Uno de los clichés más extendidos en las conversaciones relacionadas con la edición es el best-seller. ¿Existen y pueden por tanto producirse o su aparición es aleatoria y fortuita? Nadie habla ya aquí de la calidad de esos libros, de su necesidad, de todas esas cosas con las que distraemos el verdadero centro de la cuestión: ¿los best selleres se fabrican? Víctor Gomollón, que dirige una editorial de libros exquisitos editados con tal cuidado que bordean lo ruinoso, tercia en el debate con su habitual humor sesgado e iluminador.

 

Les pongo en situación: año mil novecientos setenta y tantos. Verano. Yo pero en versión pequeña en el parque de atracciones situado en lo alto del monte Igueldo de San Sebastián, un parque de atracciones que se inauguró en 1912, que en los años setenta contaba con atracciones viejas que actualmente mudaron en vintage y al que se accede bien en coche o bien en un funicular antiguo de madera en cuyo vagón de subida siempre había sentado un humano que cambiaba de aspecto según el viaje y el año, ora hombre ora mujer, ora mayor ora más joven, que fomentaba una milenaria tradición oculta al grito de «¡A ver si nos vamos a caer!». Bien, ya están situados. Ahí estoy yo en la zona de las garitas, con los pobres y tristes ponis detrás, al fondo la montaña rusa que los creadores del parque bautizaron como suiza, frente a una caseta con un enorme mapa de España pintado en la pared que tenía unos agujeritos en cada capital primorosamente tapados por unas bolitas a las que había que disparar con una escopeta de falsos perdigones para conseguir premio. Ahí me recuerdo disparando a las bolitas de Alicante, Murcia, Albacete y Ciudad Real, no por ninguna inquina especial contra estas ciudades sino porque con mi corta estatura era lo que más a mano me venía según altura y disposición en la mesa de tiro. Ahora quisiera que recordaran la escena inicial de la película Big, cuando el joven Josh Baskin introduce 25 centavos en la ranura de la caseta de consulta al gran mago Zoltar, pide un deseo —«Deseo ser grande»—, y a la mañana siguiente se convierte en Tom Hanks. Volvamos ahora al primer escenario. Me tienen ahora cerca de la caseta de tiro a España y a otra de pescar patitos de plástico en una piscina, frente a una garita pequeña, una especie de cajón decorado con signos astrológicos y, posiblemente, amorosos. Corazones, cupidos, el cangrejo, la báscula, la cabra con cola de pez. Ahora recuerden la cara de Josh frente al autómata del mago Zoltar, ahora imaginen la mía. Justo en este momento estoy frente a esa garita hermética, que parece un dispensador antiguo de latas de refresco muy maravilloso, muy mágico y muy misterioso. En el frontal, una hilera de ranuras verticales; dos ranuras para cada signo del zodíaco, una para mujer y otra para hombre, 24 ranuras. Debo advertirles que ya había utilizado esa máquina en años anteriores y que conocía su funcionamiento: introducías una moneda en la ranura elegida para tu sexo y horóscopo y automáticamente te salía un papelito de color doblado en dos con un sucinto pronóstico de tu vida y la foto de un actor o de una actriz de cine de los años cincuenta-sesenta con los que, se supone, te ibas a casar. Es ahora el momento de que reciban la información de que yo en ese tiempo era muy inocente y muy ñoño, incluso más inocente y más ñoño que ahora. Y bien, me acerqué a la máquina, introduje la moneda en la ranura correspondiente a «acuario» «hombre», tragué saliva como se traga saliva en esos momentos determinantes de la infancia y esperé a que saliera el papelito. Y el papelito, que en veranos anteriores había salido de forma automática, no salía. Así que esperé y esperé, y luego grité buscando consuelo «¡No sale el papelito!», queja que recibió desde el interior de la garita la respuesta «¡¡¡YA VAAAAAAAAA, JODEEER!!!». Claro, uno no se esperaba eso. Uno no se esperaba un exabrupto con voz humana. Uno era inocente, creía en la magia y en las máquinas. Creía en la automatización predigital. Creía en los mecanismos de reloj llenos de ruedecitas dentadas, pistones y manivelas, creía en Willy Wonka, creía incluso en la divina providencia, pero no se imaginaba que dentro de esa garita había un señor sudado o muy sudado con voz cavernosa y cazallera recogiendo las monedas mañana y tarde e introduciendo los papelitos por la ranura asignada, un tauro mujer aquí, un piscis hombre allá. Ahí perdí mi inocencia, como cantaba Mari Trini pero en versión MAL. Ahí comenzó el ocaso de mi infancia, el antes y el después, el fin de la candidez infantil, el declive katabásico, el descensus ad inferos, vaya. Y todo esto venía a cuento para hablarles de la creación y promoción de los best-sellers en la industria editorial, al hilo de esa respuesta tan manida que los responsables de grandes editoriales pronuncian en las entrevistas cuando sueltan aquello de «No hay manera de saber qué libro va a ser un superventas» y el lector avezado se queda como un ciervo en la carretera cuando le echan las largas, pero me extendí demasiado, es tarde, y casi mejor que lo dejemos aquí por hoy.

 

Víctor Gomollón

Víctor Gomollón (Zaragoza, 1971) Diseñador editorial y editor de Jekyll & Jill.

Publicar es una sección dedicada a unos actores fundamentales en el hecho literario: los editores. Ahora que las tecnologías digitales sirven de excusa para que los más abstrusos se atrevan a pronosticar el fin de la figura del editor toca recordar que su función es fundamental, ya que son los encargados de publicar (hacer público) un texto. El filtro necesario que suponen viene siendo atacado, precisamente, por los que menos saben del funcionamiento de un libro. Nadie se atrevería a cruzar por un puente diseñado por alguien sin un título de ingeniería o pasar por quirófano poniéndose en manos de un tornero-fresador. Ahora ya no sólo cualquiera puede ser autor, también editor, incluso de sí mismo. Por eso penúltiMa quiere dar voz y espacio a los que habitualmente quedan entre bambalinas: los editores.