Perteneciente a un libro de cuentos en marcha, este relato de Joserra Ortiz da buena cuenta de su reciclaje de referencias de la alta cultura mestizado con las particularidades de la literatura periférica de México. San Luis de Potosí es un enclave entre los dos vectores que dominan la literatura mexicana actual: la gran urbe capitalina y el emergente territorio norteño liderado por el auge económico regiomontano. La literatura de Ortiz se mueve en esa cartografía en tensión como pez en el agua.

 

-Sube a tu calvario, Simón, y queda en paz por ahora.
Simón del desierto (Luis Buñuel)

“Por favor, ya no insistas en llamarme por el nombre de ese hombre muerto”, me dice el artista antes conocido como Simón Pardo Clark y que ahora, en la cúspide de su carrera, prefiere firmar simplemente como Old Clark. Su acento es mucho menos marcado de lo que esperaba y su estampa también me ha sorprendido: parece un resacoso (o tal vez un rencoroso, agotado y vencido) Claudio Brook. Es una mañana clara y nevada, típica del marzo bostoniano y nos hemos encontrado en su suite del Ritz-Carlton para charlar sobre “La columna”, esa mole de hormigón y cobre que levantó en medio del desierto de Kalahari y que apenas han visto un puñado de personas. Pero es reticente a hablar de ella. Lo único que sabemos el público en general, es que planea vivir sobre esa torre los que, dice, serán sus últimos 37 años de vida. Sin embargo, quizá accidentalmente, insisto en llamarlo Simón Pardo Clark (“maestro Pardo Clark”, de hecho), en todas mis alocuciones, a pesar de su rabia notable. Me disculpo recordando que para muchos de nosotros será difícil decirle de otra manera; no por nada es uno de los escultores más prolíficos y populares del último medio siglo, y quienes hemos seguido de cerca su obra y su carrera, nos referimos a él con la soltura de los buenos conocidos. Así pasa con los ídolos, le explico, suponemos conocerlos tan a fondo que los tratamos con una camaradería que queremos complicidad. “Qué idiota”, contesta, mientras me toma del hombro para encaminarnos hacia el gran ventanal desde el que se puede ver el Boston Common todo cubierto de blanco. “Ven con tu ídolo”, noto su tono sarcástico. “Mira esto: es como una página en blanco”, dice con la voz de los profetas. Yo, sorprendido por el lugar común de esa frase, no atinó a decir nada cuando remata: “los tontos como tú, quienes me llaman Pardo Clark, ¡maestro Pardo puto Clark!, que puta mierda de ídolo, son un cliché tan obtuso como decir que el Common cubierto de nieve y hielo bajo el cielo claro de la media tarde es una página en blanco”.

Me habían advertido que así es Old Clark. Está en la ciudad para ofrecer la que será su primera aparición pública en quince años, misma que, cuando se publique esto, ya habrá sucedido. En su famoso canal de YouTube aseguró que sería la última de su vida antes de volver a Kalahari y trepar por una escalera de palo que tirará al vacío una vez esté instalado en la cumbre. Desde hace quince años, cuando se retiró de la vida pública, comenzó con la construcción de “La columna”, una torre sólida, impenetrable y delgada que, a lo largo de sus cuarenta y ocho metros de altura, lleva inscritos en un lenguaje secreto (e inventado por su mujer), la historia del mundo desde la creación hasta este momento en que, según dice, predijo que yo estaría aquí para ser su último contacto humano de calidad. “¿De calidad?”, le pregunto entre atónito, confundido y desencantado. Old Clark calla y al tronido de sus dedos su esposa, la mundialmente famosa doctora Emma Lancaster, jefa en sabático del departamento de egiptología de la Universidad de Brown, nos trae una charola con té de azahar y una botella de bourbon Bulleit. “¿Te estoy asustando, amigo?”. Lo miro, con su túnica verde cruzada en la que revolotean unos lirios dorados cosidos por la casa Dior. Parece listo para elevarse a los cielos: su larga cabellera cana y el anuncio de una barba también blanquecina le dan a sus ojos el estigma de los iluminados. Recuerdo entonces una vieja fotografía que le sacó la revista Interview a principios de los ochenta, cuando comenzó su ascenso a la cumbre del arte contemporáneo mundial: Simón Pardo Clark descansaba en bata de baño sobre una estera a la orilla de una piscina mediterránea, con una pobladísima barba negra y un testículo de fuera. Lo custodiaban dos preadolescentes desnudas con alas postizas y miradas perdidas a causa de alguna droga sintética, y al fondo, como si casi no importara, se veía su primera obra maestra, “El ojo de Dios”: un bloque de mármol hueco y de proporciones descomunales dentro del que pasó dos semanas dormido, sin alimentos y bebiendo únicamente el rocío que le dejaba la madrugada.

