Novela inédita en busca de editor, en estas sus primeras páginas  puede apreciarse la personal narrativa de Cristian Vázquez, forjada en su experiencia como trasterrado en España y su reciente regreso a su Argentina natal.

 

Mezclados con la cumbia de los vecinos, los restos de pirotecnia me alcanzaban en ecos apagados, como si llegaran desde demasiado lejos, o como si aquella esquina, la de la casa de mis padres, estuviese aislada del resto del barrio por una cúpula de cristal. La luz de la calle, la de los focos que no estaban rotos, se enredaba con torpeza entre las copas de los árboles. La noche se desplegaba limpia y templada. Mientras esperaba, sentado en los escalones que bajaban de la vereda al asfalto, la botella de sidra entre las piernas, envuelta en una bolsa de plástico, vi pasar frente a mí a varios grupos de adolescentes que hablaban a los gritos y se reían a carcajadas. Ellos ni me miraron. Fue como si pasaran al lado de un fantasma, al lado de nadie.

Walter fue puntual. Traía también una botella de sidra en una bolsita: los otros iban a pensar que nos habíamos puesto de acuerdo. Nos dimos un abrazo y nos deseamos feliz año. Nos pusimos en marcha. Caminamos en silencio, como si lleváramos mucho rato juntos y ya nos hubiéramos aburrido uno del otro. Seguimos el recorrido del colectivo que llegaba hasta Pico de Oro. Yo conocía bien el camino, porque en una época iba hasta ese barrio a cortarme el pelo. El peluquero, un gordo de enormes bigotes y mal aliento, se llamaba Díaz y se parecía al Sargento García, el del Zorro, la serie vieja. Eran varios hermanos, vivían todos por ahí; los vecinos bromeaban con que al peluquero le decían Viento y lluvia: el más feo de los Díaz. Dejé de visitarlo cuando subió sus precios y la excursión ya no valía la pena.

Durante toda la caminata nos acompañó la cumbia que brotaba de las casas. En muchas la gente bailaba en el patio, o se escuchaban risas desde los interiores o los fondos. Después de andar una media hora, en una esquina en la que tres perros compartían el contenido de una bolsa de basura destrozada, Walter me indicó que debíamos dejar el asfalto y tomar la calle de tierra. La casa estaba ahí nomás, a media cuadra, detrás de un patiecito polvoriento. En mitad de una fachada de ladrillos sin revocar, unas tiras de plástico rojo tapaban el hueco de una puerta. Walter golpeó las manos y, como no hubo respuesta, pasó el brazo por encima del portón, corrió el pasador y entramos. Tras la sorpresa inicial, los cuatro pibes nos recibieron con efusión. El Rana, el dueño de casa, guardó en la heladera nuestras botellas y sacó otra, bien fría. El tapón rebotó en el techo de cemento, que conservaba el dibujo de las maderas usadas para su construcción. Brindamos con unos vasitos blancos, de plástico. Nos deseamos felicidades.

 

Ahí estaba, eso era: el año dos mil. Tan anhelado, tan fantaseado, tan cansado de significar modernidad y futuro en el nombre de revistas, programas de televisión, carreras de autos, aeropuertos y comercios de cualquier rubro. La ciencia ficción nos había enseñado que en el dos mil habría coches voladores, asistentes robots y hologramas en tres dimensiones en el living de cualquier casa. Algo había fallado, estaba claro: ahí estaba el dos mil, indiferente y manso como un arroyo. Lo habíamos visto llegar como a todos los demás años, por televisión, a lugares donde todo siempre llega antes, donde ya era de noche cuando para nosotros recién empezaba el día, mientras la gente brindaba y tiraba cohetes y miraba el cielo con ojos alucinados. Era un festejo especial: se creía dar la bienvenida no sólo al nuevo año, sino también al tercer milenio. No sé si tiene mucho sentido dar tanta relevancia al final de un milenio y el comienzo de otro, pero, si se iba a celebrar, hubiera sido mejor aguardar la fecha correcta, esperar un año más. Claro que eso no le importaba a nadie. Al glamour de los números redondos no hay con qué darle.

Nuestro lugar en el mundo ofrecía lo de siempre: calor, consumismo, apuros, cumbia a todo volumen, deseos de que no llueva, asado, ensalada de frutas, vitel toné, tíos borrachos, perros muertos de miedo. Felicidades. El mundo fue y será una porquería en el dos mil también.

