El Ulysses de Joyce, esta semana fue el Bloomsday, el primero virtual, cosas que tienen las pandemias, acaban incluso con las tradiciones, hasta las absurdas, termina cuando llega la noche, termina cuando delira, cuando el flujo de conciencia se apodera del monólogo de Molly Bloom, cuando el monólogo se apodera de la novela, y entonces, termina, y abre paso al galimatías ininteligible que es Finnegans Wake. Pero no nos preocupemos, a la novela de Javier Sáez de Ibarra no le pasa eso, Trenviajeros, de noche, hace lo mismo que nosotros, recapitula, reflexiona, ordena, pone en orden las experiencias del día, desfragmenta el disco duro, descansa, pero no se detiene, al contrario, todo hace pensar que al despertar tendrá más vigor si cabe.

 

Nos retiramos a nuestros compartimentos como hacemos los viejos amigos tras una noche de licor y olvido cuyos detalles no queremos que queden demasiado marcados, no sea que su huella deje una constancia que pueda herirnos más tarde. Algo ebrios, algo arrepentidos, algo triunfantes, algo fuera del orden y del sentido; por fuera de la justicia, quiero decir. La luz de emergencia nos orientaba por la línea recta de los coches para atravesar una especie de ciudad secreta que dormía honradamente con su cargamento de sueños y planes bullendo en rescoldo. Tropezábamos en nuestra fila a cuatro deshecha de pies rendidos. Samuel con la seriedad del negociante que ha calculado; el hombre del periódico sumido en su particular éxtasis, para el que yo, y no sé si llegué a hacerlo, tuve la piedad de pasarle la mano por el hombro; detrás nuestro perdedor, ahora con ojos del suicida que no entiende de pronto para qué sirve la cuchilla que sostiene en su mano. Nos había hecho compañeros la locura de aquella batalla; su botín, yo tenía que palparlo en mi cartera abultada para cerciorarme; los que habían quedado del otro lado, no sé con qué pensamientos se aliviarían; sin más, yo pensaba que no podrían escapar de nuestro regocijo…

Todo estaba oscuro en el vagón; el chico joven, el otro tipo o alguien más, la mujer, los supuse durmiendo ya cada cual en su cama, que se encontraban dispuestas en los mismos lugares de los asientos. Se detuvo la tropilla, se organizó la visita a los lavabos; a mí me tocó esperar. Comprobé que ella descansaba en la cama de abajo, encontré la escalerilla para la mía, justamente encima, localicé mi pijama y mis enseres. Cumplí mi turno.

En el baño el espejo me reveló mi rostro miserable. Todavía era capaz de sonreír, y de reír, igual que en la partida. “Hemos ganado”, dije, “hemos ganado, hemos ganado”…. “Hemos ganado”, dije. Me sentía verdaderamente contento… Se escuchaba el runrún del tren vertiginoso sobre los raíles, su fundido sonar inapelable. Oriné canturreando, me lavé los dientes. Mi cuerpo se balanceaba un poco en la lisura del cristal, a merced del viaje puesto en marcha. Me di cuenta de lo obvio, que no habíamos dejado de viajar aunque el vagón-restaurante hubiera estado tan inmóvil como la cafetería que teníamos junto a la oficina, y que durante toda la noche los avatares del juego no nos habían permitido pensar en otra cosa.

Elena dormía; no se movió mientras guardaba mis cosas, no hizo el menor movimiento, ni reconocí el menor cambio en el ritmo de su respiración, casi inaudible, cuando me quedé junto a ella de pie, ni siquiera cuando me puse en cuclillas a su lado como haría un amante. Permanecí allí quieto, dejando que el deseo a oleadas de despertarla se decidiese, para decirle que nosotros, que yo… De pronto, me pareció ridículo, extraño todo lo que estaba sucediendo, que encima me sorprendiera en esa postura alguno de los otros, convertirme en espía de aquella manera, llegar tarde, haberme perdido la ceremonia de prepararse para dormir, no desearle las buenas noches y saber con qué intenciones, si las había, se entregaba al sueño, quiero decir, con qué anhelos de esos que acaso ella dibujaba o escribía en su intimidad y, por cierto, qué extrañeza y lejanía la de recordar en aquella situación sus palabras cuando estábamos solos sobre mí, como si fueran imposibles hechos realidad en mi vida de los que uno presume, que yo había malgastado a cambio del placer que ahora –sin duda era su efecto– me llevaba hasta allí y no con la voluntad de disculparme, cómo, si acababa de recordar que ciertamente yo no la conocía más que por su nombre y lo de cómo era eso de su relación íntima, que incluso habíamos tenido un leve roce sin importancia, pero crisis al fin; por dónde iba, qué es lo que pretendo, con qué derecho voy a molestarla, lo que debo hacer es acostarme y dejarla en paz, que se pase ya, que se acabe este día consumido, mañana sale el sol, el tren se mueve, que seamos otros yo y ella, los que estamos viajando, y no nos acordemos más que de las cosas buenas que en algún lugar han ocurrido.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.

Por entregas es una sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.