Los dormitorios tienen mucha prensa, buena y mala. Pareciera que todas las cosas interesantes que suceden en una casa tuvieran lugar en el dormitorio. Como si el resto de las casas no reunieran las condiciones necesarias para que suceda prácticamente cualquier cosa en ellas. Los dormitorios, acaso, estén sobrevalorados. Pensamos que, por considerarlos espacios íntimos, son donde suceden las cosas más interesantes de la vida de cada uno. Pero eso no es más que una evidente proyección del chismerío. Como no sé qué pasa ahí me interesa más que donde sé, o puedo saber, lo que sucede. Pero es evidente que no puede ser así. O quizás sí lo sea, leamos lo que nos cuenta Javier Sáez de Ibarra al respecto en este capítulo de su novela por entregas.

 

No fuimos al vagón-restaurante, por supuesto; lo atravesamos procurando no levantar comentarios y llegamos al vagón donde estaban nuestros asientos. Pasamos por entre las literas hasta la nuestra; el juego de las dos camas, una encima de la otra, ya estaba dispuesto.

Le pregunté que dónde tenía la ropa de dormir. Quiso señalarme su bolso de viaje. La dejé recostada y la busqué. Tuve que encender la lamparita; a su luz escasa, el satén de su camisón adquiría un brillo turbio. Cerré la bolsa, el ruido que produjo la cremallera me puso nervioso. Coloqué su camisón bien estirado sobre mis piernas, y no evité contemplarlo. Me había apoderado de un doble de su cuerpo, grácil, dominable, apetecible. Y que no era nada más que tela. Un manotazo y se arrugaba… Ella, a mi lado, seguía en la misma posición sobre el lecho en que la había dejado, ajena a todo lo que me ocurría a mí; podía haberse quedado así toda la noche, viajando en su estado de enajenación, combinando su pócima de miedos, culpa, hartura.

 

– ¿Dónde estás ahora? –le pregunté.

– A tocar la cara de mi hijo… y la tuya…

– ¿Estás segura de que soy yo?

 

Se quedó pensando… Le quité los zapatos. Llevaba medias. Le pregunté si la ayudaba a desvestirse, no respondió. Le desabroché la falda. Le quité la blusa con el cómico-patético saludo de sus brazos. Su sujetador era marfil. Busqué el hueco de la cabeza del camisón. Le levanté la cabeza con cuidado. Sus pechos se removieron, primero hacia un lado. Cuidé de no pillarle el pelo. Luego hacia la posición anterior. “Ten cuidado de que no te golpees con la cabe…” Se movían con cada esfuerzo mío por vestirla. No entendí si dijo algo. Conseguí que acompañara lo que estaba haciendo, introdujo la cabeza y tiré del camisón hacia abajo, desde el torso a la cintura, arrugándolo, cubriéndola.

 

– Te bajo la falda –anuncié.

 

Quizá se negara. Yo jalé de ella y se fue deslizando por sus caderas, por los muslos, y las piernas hacia las pantorrillas; la había dejado enrollada en los pies. Sus braguitas eran marfil también. Miré intencionadamente hacia el vértice de su sexo. Ella se puso a manotear, no sé, aunque no dijo nada; yo le quité la falda, y le bajé el camisón del todo. Estaba sudando.

 

– Ya hemos terminado, ¿ves?

– Gracias –murmuró.

 

Le pregunté si quería que la tapase. Ella dio media vuelta y se puso de espaldas a mí. Me había sentado en el espacio que dejaba libre en la cama, en una posición que nos recuerda la del cuidador, una madre, un padre, alguien cercano para quien el enfermo es inaccesible por más que quiera auxiliarlo. Un lugar que, lógicamente, me dejaba fuera. Una cortina posible, que deslicé de derecha a izquierda, nos dejó aislados del resto. Qué situación extraña para un encuentro como este. Si apagaba la luz, sólo con un dedo, el mundo dejaría de vernos. Había olvidado, por error, cubrir la ventana; aunque afuera todo era invisibilidad. Me dediqué a pensar, a recapitular, a calcular, a imaginar, a sopesar mi verdadero deseo, a juzgar, a librarme, a querer. Primero con la luz, luego ciego, y después hecho a la semipenumbra de la cortina y las luces de servicio.

Permanecí un rato escuchando los siseos del tren al paso por los raíles, las mínimas sacudidas, algunos ecos más nítidos en medio de la noche y mi expectativa. Podrán pasar miles de años que esa fuerza continua, incansable de la máquina en funcionamiento, tan diferente a lo que somos, no deja de instigarnos al asombro. Eso lo sentía, más que poder expresarlo. El hecho también de que una decisión tomada (emprender un viaje, subirse al tren, ocupar sin posibilidad de cambios ese asiento en él) siguiera en marcha con independencia de lo que nos ocurriera… lo disímil de esas dos voluntades… en esa coincidencia de dolor y alivio que me producían… El empuje de la decisión echada a rodar que nos ha librado durante dos días y dos noches, la fragilidad de ser de carne dentro de este cuerpo avanzando… sí, alivio y dolor alternativos, según se viera, según ganasen uno u otro…

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.

Por entregas es una sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.