Cuando era chico me gustaba pensar en la edad iba a tener en el año dos mil. La cuenta era fácil: veinte. Lo recordé y me dio gracia, porque ahora el dos mil estaba ahí y yo seguía con mis escasos diecinueve. En un par de meses tendré veinte, me dije. Quizá celebrar el final de un año de vida y el comienzo de otro tampoco tenga demasiado sentido, pero ese día hay gente que se acuerda de vos y te saluda y te desea cosas lindas, y eso siempre está bien. La gente que se lamenta por seguir cumpliendo años lo hace porque no se da cuenta de que la única alternativa es bastante peor. Diecinueve, casi veinte. Era un buen momento de mi vida. Unos meses atrás me había ido a vivir solo. A unos amigos de mis padres les habían ofrecido trabajo en Ushuaia; decidieron vivir allá dos o tres años, para ahorrar plata, y luego volver. No querían alquilar su casa, por miedo al maltrato de los inquilinos, pero tampoco dejarla sola, por la posibilidad —que ellos veían como inevitable— de un saqueo o, peor, una ocupación. De modo que me la ofrecieron a mí; se la ofrecieron a mis padres para que ellos me la ofrecieran a mí, en realidad. La única condición, además de cuidarla, era el compromiso de no cambiar nada de lugar, para que ellos a su regreso la encontrasen tal cual. A cambio, yo viviría solo en una casa completamente equipada, sin pagar alquiler y sin irme del barrio, ya que estaba a unas pocas cuadras de la casa de mi familia, sobre la calle Lieja. Mejor ubicada, incluso: ahí nomás de la avenida. Negocio redondo para todos.

Con el año nuevo llegaban también mis vacaciones, porque el kiosco de don Eduardo cerraba durante todo enero. Era un trabajo cómodo, de pocas horas, que podía adecuar a los raros turnos de la facultad. Tenía el lado negativo de que el mes de enero no me lo pagaban, pero tampoco necesitaba tanta plata. Ni siquiera para el plan que me había surgido casi de la nada para el verano. Otra casa prestada, esta en la costa: nos iríamos el primer fin de semana después de año nuevo. Era una época, estaba claro, de buena suerte.

La cena de fin de año sería, como siempre, con mi familia: mis padres, mi hermano y yo. No teníamos a nadie más, pero nos teníamos unos a otros, y así estaba bien. El plan para después de las doce me lo había propuesto Walter: te paso a buscar, me dijo, y vamos a lo de unos amigos. Él era mi único amigo del barrio; me lo había cruzado en la calle ese mediodía, de casualidad. Nuestro vínculo siempre había sido un poco extraño. Era de la clase de personas que cambian de juntas como de calzoncillos, pero por algún motivo, supongo que el hecho de que nos veíamos muy poco, yo le duraba. Cada tanto jugábamos al pool o nos tomábamos algo en alguna vereda y la pasábamos bien. Siempre me hablaba de sus nuevos amigos, de lo macanudo que era este, de lo bien que se llevaba con aquel, gente de la cual, cuando lo volvía a ver, parecía haberse olvidado: cada vez aplicaba los mismos elogios a distintas personas. Por eso no me extrañó la propuesta de visitar a alguien que nunca había mencionado, el Rana. Comparada con meterme en la cama cuando todavía el barrio sonara a cohetes y ritmos tropicales, la excursión a Pico de Oro era un buen plan. Quedamos en que me pasaría a buscar a eso de la una y media.

El año viejo se fue despacito y sin apuro, y después del brindis y la sobremesa y de que mi hermano se fuera con unos amigos y mis padres se acostaran a dormir, salí a esperar a Walter en la vereda.

 

La casa del Rana tenía la arquitectura típica de aquellos barrios: al entrar estabas en la cocina-comedor y advertías un pasillo, detrás de una cortina de tela, que conducía al baño y las habitaciones. Algunas paredes contaban con revoque grueso. El mobiliario constaba de un anafe conectado a una garrafa en un rincón, una mesada con su armario curvado hacia abajo por la humedad, una mesa cubierta por un mantel de hule con agujeros remendados con cinta scotch, dos sillas de diferentes juegos y un sofá de tres cuerpos. Nos distribuimos entre esos asientos, salvo uno de los pibes, que prefirió seguir donde estaba: sentado en el hueco de la ventana, la mitad de su cuerpo adentro, la otra mitad afuera.

Otro de los pibes, uno que tenía puesta una gorra de visera azul, trató de recordar de qué hablaban antes de nuestra llegada. El Rana señaló a otro, uno que llevaba unos anteojos remendados con cinta scotch, igual que el mantel. Este decía que no pasó nada porque no sé quién hizo no sé qué, dijo el Rana. El de la gorra pegó un grito, como si quisiera retomar un ímpetu previo. ¡Cualquiera, boludo, qué van a hacer! Te digo que sí, respondió el de anteojos. El Rana nos explicó a Walter y a mí: hablaban del efecto dos mil, ese que supuestamente iba a hacer que ese día las computadoras se volvieran locas, los aviones se cayeran y el mundo explotara. El de gorra decía que era todo un verso, una mentira de los yanquis. El de anteojos, que era todo verdad, pero que no había pasado nada porque se había tomado todas las medidas del caso. Se quedaron callados, como a la espera de que Walter o yo opináramos algo. Dije, mitad en broma, que esa era la típica charla que siempre termina en si es verdad o no que el hombre llegó a la luna.

