El secreto autor argentino que, desde hace tiempo, vive dedicado a otros menesteres en Venezuela sale de su aislamiento valenciano para compartir con los lectores de penúltiMa un tríptico de textos relacionados entre sí que invitan al lector a establecer relaciones y conexiones que pueden, incluso, haber pasado desapercibidos al propio autor. Literatura de búsqueda y encuentro, de salir de los senderos trillados, estos textos de Guillermo Cerceau interpelan al lector de modo directo y nada complaciente.

 

La letra como destino

 1

Aunque no piensa regularmente en el asunto, de vez en cuando se suscitan situaciones en las que no solo está obligada a pensar en ello, sino que debe explicarlo, a veces con detalles que preferiría ocultar y en algunos casos varias veces, cada una respondiendo a distintas inquietudes o incluso a dudas que surgen de la explicación anterior. Por ejemplo, cuando acompañada de sus hermanos (digamos, en la escuela, cuando la maestra toma la lista) sale a relucir el asunto. O cuando en una reunión de amigos en la que se compila una lista de nombres (tal vez para asignar tareas en una excursión o para formar distintos grupos) se hace evidente que algo no está bien o por lo menos debe ser aclarado. Es el tiempo el que construye el destino, paso a paso, con los aciertos o errores de quienes nos rodean, cuando somos infantes, y más tarde de los nuestros.

2

Siempre soñó con ser escritor. Cuántas horas dedico en su adolescencia a imaginar cuentos y novelas, con la misma intensidad que otros muchachos fantasean con enamorar a sus primas o ser campeones de algún deporte: ese daydreaming puede ser tan detallado que quien lo vive lo experimenta como una alucinación. Cada vez que terminaba un libro se sumía en ensoñaciones que duraban horas y en los que, dentro de los límites de su ignorancia de las letras y víctima de la ingenuidad propia de sus pocos años, elaboraba libros de los que, como dijo una vez Barthes, imaginaba las portadas. A medida que sus lecturas se hicieron más serias y su experiencia de la vida puso a disposición de su imaginación recursos más complejos sus libros imaginarios crecían en calidad y profundidad. Esta carrera literaria fantasmal se vio interrumpida violentamente cuando los apremios económicos de la familia lo obligaron a dejar sus lecturas y buscarse un trabajo. Pero como las letras eran ya más que una vocación, una obsesión, buscaba trabajos en los que al menos pudiera sostener una pluma o teclear en una máquina de escribir, tratar con papeles y carpetas, poner títulos y firmas. Ser un escritor, en cierta medida, aun si sus obras eran manuales técnicos o documentos legales, folletos publicitarios o anuncios personales.

 

3

Hoy, día brillante de luz y cielo transparente –y corrige al instante, azul, casi transparente, recordando un libro que había leído, me sorprende el destino con los ojos luminosos de esta microscópica mujer que sumida en el silencio me mira como interrogándome. Está rodeada de gente empeñada en hablar por ella: me cuentan dónde viven, qué hacen, porqué han venido a mí, me muestran papeles amarillentos y me interrogan sobre cosas que no alcanzo a comprender porque toda mi atención está concentrada en esta mujercita que permanece muda...

Se detiene en esa frase y comienza desde el principio:

En el día de hoy acuden a esta oficina …. y …. de este domicilio a presentar una niña …. hija de …. y de …. ambos de este domicilio …. y de conformidad con el artículo…  que … a los …. días del mes de …. de …. Es auténtico. Firmado ….

4

¿Es verdad que un nombre bello hace bella a la persona que lo lleva? ¿Es verdad lo contrario, que un nombre fonéticamente defectuoso o de ortografía equívoca repercute sobre la imagen del nombrado? Si en un pueblo pequeño todo el mundo lo cree así terminará siendo verdad. En un mundo más amplio, en las ciudades donde hay todo tipo de nombres extraños el efecto puede ser menor o nulo, aunque siempre hay alguien para quien ese hecho puede significar algo, bueno o malo.

