Llegó el centenario de Juan Rulfo, y con la efemérides llegó la polémica, siempre alejada de la verdadera esencia de la literatura. Paola Tinoco quiere rendir su particular homenaje al escritor mexicano más importante del siglo XX en penúltiMa. 

Ahora que Juan Rulfo es una marca y mencionarlo, a él o a sus libros está regulado por la fundación que lleva su nombre, me pregunto si podré hacer este recuento de su vida y talentos varios. Me arriesgo a hacerlo porque no importa la maledicencia en su contra, si fue empleado de una llantera, si tardaba mucho en acabar (o incluso se decía que no acababa solo) sus libros, si finalmente el tío Celerino era uno de sus amigos que le corregía la plana, qué más da. Ahí está lo escrito y se seguirá leyendo:

Se llamaba Juan Nepomuceno Carlos. Si, hace años se estilaba dar opciones para que los hijos decidieran qué nombre les acomodaba mejor, o quizá, para no dejar fuera a los seres queridos por quienes decidían nombrarlos así. También sus apellidos eran varios: Pérez Rulfo Vizcaíno, pero eligió la sencillez de firmar como Juan Rulfo dos de los libros más importantes y con más traducciones en la historia de la literatura mexicana: Pedro Páramo y El llano en llamas. No desmerece el segundo título, una serie de sus historias más exitosas, sin embargo es Pedro Páramo, su primera novela publicada en 1955 la que lo llevó a ser uno de los escritores más leídos alrededor del mundo.

No se habla tanto, sin embargo, de su vena cuentística, narraciones que publicaba desde 1945, antes de terminar su tan reconocida novela. Historias cortas de Rulfo aparecieron primero en la revista Pan, en Guadalajara, y después en la Ciudad de México, donde publicó Macario y Nos han dado la tierra, en la revista América.

Nunca fue un escritor que hiciera vida social o se acercara a los círculos literarios. No lo hizo ni siquiera pensando en cuál sería el destino de sus escritos, aunque sí trabó amistad con otros escritores, como Efrén Hernández (quién se rumora, era el que le ayudaba cerrar sus historias) pero en realidad, en esos años (1947 a 1950 aproximadamente) estaba más interesado en formar una familia y seguir escribiendo, como lo reflejan sus cartas a Clara Aparicio, que después se convirtieron en un libro de ochenta y un cartas seleccionadas y una postal amorosa. En ellas se revela una alquimia oral muy particular, su sello, donde trascienden historias escuchadas en su niñez, algunas inventadas, otras tantas adjudicadas a su famoso tío Celerino, con una voz popular donde brincan por aquí y por allá prefijos como “rete” o palabras como “tiliches”, o expresiones que sirvieron para hacer fluir frases que dotaban de personalidad a sus textos. De ahí puede notarse que ya se gestaban historias incluidas en El llano en llamas. En medio de las insistentes declaraciones de amor y planes para crear un mundo para ellos dos, Rulfo describía su entorno. Ya se notaba la veta narrativa que posteriormente se vería reflejada en sus libros y de la que tantos escritores abrevarían.

Su gran imaginación y el oído atento que poseía Rulfo, su poder verbal, dieron lugar a grandes historias de barrio, como La Merced y Nonoalco, reflejadas en Paso del norte (incluido en El llano en llamas) pero cabe mencionar que no sólo ilustraba a través de las letras, sino que de manera paralela desarrolló un talento particular para la fotografía, como si al tiempo que ejercitaba la pluma lo hiciera también con la cámara. A través de esa otra habilidad suya plasmó grandes imágenes de la realidad mexicana partiendo de retratos, edificios, pueblos, paisajes, todas esas historias gráficas que seducían al autor de El gallo de oro y que pueden apreciarse en un libro publicado en 2010, 100 fotografías de Juan Rulfo (Editorial RM) donde un grupo de curadores se dio a la tarea de elegir y ordenar por etapas una buena parte del archivo fotográfico y que, de igual forma que con su obra literaria, fue de interés para ser apreciado en otros países (Brasil, Alemania y Estados Unidos).

Por si todo esto fuera poco, Rulfo también dejó su huella como guionista de cine, participando en proyectos del Indio Fernández, donde trabajó en conjunto con Juan José Arreola, o bien, dando historias suyas para ser adaptadas al cine, como fue el caso de El gallo de oro, donde dicha adaptación corrió a cargo de Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez.

Cuando me tocó leer a este gran escritor, era muy joven y no entendía porqué le hacía tanto ruido a Octavio Paz. O porqué en la escuela nos iniciaban en la lectura con escritores extranjeros como Julio Verne, Mark Twain o Louise May Alcott. Aquellos eran más fantasía (excepto Alcott) y Rulfo, realidad, aunque se tratara de un orfeón de fantasmas narrando. Los doce años no son la edad que habría elegido para conocerlo, y sin embargo, en esa época tocaron algunos profesores con buenas intenciones de hacernos leer algo importante de la literatura mexicana. Lo leí, hice la tarea y me preocupé. Fue hasta pasados los veinte que una segunda lectura que me atrapó con el coro de voces en Pedro Páramo, inevitable buscar después sus cuentos, posteriormente sus cartas y finalmente, sus fotografías. Una pena que después de todo eso no hubiera nada más para ver, para leer. Nada para reprocharle, considerando que su legado es lo bastante interesante para revisitar. Y revisitar. Y revisitar.

Tres nombres llevó Rulfo en vida, y tres talentos suyos disfrutamos los que a pesar de pertenecer a otras generaciones, no podemos dejar de conocer uno, dos o los tres nombres de Rulfo para nutrir el espíritu y el acervo cultural personal: escritor, fotógrafo y guionista. Juan, Carlos o Nepomuceno, siempre será Rulfo para cualquiera que llegue a él, tarde o pronto, y no habrá desperdicio alguno.

 

Paola Tinoco

Paola Tinoco (Ciudad de México, 1974) es escritora, editora y promotora literaria. Miembro del consejo editorial del periódico Reforma. Ha publicado cuentos, crónicas y entrevistas en Revista 1.9.2., Milenio Diario, 24 horas, Replicante, Playboy, la Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Luvina, Revista DF por Travesias y es columnista de la revista Marvin. Compiladora de la antología de cuento latinoamericano De lengua me como un cuento (2009), publicada por Axial; la antología de cuentos de escritores regiomontanos Cuentos desde el cerro de la silla(2010), publicado por Anagrama y la Universidad Autónoma de Nuevo León, y Más de lo que te imaginas, cuentos perversos(2012) publicada por Cal y arena. Su primer libro de cuentos lo editó en Páginas de Espuma y lo tituló Oficios ejemplares.

Todo texto es un Palimpsesto, pero más todavía los que versan sobre otras producciones culturales. Haciendo un leve homenaje a Genette, en Palimpsestos se recogerán los textos críticos. En penúltiMa la crítica es meditación y diálogo. Los textos que pasan a entretejerse con aquellos de los que hablan.

La fotografía que ilustra el texto es del fotógrafo mexicano Manuel Antonio Cruz.