Las críticas que secundaron la concesión del premio Nobel 2019 al escritor austríaco residente en Francia Peter Handke hicieron evidente el sectarismo que impera en la sociedad actual, donde se enmascara con la etiqueta de político precisamente las acciones dirigidas a cancelar la esencia misma de la política: la disidencia.

 

Una de las características que más desconcierta al lector poco habituado a la filosofía o al ensayo son las aclaraciones en las que el autor, bien en los prólogos bien al inicio de los capítulos, parcela el significado de determinados términos que serán recurrentes a lo largo del tránsito por el texto, o textos, en los que el lector acaba de sumergirse. Acostumbrados, siquiera de modo intuitivo, al hecho de que si por algo puede ensalzarse a la literatura es por la capacidad de generación de significados o el desplazamiento de los mismos dependiendo de las combinaciones léxicas que se tracen, cosa que se hace evidentísima en la poesía –ojo: la poesía no puede ser reducida al verso–, estas acotaciones parecieran restarle capacidad de vuelo al lenguaje, y es por eso que pueden dejar perplejo al lector poco acostumbrado a ellas. Para la lectura, como para todo, hace falta una formación y un ejercicio que vaya matizando y haciendo más sofisticada la capacidad del lector de interpretar todas y cada una de las capas de un texto, por eso el trato continuado con estos textos termina por hacerle entender al lector que ese supuesto encarcelamiento del lenguaje no es tal, ya que se pretende construir pensamiento, y para poder hacerlo de modo cabal, se requiere establecer uno o dos pivotes esenciales en torno a los que girarán las reflexiones del texto. Y esos pivotes deben ser firmes e inequívocos.

Hago toda esta aclaración porque una de las confusiones más reiteradas, no solo en las conversaciones de barra de bar, sino incluso en los púlpitos académicos, se produce al establecer una identificación entre los adjetivos «político» e «ideológico». Constantino Bértolo, en ese libro fundamental que es La cena de los notables, realiza un deslinde claro y esclarecedor de las características que los diferencian. Una cosa es el compromiso político y otra es el ideológico. Es algo que puede entenderse leyendo a cualquier ultraliberal partidario del capitalismo especulativo y financierista más descontrolado, como pueda ser Vargas Llosa, que quiere siempre dejar claro su neto e inequívoco compromiso político pero tiembla ante la idea de que se le pueda tildar de comprometido ideológico. Algo parecido sucede, pero al contrario, con mucha de la militancia feminista, que tiene un neto compromiso ideológico –quiénes duden de qué es una ideología pueden dirigirse a Althusser, por favor, léanlo, no caigan en el juego de olvidar a uno de los últimos grandes filósofos marxistas que sirve para cuestionar esa idea de las ideologías transversales que atraviesan campos ideológicos enfrentados–, pero pecan precisamente de una nula visión política, ya que muchas veces caen en los mismos comportamientos que censuran dejándose llevar por un sectarismo ideológico. El sectarismo no puede ser político, precisamente cancela la posibilidad de una política, y usar el sintagma «sectarismo político» supone no entender el significado de los términos que lo forman, que se oponen entre sí, o querer trazar una figura retórica, un oxímoron de manual. Y, al mismo tiempo, la búsqueda del consenso que persigue el feminismo es, siguiendo la idea de Ranciere, el fin mismo de la política y la entrada en el terreno de la policía, ya que la política, a su juicio, requiere de la existencia del disenso, sin él no hay debate político, sino doxa, un pensamiento hegemónico que debe estar celosamente custodiado por la policía.

La política, tal y como la definió Hannah Arendt, y como acaso quede ya fijada por lo lúcido y completo de la demarcación que establece, es lo que compete a las relaciones entre los humanos. Toda reunión de seres humanos es política, pero puede o no estar ideologizada. Por extensión, todo acto que afecta a los humanos es político, y la política está muy condicionada por la ideología de cada uno, obvio, incluso por una ideología extremada que niega otras posibles visiones del mundo, una postura sectaria. La política es, pues, lo que se ocupa de las relaciones, los afectos, los intersticios entre las esferas que somos cada uno de nosotros. Cuando, a menudo, se tilda a un escritor como «político» se olvida que todo escritor realiza una acción política, y que es solo en este espacio donde existe como tal esa figura. Si uno escribe para uno mismo, sin lector ajeno, no entra en el ámbito de lo político, claro, pero, ¿puede ser uno considerado escritor? Ahí dejo esa pregunta de complicadísima respuesta.

Lo que es más sencillo de aclarar, y ya urgentemente necesario, es que muchas veces cuando se habla de un escritor comprometido políticamente, en realidad se está hablando de un escritor comprometido ideológicamente. Así, es evidente que Sartre y Camus eran dos escritores de filiación marxista, pero vivían ese compromiso de modo muy diferenciado. Simone de Beauvoir era una escritora comprometida ideológicamente con el feminismo, pero eso no evitó que abusara de alumnos suyos o que estableciera una relación de, cuando menos, cuestionable ortodoxia feminista con Sartre. Podríamos extendernos mucho sobre estos detalles, pero en realidad creo que ya ha quedado claro a dónde quiero ir y tampoco es necesario seguir mancillando a los santones de la progresía más perezosa.