Muchos antes, cuando era incapaz no solo de comprender lo que sucedía sino de sobrevivir un instante sin la ayuda de sus mayores, apenas nacida, lo sabría mucho más tarde, se cometió ese error con su nombre. Error bastante frecuente, por cierto, pero que pocas veces tenía otra consecuencia que verse obligada a deletrear o aclarar si la hache va o no va o cual de las dos V se debe usar o si el acento va aquí o allá. Su caso fue más grave: cambiaron su apellido. Una excesiva familiaridad del funcionario con los miembros de su numerosa familia, una reiterada labor de anotar nuevas criaturas tarde o temprano terminaría en una de esas confusiones pueblerinas que nadie nota porque nadie lee y que solo se manifiestan mucho después, a la hora de presentarse a las instituciones, la escuela, el trámite o el registro de cualquier cosa: allí, en la ciudad o en las grandes aglomeraciones, donde los detalles insignificantes y todas esas minúsculas partículas defectuosas que son como las migajas que deja caer el diablo mientras mastica sus travesuras, se hacen visibles, ostentosas, inevitables a la mirada de todos. El escándalo de las minucias.

5

El joven que el busca enamorado, pero asume el apellido de sus hermanos y pregunta casa por casa por una muchacha que no existe.

El premio obtenido en el que la inscribieron con el nombre equivocado…

Sigue: Larga lista de eventuales (y posibles) desencuentros, unos más graves o definitivos que otros: la mayoría desafortunados -excepto, quizás, cuando el Ángel Exterminador…

Estos caminos que se abren o se cierran conforman un destino, una trayectoria vital cuya forma impredecible muestra, sin embargo, cuando se la examina con detalle, el motor de cada desvío.

6

El tiempo de las horas y los minutos lo marca el reloj sin otra ayuda nuestra, en aquellos días, que darle cuerda cada tanto, cuando lo mirábamos dos veces en un breve lapso y veíamos los mismos números:  una ocupación intensa e impostergable o la reiterada distracción (por ejemplo, debida a la lectura, a una película, a un encuentro apasionado) explicaban esa omisión. El tiempo de los días, en cambio, requería de nuestro auxilio: cada noche o muy temprana en la mañana, debíamos arrancar la hoja del día transcurrido. Un calendario que permanecía quieto por más de una semana, digamos, era mucho más que una distracción o un olvido; se trataba de una tragedia mayor, de un abandono o de la pérdida del deseo de vivir. En la mayoría de las personas dar cuerda a su reloj y arrancar la hoja del calendario eran hábitos mecánicos que no requerían ser recordados ni mucho menos pensados, porque las grandes pasiones que nos distraen por horas sin fin o las terribles tragedias que nos quitan las ganas de vivir son totalmente imprevisibles; son, por así decirlo, exteriores al tiempo.

En los pueblos pequeños de antes o en las aldeas de hoy solo se dejan ver y conocer los grandes accidentes porque rompen la monotonía de las pequeñeces, irrumpen con su singularidad contra el muro de lo mismo que construyen desde siempre las generaciones. En las grandes ciudades, en cambio, se hacen visibles aquellas minucias, como si existiera una proporción inversa entre la magnitud del espacio que nos cobija y el tamaño o la importancia de lo que nos sucede. Así también con el tiempo, cuyas largas y muy lentas horas solo se aprecian en el medio rural mientras que transcurren invisibles en la ciudad: allí, solo los instantes, los segundos, tal vez los minutos son percibidos, celebrados o lamentados.

7

Solo la inocente e irresponsable genialidad de Walter Benjamin pudo proponer que cada segundo era una puerta por la que podía entrar el Mesías, tan luego él, para quien la salvación se escondió de su mirada hasta el último instante y finalmente lo abandonó en una tumba que hoy cumple el triste destino de ser un lugar turístico para pseudointelectuales. Benjamin, cuyo nombre carecía de errores, eufónico y sugerente, de dulce pronunciación: dedico su vida a los nombres y las palabras, dos objetos que de manera misteriosa lo llevaron a la muerte.

 

Tarde o Temprano

Tal vez sea verdad que la vida es muy corta, aunque no entremos en consideraciones (que deberíamos) sobre respecto de qué decimos que es corta esta vida de todos los hombres. Porque si hablara de la vida de alguien en particular, un ser querido, un amigo o un amor que la muerte se llevó muy temprano, es más o menos obvio que esta corta vida es corta en comparación con la de quienes afirmamos tal cosa, aunque solo sea porque para afirmarlo debemos estar (al menos hasta ese momento) vivos. La vida (de ese ser) es corta (respecto de la nuestra).

