Pablo Farrés comparte con los lectores de penúltiMa una de sus sorprendentes e impactantes ficciones, que lo han convertido en uno de los escritores más radicales del panorama literario argentino. Atrévanse a sumergirse en el mundo de este autor.

No recordaba mucho de lo que había pasado. Sólo estaba caminando por ahí buscando algo que ahora se me escapa. Di vueltas durante toda la tarde hasta que mi amigo Richard me vio vagando mi propia desesperación y frenó el auto y me invitó a que lo acompañe a su trabajo en la guardia del Hospital Evita, prometiéndome unas pastillas que sacaba de no sé qué parte del edificio. Richard no era doctor, ni siquiera enfermero pero estaba encargado de la guardia nocturna de los fines de semana. Durante tres meses había cobrado una plata por completar los estudios secundarios y recibirse como asistente de enfermería. Claro que en el caso de Richard aquello no era más que un eufemismo de su definitiva condición de analfabeto: ni siquiera había terminado la primaria y tuvo que falsear el boletín del hermano para cobrar la mensualidad. Apenas si sabía escribir su nombre, y en verdad tampoco lo sabía: escribía el nombre Richard pensando que estaba escribiendo Ricardo. En fin, no sabía escribir su nombre pero sabía exactamente cuáles y dónde estaban las pastillitas que desde que entramos a la guardia empezamos a tomar con el alcohol etílico que también se robaba del consultorio rebajándolo con jugo de naranja Tang.

En la guardia conocí a Norbi que era el compañero de Richard y que ya estaba colocado desde antes que llegáramos. Difícilmente pudieran trabajar ahí si no estuvieran colocados, incluso creo que los directivos del Hospital debían obligarlos a tomarse todos las anfetaminas y antidepresivos y antipsicóticos del lugar para sostenerse de pie en aquel infierno. Pero los directivos no estaban allí ni en ninguna parte –dijo Richard-, los doctores trabajaban en el segundo piso en el pabellón de terapia intensiva con los casos que valían la pena y ninguno tendría el estómago suficiente como para arrimarse a la guardia, por lo que debían ser ellos solitos los que se suministraran las pastillas adecuadas con las que sobrevivir a la miseria del mundo.

Pero, claro está, es imposible hacer alguna experiencia de un mundo que excede nuestra capacidad de hacer alguna experiencia.

No tengo sueños ni pesadillas, creo que mi cerebro ha creado su propia anestesia como para no tener que andar visitándose a sí mismo. La paz de los cementerios ha sido la única carta con algún valor en un juego que ya estaba perdido desde el principio, pero esa noche me vi todas las películas, y no sé si en verdad era mi cerebro el que proyectaba en aquella sala de guardia los restos de todo el porno hardcore y snuff y el terror zombi y nazis intergalácticos que en mi vida había visto o si en verdad lo que allí sucedía me ponía en el lugar de un espectador asombrado por lo que era capaz la vorágine alocada de una película que todo lo mezclaba y no llegaba nunca a definir dónde yacía el cadáver de lo real.

Seguro fueron las pastillas de Richard y yo esté exagerando un poco. No sé.

El dibujo perfecto de una plancha sobre la panza de una nena de un año -¿a quién se le ocurriría planchar los rollos de carne de la panza de un bebé?-, una obstinada botella de cerveza metida en el orto de un viejo, fractura expuesta de un tobillo que se le ocurrió de pronto quedarse a esperar la puesta de sol en el oriente, una buena y larga cuchilla que había entrado por la garganta y atravesando las cuerdas vocales mostraba la punta del lado de la nuca -las manos fuertes de Richard la sacaron de un solo e inolvidable tirón-, el olor a querosén que salía de la boca de un viejo que se había quedado sin nada que tomar, la espuma radiante que brotaba como un manantial de la mujer que se había tomado todo un frasco de veneno para ratas y después se arrepintió, en fin, era mi cerebro un cine de trasnoche al que sólo los psicóticos perdidos en la ciudad de la desolación se atreverían a entrar para ver infinitamente la programación continuada de la misma barata película de terror y en verdad no tenía ningún cerebro sino que mi cerebro era la pantalla y yo el único espectador en la sala vacía.