“Pasado mañana cumpliré setenta años”. Me sirve una taza de té. Es pequeña, apenas útil para dos tragos. “Me duele moverme, ya no pertenezco a este mundo”. Me comparte el Bulleit desde el pico de la botella. Me dicen que siempre ha bebido así. “Al despertar dudo mucho en levantarme, ir al baño me da una pereza infinita”. Old Clark, de pronto enfurecido (o tal vez presa de uno de esos ataques de genialidad que comentan sus biógrafos tempranos), toma el pequeño florero con que Emma ha adornado la charola de nuestras viandas y lo estrella con violencia contra el ventanal donde antes contemplamos el panorama. En el aire vuelan el par de gerberas que caen sobre el sofá enorme, para diez personas. Obviamente se trata de un vidrio de seguridad, irrompible para evitar intentos de suicidio, pero con el agua sucia Old Clark pinta una figura primitiva que después limpia con su túnica. El efecto Rorschach de mis años de terapia me anunció una paloma, pero no podría confirmarlo. “Pude crear, tuve la gracia, el don de hacer cosas nuevas”, dice viendo a la nada, “y ahora es un buen momento para terminarlo todo”. Cuando me pide asegurarme de que la grabadora está funcionando, se lamenta de lo que su propia obra le hizo: “Un hombre como cualquiera. Mucho más rico que los demás, mucho más famoso que nadie que yo hubiera conocido, pero sobre todo más feliz de lo que necesitaba”. Suena sincero. “Pero eso no es la vida… o cuando menos, no la vida que yo alguna vez creía para mí”. A lo largo de su carrera el mundo se puso, no, se ha puesto a sus pies y su legado permanecerá hasta el final de los tiempos en tantos países como puedo contar tres veces con los dedos de mis manos.

El día en que la crítica y el juicio internacional lo consideraron el enterrador de Miguel Ángel y se dictaminó que “La gran puta babilónica del porvenir”, el zigurat de mármol y oro que plantó en medio de Central Park, era una de las siete maravillas del mundo moderno, desbancando al Cristo Redentor de Río de Janeiro, el artista alguna vez conocido como Simón Pardo Clark decidió irse al desierto de Kalahari e interrumpió su comunicación con el planeta. Solo un puñado de trabajadores, además de su discípulo, el también escultor español Fernando Carvajal, así como Emma, a quien apoda “la siempre fiel”, se convirtieron en su única compañía. Durante todo este tiempo sabíamos de él por las noticias que hablaban de “La columna”, ese “descomunal tributo al ego”, según descalificó El País Semanal en un reportaje predecible y lleno de mala leche firmado por Javier Marías. “Decidí llamarla así porque ese es el nombre que le dieron, pero quiero que sepas que el proyecto, para mí, nunca tuvo nombre”. Solo hasta ahora que ha venido a Boston y lo tengo frente a mi, débil y fingiendo fortaleza, viendo al Common a través de una ventana que presume la mancha de lodo de su mano, ha decidido confesarse. “Yo quise ser extraordinario y, puta mierda, me convertí en el tipo del que todo mundo habla, ¡qué ordinario! Me duele la vida”.

