Continuamos la publicación de numerosas columnas de Martín Cerda de difícil acceso de la mano de Marginalia editores, donde están preparando la edición de un volumen recopilatorio, y han tenido el amable gesto de ir compartiendo con los lectores de penúltiMa los textos de uno de los más excelsos ensayistas de nuestra lengua, que, en este caso, se acerca de nuevo a una de sus obsesiones, acaso porque fue una figura paralela a la de él mismo, por tratarse de un eximio ensayista como él que, en cambio, obtuvo el reconocimiento y el apoyo de las instituciones de su país en todo momento: el mexicano Alfonso Reyes. Martín Cerda en estado puro.

 

Tres preferencias —tres aficiones, las llamó su autor— recorren, arterialmente, la polivalente e inverosímil geografía literaria de Alfonso Reyes. Las tres se manifiestan, sin ahorro alguno de espacio, desde Cuestiones Estéticas, primera “suma” de escarceos críticos, hasta los últimos o penúltimos escritos del polígrafo mexicano.

Tomemos Cuestiones Estéticas. Entre los estudios reunidos en esta obra de mocedad, figuran tres ensayos —“Sobre la estética de Góngora”, “Sobre la simetría en la estética de Goethe” y “Sobre el procedimiento ideológico de Stéphane Mallarmé”— que constituyen, junto con el ensayo sobre “Las tres Electras del teatro ateniense”, lo más valioso e importante del volumen. Son los inicios públicos de las tres o cuatro aficiones principales de Alfonso Reyes.

No abulto nada.

Casi medio siglo después de publicado su primer libro, en el primero de los capítulos de su Historia documental de mis libros, el propio Reyes advertía que muchos de los conceptos, temas u observaciones contenidas en Cuestiones Estéticas se habían derramado, posteriormente, por todas sus obras, como “algunas observaciones sobre Góngora, Goethe o bien Mallarmé, a las que he debido volver más tarde…”[1].

Esta nota pretende circunscribir, sumariamente, una de estas tres aficiones de Alfonso Reyes. Quizás la más humilde e inadvertida, pero que, por razones que interesan directamente al proceso de la literatura hispanoamericana, debió haber merecido, desde hace años, la atención de los estudiosos de la literatura comparada.

Me refiero a su afición por Mallarmé.

Lamentablemente, en mi conocimiento, no se ha dado ningún paso sustantivo en este sentido. La contribución de Fernand Baldensperger al libro Jubilar de Alfonso Reyes —“Alfonso Reyes, intérprete du Mexique et de Mallarmé”[2]— no pasa de ser una sumaria noticia, falta de todo sistema, que contrasta, flagrantemente, con el noticioso “Mallarmé en espagnol” aportado por Reyes a la Revue de Littérature comparée, en 1932.

Esta afición del mexicano encierra, sin embargo, una particular importancia.

“Sobre el procedimiento ideológico de Stéphane Mallarmé”, fue escrito en 1909, cuando la nombradía del autor de L’aprés-midi d’un Faune, cuando su prestigio no era moneda corriente en los cenáculos literarios, descontado, honrosamente, el minoritario grupo de epígonos, presidido por Paul Valéry.

Un sintomático episodio probará qué grado de amplitud tenía el “silenciamiento” de Mallarmé por los años en que, sorprendido, el joven Alfonso Reyes se inclinaba sobre sus libros, para desentrañar, con inusitada maestría, la temblorosa peripecia de su invención.

En noviembre de 1913, cuatro años después de escrito el citado estudio de Reyes, André Gide, mallarmeniano confeso, pronunció, en el teatro del Vieux Colombier, una conferencia sobre “Verlaine  et Mallarmé”. Publicado un año después, el texto de esta conferencia fue a parar a manos de Rainer María Rilke. En una carta a Gide, el poeta alemán, uno de los espíritus más alertas de este siglo, confesaba su entusiasmo por esta conferencia… pero, abordándola exclusivamente desde Verlaine[3], esta situación ha variado radicalmente.