¿Y para vos es verdad?, me encaró el de gorra, el escéptico.

¿Lo de la luna?

Sí.

No sé, supongo que sí.

Entonces me señaló y le dijo al de anteojos: acá tenés otro de los tuyos.

Después el de gorra armó un porro, le dio unas pitadas y lo hizo circular. Las horas se fueron entre el humo y los nuevos brindis y más discusiones entre el de gorra y el de anteojos, que parecían ser muy amigos pero llevarse la contraria en todo. Cada tanto, Walter y yo metíamos nuestra cuchara, y el Rana oficiaba de mediador. El que se mantuvo al margen casi todo el tiempo fue el otro, el que estaba sentado en la ventana. Sólo miraba el cielo, con un aire de ausencia que a sus amigos no les llamaba la atención. Hasta que por fin, en algún momento de la noche, estiró el índice hacia arriba y dijo: allá, uno.

Sus tres amigos se levantaron de un salto y se asomaron. ¿Dónde, boludo, dónde? Allá, mirá. Viene haciendo así. Walter y yo también nos acercamos, pero mirábamos sin entender. El Rana nos explicó: su amigo el de la ventana tenía que ver un satélite antes del final de la noche de año nuevo. Si no lo veía era un mal presagio. Miré el cielo con todo mi empeño, pero todas las luces me parecieron fijas. Enseguida volvimos a nuestros lugares. Me preguntaron si había visto el satélite y contesté que sí. Fui al baño, un poco para no tener que volver a mentir. Hice pis; para lavarme las manos tuve que usar el agua de un balde, la misma que después tiré en el inodoro; entre las manchas del espejo, adiviné mi cara de sueño. Cuando volví al sofá, los otros hablaban de algo que no entendí y que el Rana, esta vez, no me aclaró. Enseguida cambiaron de tema: quisieron saber de mí, de dónde era, qué hacía de mi vida. De La Esmeralda, como Walter, dije. Trabajaba en un kiosco y estudiaba en la facultad. Periodismo. En La Plata. Casi todos los días. En tren. No, deportivo no: periodismo en general. Sí, me gustaba el fútbol. De River. De Defensa también. Vivía a cuatro cuadras de la cancha. En una época iba, después no fui más. Sí, claro, cómo no iba a conocer al Negro Tutuca. Al Comanche también. Pero para conocer a esos no hace falta ir a la cancha, los conoce todo el mundo.

Amanecía: buen momento para volver a casa. El Rana nos acompañó hasta el portón. La mañana era fresca y limpia. Ya no se oían petardos ni parlantes; sólo los pajaritos, algún que otro gallo y los infaltables perros, trasnochados o madrugadores. El de gorra, el de anteojos y el que miraba el cielo vivían todos por ahí cerca, a la vuelta. Nos vemos, dijimos todos. Los restos de la bolsa de basura seguían desparramados en la esquina. Habíamos hecho un par de cuadras sobre el asfalto cuando el sol asomó justo delante de nosotros. El resplandor nos obligó a caminar mirando hacia abajo. Nuestros cuerpos proyectaron largas sombras hacia atrás, como estelas, sobre los baches de la calle. Fuimos otra vez callados, como aburridos. Cuando íbamos llegando a nuestro barrio, Walter dijo que parecía que iba a hacer mucho calor. Le respondí que sí, que en la tele habían pronosticado eso.

 

Cristian Vázquez
Cristian Vázquez (Buenos Aires, 1978). Graduado en Comunicación Social en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Escribe para diversos medios, entre ellos eldiario.es y la revista Letras Libres. Algunos de esos artículos han sido reproducidos en otros medios, como la web del World Economic Forum en español, el blog de Trama Editorial, de Madrid, y, traducidos al italiano, por la web de la editorial Edizioni Sur, de Roma. Publilcó dos libros: Támesis y Otros Cuentos (nouvelle, 2007) y Partidas (cuentos, 2012).
Postulados es la sección que recoge los textos enviados de modo espontáneo por los lectores de penúltiMa y que han sido aprobados por el equipo de la revista para ser publicados.

La fotografía que ilustra el texto es del fotógrafo Kris Pannecoucke, su trabajo puede ser disfrutado en su página web: http://krispannecoucke.com/