La editorial queretana Gris tormenta, una de las más atentas y exquisitas de la edición en castellano, tiene una colección de libros pequeños en tamaño pero de inagotable contenido dedicados a la labor de los editores y la edición. Han tenido el acierto de pedirle a Ignacio Echevarría que escribiera una semblanza de Claudio López Lamadrid, fallecido en enero de 2019, del que fue amigo personal durante cuarenta años. El resultado es un libro que trasciende lo confesional o el elogio para trazar un panorama subjetivo, claro, y aún así de un acentuado rigor sobre el panorama editorial en la España democrática y el cambio de siglo. Imprescindible.

 

Existe una idea, acaso muy extendida entre lectores poco habituales, de en qué consiste un libro de amor. O, quizás fuera mejor decir, cómo se muestra el amor en los libros. Obviamente hay mil libros de temática amorosa, sea más romántica o más lúbrica, pero en esos casos los libros terminan siendo soportes o vehículos de un sentimiento. No es nada malo, pero podría decirse que el libro es un mero soporte, y en muchos casos eso se aprecia en la sencillez con la que esas historias o confesiones amorosas pueden ser trasladadas el terreno audiovisual o el musical, como es el caso de las numerosas adaptaciones de narraciones románticas a otros contextos, soportes o géneros. Un libro de amor, o al menos el tipo de libro de amor que tengo yo en mente mientras escribo estas líneas, es un libro que sea el centro del amor, que funcione como un vector más del amor. También, acaso de modo peyorativo, se tiende a pensar en el amor como una relación exclusiva, o excluyente, que es la otra cara de la misma moneda, centrada en la pareja, en el proyecto en común, en el espacio de encuentro libidinal, en el eros. Es reduccionista considerar que el amor se da solo dentro de una relación íntima, un caso más de la vocación capitalista de circunscribir los afectos al entorno meramente productivo, porque la reproducción no es otra cosa que el establecimiento de un proyecto, llámenlo familiar llámenlo empresarial. Por eso la familia es el otro entorno en el que la sociedad tiende a recluir los afectos. En este caso por cuestiones patrimoniales. Pero, ¿qué sucede cuando el afecto, el amor, se produce en terrenos ajenos a esas dos esferas, cuando emulsionan en eso que se llama comúnmente amistad y que, además, se alimenta de algo tan refractario a la generación de unos beneficios como es la lectura, la literatura? Para responder a algunas de esas preguntas, para, como dice su autor, seguir ejerciendo la amistad, ese afecto, que tiene como excusa los libros, la creación y glosa de los mismos usando esa misma excusa como canal de transmisión y generación de ese amor, sirve esta joya –todas las joyas son pequeñas, así que mejor obviar el epíteto que se usa casi como oxímoron ya que toda joya es, por definición, notable y por lo tanto grande– que es Una vocación de editor que ha escrito Ignacio Echevarría como conversación y declaración de amor hacia su amigo Claudio López Lamadrid, fallecido hace ya casi dos años.

2019 fue un año de una crueldad casi insoportable para el mundo de la edición en castellano, ya que nos arrebató al que era el mejor de los editores de los grandes grupos editoriales, Claudio López Lamadrid, y al mejor de los sellos independientes o pequeños sellos, Julián Rodríguez. Se da el caso, que para alguno será paradójico aunque a mí me parece totalmente lógico, de que el primero era el editor del segundo cuando este ejercía su faceta de autor. Y lo fue contra viento y marea, y de modo muy cruel, una de las últimas conversaciones que mantuve con Julián giró, precisamente, sobre el hecho de que Claudio le había recordado, poco tiempo antes de que se nos fuera, que hacía ya tiempo venía esperando que le entregara un manuscrito pendiente.

