Los modos de circulación de una obra es algo que a todo crítico, historiador del arte (de la literatura en este caso) o incluso lector no debería pasarle desapercibido. Por ejemplo, a día de hoy vivimos una época en que los intereses industriales han creado una ficción a la que han bautizado como «edad dorada de la televisión». Cosa curiosa, porque de televisión tiene poco ya que la mayoría de la gente ni siquiera la ve en dichos aparatos, no tiene nada que ver con los procesos de circulación que se asocian con el medio: ni por le perioricidad ni por producción y, pese a ellos, como los dueños de las cadenas y plataformas donde se exhiben poseen también los medios de comunicación masivos lo venden como producto cultural de rango elevado. Luego llega la realidad: suelen ser ficciones baratas, realizadas por gente inculta y poco cuidadosa, pero que cuentan con mecanismos promocionales potentísimos. Series buenas, lo que se dice verdaderamente buenas, capaces de competir con la literatura y el cine, hay un puñado de ellas, y deja de contar. Pero, ¿qué sucede cuando una novela se escribe con una voluntad unitaria y se ofrece de modo seriado? Javier Sáez de Ibarra lo está investigando, y para eso contamos con la colaboración de ustedes, los entusiastas lectores de penúltiMa. Disfruten.

 

Como que alguien se había levantado pero no tenía la menor importancia; más aún, como que me resultaba indiferente por más que esa persona, a quien hubiera conocido en la última vigilia o quienquiera que fuese tuviera sus motivos; como que mi única necesidad y deseo coincidían en continuar el hilo, el hilo del sueño que podía llevarme más allá, no sabiendo bien adónde, al descanso, tal vez, en su sentido más pleno, más del otro lado. Hasta que saltó el teléfono y me dio un brinco. No por la llamada en sí, sino porque, lo reconozco, en esa urgencia se encontraba ella, quiero decir Elena. En el mismo instante que recuerdo que es imposible, busco-localizo el móvil, respondo. “Sí”. Era nadie. Lo despaché: “No sé, no sé, no sé; pregúntale a Maxwell. Yo estoy viajando, sí, no sé, no sé; pregúntale a Gómez, no sé, yo estoy aquí, qué queréis más qué haga. Ni idea, mira, es temprano. Ni idea, pues tampoco lo sé. Adiós.” Ya. Maldita la forma en que se hace la luz. Al trabajo ni se le ocurre la necesidad de nuestros sueños, que necesitemos un tiempo para la transición de… Qué tonterías llega uno a decir.

Me encontré en el compartimiento iluminado con gusto para un día feliz, aceptaría reconocer que cálido; boca arriba, con el antebrazo cubriéndome los ojos, pensando en que los límites volvieran de su indefinición. Concentrado en el testimonio de mis oídos, podía detectar el acostumbrado rumor del tren; entonces me acordé de que viajaba a bordo de uno, en medio de la confusión no sabía explicar cuál, hacia dónde, qué interés –quiero decir personal– tenía yo; sólo sabía que iba solo. Con todo, no se nos permite nunca el no-saber: los datos aparecen, se colocan, forman filas, se cuadran. Sí, sí, claro, sí. No se oía más que aquel zumbido ahora presente, con algún amortiguado golpeteo cada cuanto. Lo demás, el silencio en mi litera de arriba. Recabé en ella. No se la escuchaba, ¿estaría durmiendo aún? ¿Y los otros? De pronto, la pregunta me llevó a la última noche: dichosa velada; a pensar si mis compañeros de juego estarían con ganas de quedarse más tiempo acostados. ¿Y Samuel? ¿Como yo? Pero ella no tuvo nada que hacer. Nada la ataba. No se la oía, efectivamente. Era curiosa la idea de que apareciera en el vagón-restaurante donde yo estaba triunfando; de que no hubiera podido marcharse de él, como nos ocurre en cualquier encuentro fortuito que, importante o no, surge de pronto y, por el mismo camino, se esfuma. Era graciosa la idea de que el tren-destino se siguiera conteniendo todavía por algún tiempo, jugando con nosotros a demorarse. Era, podía ser, temible acaso, o incómodo. Sin embargo, no pensaba yo en eso cuando, con precaución de no delatarme, me coloqué en el borde de la cama y asomé la cabeza. Ella se había levantado ya, naturalmente. Habían dado las nueve, ¿verdad? Me dejé caer sobre mi espalda, abatido para mi sorpresa o quizá ya para entonces no tanto; de pronto, lo que había sentido junto a mis reflexiones absurdas acababa de perder bruscamente su encanto.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.

Por entregas es una sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.