Finalista del National Book Award en 1995, este libro es la muestra de la implicación de su autor en una serie de hechos a los que se acercó por motivos profesionales. Lo que comenzó como un simple encargo periodístico –cubrir el juicio de un predicador de Alabama condenado por tratar de matar a su mujer con serpientes venenosas– se acabaría convirtiendo en un viaje a un mundo extraño, misterioso e irresistible: el mundo de los manipuladores de serpientes, donde la gente bebe estricnina, habla en lenguas desconocidas, impone las manos a los enfermos y, según afirman algunos, resucitan a los muertos. Para penúltiMa es una alegría compartir con sus lectores el adelanto de este libro que publica Dirty Works en la traducción de Tomás Cobos. La ilustración de la cubierta del libro es obra de Antonio J. Moreno, El Ciento.

PRÓLOGO

Esta mañana, cuando volvía de comprobar el buzón, me preguntó una vecina si había terminado el nuevo libro.

–Aún no –le dije. No tuve el valor de decirle que ni siquiera lo había empezado.

–Es que quería saber si ha puesto algo de los árboles atrapa- espíritus –me preguntó.

¿Árboles atrapa-espíritus?

Me explicó lo que eran: árboles sin hojas plantados en patios rurales para adornarlos con botellas de cristal coloreadas. Entonces me acordé de que los había visto antes. Pensé que solo eran decorativos. Pero mi vecina me dijo que había un propósito en los árboles atrapa-espíritus. Si tienes espíritus malvados, los metes en botellas encajadas en las ramas de un árbol del jardín. Cuanto más colorida la botella, mejor, supongo. Los espíritus malvados se quedan atrapados en las botellas y no pueden hacer daño. Eso es lo que hacen los sureños del mundo rural con los espíritus malvados.

La razón por la que yo no sabía gran cosa de los árboles atrapa-espíritus es que soy un chico de ciudad. Nací en Birmingham, una ciudad industrial fundada después de la Guerra de Secesión, y sigo viviendo allí. Mi padre también nació en Birmingham, en 1912, así que él tampoco sabía mucho de árboles atrapa-espíritus. Tenía once hermanos, trabajó para una siderúrgica la mayor parte de su vida y al final murió de enfisema.

Me hice adulto leyendo a los grandes de la ficción sureña como Faulkner, O’Connor, Welty y Warren, pero su Sur no era un mundo que yo conociera de primera mano. Yo nunca tuve que arar detrás de una mula ni recoger algodón o sacrificar a un cerdo. Y cuando visitaba a primos lejanos en el campo, me recordaban lo poco que sabía yo sobre la vida de verdad. Para ellos, yo era un señorito de ciudad. Llevaba pantalones con pinzas en lugar de un peto.

Sin embargo, la primera obra de ficción que escribí se situaba en el campo. Mi primer cuento publicado se llamaba, curiosamente, «Salvación en Sand Mountain».

El hecho es que hace veinticinco años yo nunca había estado en Sand Mountain, pero sacaba el material de la rica literatura sureña, cuya textura nunca había experimentado en persona. Con el tiempo, los escenarios y los personajes de mis obras de ficción comenzaron a parecerse más y más a los del mundo que yo conocía íntimamente, la Ciudad. Empecé a escribir sobre parejas urbanas, con o sin niños, y sobre los dilemas menores a los que se enfrentaban. Me parecía una ficción más honesta, pero me faltaba algo. Los relatos podían haberse situado perfectamente en Portland o Des Moines. Empecé a preguntarme si seguía siendo un escritor sureño. Empecé a preguntarme si todavía existía un Sur.

En un ensayo de 1990 publicado en la revista Time, Hodding Carter III nos dice que no. «El Sur como tal», escribe, «una tierra mítica en perpetua regeneración con una personalidad característica, ya no existe». Me hubiera gustado que Carter hubiera oído el sermón del evangelizador Bob Stanley en una iglesia de manipulación de serpientes en Kingston, Georgia, en junio: «¡Difundid la buena nueva! ¡Salimos de la granja! ¡Bajamos de las montañas! Empezamos como un chorrito, pero pronto seremos un arroyo. Y los arroyos se unen para formar un riachuelo, y los riachuelos se unen para formar un gran río poderoso, ¡y creceremos y nos precipitaremos juntos hacia el mar!».

Para entonces había pasado con los manipuladores de serpientes el tiempo suficiente para saber que el Hermano Bob Stanley hablaba de un Sur que residía en la sangre, una región del corazón. Escuchad. La peculiaridad de la experiencia sureña no terminó cuando el gorgojo se comió la cosecha de algodón. No dejamos de ser un país aparte cuando Burger King llegó a la ciudad sureña de Meridian. Somos un pueblo tan peculiar ahora como antes, y el hecho de que nuestra cultura esté bajo asedio nos ha obligado a ser todavía más peculiares que antes. La manipulación de serpientes, por ejemplo, no se originó en las montañas. Comenzó cuando la gente bajó de las montañas para descubrir que estaban rodeados por una cultura hostil y espiritualmente muerta. Por todas las zonas de la frontera con el mundo moderno –en lugares como Newport (Tennessee) y Sand Mountain (Alabama)–, la gente se replegó. Se atrincheraron. Cuando sus recursos propios fallaron, invocaron al Espíritu Santo. Pusieron sus manos en el fuego. Bebieron veneno. Agarraron las serpientes.