“Desde hace unos veinticinco años —tras el período de olvido relativo, de purgatorio, que se inicia, por lo general, después de la muerte de los grandes artistas y que precede a su entrada en la inmortalidad— la estrella de Mallarmé no ha dejado de elevarse sobre el horizonte poético. Su destino de poeta puro, de letra que “exhibe sin empacho su incompetencia sobre todo lo que no sea lo absoluto”, su heroísmo templado por la ironía, no han dejado de seducir las imaginaciones, y su obra, que se reputó estéril, ha dado sus frutos…”[4].

“Notable contraste”.

Mientras la crítica francesa de hace medio siglo —con la lúcida excepción de Valéry— dejaba naufragar la estrella de Mallarmé en un “olvido relativo”, Alfonso Reyes, un mexicano, un hijo menor de la palabra, no sólo traducía o comentaba la obra del gran simbolista, configurando su escritura en los más preciosos cuños mallarmenianos, sino, también, adelantaba su futura revalorización literaria, señalando la dirección ascendente de su estro.

En 1920, la revista madrileña La Pluma publicó bajo el título de “El abanico de Mlle. Mallarmé” un penetrante comentario seguido de tres versiones de L’Eventail de Mlle. Mallarmé, salidos del tintero inquieto de Alfonso Reyes. Poco después, un grupo de intelectuales españoles —Ortega, Juan Ramón Jiménez, Azorín, Gabriel Miró, Gómez de la Serna, Jorge Guillén, José Bergamín…— se citaban en en un rincón del Jardín Botánico de Madrid, para protagonizar el célebre “silencio por Mallarmé”, sugerido por Reyes, con motivo del vigésimo quinto aniversario de la muerte del autor de Hérodiade, y publicado en una de las primeras entregas de la Revista de Occidente.

Pero la afición de Reyes por Mallarmé no detuvo ni se contuvo.

Durante los años siguientes publicó en revistas dispersas, por la abierta geografía del mundo hispánico, una parte importante de los estudios reunidos, en 1938, en Mallarmé entre nosotros, y otros que, hasta la fecha, no han sido compilados, en espera de ser recogidos en el correspondiente tomo de sus Obras completas.

Esta labor –esta afición por Mallarmé- de Alfonso Reyes, tan rica en incidentes, tan fecunda e incitante, se conserva, sin embargo, como un filón intocado, cuando no, como ocurre con algunos de sus críticos, insospechado. Un filón que se adentra, justamente, en esa preciosa, casi utópica zona donde las letras dialogan sin cuidarse de fronteras ni de pasaportes literarios, donde reconoce la literatura su espacio, gestándose como la más humana ambición de universalidad.

Pero, al fin de cuentas ¿qué silente realidad, qué insospechado dominio literario, late en esta afición de Reyes? ¿Qué tráfico espiritual se escurre en su diálogo espectral con el gran simbolista?

No pretendo, por ahora, poder ofrecer una respuesta. Me basta, para el propósito de esta nota, haber denunciado la presencia de este filón intocado en la obra de Reyes. Es probable que cuando sea explorado se venga al suelo una parte de la lastimosa escenografía histórico-espiritual de nuestras “historias” de la literatura, dejando al descubierto el espectáculo real del proceso literario de Hispanoamérica.

 

Nota literaria publicada el 29 de diciembre de 1963 en el periódico de circulación nacional El Mercurio

[1] La “Noticia” inserta en Obras Completas, I, 10.

[2] Libro Jubilar de Alfonso Reyes. Dirección de Difusión Cultural de la U.N.A. M., México, 1956, 69-73.

[3] R.M. Rilke. A. Gide. Correspondence. Correa. París, 1952, 112-114.

