¿Y luego?, me dice mi hijo sin terminar de decidirse a mecerse en los brazos de Morfeo. Y yo lo miro entre aburrido ya de inventar nuevas consecuencias imposibles, porque a los niños no les cuadra demasiado eso de la hilazón lógica («Se fue el marido de viaje de trabajo y lo llevaron del alterne, y después de ser infiel a su mujer comenzó a darse cuenta de que había vida más allá del matrimonio, y fue cuestión de tiempo que se creyera un galán y su mujer terminara por echarle de casa, no por adúltero, sino por iluso», me gustaría contarle, pero su madre me reconviene y me dice que me ciña a los sapos que se convierten en príncipes), y por otro lado fascinado, porque en el «¿y luego?» que él me lanza, como un reto a la inventiva de su padre, descansa la esencia misma de la narración, porque solo mediante la relación causa efecto se produce el relato. Puede uno ser más explícito o menos, establecer de modo más inequívoco o más críptico esa causalidad, ceñirse a la mera yuxtaposición de escenas y dejar que el lector, o el espectador, o el oyente, las conecte, las clausure, como se hace al leer un cómic, pero, conviene tenerlo en cuenta, es en el «después» donde nace la narrativa. Luego no vayan por ahí diciendo que no se lo explicamos. Les dejo con Javier Sáez de Ibarra.

 

¿En que pensaba ella? ¿Cómo podía yo saberlo? ¿Estaría corriendo como una loca detrás de su hijo enfermo? ¿Estaría huyendo de él? ¿Había huido hacia mí?

Por fin parecía que el agotamiento la hubiera vencido. En su respiración a ratos agitada se estarían debatiendo todas las cuestiones. O nada, el vacío.

¿Qué había sido, en realidad, aquella escena? ¿Adónde habíamos llegado? Podía olvidarme, en el escenario de su silencio, como en una tregua de preguntas. Esto me divertía mucho. Un pez con agua.

Había una mujer a mi lado, a fin de cuentas; ella sin ropa y yo desnudo.

Recordé entonces que, una vez, cuando era joven; en una discoteca, un hombre, un borracho creo yo, se acercó al grupo en el que estábamos; bailándole la cabeza y la mano del vaso me dijo tan divertido (así, como lo cuento, y sonriendo):

 

– Esta noche me espera una mujer en la cama… ¿y a ti?

 

Y se largó sin esperar respuesta. Que no hubiera podido darle. No tenía yo novia. Era virgen. Su palabra como un reproche de alguien, el peor escogido probablemente, para dar una máxima lección de sabiduría.

Sí, “una mujer”. Maldito sea el borracho cabrón. ¿Una cualquiera?…

Una mujer.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.

Por entregas es una sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.