Lleve siempre consigo una libreta, donde poder anotar las ideas que se le ocurran, que sirva de bitácora de su mente. Ese consejo daban los manuales para ser escritor de antaño. Una libreta siempre encima donde poder fijar la realidad fugitiva que pretende plasmar el escritor. Un modo de relacionarse con la realidad mimético, documental, donde predomina la idea de que la literatura «imita» a la vida y por lo tanto debe anclar los detalles de esta. Pero, ¿y si la verdadera intención de la libreta fuera la de separarnos del mundo y permitirnos la inmersión en la escritura? Entonces la libreta no serviría para fijar el mundo sino para huir de él, para enfrentarse con él incluso, y la escritura no sería un ejercicio de notaría sino una revolución, ¿no? Aquí les dejo con un nuevo capítulo de Trenviajeros, viajen con nosotros si quieren gozar.

 

Esa mujer poseía el don de llevar un diálogo hasta donde quería y terminarlo cuando le parecía bien, un talento temible que he visto otras veces en algunas mujeres como en unos pocos hombres, sobre todo en los jefes. Una cualidad ante la que es preciso mantenerse cauto si no quiere uno ser rehén del otro y acabar manipulado. Con todo, reconocía que en nuestra breve charla había aflorado alguna cuestión importante.

(Me gusta repensar lo ocurrido; creo que ahí se encierran claves que luego echamos casi siempre en falta.)

¿Ella creía en serio que yo era un creador y por eso llevo mi libretita conmigo a todas partes?, ¿o se estaba burlando? No le había dado ninguna explicación después de que lo mencionase; nuestro diálogo tampoco dio tanto de sí como para que se interesara por ello.

Reconocí que me hubiera gustado hablar sobre el asunto. De hecho, nadie sabe lo de mi libreta, ni siquiera mis amigos más íntimos; sólo mi despreocupación y la casualidad habían permitido que una mujer desconocida lo descubriese y, encima, lo sacara a colación.

Palpé la libreta en mi bolsillo, localicé el pequeño bolígrafo a su lado. Me hizo sonreír la idea de que alguien me confundiese con un escritor, incluso la de que yo mismo podría fingirlo si me lo propusiera; nunca se me había ocurrido. Me puse a pensar en mi padre; fue él quien me sugirió que llevase conmigo algo para tomar notas, en un tiempo en que yo aún era un joven dispuesto a seguir sus indicaciones. Recordaba ese hecho con bastante exactitud: sucedió en la cocina, la víspera de que viajara por primera vez a un campamento de verano; mi madre estaría preparándome el equipaje, supongo; él se acercó y me entregó una libreta de espiral muy parecida a la que llevaba aquella vez en el tren (la verdad es que no he cambiado desde entonces ni su formato ni el tipo de bolígrafo, acaso sustituido por un lápiz). Mi padre me la dio con más o menos estas palabras: “Anota todas tus impresiones, tus ideas, tus conversaciones; aunque creas que no valen mucho, lo que escribas te servirá luego para conocerte mejor y reflexionar”.

La llevé al campamento, claro; aunque no escribí nada. Disfruté mucho de las actividades y los compañeros esos quince días. Ya de regreso en el autocar, me acordé de la dichosa libretita que se habría quedado en el fondo de la mochila o en alguno de los bolsillos. Sentí una gran angustia de que mi padre fuera a pedirme que se la enseñara. Cuando me reencontré con mi familia, no podía quitarme de encima la preocupación por el momento en que me preguntase por ella. Afortunadamente no lo hizo. Esa noche no me acosté para escribir lo que había hecho en el campamento. Los días felices que había vivido pasaron ante mí de nuevo: las emociones se repetían, los nuevos detalles que me devolvía mi memoria me excitaban al recordarlos; comprendí que volvía por segunda vez la misma alegría. Llené sin parar no sé cuántas páginas durante varias horas. Al terminar me sentí dichoso y exhausto, y me dormí en paz.

Ya no recuerdo si él quiso saber si había cumplido su encargo; tal vez fue sólo una invitación que yo recibí como un mandato. Me bastó la satisfacción que había obtenido escribiendo para que más o menos desde entonces empezase a tomar notas en mis libretas. Lo que he continuado haciendo fielmente toda mi vida.

Pero: ya no releo nada. Igual que esa mujer repudia su arte. Lo escrito se queda ahí; cuando completo una libreta, compro la siguiente. En el cajón de un armario las guardo todas, fechadas, esperando el día en que me puedan servir para reflexionar y conocerme mejor, como me dijo mi padre, un día que no vendrá.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.