Esta misma semana se pone a la venta la nueva colección de relatos de Javier Sáez de Ibarra bajo el título Fantasía lumpen. Este libro viene a corroborar la voluntad de riesgo y la inquietud de este narrador capaz de trabajar fuera de los clichés de un género tan adocenado como el del cuento.

 

Me telefoneó mi padre, cosa muy rara, y acudí. Mi madre me puso dos besos y él me llamó desde el comedor a voces.

Sus setenta y ocho años recostados en el sofá me reclamaron con una considerable energía:

–Siéntate a mi lado.

Lo vi mal.

–Estoy jodido, hijo.

–¿Qué te pasa?

–Ayer –bajó la voz–, estando en la cama… con tu madre… ¡Tengo un dolor de riñones del copón!

–¡Esa boca! –le recriminó mi madre, que entraba con las cervezas.

–No puedo moverme.

Hizo los gestos, la mueca del espasmo. Se dejó caer.

–Quiero que me sustituyas.

–¿Dónde?

–¿Dónde va a ser? ¡En el trabajo!

–¡Ah! –no entendía nada. Miré a mi madre. En su cara, comprobé que estaba de su parte.

–¿Por qué no llamas y les dices que no vas? –Me torció el gesto.

Mi madre:

–Ya ha gastado los días de ausencia. Uno, por una resaca que tuvo… otro, por la final de Copa.

Nos quedamos callados. Pasó el silencio. Se me tatuó una sonrisa en el interior.

Mi madre dijo, humildemente:

–Si falta otro día, lo penalizan con un mes de paga. Ya lo sabes.

Mi madre misma me pintó las canas con témpera.

«¡No pongas tantas!», rezongaba mi padre. «¡Cállate, qué sabrás tú!». «¡Se van a dar cuenta!». «¡No me seas malaje!».

–Tú echa un gargajo de tanto en cuanto. Y no hables mucho; di «sí» o «no». Y «ahora» o «enseguida». Y, sobre todo, «se hará lo que se pueda».

Yo asentía.

–Y no protestes… Haz bien las cosas. No tomes una gota. Y no me dejes mal, ¿eh?

–Papáááá…

–Que algún día este trabajo podrá ser el tuyo.

Asentí. Yo no tenía ni idea de en qué se empleaba él. [1]

Me ocultaba una gorra de ciclista que usa mi padre y suele llevar a todas partes. Nada más verme, el dueño de la casa me espetó:

–Tiene el pelo manchado de blanco, Jacinto, ¿ha estado pintando algo en casa?

Agaché la cabeza, enturbié la voz:

–Una chapucilla para un amiguete.

No encontraba dónde proyectar el gargajo.

–Hoy por ti, mañana por mí. Hace usted bien… –y me dejó entrar a su mansión.

Ya dentro:

–¿Quiere un café?

–No (respondió mi padre). Gracias.

–Como guste, hoy revisamos las tejas como quedamos ayer. Lo veo fuerte esta mañana, Jacinto. Mejor, vamos a estar muy atareados.

–Se hará lo que se pueda.

El hombre me sonrió desde su metro noventa y uno.

Desde el tejado se veía toda la parcela, plagada de árboles. [2] Y sentía vértigo. Había subido y luego tendría que bajar, o tirarme, de la escalera telescópica de treinta y cinco peldaños.

Yo no sabía identificar las tejas malas ni las buenas, me parecían lo mismo. Traté de levantar una. No pude. Hice bastante fuerza y conseguí moverla. Un poco más y la saqué del sitio. Luego la empujé para colocarla en el lugar de antes. Quedó fatal.

Durante ese rato me aguanté las ganas de cambiar de posición, no fuera a romper otra. El sol empezaba a picar, la gorrilla me defendía. Pasaron lo menos veinte minutos en lo alto. El interés del principio se me había vuelto aburrimiento. Además, me mantenía en cuclillas, conque las articulaciones empezaban a sufrir.

Llamé al hombre, primero con discreción, después a gritos.