Corría de un lugar a otro, según me lo ordenaran Richard o Norbi, para alcanzarles las gazas, el alcohol, las jeringas con anestesia, una tijera, una pinza, y luego me quedaba mirando, tomando de la botella de alcohol que me devolvían, o probando las pastillitas de Richard, o llenando los papeles para hacer un traslado a otro hospital o a la morgue, hablando a veces con el de la ambulancia que solía acercarse para ver cómo venía la mano. Y nos fuimos quedando sin gazas y sin anestesia y evidentemente sin alcohol en las botellitas entonces vacías que acumulábamos en el tacho de basura. Pero después llegó un tipo con el pantalón ensangrentado y la verga en la mano, rogándonos que se la volvamos a coser, y entonces pasé a cumplir un papel más protagónico.

Había estado en una fiesta en la casa de no sé quién y había conocido a una chica y al rato ya estaban en la cama, pero entonces entró el padre que era el dueño de la casa y se la cortó con una cuchilla. Era una situación difícil porque mientras estábamos limpiándole la zona, se abrió la puerta del consultorio y entró una mujer que era más bien un monstruo magullado que había salido de la laguna de la podredumbre y nos pidió que lo dejáramos morir.

Tenía la cara toda hinchada y recubierta de hematomas. Nos miraba tirando la cabeza para atrás por el borde del ojo que apenitas podía sostener entreabierto. Un hilito de voz se le colaba entre los labios gordos y violetas. Dijo o le entendimos que el tipo la había cagado a palo y que ella esperó a que se durmiera para cortarle la verga.

Pretendimos que el tipo se defendiera pero ya se nos estaba yendo en alucinaciones raras relacionadas con ciertos rinocerontes del norte de África. Tampoco nos servía la versión de la mujer -estaba demasiado enojada y pasada de alcohol como para darnos más datos y ser verdaderamente justos.

No sabíamos a quién creerle. Para Richard lo mejor era dejar que el tipo se muriera desangrado. Norbi se puso a hablar de no sé qué cosas que le había escuchado al pastor de la iglesia donde iba, por lo que debíamos tener piedad y cosérsela. Me pidieron una opinión y yo no tenía ninguna opinión pero tenía una moneda en el bolsillo y la tiré por el aire y cayó seca: dejamos que el tipo se muriera desangrado y la mujer se fue contenta agradeciéndome lo que había hecho.

Lo de la moneda funcionó una y otra vez y se volvió criterio absoluto. No sé si porque ya casi no teníamos gazas, alcohol ni nada con lo que atender cada caso y entonces debíamos elegir a quién tratar y a quién dejar morir, o bien porque en definitiva nos habían puesto allí como Cancerberos que decidieran quiénes pasarían para el otro lado, quienes se quedarían de este, y a falta de principio alguno que nos ayudara en algo o porque simplemente nos gustaba jugar a jueces del tribunal trascendental de la vida y la muerte, la moneda –mi moneda de la suerte- decidió en cada caso por nosotros.

El trabajo se alivianó, tuvimos series completas de la moneda cayendo sobre el lado de la seca y entonces sólo nos quedaba ir llenando los papeles para el traslado a la morgue.

Así fue hasta que dejamos a Norbi solo para ir a buscar por ahí las pastillitas que recién se nos habían acabado y las botellas de alcohol que hacía un buen rato ya habíamos vaciado.

El olor a mierda que salía de los baños se hacía torrente en los pasillos, las luces titilaban a cada rato y no se decidían nunca a apagarse para siempre o quedarse un rato más encendidas. En el hall unos viejos habían armado un campamento de guerra. Unas ratas nos recibieron en la farmacia. Entramos por una de las ventanitas que Richard había roto hacía unas semanas atrás. Cuando vi los estantes casi completamente vacíos pensé en la cantidad de mierda química con la que Richard había sobrevivido a sí mismo desde que había entrado a trabajar en la guardia. Si ese era el caso, se había tomado el arsenal destinado a una población entera.

Le pregunté si no estaba cansado de trabajar ahí. Me dijo que no. Hacía dos semanas que no dormía y sin embargo, increíblemente, se sentía perfectamente bien, como nunca antes en su vida.

Ni siquiera miramos de qué fármacos se trataba, simplemente metimos el brazo en los estantes y el que cayó dentro de la bolsa fue nuestro.