A través de su carrera, en su escasa pintura, en su poca poesía (ahora traducida al inglés gracias a Arkham Books, de Nueva York) y, por supuesto, en su escultura, Pardo Clark ha explorado la ética del vacío religioso, un tema que no puede ser ignorado en esta era de fanatismos. Su labor ha sido la de dar a entender la ausencia de confort cosmogónico que la permisividad ha dado a la vida contemporánea en Occidente. Su postura se ha hecho evidente en todas sus obras, desde las que descansan a las orillas del Danubio (las más sencillas, las más reconocibles, las primeras, piénsese en “El diablo” o en “Abel”, reproducidas en millares de calendarios, agendas, pósters y playeras con las que ha sufragado su obra presente), como las que compiten en prominencia con las que levantó al costado de la Catedral de la Ciudad de México y de las que casi nadie habla. “Judas mintió besando”, por ejemplo, actualmente el orgullo de Kiev, no es otra cosa que un ensayo sobre lo que él llama “la centralidad de los disminuidos”. Es esta reflexión sobre la hibridación del laicismo socialista y el peso de la tradición ortodoxa fundacional que, en sus contradicciones contemporáneas, según las observa Prado Clark, ocasionaron que en la animosidad bélica ucraniana, se concibiera el genotipo de una generación de desheredados. Él mismo se sabe un huérfano del mundo y me comenta que de ese sentimiento surgió “La columna”: “Pude haber sido un hombre magnífico, un ser feliz… pude haberme dedicado al servicio postal, por ejemplo, o a la política, o a servir cafés en un bar, a enseñar historia del arte en cualquier colegio confesional. Nací en una familia sin aspiraciones, que a la vez era muy católica y, por alguna razón, ambas circunstancias, el no tener aspiraciones y al mismo tiempo saber que tenía una vida eterna, me hicieron entender que estaba jodido”. Bebe un trago largo del Bulleit. “De ahí me vine a pensar en lo que la religión nos ha dado, que es nada, puros monumentos monstruosos, y entonces decidí hacer lo mismo, construir los discursos vacíos del presente y, finalmente, erigir otros monumentos que representaran al ser en la tierra”. Se levanta y se dirige a Emma para besarla. Desde allí remata: “Puedes no creerlo, pero me llamo Old Clark y el mundo soy yo. El mundo lo he hecho yo”.

 

“La columna” es un trabajo arquitectónico monumental. Sus dimensiones, para nada equiparables con otras esculturas gigantes del mundo, tienen en palabras de su creador una intención mitológica. “La verdad es que Dios me habló y me dijo que no fuera un profeta”. “¿Cuándo fue eso?”, le pregunto, y él me dice que en su juventud, cuando tenía veintitantos años. “¿Fue entonces cuando una voz le pidió construir una columna para su senectud?”. Me ignora.  Pardo Clark siente que lo quiero engañar y así me lo dice, recordando sobre todo que su nombre es Old Clark. “No soy el único. Mi gran amigo Juan Francisco intentó lo mismo en la Stadtplatz de Linz”. Se refiere a Ferretis, su némesis creativo en la década de los ochenta que conmovió al mundo desde Chile y cuya obra, su única obra, a la que dedicó más de treinta años de vida, la hoy infame “Totalmente negativo”, se perdió para siempre en el terremoto de Cobquecura en 2010. Él también quiso levantar una gran columna y consiguió el auspicio del gobierno austriaco, pero nunca la llevó a cabo. El hueco expuesto de lo que hubieran sido los cimientos de su gigantesca escultura todavía descansan expuestos a las orillas del Danubio, esperando a cualquier artista que quiera dar continuidad a sus planes. De hecho, ahora mismo hay una beca ofrecida por la Unión Europea para hacerlo. “Pero eso no ocurrirá”, confiesa Old Clark, “porque nuestra empresa es una labor de elegidos, aunque algunos nos llamen locos”. El monumento “Totalmente negativo” iba a ser construido únicamente con grandes bloques de piedra traídos desde una cantera donde, según Ferretis, se le apareció Nuestra Señora de Mariazell para anunciarle el fin de los tiempos. “Duda siempre de quien dice haber visto cualquier mierda celestial”, la voz de Pardo Clark es tranquila, “el Señor te puede hablar, pero no tiene tiempo ni ganas de hacerse un melodrama como el aparicionismo. Eso es del diablo”. “¿Ferretis mentía?”, le pregunto para seguir con nuestra conversación y parar su monólogo, pero él no contesta y se sacude migajas invisibles de su túnica. Pasarán largos minutos antes de que vuelva en sí.

