La mejor revista del Norte de México, Pez Banana, dedicó su último número a cartografiar la obra de algunas escritoras latinoamericanas. Lo hizo desde el convencimiento de que a día de hoy son las autoras las que están realizando las aportaciones más interesantes y modificando los mapas de la literatura en castellano. En penúltiMa hemos logrado que nos “presten” algunos de esos textos, convencidos de que merecen toda la difusión que pueda ofrecérseles. Además queremos expresar una gratitud enorme hacia Iván Ballesteros Rojo, factótum de Pez Banana, que desde el primero momento se ilusionó con la idea de darle más difusión a los textos de su revista. Acá es el mexicano Daniel Salinas Basave quien escribe sobre los cuentos de la argentina Mariana Enríquez.

 

Morbid Tales es el nombre del álbum debut de la banda suiza Celtic Frost, sin duda un punto de inflexión cuando hablamos de avant garde en el metal extremo. Más allá de las pesadillas apocalípticas de Tom G. Warrior y su horda, aferradas a evocar las atmósferas de Giger y El Bosco, Relatos mórbidos bien podría funcionar como el perfecto subtítulo para el libro Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama 2016) de la porteña Mariana Enríquez (Buenos Aires 1973). La morbidez se le da con naturalidad a esta narradora. Si los paisanos regios de Toxodeth (así, sin H) nos heredaron un disco llamado Lo más mórbido de la realidad, Mariana nos toma por asalto con unas historias que bien podrían llamarse lo más mórbido de la cotidianeidad. Con ella el horror irrumpe en escena como perro por su casa. Ni pizca de grandilocuencia marca terror hollywoodense o románticos afanes vampíricos. Aquí el espanto parece ser una condición del alma, una omnipresente atmósfera cuya consistencia es propia de una pesadilla afiebrada, una terca alucinación de mal dormir.

Una definición facilona y simplista sería decir que lo de Mariana son cuentos de terror. Podemos encasillarla como una moderna Amparo Dávila o decir que lo suyo es una suerte de gótico barrial, pero en cualquier caso nos quedaríamos muy cortos. Enríquez apuesta por algo mucho más extraño e inquietante. Lo horroroso encarna en escenas corrientes, estampas propias de cualquier urbe latinoamericana o momentos que bien pueden formar parte de tu vida o la mía. Si el bastón blanco de un ciego le sugiere a Fernando Vidal, personaje de Ernesto Sábato, la existencia de una depravada secta ancestral, a Mariana le basta mirar a los ojos de un niño pobre para encontrar el averno en la calle. La monstruosidad habita en el terreno baldío donde duermen una drogadicta y su pequeño hijo en el barrio de Constitución; en la mirada de la niña rara de la escuela que se arranca las uñas por deporte; en la patética discusión de una pareja a un paso del rompimiento en medio de una carretera desolada; en el patio de la casa vecina donde se insinúa la presencia de un niño encadenado. El espanto repta al fondo de las puercas aguas del riachuelo donde las bestias emergen entre derrames tóxicos. La armonía de lo macabro se escucha en los tambores de una murga barrial o en la densidad del silencio de un edificio abandonado. La respuesta a la violencia doméstica es una rebelión de mujeres maltratadas que se prenden fuego por las calles y la realización de una esposa hastiada del tedio matrimonial es traer una calavera a dormir en su alcoba.

Llegué a Mariana Enríquez como suelo arribar a tantas ínsulas literarias, sin recomendación de por medio ni lectura previa. Nada sabía de ella cuando me topé con su libro y decidí pepenarlo por pura y vil corazonada (y claro, también por esa enfermiza fe ciega que suelo tener en Anagrama). Las cosas que perdimos en el fuego fue mi compañero de durante una travesía de Tijuana a Tuxtla Gutiérrez. Mi peregrinaje a la Feria del Libro de la UACH estuvo impregnado por la esencia monstruosa de sus relatos. Paradójicamente, el único de los once cuentos donde no irrumpe algo sobrenatural o macabro, Los años intoxicados, es uno de los que más disfruté, acaso por su brutal franqueza o porque me recordó los desesperados afanes adolescentes de ponerte loco con cualquier cosa que estuviera a la mano. Hay también un relato histórico en torno al Petiso Orejudo, un asesino en serie que empezó a matar a los nueve años de edad.

Una lectura posible, es que los monstruos de Mariana Enríquez son la manifestación del machismo, de la injusticia social, de la represión policiaca o de un matrimonio en ruinas. Sus bestias son metáforas de una sociedad podrida pero al final el verdadero horror habita en al flagelo del día a día. En cualquier caso en Mariana Enríquez encontré una contadora de historias poco convencional, atípica en su distante frialdad o en lo ácido de su humor. Una escritora capaz de perturbar e inspirar espectros de duermevela. Sí, es una chica rara y en un mundo tan lleno de predecibles lugares comunes la rareza siempre se agradece.

 

Daniel Salinas Basave

Daniel Salinas Basave (Nuevo León, 1974). Es un sido reportero y ahora se dedica de tiempo completo a la escritura. Ha publicado Réquiem por Gutenberg (ICBC, 2012), La Liturgia del Tigre Blanco (Océano, 2012), Cartografías absurdas de Daxdalia (CECUT, 2013) y Vientos de Santa Ana (Literatura Random House, 2016). Ha ganado, entre otros reconocimientos, el Certamen Internacional Sor Juana Inés de la Cruz por Bajo la luz de una estrella muerta; el premio Gilberto Owen de cuento por Días de whisky malo; el José Revueltas de ensayo por El lobo en su hora y el Malcolm Lowry por Cartógrafos de Nostromo. En 2016 publicó el libro de relatos Dispárenme como Blancornelas (Nitro/Press).

Todo texto es un Palimpsesto, pero más todavía los que versan sobre otras producciones culturales. Haciendo un leve homenaje a Genette, en Palimpsestos se recogerán los textos críticos. En penúltiMa la crítica es meditación y diálogo. Los textos que pasan a entretejerse con aquellos de los que hablan.