Las relaciones que establecemos con los animales que incorporamos a nuestra familia, es parece simplista llamarlos “mascotas” o designarnos mediante un posesivo, pueden ser leídos como uno de los más intensos viajes que podemos experimentar.

 

La muerte de Cleopatra será, en su estilo, un mito leve, un saludo a la bandera.

Cleopatra. Ese era su nombre, pero nunca nadie la llamó así. La llamábamos simplemente Cleo. La Cleo.

Se ha escrito mucho sobre lo que nos enseñan las mascotas y ese vínculo que, como paradoja, nos vuelve más humanos. Hay una crónica de Fabián Casas en “La supremacía de Tolstoi” que nos cuenta sobre su perra Rita: “Una enseñanza evidente que me da mi relación con Rita es que cuanto menos piense uno en sí mismo, cuanto más te ocupes de los demás, más feliz sos”.

Entregarse, olvidarse de uno, fluir como por un río que ya sabemos al mar que conduce.

Ese ocuparse de los demás es también ocuparse de la muerte. De la muerte de los demás, que de la nuestra apenas seremos detonantes de una historia que no llegaremos a leer.

También se ha escrito sobre lo que nos enseña la muerte de un ser querido. Es quizás el mismo aprendizaje de desprendimiento, un continuo en el ocuparse del otro.

Y se ha escrito también del desprendimiento. Diógenes, el cínico, desarrolló toda una filosofía al respecto. “El perro”, lo llamaban, por sus costumbres. El perro como insulto, convertido luego en su emblema, imagen de lo esencial, de una vida entregada a lo que nos toca.

Se ha escrito mucho de todo, en realidad. Demasiado. ¿Y a quién le importa? Al final solo queda el rito, la reiteración ceremonial de la escritura, aquello que nos vincula con la vida, aunque el sentido se nos escape siempre. Por eso escribo de la Cleo. De su muerte. Como homenaje. Como ritual de despedida.

Es difícil para un padre hablar de la muerte con los hijos. Pero con Catalina tuvimos que hacerlo, tuvimos que enfrentarnos juntos a la muerte de la Cleo.

Catalina es hija única, pero no creció sola. La Cleo llegó a su vida cuando ella tenía dos años. Cleo era cachorra y ella, Catalina, también. La disfrazaba con su ropa, le ponía collares de fantasía y la hacía hablar con sus muñecas. Después se le subía arriba del lomo, como un caballo, y la Cleo no reclamaba. También le auscultaba las orejas para investigar su funcionamiento interno. La Cleo, a lo más, se sacudía y se retiraba con un aire de indiferencia. A veces dormía a los pies de su cama y a mí esa imagen, vista desde el umbral de la puerta, Catalina durmiendo sobre la cama y la Cleo a los pies, me entregaba una extraña sensación de sosiego.

Catalina es de una generación que nació con el chip animalista incorporado. Mi generación, en cambio, creció signada por la crueldad. Contra la barbarie autoritaria alzamos el humanismo, otra forma de autoritarismo: el hombre al centro de todo o, más bien, encima de todo, el rey de la selva. La razón y sus monstruos. Aprendimos en el camino –si es que- a desprendernos un poco de la soberbia. El último resabio, en mi caso, se traduce en cierta desconfianza hacia los animalistas. O quizás sea esta mala conciencia el resabio, la dificultad de señalar sin reservas los horrores a los que propende el “ismo” que gana su batalla simbólica. Y sobre ese triunfo, la manipulación interesada de emociones legítimas. El negocio creciente en torno a las mascotas, por ejemplo, dentro del cual las veterinarias suelen pasar coladas.

Mejor si todo el discurso quedara en el terreno de lo íntimo, sin exposición ni cacareo. Pero estos son tiempos donde al parecer es posible compadecerse sentidamente del que está a un lado y, en el mismo párrafo, humillar al que está al otro.