Pero aun sin estas consideraciones, como las obviedades de la naturaleza que no nos empujan a preguntar ni a reflexionar (no debe faltar seguramente quien se interrogue acerca de por qué ladran los perros, aunque difícilmente nos equivoquemos al suponer que son los menos) creo que todos pensamos que la vida es muy corta. Puede ser larga o muy larga para quienes se involucran en guerras (y sobreviven) o en circunstancias repletas de hechos memorables o terribles porque cada uno de estos hechos, por breve que sea su extensión en el tiempo, suma una cantidad difícil de estimar, pero no desdeñable, al tiempo de una vida. Para quienes, en cambio, pasan sus días en esa monotonía que llamamos la normalidad, la vida vivida, dejando de lado la cuenta de los años, puede ser muy breve o incluso mínima o intrascendente, sobre la que nadie contaría nada porque no habría nada (o muy poco) que se pudiera contar.

Se trata de casos extremos: los unos son héroes o grandes asesinos, genios de las artes o seres brutales y malditos. Los otros miserables, grises, mezquinos, casi sombras con nombre, apellido y algún otro rasgo civil totalmente prescindibles. La mayoría de los humanos vivimos, alejados de estos extremos, vidas que oscilan entre alguna grandeza insignificante y mucha mediocridad inofensiva. Vidas ni brevísima ni desusadamente largas, pero sin duda breves. Aunque una enorme distancia estilística separe la concisa vita breve est de los estoicos del amenazante lema que adorna el frontispicio del cementerio de Puerto Cabello, que inevitablemente leemos desde la carretera, Pasaron todos como sombras, como viajeros que van en posta o el más delicado Life’s but a walking shadow del bardo de Avon, el sentido es idéntico.

 

Es esta brevedad normal, por así decirlo, lo que en general y a menos que una fortuna totalmente desigual nos depare otra posibilidad, la responsable de que no nos toque rendir cuentas. ¿Cuentas de qué? Por una parte, siempre hay cosas que explicar: errores que hicieron daño, omisiones o acciones que opacaron el bienestar, la salud o la felicidad de otros, olvidos, torpezas. También hay cosas más graves: asesinatos, calumnias, estafas, todo tipo de miserias de diversa magnitud y consecuencias. Es nuestra brevedad vital la que nos impide rendir cuentas porque pocos de nosotros anotamos nuestras faltas, sus circunstancias y consecuencias, con fidelidad, exactitud y honestidad, si acaso las anotamos. ¿Quién dejaría de gozar de los pocos placeres al alcance de los mortales para dedicarse a una actividad minuciosa de inventario: registros, evidencias, aclaratorias, actividades todas en las que se puede incurrir en faltas, errores u omisiones que a su vez deben ser inventariados, en un ciclo cerrado como el de la serpiente que se muerde la cola?

La puesta en escena del Juicio Final, con un ángel que abre un libro y revisa cuidadosamente nuestras acciones y, queremos creer, seguramente nos da el derecho a la defensa para el que por las razones antes esgrimidas muy pocos tendrán los instrumentos adecuados (algo paradójico: solo aquellos cuya longevidad se confunde con la inmortalidad tendrían el tiempo necesario para defender inútilmente un derecho que ya poseen: el de ser inmortales) es una imagen que comienza aterrando y por poco que se lo piense, solo produce asombro o risa: la risa fatal, casi demoníaca, del pensamiento ilustrado.

 

Último gesto

… individuos que se han conocido casualmente y que, mientras se frecuentan, se ejercitan para volver a prescindir uno del otro un día.

Peter Sloterdijk, Esferas I.

 

Se empeña casi a diario en recordar con precisión ese último gesto, reproducirlo en la memoria para contemplarlo y analizarlo: busca descifrarlo porque cree que todas las cosas significan algo. No imagina que su esperanza es tan falsa, o absurda, como la de quienes sospechan que todas las cosas pueden hablar: de ser así, el mundo sería una espantosa fábula cacofónica (¿contada por un idiota?) sin moraleja posible.

Ella sabe que un recuerdo preciso puede ser el sucedáneo, frágil pero consolador, de una presencia, de un estar ahí, de la posibilidad de tocar, besar, acariciar. La memoria sería para ella una forma traslúcida y un tanto atenuada del contacto entre los cuerpos, lo que más se extraña de las ausencias. Para ser justos, no se equivoca en este punto.

Es la imagen, la que siempre queda como grabada en el alma durante una despedida, lo que se pretende evocar. En esos momentos tan cargados de sentimientos no muy claros, de reproches y disculpas, explicaciones tardías, comprensión y perdón o agudización de un malentendido; en ese complicado enredo de afectos e ideas, como en el trasfondo de la conciencia, se registra una imagen.