Nadie me respondió. Había que descender o construir una casa allí arriba. Me decanté por lo primero. Fui bajando como había subido. Los sudores mitigaban según me acercaba al suelo. No era tan difícil, después de todo, pensé. Sentí que mi autoestima fluía.

Ya en el suelo, me vi triunfante. Rodeé la casa. Por una de las ventanas descubrí a un hombre que trabajaba en un escritorio. Lo llamé, le hice señas y abrió para atenderme.

–He terminado –dije–, ¿ahora, qué?

–El señor le ha dejado la lista de sus tareas a la señorita, pregúntele a ella.

La señorita era estricta como el teorema de Tales. No quiso darme el papel para que me organizara, me leyó la siguiente: repasar la pintura de la valla del jardín.

–¿Dónde está la pintura? –pregunté–. ¿Y la valla?

No se sonrió ni con esa.

–¿Puedo tomar un vaso de agua?

Me señaló el grifo, dio el giro de ciento veinte y desapareció.

–Pu… esclava.

La valla cerraba el perímetro del jardín. Mediría doscientos metros por lo menos. No pude evitar pensar en los riñones de mi padre. Allí se habría agachado por última vez. Lo habríamos enterrado en cuatro. Maldije por las repercusiones en mi propio cuerpo. Antes que ese esfuerzo, prefería mil veces seguir en el paro. Además, por qué quieren pintar esta valla si está perfectamente. Bueno, al menos, bien. Debían de ser las once, el picajoso aún no había alcanzado el cenit. Estos trabajos deben reservarse para el tiempo de otoño, no a punto del verano. Esta gente no sabe planificar nada.

Cargué con un par de cubos de pintura, una varilla para removerla, tres o cuatro brochas y rodillos, todo impoluto. Además no tengo la ropa apropiada, tenían que haberme avisado. Me acuclillé para examinar de cerca el estado de la valla. La superficie, de color ocre, se encontraba en un estado aceptable, solo en la parte inferior quizá se apreciaba algún desgaste si uno ponía mucha atención. Malditos pijos.

La valla consistía en unos travesaños verticales de madera rematados arriba y abajo con otros horizontales más largos. Cuando llevaba repasados seis o siete, me di cuenta de que estaba chorreando pintura al suelo. Fui a preguntarle al teorema si tenía algo con que cubrirlo. Su dedo favorito me indicó el cobertizo en donde encontraría unos plásticos.

–Tenga mucho cuidado –dijo. Y pensé que sería una declaración profética.

Después de una hora había avanzado bastante. Me planteé cómo mi señor había añadido otras tareas a esta, si ni siquiera en un día podría terminarla. Quizá consideraba suficiente uno de los laterales. Este pensamiento me alivió; corrí a concluir el lado y me presenté, victorioso y sediento en la cocina a recibir un premio.

–Su padre nunca bebe hasta el mediodía –atajó la callada– porque la bebida le hace sudar.

–Bueno, ya sabe quién soy, deme un botellín.

–Si no es su padre, ¿por qué está aquí?

Recapacité sobre la jugada.

–Ya he terminado con la pintura. ¿Qué hago ahora? –había cedido.

–Lavar los coches.

¿Mi padre se subía a los tejados, pintaba vallas en cuclillas, lavaba coches…? Mi padre cumplía setenta y nueve en agosto. ¡Y era Leo! Iría a decirle que lo dejase, que yo ocuparía su lugar (al menos como estrategia para convencerlo). Ya sé qué me respondería: me falta tanto para la jubilación, ¿qué quieres, que me muera de hambre?, ¿que no pueda darte a ti nada cuando vienes…? Vale, vale, papá, vale.

