo Lagrange en los suburbios de la ciudad, en una ladera de la colina. Dormía en una habitación con cuatro camas junto con algunos aduaneros que venían de las Antillas. el bibliotecario de la ciudad, cuando abrió la puerta al día siguiente, le contrató rápidamente.
La huida no era aconsejable. Huir quiere decir alejarse precipitadamente de la patria, escapar precipitadamente de una muerte muy próxima. es insensato.
La fuga no es aconsejable. Uno piensa en esas piezas de música muy escritas cuya audición es bastante penosa, y en las que los movimientos se reexponen haciéndose contrarios. fastidiosa música cuya única esperanza consiste en volver a la dominante. Yo no quería sobre todo volver a la dominante. Yo no deseaba de ninguna manera volver a exponerme a la angustia. No me había ido para volver un día. No hemos nacido para volver un día.
La mujer que acababa de abrazar era mucho mayor que él. fue en Boulogne. en mitad de la noche abrió la ventana y comprobó si alguien podía verles.
–Puedes bajar.
Él saltó por la ventana, se deslizó completamente desnudo al jardín en la noche. Orinó en el seto. Luego subió de nuevo a la habitación y se metió en la cama. Las velas le rodeaban, los espejos le cernían.
Jacqueline de Romilly quería encontrarlo pero estaba ciega. Había que tomar un ascensor que subía hasta el último piso. el ascensor se abría sobre el salón que se abría sobre el balcón que a su vez daba a la torre Eiffel. Había una bandeja con unas tejas y dos flautas de champán. ella se inclina, su mano tantea en la bandeja, coge el corcho del champán y se lo lleva a la boca. Se da cuenta de su error y lo devuelve rápidamente a la bandeja.
Me levanté.
–Perdóneme. Tengo que dejarle.
Cuando él llega a la gare du Havre, coge un taxi pero, de repente, le pide al chofer que se detenga. Había reconocido lo que estaba viendo.
–Déjeme aquí.
No habría sabido decir el nombre de la calle en que se encontraba pero la reconocía. Paga y sale del coche. el taxi arranca. Detrás del paso reservado al tranvía había dos pequeños portillones de hierro que daban al parque municipal. empuja una de aquellas pequeñas rejas y se dirige hacia el estanque. en realidad ya no era un estanque, era un lago artificial. Había patos y cisnes. Antes no había nada. Ahora había un sauce maravillosamente verde. Se sentó en un banco, bajo el ramaje.
–Es la plaza Saintroch, se dijo.
El banco dedicado a Sartre contemplaba el árbol de la Náusea.
Sobre los guijarros de la playa el banco de Maupassant miraba al mar por encima de las casetas de baño.
Delante del Ayuntamiento el banco que le habían consagrado estaba dedicado al escritor de las ruinas.
El alcalde del Havre le había invitado a comer en un café del puerto.
–Dios mío, dijo al alcalde, no hay que revivir nada.
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Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, 1948) es filósofo, musicólogo, novelista y ensayista. En 1990, fundó el Festival de Ópera y Teatro Barroco de Versailles. Trabajó en la editorial Gallimard desde 1966 hasta 1994. En 2000, recibió el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa por Terraza en Roma; en 2002, el premio Goncourt por Las sombras errantes; y en 2017, el premio de literatura André Gide por Las lágrimas. Su nouvelle Todas las mañanas del mundo fue llevada al cine en 1991 por Alain Corneau, con quien colaboró como guionista. Ha publicado, entre otros títulos, El Salón de Wurtemberg, Georges de La Tour, El sexo y el espanto, Las solidaridades misteriosas y los doce volúmenes de la serie Último reino. Transitó el autismo y eligió el silencio de la literatura como forma de expresión. Tras haber desertado de la lengua oral, desertó voluntariamente de los cargos públicos, y eligió el retiro como forma de estar en el mundo. Con No hay lugar para la muerte Shangrila añade un nuevo título de Pascal Quignard en la colección Swann en la que se incluyen La vida no es una biografía, La respuesta a Lord Chandos, El hombre de tres letras (Último reino XI), Las sombras errantes (Último reino I) y Horas felices (Último reino XII).
La imagen del autor es de Juan Pedro Quiñonero.



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