Y lo siguen haciendo. El Sur no ha desaparecido. Si acaso, es todavía más sureño, como en un esfuerzo a la desesperada por salvarse. Y el Sur que aún sobrevive durará más que el que lo precedió. Será más duro y duradero que lo que había antes. ¿Por qué? Porque ha sobrevivido al fuego. Y no me refiero solo al movimiento por los derechos civiles, aunque ciertamente podríamos empezar por ahí. Me refiero a un incendio prolongado, de combustión lenta, a la guerra civil original y a la industrialización que engendró. Me refiero a la colonización del Sur por los emprendedores norteños. Me refiero a la migración a las ciudades, a la epidemia de cólera, a las inundaciones. Me refiero a las guerras a las que se envió a sureños en números desproporcionados durante el siglo XX, a la pobreza que sufrieron. Me refiero a nuestra caída en desgracia. Me refiero al desprecio y el ridículo con el que el país ha abrumado a los sureños blancos pobres, el único grupo étnico de Estados Unidos al que no se le permite tener una historia. Me refiero a la Ciudad, y no a Atlanta. Me refiero a Birmingham.

En el campo, los sureños meten a los espíritus malvados en botellas de colores colgadas de los árboles. Pero permitidme que os cuente lo que hacemos con los espíritus malvados en la Ciudad. Empezamos con el carbón, que un grupo de nuestros antepasados masculinos sacó de la tierra dejándose la vida. Lo calentamos hasta que emite gases venenosos y se convierte en coque, más duro y negro. Luego utilizamos ese coque en el fuego. Lo utilizamos en los altos hornos. Estos hornos son inmensos, con forma de bulbo y cubiertos de óxido. Estoy seguro de que no os gustaría que hubiera uno en vuestro barrio. Llenamos el horno con piedra caliza, mineral de hierro y cualquier espíritu malvado que encontramos por ahí. El mineral de hierro se funde en el fuego alimentado con coque. Las impurezas se pegan a la caliza y forman una escoria que flota sobre el metal fundido. Lo que se queda en el fondo es puro y está a una temperatura altísima. En cierto momento, abrimos un agujero en la base del horno y el hierro fundido cae en cascada, como una cinta roja tan luminosa que apenas se puede mirar. Cuando yo era pequeño, podías ir al viaducto que hay encima de los altos hornos de Sloss, en el centro de Birmingham, y contemplar el río de hierro fundido que corría por el suelo, incandescente, inexorable y tan imprevisible que una noche saltó una chispa mientras Ross Keener, un amigo de mi padre, estaba asomado a la barandilla del viaducto, y le dejó ciego de un ojo.

Ese es el Sur al que me refiero.

Birmingham, verano de 1993

En busca de señales milagrosas

«Una noche en el este de Tennessee, un predicador que manipulaba serpientes vino y nos dijo:
–Chicos, ¿tenéis serpientes en ese coche?
Le dijimos que no.
–¿Cómo? ¿Me esEtáis diciendo que no tenéis ninguna serpiente de cascabel en el coche?
–No, señor.
–¿Qué es lo que os pasa? –dijo, abriendo los ojos de par en par–. ¿Estáis locos?»

La primera vez que fui a una misa de manipuladores de serpientes, ni siquiera sacaron serpientes. Fue en Scottsboro, en Alabama, en marzo de 1992, en la Iglesia de Jesús con las Señales Milagrosas. Yo había ido a la iglesia invitado por una mujer, miembro de la iglesia, que había conocido mientras cubría el juicio de su predicador, el reverendo Glenn Summerford, a quien habían condenado a noventa y nueve años de cárcel por intentar matar a su mujer con serpientes de cascabel […]

Enlace a la preventa del libro en la tienda de la editorial.
Fotografía de Dennis Covington

Dennis Covington (1948) nació en Birmingham, Alabama, una ciudad industrial fundada tras la Guerra de Secesión. Ni tuvo que arar detrás de una mula, ni recoger algodón, ni sacrificar cerdos, pero leyó con fruición a Faulkner, a O’Connor y a Welty, y cazó muchas serpientes con su amigo Beaver en Village Creek, debajo del puente de la calle 80. Se graduó en Virginia y asistió al Taller de Escritura de la Universidad de Iowa bajo la tutela de Raymond Carver y John Cheever. Lo único que sabía decir en español era «Soy periodista. Por favor, no dispare» cuando, desesperado por los sucesivos rechazos de la editoriales y con intención de alejarse por un tiempo de un matrimonio cada vez más asediado por las drogas, el alcohol y las infidelidades (tal y como relataría en su devastador libro de memorias Cleaving: The Story of a Marriage), inició el primero de sus doce viajes a El Salvador como corresponsal de un pequeño periódico de Birmingham durante los convulsos años de la Guerra Civil. Allí, en primera línea de fuego, bajo el tableteo de las metralletas, conoció el miedo y dejó de beber. Pero se hizo adicto al peligro. Esa misma adicción, junto a una sed insaciable de éxtasis en experiencias religiosas, le hizo entrar en contacto, esta vez como corresponsal del New York Times, con los manipuladores de serpientes del reverendo Summerford, experiencia que originaría la personalísima travesía espiritual que le llevaría a indagar en sus orígenes y quedar finalista del prestigioso National Book Award en 1995. Actualmente reside en las altas llanuras del oeste de Texas, entre campos de algodón, armadillos y matojos rodantes. Continúa impartiendo clases de escritura creativa en la High Tech de Lubbock, pero sabe muy bien que la búsqueda aún no ha terminado. Es molecularmente incapaz de mantenerse alejado del epicentro de las tormentas.

Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.