Llegan los días de calor en una parte del mundo, de largas horas de tórrido sol que nos obligan a encerrarnos en casa, momento idóneo para leer, en la otra parte del mundo llega el frío, y eso hace que las horas de lectura en casa, con una mantita, se hagan doblemente deseables. Sea por lo uno o por lo otro, la idea de ponerse al día de la novela por entregas de Javier Sáez de Ibarra se hace más que seductora. Una de las ventajas de Trenviajeros es que sus capítulos son breves, así que aunque ahí arriba indique que este es ya el capítulo 20, no es nada complicado ponerse al día. No permitas que algo tan sencillo como actualizarse te prive de leer esta novela por entregas.

 

El coche-restaurante se había convertido en el típico vagón-multidespacho, con no menos de diez o doce personas sentadas junto a su desayuno, con el zumo a mediobeber, la tostada a mediomorder, el café a mediotomar, y todas las  conversaciones en suspenso, incluso las de cortesía, que a eso de unas primeras horas de la mañana, frente a las minipantallas de sus ordenadores portátiles o de alguno alquilado aquí mismo se aplican, esto sí que no a medias, a sus respectivos trabajos. Localicé a Samuel, también al hombre temeroso –cuyo nombre debí haber retenido para no tener que arrastrar toda la retahíla cada vez que lo cito–, subsumidos en sus responsabilidades. Me senté a alguna de las mesas libres; pedí un café, un panecillo con algo para untarle y el periódico, como harían los viajeros antiguos, quiero decir de hace doscientos años, quienes dilapidaban sin culpa su tiempo. Ojeé las noticias, atendiendo apenas a los titulares que venían a ser los del día anterior, más previsibles quizá; mastiqué mi pan, pedí un vaso de agua; comprobé que cuando se levantaba alguno de los ejemplares empleados lo sustituía otro –advertí que se había formado de pie una cola tácita–, muchos escribían a la vez que mantenían conversaciones al parecer lógicas por teléfono; semejantes rostros de inquietud en cada uno; una mujer se había sentado en un rincón con el ordenador en el regazo, tecleaba aprisa como los demás, se diría que iba la primera; yo me resigné a que mis compañeros no podrían dedicarme unos minutos, al menos hasta el mediodía.

Me gusta caminar por las mañanas siquiera durante media hora; algo imposible allí porque la perspectiva de recorrer los pasillos del tren me parecía ridícula. Tampoco ver la televisión me agrada. No tenía gana de ponerme a leer a esas horas ninguna de las novelas que había traído… Sentí de modo intenso que lo que me habría gustado en realidad sería subir a cubierta, pasear por ella y contemplar a placer el oleaje del mar con la brisa azotándome el rostro. La ventana de mi lado me ofrecía, en cambio, un lecho de tierra amarillenta, árboles grises diseminados a gran distancia unos de otros, el cielo azul emborronado, corriente; en cambio, ninguna sensación como el olor o la sacudida en el rostro del aire, para dos sentidos de los que nos habíamos desprendido en la estación de origen y que recogeríamos luego, cuando nos autorizasen, en la de llegada. Dediqué unos minutos a considerar si no sería un negocio el diseño de trenes que permitieran salir de las cabinas por la parte superior, donde tener una experiencia de libertad comparable a la de un barco. Luego pensé si ella estaría en algún lugar pintando esa misma ensoñación mía o alguna que el hastío del tren le inspirase. Quise imaginar que ponía en la parte inferior del cuadro unas vías que se despegaban de la tierra para elevarse suavemente hasta la altura del sol, un disco rojigualdo destacado en el centro hacia donde se encaminaba un tren diminuto que, con buena intención, se identificaría con el nuestro. Luego, por aquí y por allí, avecillas negras con las alas abiertas; también unas rayas en la misma dirección que el tren, indicando la velocidad y el traqueteo como en los cómics.

Me arrepentí de mi maldad aunque fuera inocua. La pobre Elena quizá tuviera algo de talento, ¿por qué iba a descartarlo? Pintar, escribir no son tareas incompatibles; al contrario, cualquier persona, para sus desahogos, puede recurrir a dos caminos en vez de a uno sólo, el que le resulte más fácil. No siempre se dispone de lo necesario… Aquellas exculpaciones que intentaba me resultaban más grotescas aun que mi burla, así que dejé de pensar en ello. Mas luego había que contar con la revista del corazón, no podía olvidarme de ese detalle que desentonaba con lo que me había contado y con su comportamiento… ¿O no? ¿Y si me encontraba ante una mujer con un genio excepcional a la que no sabía juzgar como es debido?…

¿Dónde podía estar?

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.

Por entregas es una sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.