Los juegos de azar han sido, desde sus más tiernos inicios, un elemento indisociable de la literatura. Aparecen en narraciones desde la época clásica. En buena medida porque son una transposición casi perfecta de la vida: pensamos que se trata de conocer sus reglas y saber moverse dentro de sus márgenes pero en realidad hay un componente que escapa a nuestro control y que termina por ser determinante. Luego, con los años, el juego se ha convertido en un aliño de la literatura. Por ejemplo, raro es el periodista, esos sociólogos low-cost, que cuando habla de Dostoievski no mencione que era ludópat, y que incluso escribió una novela sobre esa fiebre, El jugador. Pero, en realidad, quien la ha leído se habrá sorprendido al ver que el juego, en sí, sale poco o nunca. Si buscan una narración que gire en torno al juego, a su mecánica, a la tensión que se vive mientras se juega, lean Cicatrices de Saer. Palabras mayores. Si, en cambio, quieren leer sobre un jugador reticente y forzado, lean, por ejemplo, este capítulo de Trenviajeros, la novela por entregas de Javier Sáez de Ibarra que penúltiMa pone en circulación a razón de dos capítulos semanales.

 

 

Alguien propuso una partida. Nos reunimos cuatro en una de las mesas, ya limpias, en un rincón del restaurante; elegí un sitio de cara a la puerta, desde donde me era posible registrar si alguien bajaba del piso superior del vagón en que nos encontrábamos.

Éramos dos contra dos. Me tocó de pareja el tal Samuel; el hombre del periódico y otro tipo fueron nuestros adversarios. Mi comparsa jugaba muy bien, cuando tenía cartas sacaba muchos puntos; si no era el caso, faroleaba para que no nos ganasen. El hombre del periódico se reía entre dientes de una manera curiosa, como si el verse engañado o la derrota le produjeran sensaciones de odio y placer a un mismo tiempo. En cambio su compañero se ponía colorado de vergüenza; pareciera que consideraba el juego un asunto moral, perder se le hacía sinónimo de cometer un pecado. Samuel enseguida tomó confianza, empezó a divertirse; me hacía comentarios para celebrar nuestros triunfos e, indirectamente, se burlaba de ellos.

 

– Es usted un hombre bueno, jugando así, con esa inocencia está diciéndonos qué cartas lleva. A ver, en qué trabaja.

– Soy delineante.

– ¿Y es que en la delineación y el diseño de casas no se producen trapacerías?

– ¡Hombre! Trapacerías…

– ¡Claro, por Dios! Trapacerías, astucia, disimulos… ¿No entiende? Déjeme que le diga que usted de comerciante no vendería una corbata. En esta vida hay que tener un puntito de malicia… como él –decía Samuel señalándome. Y los otros dos me miraban a ver si lo corroboraba.

 

A mí no me agradaba especialmente esa forma de maltratarlos. Pero tampoco hubiera cambiado mi sitio por el de ninguno de ellos. Ganar sin preocuparme más que de seguirle a él era la mejor manera de sentir que tenía el pensamiento libre.

Llevaríamos algo más de una hora –todo seguía igual–, cuando el hombre del periódico hizo una sugerencia insólita. Propuso jugar apostando. Mi compañero soltó una carcajada a la vez que el suyo empezó a temblar. La risa de uno y el susto del otro me pusieron de buen humor. Cuando paró de reírse, mi socio dijo que a él no le importaba, siempre que estuviéramos todos conformes. No puse la menor objeción. El cuarto jugador miró incrédulo a su pareja. Como no parecía inmutarse, por fin lo dijo:

 

– Nos van a machacar.

– Ponemos un tope de dinero–resolvió Samuel.

 

Se mostraba completamente convencido. Yo, en cambio, de pronto temí que ese hombre, al que llamaba “el del periódico”, hubiera estado fingiendo todo el rato con un mal juego para que nos confiáramos y ahora iba a aprovecharse de nosotros. Martínez repitió su oferta, estaba claro que por él no iba a perderse la partida.

 

– Bueno –asentí.

– De acuerdo entonces –contestó el del periódico–: ¿Cuánto? –Y él mismo propuso una cantidad, desorbitada. Mis temores crecieron.

– Es mucho –le corrigió mi amigo el comerciante, poniéndose técnico–; dejémoslo en la mitad y, si nos apetece, luego aumentamos.

 

El segundo de nuestros rivales pareció sentirse aliviado. Pensé que, si perdía, al pecado de su torpeza tendría que añadir el de despilfarro. Yo, a mi vez, podía hacer frente a esa monto; aunque nunca me habría expuesto si no tuviese de compañero a un tipo como aquel que me había hecho creer en su inteligencia. Siempre me he fiado de los que muestran entusiasmo, aun cuando a mí me falte.

La primera y la segunda partida, también la tercera, las ganaron ellos fácilmente. No podía creerlo, Samuel parecía inmovilizado como si hubiera perdido de pronto su habilidad, sin la que nuestra suerte común se había marchado lejos; en tanto nuestros rivales disfrutaban recogiendo fichas a dos manos. El pecador soltó incluso algún gorjeo de placer, el del periódico no paraba de morderse los labios satisfecho cada vez que se llevaba un envite.

 

– ¿Qué pasa, Samuel? –tuve ya que decirle–. Se nos ha ido la inspiración.

– Son rachas –se cruzó el timorato, ahora crecido–: vienen… van…; pues no somos tan malos como pensábamos antes… ¿verdad?

 

Ni su compañero ni el mío abrieron la boca.

Yo barajaba para empezar una nueva mano. Entonces bajó Elena, seguida del chico joven. Manejando las cartas, calculé que él tendría algo más de veinte y, por comparación, que ella estaba algo por debajo de los cuarenta. Ni nos miraron, abstraídos en una conversación que al joven, por lo visto, le parecía especialmente grata. Cruzaron todo el vagón-restaurante mientras yo repartía y salieron por la otra puerta; justo antes de perderse, él se volvió y nos saludó con la mano a la vez que algo le decía a ella, que reaccionó girándose; tarde, porque ya estaba en el compartimento siguiente sin espacio para vernos.

 

– Juegue –me dijo el periodista.

 

Me sentía atrapado en aquella mesa.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.