Abrimos nueva sección en penúltiMa: Publicar. Dedicada a unos actores fundamentales en el hecho literario: los editores. Ahora que las tecnologías digitales sirven de excusa para que los más abstrusos se atrevan a pronosticar el fin de la figura del editor toca recordar que su función es fundamental, ya que son los encargados de publicar (hacer público) un texto. El filtro necesario que suponen viene siendo atacado, precisamente, por los que menos saben del funcionamiento de un libro. Nadie se atrevería a cruzar por un puente diseñado por alguien sin un título de ingeniería o pasar por quirófano poniéndose en manos de un tornero-fresador. Ahora ya no sólo cualquiera puede ser autor, también editor, incluso de sí mismo. Por eso penúltiMa quiere dar voz y espacio a los que habitualmente quedan entre bambalinas: los editores. Y para inaugurar esta sección nadie mejor que Víctor Gomollón: un editor capaz de proponer textos incómodos con los que pocas editoriales se atreven y además ajustar el modo en que estos se presentan al público lector jugando con distintos formatos y presentaciones. Los lectores atentos ya conocen el trabajo de Jekyll and Jill, pero posiblemente no conocían el afilado sentido del humor de su factótum.

 

En uno de los capítulos de la serie de televisión Las Kardashian, Khloé, a propósito del libro que está escribiendo (Strong Looks Better Naked, un libro de consejos de belleza, dietas y ejercicios de mantenimiento salpicado con un puñado de detalles sobre su vida privada) declara a su hermana: «Escribir un libro es lo más asqueroso que he hecho en mi vida». Uno está acostumbrado a escuchar que escribir es algo laborioso, un proceso lento que requiere concentración y mucha voluntad, un oficio diario, rutinario en muchos casos, la mejor forma quizá de comprenderse a uno mismo y a todo lo que nos rodea, la mayor de las artes y –tanto en la escritura ocultista como en la poesía–, el proceso de transcripción en caracteres gráficos del lenguaje de los pájaros, de la lengua verde, pero hasta que no vi a Khloé Kardashian en esa escena de la cocina, nunca había escuchado que escribir era un acto asqueroso, no uno más, sino el acto más asqueroso que se puede practicar en vida.

Confieso que me atrae la definición. Algo hay de innovador y de pura provocación. Luego, Khloé explica: «cada cosa que escribo, la coge el editor y me la cambia, y tengo que volver a leerlo». Comprendemos a Khloé, valoramos a Khloé en su declaración sincera: es una puñeta tener que leer lo ya escrito y, más aún, lo que otros después te han retocado, cuando lo que esperas es que dejen tu texto como está, tal y como brotó, a vuelapluma aonia, en un acto espléndido de escritura automática, casi intermediario, casi médium, entre la Voz profunda y Extracorpórea del Consciente Colectivo Universal y la hoja de papel. Ahora ya sabemos con seguridad que a Khloé le retocan y corrigen los manuscritos como a los demás hijos escritores del vecino. Ligeros cambios, un toque aquí y otro acullá, un verbo que se repite en el mismo párrafo, un sinónimo, unas comas, una subordinada que de tan larga y espesa se le ha ido de madre y que al final el sufrido lector acostumbrado a oraciones de no más de cinco palabras no recuerda si es mejor practicar ese ejercicio gimnástico a primera hora de la mañana, antes del desayuno, o a media mañana, poco antes de la hora del brunch, que es un simpático acrónimo de breakfast y lunch y que significa más o menos desayunar y comer de una sentada; no lo confundan con el almuerzo de aquí en España, que es más bien meterse entre pecho y espalda un plato único copioso y grasiento para matar el gusanillo entre el desayuno y la comida, antesala del almuerzo de media tarde y de la cena, aquella última colación del día que en algunas partes de América llaman comida y que en tantas ocasiones nos confunde.