Al menos para mí, aquello debía alcanzarme para unas buenas vacaciones pagas durante un año en el país del no me acuerdo. Cuando terminamos, Richard me dijo que seguramente con eso nos iba alcanzar para toda la noche.

Cuando volvimos, la guardia se nos había llenado de nuevo. Mutilados, alucinados, lisiados, quebrados –en fin, entes humanos capaces de mantener correspondencia, armonía, y equilibrio con el caos de un mundo reventado-, esperaban por nosotros como si de un juicio marcial se tratara. Pensamos que Norbi había perdido mi moneda de la suerte y decidió volver al delirio místico del amor y la piedad universal, intentando salvar a uno y cada uno de aquellos humanoides. Ahora se nos había sobrecargado el trabajo.

Nos metimos por el pasillo hacia el consultorio. Una mujer policía estaba golpeando la puerta. Nos dijo que el Doctor Norbi –así lo llamó “Doctor Norbi”- estaba atendiendo a una rea. Pero el Doctor Norbi había trabado la puerta y por más que llamara no le quería abrir.

Le gritamos pero no nos respondió. Decidimos abrirla a patadas.

Del otro lado Norbi estaba apuñalando a la mujer sobre la camilla. Subido arriba de su cintura, con una cuchilla le daba y le daba apuntándole al corazón y a la garganta.

Parecía un poseído. Ni siquiera registró que habíamos entrado. Tuvimos que sujetarlo de los brazos para que dejara de achurarla. Logramos tirarlo al piso pero cuando Richard pretendió sacarle la cuchilla, volvió a la vorágine asesina.

Cuando logramos reducirlo, le preguntamos qué le había pasado.

  • Es ella, ¿entendes?, es ella, me la mandó dios tal como me lo había prometido.

No dijo más nada, no volvió a hablarnos en toda la noche y acaso no haya vuelto a hablar nunca más en su vida.

Entre tanto la mujer policía nos estaba mirando fijo con los brazos cruzados delante del pecho. La convencimos de no haber estado donde estaba y de no haber visto lo que había visto dándole la bolsa con todos los fármacos que nos habíamos ganado. Le dijimos que íbamos a llenar los papeles contando que la muerta ya había entrado con ochenta y cuatro puñaladas en el pecho, la garganta y el vientre. A la policía no le importó demasiado la cuestión y se fue con la bolsa apretada en el puño.

Enseguida lo sacamos a Norbi, esquivando el hall, directo al estacionamiento. Subimos al auto de Richard y salimos a la ruta e hicimos unos cuántos kilómetros escuchando la música ruidosa que a Richard le gustaba escuchar –Flema, Orcas, Almafuerte-. Richard manejaba a los pedos como pretendiendo sacar a Norbi de las llamaradas de un infierno que no dejábamos atrás. No sé cuánto anduvimos, ni qué camino tomamos –todo se me vuelve confuso- pero de pronto apareció el bosque y Richard frenó y bajamos del auto, y la noche y los árboles en la noche y el olor de los árboles de esa noche parecieron teletransportarnos por desintegración atómica a un país lejano.

Capaz que sólo estábamos en Ezeiza, y Richard había tomado la ruta 21 y en sólo media hora ya estábamos frente a los bosques. No sé. Es posible, pero me parece que no porque en mi cabeza aquel viaje duró unas cinco o seis horas, incluso, recuerdo los campos sembrados de trigo y girasoles que la luz de la luna afanstasmaba, y una parada en un bar descuajeringado junto a una estación de servicio abandonada donde tomamos un café con leche, y también recuerdo habernos subido al auto de Richard que era una Chevy amarilla serie 2 y luego nos bajamos en el bosque de un Duna gris, mucho más nuevo que la Chevy, pero también más chico y miserable.

Lo cierto es que bajamos del auto y entre los árboles vimos un fuego que todavía ardía en un claro rodeado de troncos muertos. Nos metimos en el bosque, caminamos hasta la hoguera.

El fuego iluminaba nuestras manos y oscurecía el universo y no había noche ni nada alrededor porque ese fuego todo lo atraía y concentraba.