La Cleo estaba vieja, arrastraba las patas, le babeaba la boca y le habían salido tumores por distintas partes del cuerpo. Una nube blanca flotaba en uno de sus ojos. Catalina averiguó en internet que el promedio de vida de los bóxer es de ocho años. La Cleo tenía doce.

Yo debí haberlo sabido. Desde niño mis mascotas fueron bóxer. Eran los perros predilectos de mi padre. El primero que recuerdo se llamaba Mack. Después hubo otros con el mismo nombre; era, lo supe ya de grande, por la insignia de los camiones norteamericanos marca Mack, aunque el perro del logo es en verdad un bulldog. Varias de esas mascotas de entonces duraron solo unos meses, murieron de distemper. Lo adquirían siendo cachorros y no se recuperaban, arrastraban las patas traseras y luego morían.

Debe haber sido una epidemia de la época, un virus que atacaba el sistema nervioso y los mataba. Los perros iban y venían por mi casa, desaparecían y llegaban otros. No sé qué pasaba con sus cuerpos. Quizás por eso la muerte ya no nos impactaba. Entonces, en los ochenta, morir como perros quería decir morir en una zanja, mutilado, el cuerpo quemado, sin un paradero conocido. Una de los Mack, sin embargo, sobrevivió al distemper, se salvó, pero quedó con las extremidades traseras atrofiadas. Se veía gracioso. Grueso adelante, pecho inflado, y unas patitas traseras enanas. Lo más parecido a la insignia del camión que tuvimos.

Otra se llamaba Daisy. Una vez mi hermano mayor se ausentó de la casa por un par de días (un paseo de curso o algo así) y cuando volvió, la Daisy se puso tan contenta que comenzó a jadear, se meó y, al final, se desmayó a sus pies. Al rato volvió en sí. Después mi hermano se fue de vacaciones y, cuando volvió, a la Daisy le dio un ataque cardiaco. Murió en sus brazos. Esa imagen me quedó grabada. Hasta entonces no había visto a nadie llorar por una mascota. Mi padre, claro, lo retó. El primogénito, el hombre de la casa, el heredero, no debía tener esas muestras de debilidad.

La Cleo vivió sin aspavientos. Tenía unas formas discretas de entregar cariño, meneando lento la cola, sobando el lomo en mis canillas cuando llegaba a la casa. A esa casa en la que ya no vivo, pero donde sin duda fui feliz. Fui feliz también gracias a la Cleo.

Recurrir al lugar común y la certeza de que todo se acaba no ayuda. Inventamos formas para que las cosas, tenuemente, perduren. Después de separarme, yo visitaba esa casa amparado en los deberes de padre e intentaba sobreponerme a la sensación de estar, ahora, de paso.

Quizás si ciertos vínculos, pocos, no se acaban nunca. Un día llegué a visitar a Catalina y la Cleo no salió a recibirme. Pensé que podía estar dentro, en el último tiempo se había acostumbrado, sin que nadie se opusiera, a deambular por la casa. Pero no estaba. La busqué en el patio y la encontré entre los arbustos, en el barro. Se quejaba bajito y me miraba detrás de esa nube blanca que le cubría un ojo. Traje una manta, la cubrí y la llevé como pude hasta su casa. Fue grande y estilizada, pero había adquirido una corpulencia importante después de sus dos partos. La dejé sobre la frazada, en su casa, y al verla como tantas veces, con el hocico apenas asomado en el umbral, supe que debía morir ahí. Esa era su casa.

En cuclillas, le di de comer y de beber en la boca.

Cuando Catalina llegó del colegio, no quiso hablar del tema. Se encerró en su pieza como si nada pasara. Cuando Claudia, su madre, volvió del trabajo, entramos a hablar con ella. ¿Qué podíamos decirle? ¿Cómo podíamos explicarle lo que estaba pasando? Ella ya lo sabía, claro. ¿Pero podíamos ir más allá de la evidencia, explicarle algo que tampoco nosotros entendíamos? Sé que hablé de la dignidad de la muerte o, más bien, de la necesidad de morir dignamente. Y Claudia habló de la manada, de morir con la manada. Entonces Catalina lloró. Y dijo que se sentía culpable de no haber sido con la Cleo todo lo cariñosa que la Cleo fue con ella. No bastan los discursos en su contra, la culpa sabe camuflarse, encontrar formas nuevas e inesperadas. Nos abrazamos los tres, en el centro de la pieza, y lloramos, perdonándonos.