Lavé los coches. Eran cuatro. Tenían la piel suave de los animales magníficos. Al frotarles, despedían un aroma delicioso de energía y verdad. Uno o dos volvían su cara hacia mí, con gratitud, satisfechos. Yo me esmeraba; la espuma de jabón levantaba montículos alados sobre mis manos y la compartía con ellos, el cepillo apenas mejoraba su pelaje perfecto, después el agua caía y se retiraba dejando inmaculada su esencia. A uno le di un beso, sobre otro sentí deseos de llorar. Los cuerpos humanos deberían también recibir esos masajes. Todo era cuestión de cuerpos. [3]

Para comer me dejaron un par de platos y una botella de vino de medio litro. Los despaché en un santiamén. Le pregunté a la señorita dónde podía tumbarme. Me señaló una habitación perdida en la que hallé un catre. Me tumbé. No había nada para leer allí; el sitio era austero y como desgraciado, funcional, malfuncional más bien. Me produjo una honda melancolía, no llamé ni a mi mujer ni a mis padres. Luego me entró una relajación profunda. Mis miembros requerían reposo tras la paliza. Se cerraron mis ojos, se extravió mi mente.

Alguien me zarandeó. La señorita. Que el señor había llegado, que aprisa. Vaya mal genio. Tardísimo, la luz de junio en la ventana. Por favor, póngase los zapatos, abróchese ahí. Péinese un poco. La gorra.

Preocupadísimo me presenté a mi amo. Si no soy mal lector de rostros, que asimismo es posible, diría que el hombre había revisado la valla, tal vez algo más, ¿las tejas?, y yo había consentido recibir su ataque de furia. Acaso los animales luego lo habían amansado. En conclusión, que ahora había trocado su enfado por la sorna.

–Lo suyo no es la pintura –dijo. Sarnoso. Me recoloqué la gorra. Entenebrecí la voz, me incliné como por un achaque.

–¡Son los años, señor!

–Antes no respondía tanto.

–Enseguida –dije–, digo, sí. Digo me callo.

–Duerme a pierna suelta, Jacinto, eso es que tiene la conciencia tranquila.

Me mordí la lengua: «La satisfacción del deber cumplido». Mejor no forzar la suerte. «¡No me dejes mal!», me había suplicado mi padre, o algo parecido. Me mantuve a raya. Me decanté por el:

–Se hace lo que se puede.

–Bueno, bueno, bueno… –planeaba el cóndor–, queda media jornada… la zanjita, ¿se acuerda de que quedamos en eso?, y plantar las flores que compró la señora. Por cierto que viene dentro de un rato: la ayuda, si hace el favor, con las bolsas.

Hablando como en una improvisación, se sintió pedagógico:

–Hay que aprovechar mientras uno tiene fuerzas. Ya le he dicho que lo veo más joven, es lo que yo digo siempre, el trabajo no solo dignifica, tonifica. La pereza es la madre de todas las desgracias. Míreme, usted no sabrá que cuento cincuenta y uno. Y no paro. De casa a la oficina, de la oficina al gimnasio, veinte minutos para el almuerzo y a la batalla otra vez. A las seis en casa. Saco para estudiar todavía algunos asuntos. Y para leer y estar con la familia, no crea. Es cuestión de saber organizarse. Para la conciliación de la vida familiar y laboral no se trata de más tiempo, es mera cuestión de talento; lo demás son vainas. [4]

Me dejó impedido para el eco. Yo hubiera echado el esputo en la alfombra, pero me lo ingerí. Él se sirvió un vaso de whisky.

–Imagino que no se tomará un café ahora. Pues vaya, Jacinto, vaya, que no quiero entretenerle. Marina le explica lo que le falta todavía.

Y su gesto delicado me mandó a la m…

Cavé la zanjita, ayudé con las setenta y cuatro bolsas, cavé la zanjita, continué cavando la zanjita, me hice daño, me sequé el sudor con mi pañuelo de tela, arrugado y feo, cavé la maldita zanjita. Se fue haciendo de noche. En la casa se encendieron las luces. Uno de los niños se asomó a una ventana para mirarme. Luego el otro, mientras me secaba. Nadie se acercó a hablar conmigo. Se hizo realmente de noche. De pronto, las farolas alumbraron la parcela y yo descubrí mis pies, el pico, la pala, la zanjita abierta, el barro que me había dejado perdido. Miré la línea por donde los últimos resplandores se despedían. Entonces escupí un gargajo, perdón por el detalle. Y salí de la tierra. Arrojé la herramienta a un lado y caminé hacia la casa. [5]

