Continúa aquí la novela por entregas de Javier Sáez de Ibarra, que está dividida en capítulos lo suficientemente cortos que permiten tanto su seguimiento sin largas sesiones de lectura por parte de los que han ido transitándola siguiendo el ritmo de publicación de los capítulos como la incorporación de los que la van descubriendo in media res, que no tienen dificultad para ponerse al día rápidamente. Por ejemplo ahora, que el tren se está poniendo ya en marcha.

 

Un toque de silbato. Un golpe que suelta los frenos. Un chirriar. Y así el punto fijo, referencia de nuestra situación, se desplaza, empieza a distanciarse de nosotros. Esta columna se aparta llegando otra con la pereza del arranque del movimiento, casi a punto de quedarse justo delante se desliza suavemente hacia el lado que llamaremos atrás, y otra nueva que aparece ya no cumple el deseo de las anteriores, se deja registrar, en seguida fracasa porque el vagón en el que vamos no puede detenerse, la supera, luego una más que se ha vuelto borrosa al paso que deja lugar a otra igual, y así la siguiente hasta cuando mi pérdida de la sorpresa renuncia a seguir el inventario de tanta sugerencia. Observo de soslayo a mi compañera; surge en mí la posibilidad de comunicarme con alguien, por la expectativa o la alegría o la dulzura tristona de la partida. Pero ella continúa en su lectura vana. A mí, en cambio, que llevo tantos años viajando en trenes, aún me conmueve ese punto verdadero del inicio.

Es el momento de tomar algunas rápidas decisiones, que otras veces resuelvo mientras espero en el andén: cómo organizo mi tiempo. Leer, cavilar, tratar de dormir, escuchar música, sacar el ordenador, jugar con él, trabajar, hacer una llamada…

Mantenía entre las manos la libretilla con las frases que había anotado. Algo ponía ahí acerca de las decisiones. La mujer dio un suspiro desproporcionado, de pronto. Me pareció casi provocador cuando, sin que hubiera podido interpretar mi reacción y casi para sí misma, dijo inesperadamente:

 

– Perdón.

 

No me había mirado, se cubrió la boca y continuó con lo que hacía. Espié desde mi sitio lo que estaba leyendo, apenas entreví letras sobre la colorida foto de una amazona montada en un caballo pura sangre.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.