Libro mestizo, a medio, camino entre la novela y el ensayo, entre la ficción y la historiografía literaria, la publicación más reciente de Gonzalo León mantiene viva su vocación polemista. Como bien señala Nicolás Moguilevsky en la contra del libro: “El Serrano que describe Gonzalo León es y no es el de carne y hueso. Es, ante todo, un personaje literario que está inserto en una ficción. Conversando con su amigo y compañero de ruta Enrique Zorrilla, recordando el pasado, evadiéndose para transportarse en el tiempo y revisitar los paisajes de su vida, incluso su nacimiento y su muerte. Serrano no funciona con las leyes de la historia o del periodismo. Se inscribe, como en una puesta en abismo, en el universo hierático de la ficción.”

 

SERRANO NO SUEÑA ni recuerda, vive en diversos planos, por eso es capaz de retroceder en el tiempo y vivir un presente que se creía pasado. Aquella tarde se vio joven y saludable, caminando por las calles de Santiago con su amigo Héctor Barreto, quien hacía poco había entrado a las filas del Partido Socialista, lo que, pese a lo que imaginaba, no lo tenía del todo contento. Es más, había desilusión en sus palabras y parecía que en cualquier momento iba a desfallecer. Serrano, preocupado por aquel joven de diecinueve años pero sin detener la caminata, le preguntó qué
le pasaba exactamente, cuál era el motivo de su desilusión. Barreto no quiso contestar. Siguieron caminando por la calle San Diego, pasaron
por el Café Volga, donde Barreto a veces hacía un alto, pero ese día no tenía ganas de hacer la pausa acostumbrada y continuó. Serrano a su
lado observaba las calles, la gente, a unos nacistas en una esquina que lucían una solapa con el típico dibujo de un brazo musculoso, cosa que le preocupó y le hizo apurar el paso, no por él, sino por su amigo, ya que en esa época nacistas y socialistas solían enfrentarse en las calles.

Dieron más vueltas, esta vez Barreto se entregó a la deriva propuesta por su amigo. La Cordillera de los Andes lucía hermosa: blanca, entera, sólida, como una realidad incontrarrestable. Por un segundo Serrano pensó si esa inmensidad podía ser Dios y luego se preguntó por qué
no salía tanto a la naturaleza si estaba ahí, a sólo unos pasos: el Océano Pacífico al oeste y la cordillera al este. Curioso porque ese era el fondo
del dibujo nacista que lucían en sus solapas aquellos jóvenes militantes. Pensó en su juventud, en que podía hacer ese trayecto en un día si se lo proponía, ¿pero por qué no lo hacía? ¿Por qué su vida no tenía ese afán de aventura?

Miguel, tú sabes que eres como un hermano para mí, dijo de pronto Barreto, deteniéndose justo antes de cruzar una calle. Serrano también se detuvo y lo miró fijamente. Su amigo era hermoso y adorable, al modo en que los griegos adoraban a sus dioses: Yo, aquí, como me ves, lo he vivido todo, absolutamente todo, pero en sueños. Quizá por eso nadie me entiende, menos los del Partido, que no poseen esa sensibilidad artística que tú tienes. Serrano le respondió tímidamente que debía ser porque él no era socialista, con lo que consiguió sacarle una sonrisa a su amigo, que en todo caso no duró demasiado. Hermano, prosiguió Barreto, ya no sé adónde ir. He agotado todos los caminos. Sólo contigo puedo hablar. En estas palabras se sentía una pesadez tan grande que Serrano no supo cómo digerirlas y se preguntó cómo actuar ante un amigo que le dice que eres el único camino. Entonces se abrazaron y sintieron cómo el tiempo giraba en torno a ellos: pasado y presente, presente y pasado, dando vueltas, como si fueran cara y contracara de un mismo verbo.

Como Serrano no estaba recordando ni soñando, sino viviendo en otro plano, de pronto se encontró unos días después, aunque esta vez
su presencia no era sólida, o más bien no era humana, sino tenía esa levedad de los dioses. Serrano observaba todo desde una especie de nube, mientras que abajo su amigo y hermano discutía con unos nacistas en el Café Volga. Minutos más tarde la escena se repetía pero en la calle, esta vez los nacistas no dudaron en sacar sus armas y Serrano quiso bajar de su especie de nube sin éxito. Ante el inevitable final, Barreto levantó en el aire su anillo y exclamó: ¡Por aquí, pasen las balas por aquí! Después de eso una lluvia se desató con impotencia y anegó calles y calles a la redonda.

