Las cenas son más literarias que las comidas. No sé por qué, pero la cena, por su aureola de cierre del día, parece tener mucho más empaque simbólico que la rutina de la comida. Basta con ver cómo está montado el negocio de los restaurantes, que a mediodía dan menú y a la noche solo se puede pedir a la carta. Por eso, no sé, las cenas tienen más literatura, incluso más filosofía y más religión. No hay una «última comida», por ejemplo. Al menos no como momento culminante en la vida de alguien. En fin, les dejo con la novela que quizás me estoy yendo por las ramas.

 

Se había estirado sin mucho disimulo, bostezando al mismo tiempo –me pareció–, antes de volverse con energía hacia mí (ya entendía que con la soltura de creer que nos habíamos convertido en una especie de compañeros de viaje o, peor, que yo estaba ya obligado a escucharla cada vez que decidiera contar algo).

Todo eso: algo que yo instintivamente, incluso racionalmente, rechazo.

 

– Tengo hambre. ¿Sabe usted a qué hora es la cena?

– A partir de las siete.

– Gracias. –Y se puso sin más a buscar en su bolso de viaje la botellita de agua.

 

Vi que el sol estaba a punto de ponerse, por muy poco alcancé a distinguir su último fulgor. El tren se movía ahora con algo de brusquedad, uno podía inventar que temblaba de estremecimiento ante la nueva hora, esa en que todo parece que puede ocurrir, pues la dureza del día gastado en el tiempo de trabajo y en el comienzo del viaje va a dejar su sitio a una mayor dulzura y vaguedad.

Ella se bebió el resto del agua y se levantó para dejar la botellita en la papelera. “Permiso”, pidió. Luego se volvió sobre el asiento, donde había colocado su bolso; cerró su cremallera y salió al pasillo. El hombre de antes que leía el periódico me pareció que le dirigía una sonrisa, su compañero acaso también; se tropezaron con mis ojos y al instante nos pusimos en guardia, diríamos; mientras ella se alejaba caminando por ese angosto espacio que queda entre las ventanillas y los compartimentos.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.