[4] Marcel Raymond. De Baudelaire al surrealismo. Trad. J.J. Domenchina. F.C.E. México, 1960, 23. Véase, asimismo, P. Valery. Oeuvres (ed. La Pleiade). I. 661.

 

Martín Cerda nació en Antofagasta en 1930. Realizó sus estudios básicos en Viña del Mar, en el colegio los Padres Franceses. Desde entonces su pasión fundamental fueron los libros, especialmente la literatura y la cultura francesa. Por esta razón, a los 21 años viajó a París, con el propósito de conocer e imbuirse en la corriente intelectual encabezada, en esta época, por los existencialistas Jean Paul Sartre, Boris Vian, Albert Camus, Ives Montand, Simone de Beauvoir entre otros. Se matriculó en la Universidad de La Sorbonne para estudiar derecho y filosofía, allí entró en contacto con obras de escritores franceses y europeos fundadores del pensamiento moderno. Así, Cerda fue uno de los primeros escritores chilenos en estudiar a los intelectuales europeos de la década de 1950, adquiriendo con ello una erudición que lo posicionó como el único autor con la capacidad de difundir tales ideas en Chile. Todo esto ayudó a forjar su orientación de ensayista, actividad que abordó con gran entusiasmo, pues esta forma literaria le permitió situarse en la contingencia y dejar constancia de su tiempo. De regreso en Chile, trabajó como columnista en distintos periódicos y revistas, colaboró desde 1960 en la revista semanal PEC, y en el diario Las Últimas Noticias, donde escribió ensayos sobre hechos históricos, literatura, cultura y contingencia chilena. Asimismo, en 1958, participó de un suplemento del diario La Nación llamado «La Gaceta». Por otra parte, en esta época formó parte del ambiente intelectual chileno, integrándose a discusiones literarias en cafés y en tertulias y dando charlas. En 1970 resolvió abandonar Chile y establecerse en Venezuela desde donde siguió enviando artículos para Las Últimas Noticias. Además trabajó en un suplemento literario de un periódico de ese país. En 1982 publicó su primer libro, La palabra quebrada: ensayo sobre el ensayo, en el que propuso un recorrido por la historia de este género, desde sus orígenes. En 1984, asumió la presidencia de la Sociedad de Escritores de Chile, cargo al que renunció el 3 de marzo de 1987, porque quería dedicarse por completo a la preparación de otros libros de ensayos. Ese mismo año, publicó Escritorio, un largo texto donde reflexionó sobre el oficio del escritor. En 1990, obtuvo la beca Fundación Andes para llevar a cabo tres proyectos de investigación en la Universidad de Magallanes (Umag): Montaigne y el Nuevo Mundo; Crónicas de viajeros australes y una completa bibliografía de Roland Barthes. Esta experiencia lo motivó a trabajar en la ciudad de Punta Arenas, donde había descubierto una escena literaria fecunda y una activa vida académica.Sin embargo, a los pocos meses de haberse instalado, en agosto de 1990, la Casa de Huéspedes del Instituto de la Patagonia, donde estaba alojado, sufrió un incendio que destruyó casi por completo su biblioteca personal y sus manuscritos próximos a ser publicados. Esta catástrofe le asestó un duro golpe del cual nunca logró recuperarse. Luego de sufrir un paro cardíaco a fines de ese mismo año, debió ser sometido a una intervención quirúrgica que, en definitiva, no resistió. Murió el 12 de agosto de 1991. Dos años después, los investigadores Pedro Pablo Zegers y Alfonso Calderón publicaron dos libros recopilatorios de sus ensayos dispersos en libros y revistas. Más tarde, el prólogo de Martín Hopenhayn a la última edición (2005) de Palabra quebrada; ensayo sobre el ensayo, marcó la reactivación de las lecturas e interpretaciones en torno a su obra, que vino a confirmar la publicación de Escombros: apuntes sobre literatura y otros asuntos, volumen de textos inéditos con edición y prólogo también a cargo de Calderón.