Uno de los errores más habituales en que cae el lector poco habituado no es ya el de tener que buscarle un significado a todo texto (el mito del sentido) y sufrir si no lo alcanza, no lo roza («se me escapa lo que el autor quiere decir aquí», frase tantas veces escuchada de la boca de los humildes, mientras que los soberbios, ahora se les dice «empoderados», sentencian con un «esto no tiene sentido»), sino el de pensar que el lenguaje sirve para la comunicación, como vehículo, y no, como realmente sucede, para opacar el sentido, que no consiste en ocultarlo, sino en materializarlo. Por eso los autores realmente interesantes van poco a poco circunvalando el sentido, y su escritura no es sino la bitácora de esa derrota, y se permiten, como hace aquí Javier Sáez de Ibarra, recordarnos la cantidad de lenguaje que no puede ser, ni siquiera pretende serlo, ininteligible y, sin embargo, está cargado de capacidad comunicativa porque sirve para opacar, hacer material, el sinsentido del mito de la comunicación.

 

Bla bla bla bla, dijo don Samuel. Ble ble ble respondió otro de los comensales. Blu bli blu, añadía el señor Tomás antes de deglutir, mientras deglutía, después de deglutir. Nibla nibla niblabla, reconvenía Franklin: Nablubla blubla y blabliblú, cooperaba el joven cuyas blablablulas no blablublían igual que las blublis de los demás blublablentes. Y Elena, también, bli bli poco, bajito y con voz femenina. Ella no bliblublaba demasiado porque la blablablomba general la llevaban don Samuel y sus acólitos bulbos. Me preguntaron: ¿blemba lablembiba? Bbo, bbo, blablucí yo, que era una manera de callar blublientemente.

 

– Blablin el vlino –blonunció bliblantemente don Samuel antle nosotblos.

 

¡Bli bla blebla! ¡Bla blu blableblí!, picoteblaban todblos, blo ble bla bla. Insoportableblamente blontentos biblientes comuniblablientes celebleblando la blida que lleváblablamos en el insoportablable e imparablabbla treblén.

 

Menos yo, que hablaba por dentro. Bbo bbo. No podía blableírme no podía blableírme, hasta que me dio la risa y tuve que cubrirme la boca con la servilleta y ni así conseguía reprimirla. Entonces me pasó algo increíble.

Después de eso todas las blableblís me parecieron clarísimas, como el aire respirable que nos daban en el tren. Todo era evidente, todo estaba logrado. ¿De qué me estaba extrañando siempre y siempre, de otros como de mí? Cada palabra estaba también conectada con un sentido, cada bla blo por bloqueblablo que pareciese a los oídos bloblos e incapablables, cada una podía tradublirse a la verdad. De hecho, estábamos gritando, estábamos gritando tras cada una, en el tiempo, con el tiempo, contra el tiempo. Y como desaparecían, teníamos que volver a gritarlas; y como eran tantas y tan preciosas, y para que no se perdiesen sin remedio teníamos que repetirlas, y como de cada una cabían tantas ramificaciones y consecuencias, había que reunirlas para evitar el esparcimiento y soltarlas de golpe al aire del entre todos, donde volvían a ser absorbidas por los conos del oído de cada uno de los presentes, sin poder evitarse que muchas se derramaran por los bordes de la copa de la reunión y se perdiesen hacia el suelo ya imposibles de retener. Eran tantas y tan preciosas. Y por eso yo escribía algunas también en mis libretas de la adolescencia y seguí haciéndolo en mi juventud, y ya de mayor, con cierto rictus que nos permite ajustarnos nuestra porquería, seguir practicándola, haciéndome pasar así, qué irónico, por un hombre inteligente, de ideas repentinas y maravillosas.

Qué admirables me parecieron todos en aquel único instante.

 

– Bla blu: Estoy feliz de mis negocios que me dan para estos viajes donde me explayo –afirmaba y se extendía don Samuel.

– Blo, bla: No he llegado más que a esto: soy un hombre corriente y moriré sin duelo por ahora –aseveraba el hombre al que llamé Tomás.

– Blue blulu: Perder o ganar es lo mismo si sentimos emociones –defendía el hombre del periódico al que bauticé Franklin.

– Blu bliu: ¿Qué será la vida para mí que tengo tantas ganas de demostrar que sé construir caminos, canales y puertos, por esos contratos y gentes del futuro? –se defendía con nuevo ahínco el joven.

 

Entonces la miré a ella:

 

– Bli bli: Firme estaré en este nuevo tiempo –profetizaba Elena–: nadie podrá hacerme daño –si se la escuchaba muy bien–: tan fuerte desde hace mucho tiempo, no vacilaré –y atendiéndola mejor–: el futuro lo preparo silenciosamente dando oportunidades a algunos.

 

A los otros, desconocidos también podía interpretarlos. La llave de la que me había provisto me revelaba la traducción simultánea. Era divertido, ¡podía entenderlos en su propio lenguaje! Ninguno me había sido vedado con este mecanismo. Miraba a uno, miraba a otro, escuchaba aquí mismo, oía de lejos, adivinaba, sabía, comprendía, podía adelantarme a lo que me iban a decir; podría casi augurarles el próximo minuto, la hora siguiente, el día venidero si…

¿No era este poder, o uno parecido, el que ella utilizaba conmigo? Y no tenía nada de prodigio. Era sencillísimo. Blu bla blu…: Cuánto deseo, qué necesidad…

¿Y yo? Yo que estaba casi todo el tiempo sin decir nada, que también guardaba mi idioma.

 

– Be ble bla: ¿se curará contigo?

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.

Por entregas es una sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.