 

CAMINABA POR LA sala como león enjaulado, mientras Zorrilla se encargaba de aclararle una y otra vez que los muchachos estaban bien.
¿Te acuerdas cuando Héctor Barreto fue a casa de mi tío Vicente?, dijo Serrano cambiando de tema, y Zorrilla contestó que sí, que en esa época él y Eduardo Anguita, Teófilo Cid, Braulio Arenas y otros escritores
que no sobrepasaban los veinte años fueron a esa esta. Exactamente, advirtió Serrano, y recuerdo que estábamos rodeados por obras originales de Picasso, Miró y Hans Harp; mi tío repartía su vino con interesada sabiduría; bebía poco, como escribí una vez, pero se emborrachaba con las palabras al compararse con Shakespeare y con el Cid, de quien aseguraba descender por línea materna o paterna. Héctor permaneció callado toda
la velada, como si nada le interesara, ni el exquisito vino, ni las originales pinturas, ni menos la conversación de mi tío. Sólo cuando mostró su
libro Gilles de Rais sus ojos brillaron. ¿Te acuerdas de esa velada, Enrique? Por supuesto, contestó su amigo, fue unos meses antes de su muerte, o quizá un mes antes, julio de 1936; si mal no recuerdo, yo había entrado
al Movimiento Nacional Socialista y Héctor a la Federación Juvenil Socialista. Cosa, observó Serrano, que los convertía en enemigos. Pecados de juventud, exclamó y luego pasó delante de los dos retratos de Hitler, y se acercó a la ventana, pero antes de llegar a ella se dio media vuelta y miró fijamente a su amigo, quien entonces le consultó si después de todo lo acontecido estaría dispuesto a conocer a los muchachos.

Serrano no dijo nada por unos minutos, y pensó que era una suerte que nunca le hubiera pasado nada. ¿Hace cuánto nos conocemos, Enrique?, dijo el anfitrión sin mirar a su invitado. No sé, unos sesenta años, creo. ¿Y los muchachos, qué edad tienen? Zorrilla dijo que no

lo sabía, pero conocía a Rafael hace unos siete años y a Mauricio hace seis. Veo que les tienes mucha estima, advirtió Serrano, y su camarada
a modo de respuesta volvió a encogerse de hombros. Espero que no
sea porque son jóvenes, agregó, porque recuerda que nosotros también fuimos jóvenes y, sin darle tiempo para decir nada, agregó serio: Déjame pensarlo, ¿te parece? Aunque si reparasen la tumba del querido Héctor, podría aceptar.

¿Sabes lo que más me molesta de todo esto, querido Enrique?, retomó. Los atropellos que ha tenido que soportar esa tumba: primero los funerales en los que miles de socialistas trataron de apropiarse de nuestro Héctor, ¿recuerdas las palabras de ese líder socialista que dijo “No pasarán” en alusión a nosotros, los nacionalsocialistas? Pero tú en esa época no eras nacionalsocialista, Miguel, de hecho siempre has negado cualquier adhesión a… Serrano ladeó su cabeza y enseguida esbozó una sonrisa: Soy lo que soy. Zorrilla, más animado, agregó que más que los funerales lo que le había molestado y mucho había sido que después de la Matanza del Seguro Obrero, el Partido Socialista tuviera el mal gusto de rendirle otro homenaje. Eso fue en 1939, dijo Serrano festejando su buena memoria, cuando pusieron el rostro esculpido de Barreto sobre
la tumba, una bonita escultura de Manuel Banderas. Pero concuerdo contigo, a nuestros muertos nadie los respeta.

En ese momento y sin que nadie la llamara apareció Aniela con una bandeja con dos tazas de té y una merienda. Al dejar la bandeja en una mesa comentó: Deben alimentarse. A propósito, Enrique, la semana pasada tuve la oportunidad de leer su libro La profecía política de Vicente Huidobro y debo decir que, independiente de los tristes acontecimientos que relata, predispuso mi espíritu para bien. ¿Una o dos cucharadas?

Como es habitual en Chile, hubo un temblor: Zorrilla se sobresaltó, pero Serrano, quien había aprendido de su amigo Carlos Muñoz Ferrada la conducta ideal para los sismos, siguió en su lugar sosteniendo la taza de té y recordando lo que había pasado hacía cuánto, ¿quince, veinte, treinta años, en su otra casa de Valparaíso?

 

Gonzalo León (Valparaíso, 1968) es escritor y periodista. Ha publicado las novelas Manual para tartamudos, Cocainómanos chilenos, Vida y muerte del doctor Martín Gambarotta y Pendejo, y los libros de cuentos Un imbécil leyendo a Nietzsche, Orden y Paria y La Ley del Hielo. En 2014 editó, seleccionó y prólogó La última gauchada: narrativa argentina contemporánea. Escribe para medios culturales argentinos. Desde 2011 vive y trabaja en Buenos Aires.

Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.