Vivimos tiempos en que los ritos se han banalizado. El Día de los Muertos, por ejemplo, se ha convertido en Halloween, ese carnaval que olvida nuestros muertos reales para acercarse a los muertos de los efectos especiales, del terror hollywoodense.

Al día siguiente Claudia me llamó para contarme que la Cleo había pasado una mala noche. Se quejó y se arrastró fuera de su casa, sin que después pudieran regresarla. Claudia llamó a la veterinaria, queríamos que atenuaran sus dolores, que le hicieran más fácil el último tramo. Pero ella no podía estar a la hora que le dijeron que irían, así es que me pidió que fuera. Cuando llegué, veinte minutos antes de la hora acordada, la Cleo no estaba. Los veterinarios habían llegado antes y le habían dicho a la nana que tenían que llevársela a la clínica.

Allí me explicaron los planes: había que internarla, hacerle un tratamiento de varios días, para recién entonces operarla y sacarle el útero que estaba infectado. Quizás la infección ya se había extendido a otros órganos, pero eso no podían saberlo en ese momento. Después, claro, un post operatorio cuya extensión dependía de cómo fuera reaccionando. Había que confiar en dios. Podía llevármela de regreso, si no estaba de acuerdo. O tomar otra alternativa. Mientras me explicaban todo esto, la Cleo estaba ahí en el suelo, sobre una colcha, mirando al vacío.

Quizás los perros pronuncian ciertas palabras con facilidad, limpias, con la tranquilidad de un susurro. Palabras que, como eutanasia, se han vuelto ripio en nuestros oídos.

Volví a la casa y esperé a que Claudia y Catalina regresaran. Le dije a Catalina que, si prefería, podía quedarse, no era necesario que nos acompañara a la clínica. Ella me dijo que no, que quería ir, que sentía que debía estar ahí.

Y allí estuvo, en cuclillas, acariciando su barbilla canosa, sus mofletes húmedos. Le dijo que la quería, le dio las gracias por todo. También nos reímos porque cuando cachorra tenía las patas delanteras chuecas, como paréntesis. Pensábamos que se iba a quedar así, pero después se recuperó. También nos acordamos cuando estábamos los tres en la cama y la Cleo se subía sin que nadie la llamara y se quedaba en una esquina, mirando de reojo, tratando de pasar desapercibida.

Entonces cerró los ojos y, al poco rato, dejó de respirar.

La envolvimos entonces en su colcha y la regresamos a su casa. Ahora está enterrada bajo el limón. El mismo limón grande y viejo bajo el cual muchas veces me tiré a dormir la siesta.

Luis López-Aliaga

Luis López Aliaga (Santiago, 1969), hijo de emigrados peruanos es autor de, entre otros títulos, Cuestión de astronomía, La imaginación del padre o Geografía de las nubes, que se han publicado en diversos países latinoamericanos. Además es uno de los responsables de la editorial Montacerdos, una de las más prestigiosas de Chile hoy.

Periplo es una sección dedicada a los diarios, crónicas, memorias relacionadas con viajes. La escritura, y la lectura, son de por sí viajes. No puede ser visto como algo  casual que la literatura pueda ser directamente metaforizada como un viaje. O que el viaje pueda ser interpretado como literatura. En el mundo actual, pese a los flujos constantes de información y lo voluble del presente virtual somos más sedentarios que nunca, y el viaje se ha investido como nunca de un aura lírica muy diferente a la de los tintes de aventura de todo trayecto en el pasado. Periplo puede albergar una vuelta alrededor del mundo o una vuelta alrededor de un cuarto. Pero, ya sea un viaje en metro o uno en avión, el lector se desplaza junto al autor línea tras línea del texto.