Antiguamente se creía que la víctima de un asesinato conservaba en sus ojos el rostro del malhechor. Morir es también, aunque de una manera muy oblicua, despedirse, aun de quien nos quita la vida. En la ficción policial se extraía el cristal y se lo analizaba para elaborar el cartel cinematográfico que dice se busca. Se trata solo de una ficción, que curiosamente, es el reverso exacto de una realidad (¿no es la imagen registrada siempre una inversión?). A diferencia del recuerdo de la despedida entre los vivos, cuya imagen se cultiva y, so pretexto de lograr su plenitud real, se mejora e idealiza, la imagen de la muerte, de haber existido, desaparecería por falta de cuidado.

 

Miraron. El terreno del asesino. Pasó oscuramente. (…) Todo el lugar se fue al infierno. Condenado injustamente. Asesinato. La imagen del asesino en el ojo del asesinado. Les encanta leer sobre esto.

James Joyce, Ulises

Sé que estaba sonriendo, eso es todo. De vez en cuando, alguna característica aislada de él viene a la mente, de los días anteriores. Sus dedos largos y curvos, esas cejas gruesas y anchas. Eso es todo. (…) Y durante las noches de insomnio, incapaz de reconstruirlo mentalmente, ya agotado por estos intentos inútiles, lo vislumbraba como si fuera una sombra, enorme, con contornos cambiantes, que se cierne opresivo, pero también distante como una amenaza.

Clarice Lispector, Obsesión

 

Las opiniones divergen apasionadamente. Cada quien tiene su propio recuerdo, incluso quienes no estaban allí, pero han escuchado muchas veces la narración. Las descripciones proliferan como los hechos de Rashomon, como si cada recuerdo fuera un punto de vista parcial por razones de paralaje. Una especie de cubismo familiar.

Entonces ella extrae de una gaveta, que rara vez se abre, una fotografía. Cesan las divergencias ya sea por convicción o porque obviamente un testigo más confiable ha hablado. Todos tenemos derecho a insistir en la veracidad de un recuerdo, pero solo dentro de ciertos límites. La fotografía estabiliza una imagen que cada tanto se dilata o se contrae y se multiplica en réplicas inexactas. Así contradice aquella afirmación tan contundente y a la vez tan poco susceptible de ser creída: “a las mujeres no se les deberían confiar las fotografías”, escribió Günter Grass en El tambor de hojalata, “porque las maltratan”.

Una vez zanjadas las diferencias comienza una nueva discrepancia, mucho más severa: ahora se requiere el sentido de aquel gesto.

Ella sabe que muchas veces, le ha sucedido, uno se cubre el rostro para protegerse del viento o de la lluvia, que muchos rostros que parecen sonreír o que fruncen el ceño no expresan emociones, sino que se contraen de manera refleja por algún estímulo exterior. La risa sardónica, para verlo de manera extrema. Sin embargo, y aquí estriba todo el problema de la interpretación, una compulsión muy humana exige que haya un sentido, que lo que veo en tu cara sea de alguna manera un reflejo de lo que sientes. De todas las cosas en el mundo es el rostro y sus muchas alteraciones la única obligada a hablar, a significar, a delatarse.

Por eso ella conserva la fotografía en su mano por unos instantes y luego la guarda como se guarda algo que fue muy querido pero que ya no sirve, como esas prendas de los abuelos o los juguetes del niño que ha crecido y que se conservan porque deshacerse de ellos es una manera de repetir el dolor de una pérdida irreversible. También porque, cada tanto, la da el poder de establecer una verdad contra viento y marea: el viento de la incredulidad y la marea de los hombres.

 

Fotografía de Orlando Baquero

Guillermo Cerceau (Argentina, 1957) es escritor y conferencista. Desde 1973 ha vivido fuera de su país, principalmente en Venezuela, Estados Unidos, Bélgica y Holanda. Ha publicado varios títulos de ensayos breves, entre ellos Equivalencias, Teoría de las despedidas y Oculta tu rostro. Su más reciente libro es Fotografías imaginadas y otros encuadres (2019), una meditación personal sobre el sentido de la fotografía.

La imagen que ilustra los textos es obra del fotógrafo Alfredo Cortina, uno de los fotógrafos valencianos más sugerentes.