Escuché el sonido del mar o creí escuchar el sonido del mar y me moría de ganas de mear, salí del resplandor, dejé a Norbi y a Richard junto a la fogata y a poco de caminar un sendero me llevó hacia unas dunas. Me metí entre la maleza y caminé por la playa. Me paré frente a la noche y el mar. Lejos del fuego todo era más claro. Tomé mi pene entre los dedos y del pis amarillo salió un humito blanco y el pis sobre la arena hizo un hoyo donde jugué a embocar el chorro. Entonces una perra se detuvo en la distancia exacta en la que se detienen los ángeles borrachos para revelar un tiempo sin revelaciones.

Me miró y entonces me pareció que ya estaba lo suficientemente lejos del mundo y lejos de mí mismo como para tirarme en la arena y no pensar en nada.

La perra se acercó más y se tendió a mi lado y puso su cabeza sobre mi pecho y allí se quedó conmigo.

El mar sonaba oscuro y eran las dos de la madrugada y brillaban los miles de ojos que me miraban.

Me quedé quieto recibiendo las gotitas de una llovizna suave sobre mi cuerpo y la perra se quedó quieta sobre mi pecho.

Pensé en las veces que una llovizna cayó sobre mí en el momento en el que yo no estaba allí, no estaba, digamos, en ninguna parte.

Después no pensé en nada y supe que en esa nada estaba el tiempo muerto de los mares que no había conocido y el gusto dulce en la boca de una mujer que había bailado con la muerte el fin del amor y el olor a vómito de todas las habitaciones en las que nunca desperté con una pistola en la mano, y recordé muchas cosas de mi vida y en ninguna de las cosas que recordé estaba yo, vinieron sí las imágenes de un hijo al que había abandonado entre desconocidos en un bar cualquiera y las imágenes sí de un ángel borracho y derrumbado sobre su propio vómito mientras unos hombres desnudos entre los que yo estaba hacíamos fila para violarlo, y supe que entre todas esas imágenes sin mí en mi propia vida salvé del mar a un hombre que le salían animales por todas partes y en medio de todo ese tiempo hubo un instante en que decidí no matar a alguien que se negó a darme un lugar donde afeitarme sólo porque sus hijos me lo pidieron de rodillas y en calzoncillos en un motel abandonado, y aún cuando mi vida se había transformado en una mística del olvido y el error tuve piedad por una criatura abandonada que apreté fuerte contra mi pecho y me lo llevé lejos a un lugar donde ni siquiera yo estaba, y vinieron también las imágenes de mí mismo derrumbado sobre mi propio vómito mientras unos hombres desnudos hacían fila para violarme, y unas gaviotas detenidas en el aire y en el tiempo como lunas diminutas y puntiagudas que yo podía tomar entre mis manos y luego devolverlas al lugar de su eternidad inmóvil, y vinieron sí las imágenes de una vez que mis animales quisieron salir de mí y beber el agua de todos los mares y yo sólo los dejaba hacer porque me sentía infinitamente culpable de haber despertado una tarde con dos chicos desnudos a mi lado, y supe entonces que esa perra que se había echado sobre mi pecho era mi ángel, era ella la que me traía los recuerdos de un mundo sin mí para darme la serenidad de no haber estado nunca en ningún lado.

No sé cuánto tiempo pasamos así tirados en la arena recibiendo la llovizna amable.

Sólo cuando la perra se levantó, me levanté con ella. Corrió hacia el mar y la seguí. Se metió entre las primeras olas y corrí detrás. No era más que un puntito subiendo y bajando entre las olas, y tuve miedo de que mi perra desapareciera arrastrada por la fuerza de aquel monstruo de agua salada.

Pasé la primer rompiente. Le grité que volviera, dije la palabra ángel.

Las olas estallaron contra mi pecho fuerte. Tuve miedo: ni siquiera sabía nadar y ya estaba con el agua hasta al cuello. Pero entonces comprendí que en verdad era aquella perra la que me estaba guiando.