 

Para ninguno de nosotros es lógico que Pardo Clark se alejara de la escena internacional durante tanto tiempo para dedicarse a la construcción de una escultura, por monumental que fuera. Pero la genialidad no responde a la lógica con la que planteamos el mundo. Su discurso, el que me repite constantemente, el que parece aprendido de memoria, solo dicta que tuvo una misión anunciada, cuya responsabilidad era crear algo que, al mismo tiempo, acercara al hombre a Dios y lo alejara pretendiendo la posibilidad de hacer algo que sobreviviera a la humanidad. “La columna” refleja esa paradoja, según entiendo, y Old Clark se extiende en largas disquisiciones teológicas sobre el ser y el pecado que no comprendo del todo. Lo que sí es que, conforme pasa la entrevista, me voy acostumbrando a su nuevo nombre que parece el de una marca de bourbon corriente, como el que bebían los sintecho que rondaban el Columbus Park en mis tiempos de estudiante de pregrado. Fue precisamente en esos años cuando tuve mi primer acercamiento con el trabajo de Pardo Clark y también con el de su ahora esposa, la Prof. Lancaster, pero en circunstancias diferentes. En ese entonces, finales del siglo pasado, los matriculados en la carrera de Bellas Artes en NYU teníamos en el escultor español un gurú en quien creíamos a pie juntillas. Su trabajo y sus desplantes nos parecían la cumbre de la genialidad contemporánea, el espacio en que se clausuró una época en la historia del arte y comenzó una nueva. Simón Pardo Clark era, en todas nuestras conversaciones envueltas en humo de cigarro, un nuevo Renacimiento. Nuestros profesores, escépticos en un principio, poco a poco se dejaron convencer por lo innegable y llegó el momento en que lo invitaron a darnos un seminario, a lo que se negó rotundamente.

Ésta, de hecho, es la primera vez que estoy frente a frente con mi ídolo de juventud y observarlo tan de cerca me produce una paz y una calma infinitas. Junto a él, Emma, solícita, me mira con la distancia de los acólitos, y como tal, está todo el tiempo al pendiente de las necesidades de su marido. Como dije, de ella también supe en mis años universitarios. Arqueóloga además de experta en lingüística generativa, por aquel entonces comenzaba a desarrollar sus técnicas de recreación idiomática con las que buscaba reproducir los primeros lenguajes de la humanidad y que, finalmente, fueron utilizadas para crear lenguas nuevas de sociedades solo existentes en la ficción de fantasía. “Oh, pero eso fue hace mucho tiempo”, exclama cuando le recuerdo que convivimos entonces, cuando apenas era una post-doc que se paseaba por nuestras aulas. “Luego conocí a Simón y desde ese momento he dedicado mi vida a él”.

Así sucede con toda la gente que se relaciona con Old Clark, según entiendo. Tiene un algo, un algo inexplicable, que te obliga a quedarte a su lado y sucumbir a su gracia. Por eso no me importa que me ignore cuando le pido que hablemos de “La columna”, razón de mi entrevista, y lo escucho dirimir sobre el destino de las almas humanas. “He llegado a la conclusión”, confiesa, “de que sobre mis hombros descansa la responsabilidad histórica de redimir las almas de todos ustedes, los pecadores”. Yo ya no digo nada. Extasiado ante su presencia lo veo pasearse ondeando su túnica Dior mientras pide con gestos a una Emma obsequiosa que traiga más té y un poco más de carnes frías. Es delgado, o cuando menos se ve mucho más delgado que en aquellas fotografías en las que posó inyectándose heroína para su biografía oficial que vendió a mediados de los noventa. “Pero eso fue en otra vida”, dice él cuando se lo recuerdo. “Mucho antes que decidiera recomponer el mundo con mi última gran obra”. Habla mirando hacia una liviana figura que nos observa desde el fondo del salón. “Es Shannon, mi asistente”. Deberá estar cerca de la treintena. Es linda y, según Emma, muy paciente y obediente. Sospecho qué significa eso, pero no digo nada. “Ha vivido con nosotros desde que empezamos la construcción, era una de mis estudiantes más avanzadas”, me explica, como excusándose, o como si yo necesitara otras explicaciones que no sean los ojos de Pardo Clark celándola de reojo. “Ella estará siempre ahí para auxiliar a Simón en cualquier cosa que necesite”. Entonces desaparece tan rápido como vino y yo me descubro sin nada más que preguntar.