Sucio como un paria me presenté ante mis superiores. Los críos no estaban, ni la señorita directrices, ni por supuesto el secretario al que solo había visto una vez. La señora se hallaba distraída, de espaldas, no me oyó. Un enorme cansancio me había detenido allí, en medio de la cocina. Me tomé un respiro, con las fuerzas abandonadas y la fantasía huida. Como un saco relleno. Como los hombres huecos de Eliot, pero jodidos. Ufffff.

En esto entró el señor de la casa y me dijo:

–¡Jacinto! ¿Todavía aquí? Vaya a asearse, hombre, y márchese ya, que es tardísimo.

Yo me di media vuelta y obedecí.

–Perdone que no le acompañe, tengo unas cosas entre manos. Mañana resolvemos… –me dijo después, sin mirarme siquiera.

–¡Ah! –le contesté.

Cuando ya me había vuelto y estaba por salir, oí su voz.

–Jacinto –añadió–, no crea que esto es siempre así, hay días mejores y peores.

No abrí la boca.

Fuera de la casa, una tenaza medieval me abrasaba en los gemelos, las corvas, los riñones, los brazos, el cuello. El cielo negro me importaba un comino, las estrellas por mí podían irse al carajo, el viento cálido no había quién lo recibiera, no tenía ganas ni de hablar ni de filosofías; no habría dado nada por nadie. El camino de vuelta era un desierto. Cada paso hacia mi coche aparcado en la otra cara de la luna me suponía un esfuerzo extenuante. Nuevos dolores aparecían como relámpagos y se esfumaban, sustituidos por otros. No tenía voz ni nombre. Era solo carne caminando. Si me hubiera desplomado, nadie me reconocería. Mi rostro se había borrado.

Me senté en el coche, cerré los ojos y caí de bruces sobre el volante; me sostuve ahí con los brazos, clavé la frente en ellos. No conservaba una gota de agua en mi cuerpo y, con todo, resudaba. Un torbellino de ideas giraba sin término. Mi debilidad lo acompañaba. Creí que el aliento me abandonaría.

Entonces, respiré. En aquella extraña posición.

Sentí un profundo calor que emanaba de lo más profundo de mí. Un calor de densidad animal formado de ancestros supervivientes. O algo así. Acudió en mi auxilio, de pronto y sin que yo pudiera creerlo, mucho menos haberlo preparado de esa manera, una increíble, alentadora, ¿demencial?, alegría. Una alegría que no necesitaba fuerza para aparecer, que vino a regarme propagándose bajo la forma de un árbol, que de una raíz desconocida brota como tronco y se expande en las ramas. ¿No seré yo un infeliz enajenado? Una felicidad no por eso menos lúcida. Una felicidad digna.

–Estás loco –me dije.

Y me callé, para sentirla mejor.

Conduje hasta la casa de mis padres antes de volver a la mía. Mi madre me ofreció comer algo. Le acepté unos bocados. Bebí una cerveza con ellos.

Mi padre me miraba circunspecto.

–Papá –le dije–. ¿Estás mejor, no? Porque yo no vuelvo.

No me contestó, aunque entendí que sabía comprenderme.

–A lo mejor es que se ha dado cuenta, y se ha pasado contigo con los trabajos –supuso mi madre.

–Eso espero –le dije.

Mi padre no añadió una palabra. Entre él y yo hubo en ese momento una comunicación especial, telepática. Y mi madre se incorporó a ella. Permanecimos en esa situación un ratillo, no mucho, lo suficiente para que nos quedase claro.

Volví a mi casa. Mi mujer me estaba esperando con la cena. Los chicos dormían. No voy a contar nada al respecto. Ese es otro tema que ahora no viene a cuento.

–¿Qué tal te ha ido? –me preguntó.

–Bien –le dije.

–Pareces cansado.

Sonreí.

A mi madre,
ochenta años en trabajos de amor.

