Los géneros literarios son divisiones, cajones desastre, que no terminamos de saber muy bien hasta qué punto facilitan u obstaculizan la labor del escritor. Acaso por eso la novela, hija de la explosión burguesa del siglo XIX, y género hegemónico entre las producciones literarias tras el ascenso al poder de esa clase social en las revoluciones de mediados del siglo XIX, fue un fiel reflejo de la actitud burguesa de poseerlo todo, de devorarlo todo y fue incorporando cualquier posibilidad a su conformación. Las novelas pueden tener pasajes líricos o dramatúrgicos, y no extrañan ya a nadie. Novela, decía Cela, es un libro al que se le puede poner esa misma palabra, novela, bajo el título. Y acaso por esa voracidad, la novela es, en sí, un mundo. Acérquense a este que les propone Javier Sáez de Ibarra en Trenviajeros. 

 

Mis compañeros habían empezado ya la comida cuando me incorporé. Me saludaron con efusión, con amistosos reproches por la tardanza y disculpas por haber empezado sin mí.

 

– Tampoco está… la mujer –dije.

 

Nadie respondió. Reparé en que el muchacho joven también faltaba.

 

– Es pronto –dijo al fin el hombre timorato, al que llamaré Tomás desde ahora.

 

Los abandoné para servirme la comida. No sentía apetito, aunque sabía que en cuanto tomara el primer bocado vendrían otros. Los pasajeros formaban cola delante del buffet del que podían ponerse a discreción; la oferta era internacional, dietética. Pagué, aparte, una botellita de vino tinto.

Yo volvía al ritmo en que se desenvolvían los demás, por más que dentro de mí los segundos circulasen de otra manera: en el orden inverso al sentido de las agujas del reloj, bromeé conmigo mismo. A la vez, introducirme en aquel ritmo, respetando el eco de las emociones que había vivido, me producía una sensación agradable. Mi secreto se iba volviendo compatible con los demás, resistiendo y debilitándose a su antojo, hasta que fuera sustituido por mi temple acostumbrado, más adelante.

La conversación giraba en aquel momento en torno a la guerra. El hombre del periódico –creo que llamado Franklin– hablaba elogiosamente. También Tomás apoyaba esa posición: aludió a resoluciones de la ONU que debían cumplirse de inmediato, sin excusas, por las buenas o las malas, pesara a quien pesase, etcétera. Samuel se mantenía callado, ocultando sus cartas como solía hacer mejor que nadie. Me puse a comer, atento al desarrollo de la charla pero desde la distancia de un extranjero. Tomás engullía tranquilo la comida mientras insistía convencido en sus ideas. Franklin asentía: por su boca salía un “uhú… uhú” afirmativo. Samuel untaba sobre su pan tierno una lámina de mantequilla con sal.

 

– ¿No lo cree usted?

– ¿Yo? –me sorprendió que Tomás fuera tan directo. Respondí–: ¿A qué resoluciones se refiere?

 

Tomás me miró incrédulo; Samuel y Franklin continuaron cada uno a lo suyo, el gran jugador con una perceptible sonrisa.

 

– La guerra es justa –estableció Tomás.

– Puede –le respondí.

 

Samuel ya se había comido el pan y ahora llenaba su copa; al igual que yo, había escogido vino. En ese momento relacioné su profesión con los gustos de un sibarita. Sacó a Tomás de su bloqueo dialéctico (si puedo atribuirme un efecto así). Dijo:

 

– Todas las guerras son justas. Y las paces también.

 

Lo estábamos escuchando.

 

– Todas las guerras son justas porque todo el mundo cree que ganará algo con ellas. Efectivamente. Cuando piensan que no van a lograrlo o su coste les parece excesivo, proponen una paz o se rinden. Conque las guerras nacen del cálculo, de una apuesta; y como en toda apuesta, se puede ganar, se puede perder… La paz es lo mismo, se rige por la misma ley.

 

Levantó su copa, bebió.

 

– Es un juego –apuntó, sombrío, Franklin, el hombre del periódico.

 

He olvidado cómo siguió todo aquello. Ni Tomás ni yo intercambiamos muchas palabras desde aquel momento; no se trataba de rencor, es incómodo viajar con quien, en sólo unas horas, has tenido una desavenencia por ligera que sea. Basta con eso para que uno evite lo que pueda venir luego.

Cambiamos de tema.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.

Por entregas es una sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.