La vi llamándome –creo haberla visto-, en el claro resplandeciente de la luna sobre las aguas oscuras. Tendido horizontalmente, sólo mi boca, mi nariz y la frente permanecían sobre la superficie. De pronto ya no era más que mis oídos bajo el agua y el mundo sólo el sonido de las olas meciéndose en mis oídos. Escuché el sonido de mi corazón y eran golpes violentísimos contra mi pecho. Después tuve el corazón en la boca y no era mi corazón el que latía sino sólo una cosa jugosa en mi boca. Mi boca mordió el corazón y sentí la pulpa deshaciéndose en mi lengua. Pero los golpes violentísimos no acabaron -tenía el corazón en todas partes y sentí sus golpes venir desde dentro de mi cráneo, de mis costillas, de mi pene, de mis testículos. Supe que aquellos eran estertores de animales que morían dentro mío, y se morían de sed, desesperados por un poco de agua, de toda esa agua que me rodeaba. Querían salir, romper mi osamenta y beber, si pudieran, todos los mares.

Entonces no sé si abrí la boca o si mis animales desgarraron mis entrañas y me obligaron a abrir la boca para que entrara toda el agua que necesitaban, pero abrí la boca y toda el agua entró por mi boca y mis animales dejaron de golpear mi cuerpo y bebieron toda el agua que entonces fue suya.

Vi en ese momento cómo el mundo a mi alrededor se secaba, cómo la noche líquida se hacía desierto áspero, y empecé a morirme con toda el agua del mundo que había tragado.

Luego unos brazos fuertes me tomaron de las axilas. Me arrastraron hacia las luces todavía lejanas. Tendido en la arena vi el rostro de un extraño tapando el haz de la luna blanqueando sus nubes más cercanas. Me ayudó a incorporarme. Me quitó la ropa mojada y me secó el cuerpo. Me dio su campera y sacó unos pantalones de su mochila. Me ayudó a cambiarme y no preguntó nada ni parecía importarle qué estaba haciendo a aquellas horas de la madrugada dejándome morir en el mar, pero yo hablé de una perra recostada sobre mi pecho, de un ángel borracho y de mis animales muriéndose de sed queriendo salir de mi cuerpo.

Caminamos por la arena –yo balbuceando, él escuchando- hasta cruzar los médanos, luego una avenida costanera y nos metimos a un bar. Pidió un café con leche para mí y luego se fue a fumar un cigarrillo afuera. Me quedé solo pensando en todas las horas, pensando en todos los días pensando en todos los años sin encontrar mi imagen, preguntándome entonces cómo era posible que ni un día, ni un minuto ni un segundo había podido estar presente en mi propia vida. Después no pensé en nada. Aquel extraño volvió, y acaso esa noche terminamos durmiendo en la cama del primer hotel que encontramos. No lo sé porque al despertar aquel hombre ya no estaba -quizás porque en verdad nunca había dormido conmigo en aquella cama.

En un caso o en otro, desperté en una habitación a la que no recordaba haber entrado. Vi las cortinas rotas y tiradas contra el suelo y una mancha de sangre en la pared y el vómito que alguien había olvidado en un rincón y la alfombra toda quemada por los puchos que allí habían apagado.

Entonces me di cuenta que el pecho me brillaba con la saliva de la mujer que toda esa noche había bailado la muerte hasta el fin del amor. Recordé una hoguera en el bosque cerca del mar y su cuerpo iluminado por el fuego que yo mismo había encendido con las piñas y los leños hachados durante esa tarde.

Supe que la mujer que bailaba con la muerte el fin del amor se llamaba Moniq y que Moniq había sido la madre de los hijos que yo había abandonado. Recordaba haber querido hablar con ella de mi infamia y de nuestros hijos y rogarle que me dejara verlos, sólo verlos, de lejos, sólo eso, no hablarles, no presentarme, sólo verlos a la distancia, que me dejara ver cómo habían crecido, qué había hecho la vida con ellos.

Entonces vi un montón de ropa que no era mía ni de Moniq y recordé todas las mañanas que había despertado con una pistola en la mano en habitaciones que eran de nadie pero que solían llenarse de gente y pájaros que se detenían a comer sobre mi pecho y perras que anunciaban la muerte de ángeles que parecían no querer despertar. Entonces me di cuenta que recién me había levantado y tenía una pistola en la mano. Me pregunté cómo había llegado a mis manos una pistola y tuve miedo porque Moniq no estaba en la cama y pensé entonces que yo la había matado con esa pistola y la había hecho desaparecer de la cama y del cuarto.

