Nuestro hombre en la región del cuento, ya sea para escribir sobre las recopilaciones y colecciones de relatos, ya sea para compartir él mismo su propia cosecha dentro del género, retorna este fin de semana a estar con nosotros por medio de un cuento inédito que pretende, entre otras cosas, contar con la complicidad ficcional del fin de semana entre los lectores. Disfrútenlo como lo hemos hecho/ hacemos/ haremos nosotros.

 

Él, a quien en el mundo anglosajón alguien podría llamar James, es un hombre elegante, que se aparta de sofisticaciones, guapo sin estridencias, culto, pues lleva un pequeño librito, a todas luces una guía de viaje, por tanto también aventurero, mundano, posiblemente políglota, sin que todas estas cualidades aparentes lo conviertan en un estereotipo publicitario, gracias a ciertos matices y defectos bien visibles, unas rojeces en el cuello, el cigarrillo apagado en la mano izquierda inútil y enguantada, la fatiga en el rostro, la boca reseca, después de la caminata al sol por las calles de la ciudad, que está descubriendo incitado por la lectura de una vieja novela que nadie a excepción suya habrá leído en los últimos cuarenta años. Un aire de languidez, de segundón, el flequillo lacio, negro casi azul o verde moscarda, generosas ojeras, orejas finas como el papel.

 

Ellas se han sentado a unos metros en el banco circular que rodea a la fuente, a una distancia discreta dentro de la zona de sombra que mengua minuto a minuto; salta a la luz la violenta dependencia que las une, más allá de la evidencia de ser madre e hija; se les hace necesario descansar, la madre suda porque al bochornoso calor del mediodía veraniego le tiene que añadir el récord de sobrepeso alcanzado en las últimas semanas, la hija lleva una camiseta publicitaria local y una gorra con la misma marca, una gaseosa, una coleta anudada sin gracia con una goma corriente, y es la encargada de arrastrar el carrito de la compra por cuya boca sobresale un saco de detergente. La madre resopla fatigada, pero eso no le impide sacar de un bolsón estampado con flores, que lleva en bandolera, una paquete del que extrae un purito, lo enciende ipso facto, como si fuera lo que le va a devolver el resuello, y a continuación rebusca y le da a la hija un cigarrillo de otro paquete y le ofrece el fuego.

 

James, o como sea que se llame él, situado a la derecha, se levanta y en  un brinco se pone delante de las dos mujeres y les pide fuego en su mismo idioma, pero el mechero falla en todos los intentos que hace, aunque no sopla ni una sola gota de aire. Es que tiene su truco, dice la madre, si me permites, ella lo enciende a la primera, él agacha la cabeza, mete el cigarrillo cogido por sus labios entre las manos, sin rozar los dedos gordos y sucios de nicotina de la mujer, con delicadeza, se levanta como si un delfín saltase sobre las aguas y expira con una sonrisa de agradecimiento el humo blanco y novedoso, que se desvanece ante los ojos hipnotizados de la hija. Muchas gracias, les dice, regresa a su sitio, pero el sol en esos breves instantes ya ha conquistado la zona de banco que ocupaba hacía un momento a la sombra, así que solo tiene dos opciones, o se sienta en el mismo lugar bajo la inclemente solana, de la que venía huyendo, o se sienta a la sombra, mucho más próximo a la pareja de mujeres, y ahí sabe que está seguro, porque la esquina del edificio de enfrente lo va a tener a resguardo. Elije la proximidad y con ello sabe que la conversación.

 

Un tipo con su carácter bondadoso, con su aspecto gentil, con la clase de vivencias que le han tocado, podría parecer el diseño de un guionista, de un escritor con buenas dosis de optimismo. Pero él, James, si no se nos ocurre pronto otro nombre se va a quedar con este, es real, de carne y hueso, y el sudor que le empapa la camisa es una señal evidente de su corporeidad. Sin embargo, hay muy poca gente que como él parezca que ha salido de un cuento, de una fábula; pues es un hombre ligero, bienintencionado, estimulante. Tiene a su favor que no le agobian las cuestiones económicas; aunque no siempre fue así, en el pasado tuvo que lidiar con la precariedad, la pobreza, la lucha por la subsistencia. Pero un billete de lotería que por demás se encontró en el suelo lo libró de todas esas servidumbres para siempre. La naturaleza le ha dado unas cartas excelentes, nunca ha tenido un problema grave de salud, duerme bien, come con apetito, pero también soporta el ayuno, camina sin descanso, pues no le queda otro remedio, y eso lo mantiene en forma sin por ello perder la fragilidad existencialista de quienes son adictos.

 

