Decía Pascal que todas las tragedias a las que se ve sometido el ser humano, él hablaba de la infelicidad, pero nosotros nos hemos calzado hoy los coturnos, tienen que ver con su incapacidad de quedarse quietecito en su habitación sin hacer nada. Poco más o menos, lo que nos decía Pascal es que el mejor modo de ser felices es estar muertos, o que la infelicidad es la condición esencial del ser humano. No nos pongamos tan trágicos y vayamos a lo sencillo: desde luego si los personajes de las novelas se quedaran quietecitos habría pocas novelas. Menos mal que los personajes de Trenviajeros son infelices, o se atreven a serlo. Aquí les dejamos con otro nuevo capítulo de la novela por entregas de Javier Sáez de Ibarra.

 

Sí, efectivamente, empecé a recorrer el tren tomando el vagón-restaurante como punto de partida. En dirección a la cabecera, que era el extremo que tenía más cerca. Según la plano que nos habían proporcionado, por el camino debían ir apareciendo sucesivamente la biblioteca, el salón de juegos, al menos un mini-bar, el centro de comunicaciones, el shopping… Los compartimientos se distribuían por los dos pisos del tren, lo cual me obligaba a tener que ir subiendo y bajando escaleras y, en algún caso incluso, retroceder antes de seguir la marcha. Estoy cumpliendo con el paseo matinal, me felicité, como quiere mi médico.

En todas las dependencias se veía gente, aunque nunca más de media docena de personas. En cada una se escuchaba un tipo particular de música, en general sinfónica, bajo la que se advertían temas ligeros o grandes éxitos de hacía unos años. Al entrar en algún mini-bar o en el shopping, el zumbido de los vagones cesaba, hasta el temblor mínimo del tren desaparecía; uno se olvidaba de que corríamos rodando sobre una pareja de raíles en lugar de permanecer quietos sobre la tierra firme. Cuando salía, al placer de abandonar cualquiera de esos lugares se sumaba la sensación devuelta de que el viaje proseguía sin necesidad de desearlo cada vez de nuevo.

Mientras recorrí esas dependencias, me embargó la nítida sensación de que ella no había estado en ninguna; una sensación o un presentimiento inexplicables, pues yo no podía saber cuál preferiría o cuáles desestimaba. Durante aquella, usaré la palabra que no quería decirme a mí mismo, aquella búsqueda, me fui dando cuenta de que nuestra conversación se había limitado en realidad a unas pocas frases. Recordaba algunas: que ella escribía y pintaba, que no guardaba casi nada de su obra… En cambio, había desatendido sus motivos, aunque sabía que me había dado alguna explicación. Recordé que me desairó al adivinar que yo no me interesaba mucho por todo eso y al atreverse a declararlo con tanta franqueza. Hubiera debido quizá anotar lo que nos habíamos dicho… Con sinceridad, no tenía muy presente lo ocurrido. De todas formas, le había contado que yo tomaba notas en la libreta que siempre me acompañaba, lo que me llevó a recordar una escena con mi padre, algo muy íntimo que no dejo salir nunca… ¿Por qué no atribuir a todas esas circunstancias –en alguna medida insólitas– lo que había emprendido?… Sí, en efecto, su, mi “búsqueda”.

Como el tren no era infinito, después de un buen rato llegué hasta la cabecera. Una pared infranqueable indicaba que detrás se encontraba la cabina de los conductores. Junto a ella, completamente sellada, una puerta de salida para el pasaje y un baño. Entré en él; me entretuve allí solo para sentir que mi excursión no había sido en balde. De nuevo me asaltaban peculiares sensaciones en esos lugares tan científicos e inhóspitos, con algo de siniestro en su reducida y servicial perfección. Me sentí fatigado. Oriné. Me mojé la cara y las manos con un agua mal refrigerada, desagradable, dura; hice un rápido examen por mi rostro sin nada que mirar. Me peiné con las yemas de los dedos, me alisé la chaqueta, me limpié el calzado con papel; me volví a lavar las manos, abrí la puerta, la cerré, se apagó la luz y regresé al pasillo. Debía volver hasta el vagón-restaurante de partida; y luego más allá, hasta la cola si me quedaban ganas. Ignoraba qué había al fondo, tendría que consultar el plano.

Para el regreso no siempre tomé el mismo camino; quizá ella había accedido para entonces a alguno de esos espacios, pero no iba a registrarlos otra vez, uno a uno. Había que dejar su sitio a la lógica, y, diríamos, a la buena suerte, ¿no? Únicamente que caminaba más deprisa. Uno siempre confía en la prisa cuando quiere algo. Por descontado que no la vi. Cuando llegué al vagón-restaurante, me relajé un poco; me dije que quizá podía esperarla allí y ella sola vendría, acuciada por lo mismo que yo. Creo que me sonó el teléfono un par de veces; atendí de forma expeditiva. Quería tener la paciencia de quedarme sentado en aquel lugar durante unos minutos al menos, como ella la noche anterior; de hecho, se me acercó el camarero. Dejó ante mí una cerveza con un platito de avellanas; yo coloqué junto a él un billete. Así quedaron los tres objetos, intactos, un cierto tiempo.  Me dediqué a contemplar el paisaje de la ventanilla, a escuchar el zumbido de la dúplice hilera de ruedas colándose bajo la atmósfera musical, a contar cuántos se levantaban o se sentaban con sus ordenadores, a dejar que mis ideas se volvieran gaseosas. Por descontado, ella no vino.

Luego, yo reanudé mi marcha.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.

Por entregas es una sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.