Fui hacia el baño con la ilusión de encontrarla pero en aquel cuarto diminuto no había ni siquiera un baño. Me di vuelta buscando la ventana de la habitación pensando que por esa ventana podría haber arrojado el cadáver de Moniq y me sorprendió entonces que ninguna ventana existiera en aquella habitación. Salí hacia el pasillo y luego a otro pasillo y luego a otro más y así me pasé toda la mañana buscándola. No la encontré pero tampoco encontré a ningún conserje, ningún personal de limpieza, ningún otro cliente del motel.

Tanto anduve subiendo y bajando escaleras que terminé olvidándome de Moniq. En un momento me di cuenta que en verdad nada me importaba de aquella mujer ni lo que había pasado con ella, sólo estaba yendo de un lado al otro porque quería desesperadamente afeitarme y no había en todo el motel ningún lugar donde hacerlo -ningún espejo, gillette, navaja, jabón ni nadie que me explicara dónde, cómo poder hacerlo, y eso no lo podía vivir sino como la mayor desolación de mi vida: haberme despertado en ninguna parte e ir así de un lado al otro con una pistola en la mano sin tener un maldito lugar en el mundo donde afeitarme, -“y si al menos estuviese Moniq conmigo para ayudarme a encontrar un lugar para hacerlo, y si al menos encontrara un ser humano que venido del planeta de los monstruos me ofreciera un espejo, una bacha, un poco de jabón y una Gillette, un último bicho antropomórfico en todo el planeta tierra que se dignara a ofrecerme un lugar donde afeitarme”, pensaba yendo de un pasillo a otro, abriendo una y otra de las puertas de las habitaciones vacías de aquel motel.

Atormentado por mi barba de días, de semanas y de años, encontré finalmente en uno de aquellos cuartos a un hombre y aquel hombre estaba en calzoncillos en una cama, y junto al hombre había dos chicos en calzoncillos. Los tres parecían querer dormir una siesta. Aquello me dio mucho asco, sin saber en verdad por qué me daba tanto asco, ¿por qué me daba asco si sólo pretendían dormir una siesta? Pero entonces entré a la habitación y tomé al hombre por el cuello y le puse la pistola adentro de la boca. Cuando ya tenía el dedo en el gatillo para matarlo y borrar todo ese asco que me enchastraba por dentro no supe por qué iba a matar a ese hombre y me pregunté ¿por qué le había puesto la pistola en la boca si en verdad no tenía ni una mínima causa para matarlo?

El desconocido tembló, se arrodilló, quiso hablar. Metí más profundamente la pistola en su boca, y sólo cuando ya parecía entregado a la muerte segura que estaba por darle, se me ocurrió preguntarle ¿dónde podía afeitarme?: “¿tenés un poco de jabón, me prestas una Gillette, algo con lo que afeitarme?”.

Saqué la pistola de su garganta pero el hombre aquel no me respondió nada. En ese cuarto tampoco había ningún baño ni nada que me sirviera para afeitarme, sino sólo aquellos dos chicos que en calzoncillos ahora estaban arrinconados contra la pared llorando y rogando por el padre, pidiéndole a dios y a los ángeles más oscuros y radiantes que no lo matara.

Por ellos, creo, sólo por ellos, no maté a aquel hombre.

Pero entonces me di cuenta que aquel hombre era Norbi, y que mi amigo Richard me estaba sacando la pistola de mi mano.

Recuerdo el silencio de Norbi. Recuerdo haberme quedado yo mismo sin palabras. Salimos del hotel arrastrándonos y arrastrando con nosotros los mundos en los que cada uno funcionaba como uno de los tantos engranajes rotos de una máquina estropeada.

Dejamos a Norbi tirado en una playa. Richard le dijo que se fuera lo más lejos posible, que no quería verlo nunca más. No sé por qué.