Toda esta reflexión viene a cuento del premio Nobel que el año pasado sí se falló, no como sucedió en 2018, y que, como suele ser habitual, acertó. La Academia sueca está formada por lectores mucho más sofisticados que los comentaristas que suelen glosar o dar las noticias de sus decisiones. El caso de Handke y el supuesto escándalo que acarreó su designación como Premio Nobel 2019 es un ejemplo perfecto de ello. Salieron muchos a la palestra a cuestionarlo por «razones políticas», cuando en realidad sus críticas eran por motivos ideológicos. Dicho de otro modo, la doxa impuso, o quiso imponer, su sectarismo ideológico contra un escritor disidente. Ejercieron una labor policial, y no política, para perseguir al osado escritor que se permite disentir. Revisar la hemeroteca es esclarecedor en ese sentido. Fue tanto el ruido generado que, por lo visto, los representantes de la Casa real sueca sentaron a Handke bien alejado del rey en el banquete celebratorio tras la ceremonia. Eso fue un error palmario, porque dejó claro que la monarquía sueca no está a la altura de la Academia que concede los galardones. Eso, de todos modos, tampoco es una sorpresa, si hay un colectivo que no da la talla nunca ése es el de la realeza, tan irreal y difuso que ya ni siquiera saben hacer lo único que realmente se les exige: representar.

Hay pocos, por no decir casi ninguno, de los escritores galardonados en los últimos tiempos con el reconocido premio, que sean tan virtuosamente políticos, tan idóneos para ser premiados, como Handke, que no gratuitamente ha afirmado que «vive en los intersticios», o, lo que viene a ser lo mismo, que si algún espacio habita es el de la política. Porque la Academia de los Nobel sí tiene muy clara la diferencia entre lo político y lo ideológico, y siempre ha premiado en concreto la capacidad de hacer explícito lo político, esto es, la capacidad de los escritores de ejercer una posición de disenso dentro del tablero de la sociedad y las relaciones entre los miembros que la conforman. Solo de este modo se entiende la falta de uniformidad ideológica entre los galardonados, donde pueden encontrarse desde halcones capitalistas como Vargas Llosa hasta comunistas irredentos como Fo o Saramago. Pero, es más, si por algo destacan autoras como Tokarczuk, Jelinek, Munro o Müller es porque, manteniéndose de modo intencionado alejadas de cualquier compromiso ideológico inequívoco o explícito, han centrado sus obsesiones temáticas en los escenarios donde se plasma la vivencia política individual de cada uno de los humanos: en las relaciones con sus semejantes. Además, colocando siempre en el foco principal de su escritura, nunca como un aspecto más, este ingrediente necesario pero poco cuidado, de su labor. La Academia sueca está siempre atenta a la conciencia política de los autores, no a su filiación ideológica. Por eso Handke es no sólo un estupendo acierto como premiado, ya que hay pocos escritores que hayan sabido transitar con su sutileza y energía por el campo de la escritura, sino un mensaje claro a todos los que aún no entienden, o no quieren entender, qué senderos se celebran con los premios Nobel. Naipaul, Coetzee, Kertész u Ōe son muestras de una escritora que se enfrenta, y a veces opone, a la ideología como horizonte de expectativas y mimbre de pensamiento, pero que está profundamente enraizada en lo político y es, por tanto, esplendorosamente política. Por poner un ejemplo final muy aclaratorio: Borges. Siempre se argumenta que Borges «perdió» su premio Nobel por aceptar la invitación de Pinochet y despeñarse así en una situación donde pudo ser tildado de fascista o simpatizante de las dictaduras. Pero eso es un sinsentido, porque él, desde mucho antes, obligado u oprimido por ciertos gobiernos argentinos, había ya expresado de modo inequívoco sus preferencias por gobiernos de corte autoritario. No, si algo tuvo que ver el viaje a Chile con el ser o no premiado acaso fuera que dejó en evidencia la total y absoluta irresponsabilidad política, no ya la ideológica, de Borges. Y era algo que venía ya desarrollándose a lo largo de toda su trayectoria, así que no resulta ni siquiera sorprendente ese gesto pueril concreto. A Borges, si algo comenzó a faltarle con la pérdida de su madre, que sus seres más cercanos no pudieron reemplazar jamás, fue alguien conectado con el mundo, con los pies en la tierra, alguien con visión política, permitiéndole ser un niño malcriado que se presentaba con el aspecto de viejo prácticamente ciego.

Si por algo destaca Handke es por todo lo contrario. Su defensa de la facción serbia durante el conflicto balcánico, su apoyo a sus derechos históricos y sociales, alegatos que no le han impedido condenar muchas acciones de los propios ejércitos o milicias serbios, como ha quedado ya más que clarificado, es un ejemplo perfecto de esto, ya que pone en evidencia el lugar del escritor, en tanto que agente político, ideologizado o no, dentro de una sociedad que tiende a cerrar o desplazar hacia los márgenes todo debate político, precisamente por su completa inseguridad. Handke afronta esa función del escritor, y no teme enfrentarse a los agentes que quieren «despolitizar» la literatura y convertirla en mera propaganda de la doxa, la policía ideológica que busca proteger el consenso impuesto por los líderes económicos que ejercen una dictadura geopolítica. Solo por ello merecía el premio Nobel, pero es que, además, es un estupendo escritor, uno de los verdaderamente grandes entre los contemporáneos. Y es que no debe olvidarse, precisamente, que si algo no han podido echarle en cara todos los que han alzado la voz para cuestionarle, es que fuera mal escritor, y eso, considerando que se trata de un premio de literatura, tiende uno a pensar que debe tener también algo de peso en la toma de decisiones. No sé, digo yo…

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe (Festina, Ciudad de México, 2016). Además ha publicado la novela Lima y limón, que cuenta con ediciones en cuatro países y una digital de alcance global, y Mezclados y agitados. Entre otras cosas es el director de penúltiMa.