Por lo visto una vez le preguntaron a Faulkner por qué en sus novelas había sexo, mucho sexo, pero rara vez reflejaba el amor entre sus personajes. Resulta sugerente imaginar la cara del escritor, ya viejo, en la mansión en la que pasó los últimos años de su vida escribiendo y bebiendo, sin preocuparse ya de nada, con la seguridad de haber obtenido el premio Nobel y de poder escribir lo que quisiera. Ese hombre, que había escrito ya algunas de las novelas más impresionantes del siglo XX, enfrentado a una idea burguesa del amor, romántica y cursi, que debía parecerle tan aburrida e innecesaria como las visitas de los clientes que, en su juventud, interrumpían su lectura durante las horas de su turno en la oficina de correos donde trabajaba. «El amor requiere el secreto», respondió, con la seguridad de no solo haber esquivado una bala innecesaria, sino de haber dejado una frase, sentenciosa y cargada de simbología, que podría usar en alguna de sus novelas. Les dejamos aquí con otra novela, faulkneriana a su modo, que es la de Javier Sáez de Ibarra.

 

El hecho es que me acosté a su lado y le pasé el brazo. Mi cuerpo se unió al suyo cuando comprobé que no se apartaba. Mis manos buscaron el volumen, la protuberancia de sus pezones, que no hallaron, que tuvieron que hacer surgir girando despacio. Mi boca quería triscar entre su cabello, su cuello, sus orejas. Mis piernas entre las suyas buscando el acomodo del sexo, presionando para que se acoplase a mí. Hice todo como un artista cuidadoso y ladrón. Apresurado y premioso para ocupar la mejor porción desde la que negociar luego en posición de ventaja, cuando el armisticio. Iba pensando también una declaración de ternura.

Volvió de alguna parte Elena. Entendió lo que estaba ocurriendo. Yo no me había detenido, y supongo que hizo sus cálculos. No sé cuáles ni cuántos ni cómo.

 

– ¿Qué estás haciendo? –preguntó.

– Te quiero.

 

Deliberaba aún cuando la besé. Lo entiendo así porque no respondía, no respondió. Yo continuaba. Me esforcé por estimular su deseo. Le quité el sujetador y le cubrí los pechos con mis caricias, dibujando su forma, tomando su gravedad, recorriendo lo que me suscitaba… Se los besé dormida a voluntad, como la que espera. Comprendí que le gustaba. Entonces, deslicé la mano hasta sus braguitas y la puse ahí dentro; la acaricié con cuidado, seguido. Le pregunté si se sentía bien. No respondió. Continué, cada vez con más ansia. Quería que llegase al orgasmo, que se detuviese en él, ver qué ocurría. Trabajé duro, a conciencia, como una apuesta conmigo mismo; pensando en cosas, bombardeado de ideas. Y alcancé a sentir sus sacudidas, su placer, su voz. Retiré la mano y la apreté entre mis brazos. Enseguida puse mi boca sobre la suya para sentir el esfuerzo por respirar contra mí, sentir el alma que se le escapaba a tirones. Se estremeció. La imaginé en la calle de la soledad, sin su hijo, en una noche gris.

 

– Ven –me llamó.

 

Empezó a besarme. Apasionándose. Me descubrió el pecho, me quitó la camisa. Había tomado la iniciativa; tuve que quitarme los pantalones a toda velocidad en el remolino y quiso saber si tenía un condón. “No llevo”, reconocí. Me procuraba alguna excusa… “Yo tengo uno”, dijo, “el bolso…”. Salté de la cama, desnudo. ¿A qué bolso se refería, al personal, al del viaje… Sentí miedo de tocar el pájaro decapitado, ¿dónde lo había puesto?, qué pájaro ni qué; había que darse prisa: revolví entre sus cosas, metí las manos hasta el fondo, agité el contenido de su bolso, hasta sentirlo. Lo agarré, dejé todo desordenado y volví a la cama. Apenas tuve que reanudar el juego, me recibió. Sentí un mordisco; me sujetó fuerte y nos penetramos. Ella sin cuidado; yo procurando no hacer ruido.

Esos fueron los hechos.

Luego nos recogimos, replegándonos hacia los huecos con que se habían poblado nuestros miembros, donde no llegamos a alcanzar un acuerdo del todo, donde ambos descansaríamos satisfechos. Uno se retira al recuerdo de cosas… caminos, circunstancias, un detalle absurdo de esa misma tarde o de hace un momento: un botón, un ojal, el tacto de sus pechos al principio. Se hace, se reconstruye la memoria de buena parte de lo que me ha llevado hasta allí, siempre incompleta y fácil como una hipótesis a posteriori. Si me preguntara “¿en que piensas?”, no sabría responderle. Pienso en la vida.

Nos habíamos quedado tranquilos, felices, pensaba yo, apaciguados.

Me volví hacia su lado, encontré su mano y la puse bajo la mía; coloqué mi boca sobre su sien. Hubiera querido preguntarle muy bajito cómo se sentía. Tuve miedo de que empezase a llorar, así que no le dije nada.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.

Por entregas es una sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.