Madre e hija informan al viajero sobre algunos aspectos de la ciudad y le dan referencias sobre un hotelito en el centro, qué lugares visitar, algún restaurante que ellas no conocen personalmente pero del que todo el mundo habla muy bien, luego se despiden de un modo encantador y les queda una sensación muy dulce, una confianza renovada en los extraños, una placentera ensoñación sobre lo que sería conocer otros lugares, andar perdidas por el mundo y que un recién conocido les hiciese algunas recomendaciones. Pero lo que hacen es lo único que pueden hacer, regresan a casa con la compra. Viven en los edificios verdes que todo el mundo conoce como los edificios verdes, quizás el barrio tenido por más feo de la ciudad. Tienen que subir las escaleras hasta la cuarta planta porque no hay ascensor y se van turnando el carrito de la compra, hacen un par de paradas por el camino; la primera en la ventana del segundo piso a echar un purito y un cigarrillo mirando las vistas, un horizonte de edificios rojos, azules, amarillos, que todos conocen por su color, nadie recuerda los nombres oficiales de las calles; la segunda parada la hacen interceptadas por la vecina de arriba, que las aborda con ganas de conversar sobre la aventura que se figura que tiene su marido con la del primero, por mucho que su marido lleva años sin salir de casa, desde que se destrozó las piernas en una caída de la obra en la que trabajaba. Pero desde que la otra enviudó piensa que sube a verlo, así que ella sale de casa lo imprescindible para hacer la compra y poco más. He llegado y en la casa olía a esa guarra, les dice. Mujer, eso son figuraciones tuyas. Que no, que él tenía una sonrisa bobalicona en la cara que nunca tiene cuando estoy yo. Vamos es que soy capaz de bajar y la rajo. Acercaos a él y me decís si huele a chocho o no. A la madre y a la hija no les queda más remedio que entrar y saludar a su vecino. ¿Cómo estás, Rafael?, le preguntan, le hacen un guiño cómplice. Pues ya veis, aquí, atascado con este crucigrama desde hace meses. Él las mira de modo significativo, cómplice. Bueno, pues déjalo, hombre, si quieres te mando a la niña ahora con uno nuevo. Hay cosas que uno no puede solucionar. De verdad que sí, pues te lo agradezco. Bueno, Isabel, estate tranquila, aquí no ha habido nadie. Me quedo más tranquila, porque me lo decís vosotras, pero como algún día pille a esa, os juro que aquí va a haber una desgracia.

 

Entre unas cosas y otras madre e hija llegan a casa a una hora tardísima, la madre entra en la cocina a preparar las lentejas y la hija va a su cuarto, se tira sobre la cama y pone la música a un volumen atronador, entrecierra los ojos y se mete la mano derecha dentro de las bragas, la izquierda la posa con el envés en la frente, a modo de consuelo, con aire cinematográfico de mujer fatal, aprovechando que entra algo de fresco por la ventana abierta. No puede oír las voces de la madre diciéndole que le baje a Rafael alguna de las revistas de crucigramas que hay en el mueble de la televisión. Tiene los ojos cerrados. Y es ahí cuando se acerca a ella el hombre de la plaza, el viajero al que le han dado fuego y con el que han charlado un rato antes de proseguir su camino.

 

Pone la mano en su pecho, pero no es hasta que lo roza con los labios cuando siente la primera descarga. Hunde sus dedos dentro, él la abraza y ella intenta zafarse pero no puede, la besa por el cuello y la nuca, la besa en la boca, cada vez se encharca más, como si tuviese ahí un pozo que se pudiera tragar la mano entera. Se hunde, se hunde como si estuviese en una playa enfangada por las arenas movedizas. Y lo último es el sabor del aliento de él con sabor a tabaco en su cara, en su nariz, el aliento que ella misma expele sobre la palma de la mano que ha puesto cubriéndose el rostro. Luengo enciende un cigarrillo, mira por la ventana, el rostro del amante con las marcas que ella le ha dejado, hasta que detrás de la cortina de humo lo empieza a perder poco a poco, con una punzada de la nostalgia que le hace el encuentro mucho más dulce de lo que ha sido, porque también hubo algo de violencia, la imagen  desaparece, como otras veces le ha ocurrido, y en unos minutos tendrá que empezar la reconstrucción de los detalles, volviendo atrás al momento de su aparición pidiendo fuego  y luego al placer novedoso de la charla con el extraño, sobre el que ejercitó todo su poder de observación. A la noche cuando lo invoque de nuevo no aparecerá.

 

James no conoce a nadie en la ciudad, ha llegado a ella siguiendo los pasos que le marcaba una novela que escribió su padre antes de que él naciera. La ciudad de la novela y la ciudad real no se parecen en nada al principio, y al cabo son idénticas,  coinciden en el nombre de alguna calle, en el puente sobre el río, en la novela se menciona uno y en la ciudad real hay tres, pero de los tres el de la novela es el de piedra. James busca mentalmente al hombre que se ocultaba detrás de un montón de palabras, quiere imaginárselo pero no consigue otra cosa que imaginarse a sí mismo. Es curioso, se dice; las mujeres que encontré esta mañana, la madre y la hija, pueden ser descartes de la novela que persigo, porque mi padre no habla de nadie que les fuese equivalente, pero sí he visto al ciego, a la camarera, al detective, a los dos hombres que mi padre describió en mitad del puente echando un pulso. James entra en una librería y pide el libro de su padre por el simple placer de oírse diciendo el nombre de su padre. No lo tienen, tampoco lo conocen. Él les explica; la historia transcurre en la ciudad, pero cuando la ciudad tenía un solo puente. De eso hace ya mucho, dice el empleado. Sin embargo, en la biblioteca pública sí que hay un ejemplar, así que lo solicita para ver si ha tenido préstamos. En el tren de regreso James piensa una vez más en la madre y en la hija, en el breve encuentro durante el que charlaron fumando a resguardo de la canícula del mediodía; sabe que en unos días las habrá olvidado, que tendrá ya la cabeza en otros asuntos.

 

Antonio Báez visto por Curro Romero

Antonio Báez (Antequera, 1964) ha participado en diversas antologías de microcuento y relato breve y ha publicado los libros La memoria del gintonicGriego para perros y su título más reciente es La magia de los días, publicado por la editorial Talentura.

La imagen que ilustra el texto es del fotógrafo alemán Ingmar Nolting, su trabajo puede apreciarse en su página web:  https://www.ingmarnolting.de/