Volverse adicto a los contenidos de ciertos realities del canal Ten tiene sus recompensas, escasas la mayoría de las veces, pero doy fe de que en ocasiones se pueden hallar diamantes literarios, grandes como cabezas de niño. En uno de los capítulos de la serie The Real Housewives of Beverly Hills, una de las protagonistas millonarias, Brandi Glanville, se encuentra muy contenta porque la editorial le ha entregado las llaves de un deportivo en concepto de adelanto de los derechos de su libro, de próxima aparición (lamento no saber decirles si se refería a Drinking and Dating o a Drinking and Tweeting). Les hablo de un deportivo enorme, no de un cochecito con alerón deportivo pegado sobre el maletero con cinta de doble cara y con aberturas tuneadas en el capó. Me refiero a un deportivo deportivón, al deportivo de los deportivos. Un cochazo deportivo así de grande. Créanme si les digo que un coche deportivo es un buen adelanto por la publicación de un libro. Aquí en España, en el mundo de las pequeñas editoriales, no se da mucho eso de entregar deportivos a los autores. Llámenlo usura editorial, llámenlo quenoestáelhornoparabollos.

Hace cosa de dos años me ofrecieron publicar un libro. Un libro impreso en papel. Quizá no fuera de la manera más ortodoxa, pues recibí la invitación a través de un privado en el chat de mi cuenta personal (y con nombre falso) de Facebook. Intuyo que los editores no habían perdido el tiempo leyendo mi muro para así conocer la textura literaria de mis entradas, que consistían en buena parte en chistes chuscos y en vídeos de gatitos interactuando con otros gatitos, o con cacatúas, o con perros, o con ponis, además de otros cuantos de músicos cayendo del escenario; creo más bien que aquella propuesta formaba parte de una campaña de captación de clientes para su empresa de autoedición (usted lo escribe, nosotros lo imprimimos en digital y le decimos que se lo vamos a colocar en el VIPS, en el Corte Inglés y en otros establecimientos del ramo, previo pago de lo que vale la impresión y de ese piquito más al que llamamos servicios editoriales). Yo les dije que me gustaba mucho la idea, que les agradecía el ofrecimiento y que solo pedía un pequeño adelanto por los derechos de autor y una o dos presentaciones en librerías de fuera de mi ciudad. Es bonito eso de que te ofrezcan publicar un libro así, a la brava, sin razón aparente, sin ser escritor ni nada. Al poco tiempo me preguntan que cuántos títulos había publicado. Les respondo que ninguno, que este sería el primero. Me dicen que no hay editorial en España que pague adelanto y que corra con los gastos de presentación del libro de un autor novel. Y aquí comienza la fiesta. Les pido que me aseguren que ese dato que me ofrecen es real y que está contrastado. Me responden que así es, sin duda. Les digo que me gustaría hacer pública esa charla. Me dicen que si lo hago me denunciarán por publicar una conversación privada. Insisto y les digo que me haría mucha ilusión dar a conocer esa información a otros lectores. Vuelven a amenazarme con que me van a denunciar. Intento convencerlos una vez más y acto seguido me bloquean. Qué tristeza pasar en un mismo día de prometedor autor novel con librote –en ciernes, sí, pero librote al fin–, a don nadie bloqueado. Pocos días después llegó una nueva propuesta de publicación, esta vez al chat privado de la cuenta de la editorial, lo que demostró que no, que no eran muy finos en el proceso de selección de pollos literarios. Volví a la carga con la propuesta de hacer pública la conversación y me bloquearon de nuevo. Sentí un poquito de asco durante unos días, lo que demuestra que no solo escribir puede resultar asqueroso, sino que el asco también se puede experimentar durante el acto de no escribir.

Leo en el fantástico ensayo Cuerpos, las otras vidas del cadáver, de Érica Couto-Ferreira (GasMask Editores, 2017), que la historia nos ha regalado un buen puñado de verdugos escritores. Torturadores y ejecutores de la pena capital que tenían cierto gusto por la escritura. Los unos, más bien por la buena costumbre de tenerlo todo bien apuntado y ordenado; los otros, también, por el gusto de narrar sus ejecuciones con todo lujo de detalles y de dejar constancia a futuras generaciones de lo honroso de su oficio. Me refiero al oficio de verdugo, no al de escribir. Uno se imagina a dos verdugos fuertotes, con muñequeras de cuero grueso, capucha y mallas ajustadas, limpiándose los restos de vísceras y sangre seca mientras mantienen una charla distendida: «Y, oye, ¿cómo va tu libro?», «¿Mi libro? ¿Que cómo va mi libro? ¡Es lo más asqueroso que he hecho en mi vida!».

Víctor Gomollón

Víctor Gomollón (Zaragoza, 1971) Diseñador editorial y editor de Jekyll & Jill.