Usted, lo sabemos bien, prefiere la tranquila vida del que no juega. Y, no se crea que no lo entendemos, al contrario, de todas las posibles maneras de enfrentarse al juego, la de huirlo, no querer sumergirse en él para evitar así el peligro de engancharse y las consecuencias de perder son, sin duda, lo más comprensible del mundo. Pero, entonces, tampoco se queje de que no gana, porque uno se priva del dolor de la pérdida, pero también de las mieles de la victoria. Todo esto, que es aplicable al juego, vale para la lectura. Nos parece bien que no se arriesgue a ser desestabilizado por las vidas ajenas, por otros puntos de vista, por distintos modos de decir la realidad, pero luego no diga que solo vivió su vida, y que se aburrió, y que fue todo una cosa bastante monótona. No diga que no se lo advertimos. Para lo osados aquí comienza un nuevo capítulo de la novela por entregas de Javier Sáez de Ibarra.

 

Las cosas sucedieron así:

A partir de la cuarta partida, empezamos a ganar. Recuperamos todo el dinero perdido y, mano tras mano, nos fuimos haciendo con el suyo. Samuel Martínez, mi querido comerciante, volvía a reírse, cada vez con más desvergüenza. Enfrente, mi timorato se hundía en su culpa viciosa mientras el del periódico se afeaba con esa mezcla de horror-alegría que le embargaba el rostro. Cuando nos acercábamos al límite establecido, el hombre del periódico pidió que lo aumentásemos. Propuso una cifra en la que todos estuvimos de acuerdo, incluso su propio compañero, no sé si pensando que volvería la racha buena y así sería absuelto de su derrota. Cuando cruzamos la cantidad primera, seguíamos ganando tres, cuatro, cinco bazas seguidas, antes de perder una y volver a anotarnos otras tantas de nuevo. Era una sangría de fichas que rebosaban ya nuestros cajetines.

En medio de todo eso se apareció Elena, venía sola, en el vagón donde jugábamos. Llegó hasta la barra, se sentó en un taburete, pidió una copa; se quedó allí, tomándola a pequeños sorbos mientras nos miraba cada tanto; a veces respondía o incitaba la conversación del camarero, o enmudecía absorta, contemplando tras la ventanilla la nada oscura.

Nosotros ganábamos desbocados. Yo empecé a jugar con desesperación, por decirlo así, ávido de victoria; jugué mejor que mi compañero, creo, y cada poco recogía del tapete los montoncitos de fichas de colores, y las que se quedaban alejadas, las atraía hasta mí con prisa, levantándome del asiento para inclinarme. Invitamos a una ronda de bebidas: que nuestra generosidad los retuviera todavía veinte, treinta minutos más, una hora, por qué no. Cuando me acordaba, la miraba a ella, que se hallaba prendada en otra clase de tiempo muy diferente al que consumíamos allí casi sin saberlo.

Samuel se reía, yo también, no podía fácilmente controlarme; y, en un momento dado de la noche, aquel tipo del periódico, que hacía rato había perdido su aureola misteriosa, aquel hombre se rio también como poseído por otro espíritu. Su compañero lo miró desorientado, temblando más aún, y él se reía, se reía con una carcajadita cavernosa, insana.

 

– Seguimos, ¿no? –consulté a la mesa.

– Seguimos, seguimos, ¿no? –le preguntó a su vez sofrenando su risa el hombre del periódico a su compañero. El cual no decía nada más que, susurrando:

– Lo siento, es culpa mía, es culpa mía.

 

Barajábamos uno, otro, repartíamos, cantábamos el juego, nos descartábamos, volvíamos a lidiar, nos premiaba el azar o la astucia, anotábamos los tantos, una rueda y otra, saltamos el límite más de una vez. Empezábamos de nuevo. No sabía si ella estaría dándose cuenta de que yo iba venciendo.

 

– Dígame una cosa, Samuel –suplicó el temeroso.

– ¿Qué quiere usted saber, señor dibujante?

– No va a contestarme –se retractó el pobre hombre.

– ¿Por qué no? –payaseaba y se reía mi amigo con el mazo de cartas en la mano –pregunte, pregunte lo que quiera.

– Aunque me conteste, no sé si va a decirme la verdad.

 

Después de un rato que llevaba serio, mi compañero se rompía de risa, se le rajaba el rostro con las lágrimas.

No sé cómo sucedió la conjunción: mirándola, viendo como pagaba y se marchaba de nuestro vagón, entendí al mismo tiempo las dos expectativas. Aquel hombre quería que le confirmasen lo que yo también había deducido: Samuel se había dejado ganar al principio para alimentarles su confianza, y ahora se la cobraba. Aquella mujer, por su parte, quizá había estado esperando toda aquella hora sobre un taburete por si yo me cansaba y terminaba con la partida.

Se fue del todo sin hablarle a nadie. Y me encontré ante la cara el rostro curtido del hombre del periódico, que se movía ahora en su sitio, sonriendo, haciendo castañetear los dientes de fiebre; mientras mi comerciante proclamaba:

 

– Esto son naipes, caballeros, ni más ni menos que un juego.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.