Pero no quiero alejarme del verdadero motivo de estas líneas, que es el de ensalzar el delicado y sutil trabajo llevado a cabo por Ignacio Echevarría en esta conversación, que tiene algo de elegía pero que huye, intencionadamente, de la tentación hagiográfica. Echevarría y Claudio fueron, como bien se explica en el libro, amigos íntimos, colegas, cómplices y, también, actores situados en posiciones opuestas en ciertos momentos dentro del tablero de la edición. Pero, no por ello, han dejado de ser fieles el uno al otro ni, lo que es más importante si cabe, fieles a sí mismos. Acaso por ello su amistad sobrevivió sin problemas cualquier embate. Gracias a ello tenemos este libro que sirve, junto al prólogo de Emiliano Monge, por cierto, que es también gozoso y cargado de afecto, como un hermosísimo homenaje no ya a Claudio, la persona, cosa esperable, sino sobre todo a su legado como editor, que es algo mucho más complejo y fascinante. Que este homenaje provenga de un crítico, que a modo de conclusión el crítico Echevarría realice una valoración de la trayectoria profesional del editor Claudio López, más allá de la amistad que unió sus vidas durante cuatro décadas, es un acto de amor, no ya al amigo, ni siquiera hacia al editor, con acento en la o, sino al espacio en el que ambos se encontraron: el de los libros, el de la lectura, el de la edición, el de la prescripción, el de la crítica.

Un acto de amor valiente, porque lo fácil habría sido solventar el expediente con esa hipotética vida de santo, y no es la santidad lo que se perfila en estas páginas, sino que nos entrega la silueta de un editor astuto, azaroso, entregado e ilusionado, alejado del culteranismo vacuo –qué fácil es siempre colocar a un editor en una élite culta y qué atentamente este libro lo coloca en el espacio mucho más determinante del que “hace públicos” textos, del que se dirige a la mas–, porque sabe acotar, también, los silencios y los espacios a los que es probable que una amistad no llegue, porque no enaltece de modo vacuo a un amigo sino que lo encaja con tino en un perfil profesional y eso, lejos de humanizarlo, o acaso por hacerlo más tangible, más cercano, lo torna más seductor, más sugerente.

Y, algo no banal, que la amistad entre ambos, las tensiones y disensos que han vivido, sirva como excusa para plantear todo un análisis de la edición, de las funciones que ejercen dentro de su ecosistema los diversos elementos que lo conforman, el acercamiento a la realidad del negocio y las transformaciones que viene experimentando, sin un

ápice de nostalgia, sin recurrir al ejercicio fácil de la mitificación hacia un mundo que se acaba, sino permitirse cartografiar, analizar, la evolución del gremio, encarnado en la propia trayectoria del amigo, en la percepción de esa peripecia por parte del crítico, es una de las más valiosas aportaciones de este libro, que es breve y pequeño solo en volumen, pero que se va ensanchando a cada página que se avanza en él.

El acierto de todos los que han intervenido en que este libro vea la luz, de los editores a los que sirvieron como contacto para concretar este libro, de la feliz participación que ha dado como fruto este volumen, debe ser subrayado, y agradecido, por todos los que hemos leído de una sentada, arrebatados, el libro, reconociendo en él a nuestro “amigo” o “conocido” –no sé si llamarme amigo de Claudio, si sé que algunas veces me llevó a comer en Madrid, sé que se escapó de su vida personal para tomarse unas copas conmigo alguna vez que anduve por Barcelona, sé que siempre me recibió en su despacho con toneladas de libros para que yo me llevara a casa a leerlos, muchas veces traídos de cada una de las sucursales latinoamericanas del grupo–, y descubriendo tantas cosas que no pudimos conocer, o intuir, de él, pero, más aún que por los que tratamos a Claudio por los que no lo hicieron, porque lo mejor de un libro como este es que extiende su presencia, permite que llegue a los que no pudieron saber de él, o de su obra, de sus antipatías, de su afecto. Este libro es un acto de generosidad enorme por parte de Echevarría que, a través de él, ha compartido con nosotros el acceso y conocimiento privilegiado que tuvo de Claudio. Gracias, hay poco más que decir, pero es importante decirlo.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe (Festina, Ciudad de México, 2016). Además ha publicado la novela Lima y limón, que cuenta con ediciones en cuatro países y una digital de alcance global, y Mezclados y agitados. Entre otras cosas es el director de penúltiMa.