Notas

[1] El padre es de la misma carne que el hijo y, sin embargo, este solo le ve la espalda. Nunca igualará sus pasos. ¿Por qué no me miras?, le demandará este; y quizás el progenitor gire un poco su rostro y examine al vástago que tuvo, fruto de su bajo vientre también, apenas un momento antes de volverse y ofrecerle la nuca para dejarle nada más que un vaso escaso de verdad y el largo tiempo de la sospecha y las elucubraciones. Uno es misterio para sí mismo; sobre los demás se ha volcado como la lluvia en los tejados de la ciudad, que nadie recobra.

[2] Cuánto puede un paisaje? ¿Es que no nos nutre? ¿Es que no nos da y nos limita la paleta de sus colores? ¿Es que no señala el límite a nuestros pasos ávidos de correrías y de saber? Hijos de una tierra somos cada uno y –aunque la miseria enfrentada al esplendor de nuestros compatriotas, a veces nos ciegue– las banderas, la historia, que sobre todo es la sangre, y la lengua común nos hacen reunirnos como un hechizo de la nación para el combate. La tierra que nos forma y a la que volveremos un día aciago es todo nuestro lote, por ella el sacrificio es necesario, por ella y su gloria renunciaremos a nuestra voluntad, a nuestros deseos, a nuestros derechos. Así el hombre y la mujer escriben también, aun a precio de sangre, su nombre en el grueso libro de la patria.

[3] De carne está hecho nuestro espíritu; carne son nuestros objetivos; de carne es nuestra lascivia, nuestro placer, nuestra sensibilidad; por la carne nos unimos y permanecemos juntos; por la carne engendramos, hijos del placer, a quienes nos sucederán en el tiempo; y también por la carne nuestros miembros son susceptibles de sufrimiento, de degeneración y muerte. Aunque a nuestra palabra le corresponde encender los corazones y labrar el pensamiento, nada en ella por más lejos que llegue es comparable al fuego en el contacto de la piel de los que se reúnen. Por el lenguaje corremos al encuentro del otro, nos colocamos en la línea misma de su umbral; mas, sin el abrazo, todo es impotencia. Y aun la carne es todavía un escalón apenas inferior que evita, por la frontera del cuerpo, la unión más plena que anhelamos.

[4] La vida humana es un soplo, como supo cantar la sabiduría antigua. En la ópera, en los teatros, se prodiga idéntica enseñanza. Y ¡ay! del que no sepa escucharla. Estamos hechos de tiempo y, cuando verdaderamente lo advertimos, ya no nos resta más que la mitad de la mitad de lo que desearíamos vivir. Este caballo loco nos gobierna, no está en nuestra mano detenerlo, ¿quién lo embridará?, ¿quién sabrá conducirlo? Dichoso quien, entre la vanidad y la furia, escoge cuidadosamente sus propios pasos.

[5] Ese hombre poderoso me ha avergonzado y perjudicado, se ha reído de mis pérdidas y burlado de mis pocos bienes. Despreció a mi clase, desbarató mis organizaciones, enfrió a mis amigos y calentó a mis enemigos y ¿cuál es su motivo?, «que yo soy solo un empleado». ¿Es que un empleado no tiene ojos? ¿Es que un empleado, un trabajador, no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no se alimenta de pan, es herido por las mismas causas, está sujeto a las mismas enfermedades, es curado cuando puede esperar su turno, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un hombre acomodado? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no nos reímos? Si nos priváis del salario, ¿no sufrimos? Y si nos excluís, ¿no nos revolveremos? Puesto que nos parecemos en todo lo demás, nos pareceremos también en eso. Si un obrero se enfrenta a un poderoso, ¿cuál es la respuesta de este? La represalia. Si un hombre con dinero desprecia a un trabajador, ¿qué nombre llevará «su paciencia» a ejemplo de su amo? Pues «el desquite». La maldad que me mostráis la pondré en práctica, y raro será que yo no sobrepase la que me habéis enseñado.

Javier Sáez de Ibarra

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.

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