De hecho, en realidad, pensando en estándares meramente periodísticos, esta entrevista ha sido un fracaso y toda la culpa es mía. He dejado a Pardo Clark hablar sin parar todo lo que ha querido, menos de “La columna” y cuando escucho el material en casa no encuentro casi nada de información útil para explicarle a los lectores de este New Yorker si lo que está a punto de suceder en la vida de Old Clark es una actitud estética, un capricho o un sacrificio. Quizá es una mezcla de todo eso, una inflexión en su vida creativa con un propósito ulterior que todavía desconocemos y, quizás, tardemos mucho en comprender; tal y como sucedió en 1998 cuando se encerró en el MoMA sin probar alimentos durante siete días con sus noches para pintar con sangre bovina los 150 salmos, 21 cada día, con mediano éxito a pesar de la polémica que sostuvo, por supuesta “suplantación de la creatividad”. Por supuesto, me refiero a lo que aconteció con Hermann Nitsch y aquel pleito legal que parecía interminable. O lo del año siguiente, cuando para reparar su amistad con el maestro austriaco, se expuso desnudo en el centro de la Kapitelplaz de Salzburgo sobre un promontorio de oro, confeccionado exclusivamente para la ocasión y sobre el que Nitsch le hizo pequeñas incisiones en algunas arterias, para que corriera su sangre, lentamente, hasta el suelo donde se mezclaba con la nieve sucia del invierno avanzado.

¿Por qué he dejado que mi pasión por Simón Pardo Clark me nublara la intención a tal grado de no averiguar nada nuevo sobre él? Los últimos noventa minutos del tiempo que pactamos para esta fracasada entrevista, los pasamos observando la noche cerrarse sobre la ciudad de Boston. El monstruo a mi lado apenas rompe el silencio para preguntar algunas trivialidades sobre mi vida, o para señalar algunas consideraciones sobre su trabajo. Casi al final de la reunión coge su iPhone y me muestra un álbum de fotos. Todas son de “La columna”. Las pasa lentamente, arrastrando su dedo calloso sobre la pantalla, a veces utilizando dos para agrandar la imagen a conveniencia de los detalles. Es una columna hermosa, una torre delgada y larga que en algunas imágenes parece atravesar las nubes. El hormigón pulido y cubierto de letras de bronce me produce un respeto absoluto y tan grande que solo consigo asentir sin pronunciar palabra, como quien recibe la comunión o un beso. Los ojos de Old Clark se posan sobre los míos y entiendo que algo me dicen pero nunca sabré qué. No es necesario. La fe no necesita explicaciones ni razones construidas en el lenguaje. La fe es una lengua en sí misma. Cuando me despido, Emma ya se ha ido a dormir y Simón se quita la túnica para meterse al yacusi. “Hoy no dormiré”, me dice, “ya tendré 37 años para hacerlo”. Al día siguiente se presentará ante su conferencia de prensa y, lo intuyo, no dará muchas explicaciones al respecto de esa escultura que ha costado cerca de treinta millones y sobre la que verá venir el fin de los tiempos. Pienso en eso precisamente mientras cruzo el Common para llegar a South Station y tomar el tren de vuelta a casa. Mis pies se hunden en la nieve hasta las pantorrillas y el frío húmedo se siente como la mirada de Simón Pardo Clark.

La misma que no volverá a posarse sobre nadie, nunca jamás.

Joserra Ortiz

Joserra Ortiz (San Luis Potosí, 1981). Narrador, diseñador de experiencias culturales y Doctor en Estudios Hispánicos por Brown University. Ha publicado el libro de relatos Los días con Mona (FETA, 2012), el de ensayos El complot anticanónico (FETA, 2015), y la novela breve La conquista del Monte de Venus (Abismos, 2017). Entre otras, aparece en las antologías La mosca en el canon (FETA, 2013), Festín de muertos (Océano, 2015), ¡Esto es un complot! (CONACULTA, 2015), y México Noir (Nitro/Press, 2016). Otros cuentos y ensayos suyos aparecen en varias revistas como Tierra Adentro, Punto de partida, Generación y Punkroutine. Desde 2002, dirige las Jornadas de Detectives y Astronautas, dedicadas a la difusión y estudio de literatura mexicana no canónica, y actualmente es Profesor Investigador de Tiempo Completo, así como Jefe Editorial, en la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.

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