En el viaje de regreso no escuchamos ninguna música. Quise decirle algo Richard sobre lo que había pasado, pero me pareció que Richard no estaba allí para comprender nada de lo que yo le dijera, nada de lo que cualquier pudiera decirle porque simplemente Richard no estaba en ningún lado. Entonces cerré los ojos y dormí lo que pude. Al despertar ya estábamos en el Hospital de vuelta. Richard enfiló sus pasos hacia su trabajo de siempre en el consultorio de aquella guardia. Yo volví a mi casa, y había una fiesta y todos los conocidos del barrio me estaban esperando para celebrar mi regreso. No sé si fue esa vez, en todo caso, estaban todos desnudos haciendo una fila para violar a un ángel borracho y el ángel borracho era mi mujer y estaba allí derrumbada para pagar algo muy feo que me había hecho. Y me acuerdo de haberme yo también desnudado para violar a esa mujer y luego de pronto llegar a mi cama y no querer saber más nada con el mundo. O acaso aquella fiesta de bienvenida donde todos los conocidos del barrio violaron a mi mujer había ocurrido unos días antes, y yo esté mezclando las cosas, o a las cosas solitas se les de por entrar en esa vorágine con la que suelen armar mundos que aparecen y de pronto desparecen, y en verdad aquella vez que regresé a mi casa fue la vez que mi mujer me estaba esperando con una pistola en la mano –por algo que seguramente yo le había hecho- para pegarme los dos tiros en la cabeza que me llevarían al lugar donde ya me estaba esperando –la sala de terapia intensiva de cierto hospital, el féretro ocupando el centro de una obra de teatro que nunca termina.

En fin…

La noche es larga y brillan todos los ojos que no me miran.

Pienso en todo lo que dura esta noche que todavía no encuentra su fin.

Y pienso en muchas otras cosas más y entre todas ellas no hay quién haya sido ni dónde es que sucedió ni en qué tiempo de los hombres ocurrió esa vida que no fue la mía. Pero sé que una vez una perra apoyó su cabeza sobre mi pecho. Pero supe que un ángel borracho y una mujer bailando con la muerte el fin del amor me miraron a los ojos al corazón al sexo como sólo puede mirar a los ojos al corazón al sexo un ángel borracho al que violan sobre su propio vómito, o bien, como me miraron una vez los ojos del que se ahogaba en el mar cuando yo lo salvaba de sus ganas de todos los mares, como sólo pueden ver los ojos de una criatura que sabe que ese es el momento del abandono. Porque yo también miré a los ojos al corazón al sexo al que esperaba su turno tocándose la verga de caballo en celo la vez que borracho era violado sobre mi propio vómito, a los pocos kilos de carne que eran todo mi mundo el mundo que yo abandonaba en un bar cualquiera en un cochecito entre desconocidos, porque yo también miré una vez una madrugada a un hombre que me salvó de mis ganas de todos los mares.

En fin…

Todos estos años estas horas estos minutos vienen a mí mientras hombres y mujeres bailan y ríen y lloran y hacen la vida alrededor mío y yo no sé si mi papel es el de un muerto, un centro vacío que está en cualquier parte y en ninguna, porque entre todas las imágenes que vienen a mí no hay ninguna en la que yo esté, o bien estoy, pienso ahora, estoy o me veo estar en todas partes sin estar en ninguna: me veo violando al ángel borracho y me veo siendo violado por todos esos hombres con vergas de caballo, y me veo abandonando a mi hijo y también salvando a mi hijo de mi propio abandono, y me veo también una noche una vez muriendo lejano en el mar y a la vez salvando del mar a un hombre lejano, y en muchos otros lugares y tiempos y actos de mayor coraje e infamia, de más plenitud y desolación, y todo lo veo como si yo no hubiera estado ahí porque eso es no verme en absoluto y acaso esa misma es la mirada de la muerte y también la del amor: mirar y ser mirado a los ojos al corazón al sexo como acaso sólo puede hacerlo el mar una madrugada un verano al que vaga con una pistola en la mano sin tener donde.

Pablo Farrés

Pablo Farrés (La Matanza, 1974) he desarrollado una literatura escorada y compleja que dialoga con la tradición literaria desde una posición rabiosamente iconoclasta. Ha publicado El punto idiota, Literatura argentina, El desmadre  y El reglamento. Es un cliché, y puede sonar algo gastado, pero en el caso de Farrés es totalmente cierto que sus textos no dejan al lector indiferente, de hecho no lo dejan ni siquiera incólume.

Poe y compañía es la sección dedicada a la ficción  en penúltiMa. Por necesidad un relato colgado en la web no debe ser muy largo, y eso nos recuerda a la unidad de impresión de la que habló el iniciador del cuento literario moderno. No nos parece mala cofradía para unirse a ella.