El ser querido fue el primer libro de cuentos de Daniel Guebel, aunque no fuera el primer libro que publicó. Pasado el tiempo, cuando llegó su reedición en Mansalva allá por 2014, dijo de esos cuentos: “Hoy, en El ser querido, veo el cuaderno de trabajo de un autor que busca ajustar deudas con Henry James y com Borges y Bioy como escrito bicéfalo, pero también que toma de esas ajenidades lo indispensable para ir volviéndolas propias.” Al ser invitado a colaborar en penúltiMa decidió escoger un cuento de esa bitácora de taller que fue este libro. En concreto el último de la recopilación, que dice ser su preferido, acaso porque, como él mismo cuenta: “Cierta vez, el malévolo Fogwill me preguntó por qué, en vez de “esas cosas que andaba haciendo”, no escribía otro cuento como “El ser querido”; no supe qué responderle, porque no sabía cómo se vuelve atrás. Sin embargo, ahora tengo la impresión de que en “Relato de un náufrago” recupero parte del tono de la voz que tenía eso que pude escribir cuando era joven”.

 

Había resuelto el problema P versus NP y debía presentar procedimiento y conclusiones en un encuentro de colegas, pero como temo al avión mi mujer me propuso viajar en barco. La tormenta nos agarró en medio del océano, el casco escoró contra un escollo, una saliente oculta, el lomo coriáceo de una ballena, un iceberg, y se fue hundiendo. Los botes eran escasos, su goma estaba vencida, se hundían apenas tocaban el agua, envolviendo a los pasajeros en su olor a pudrición. Mi mujer no pensó en mí y se precipitó a su pérdida; la contemplé a la distancia, mientras subía al mástil; su boca hacía globitos tratando de pronunciar un nombre que no era el mío. Yo seguí trepando sin ganar un metro: se los iba comiendo la catástrofe. Preferí no demorar más el momento del fin y me arrojé al vacío. El choque contra el agua fue como un golpe contra un muro. Me desmayé. Al despertar, descubrí que flotaba. Al parecer mi ropa era impermeable y se había inflado con el aire. Claro que ese milagro era de corta duración y no me permitía guardar esperanzas. Por hacer algo, di un par de brazadas. El movimiento no me sirvió para avanzar o retroceder pero al menos me permitió entibiar un poco el cuerpo. Yo nunca aprendí a nadar porque el espectáculo de las piletas públicas siempre me había repugnado. Me daban asco esas manadas de lagartos semidesnudos ingiriendo y expulsando aire y mocos por la nariz, y eventualmente orinando en el medio líquido, grasiento además por las secreciones dérmicas. De todos modos, incluso de haber sido un nadador profesional, mis conocimientos tampoco me habrían servido. En la cena de la noche previa al naufragio, el capitán comentó que estábamos atravesando el centro geográfico del océano, la parte más distante de tierra firme y aquella donde las fosas abisales son más profundas. Luego, en tono lúgubre, refirió una experiencia sentimental que lo había arrasado. Derramaba lágrimas al contarla, decía que todos los días pensaba en suicidarse y que lo demoraba la comprensión de que en esos momentos uno se iba solo. Mientras seguía braceando pensé que tal vez el infeliz aquel había puesto una bomba en el casco para morir acompañado. En cualquier caso, por su culpa me estaba condenando a la mayor de las agonías, y eso me rebeló de tal manera que di un par de manotazos furiosos y hasta me elevé por sobre la línea del agua buscando una tabla o un faro, la prueba de la existencia de tierra firme o de algún otro sobreviviente. Pero nada había a mi alrededor, salvo el líquido que rozaba mi cuerpo y alguna bestia que pasaba entre mis piernas tratando de adivinar si yo era alga, rama u objeto comestible.

Nadar de noche me resultó fácil. Estiraba un brazo, lo hundía y después, con la mano haciendo cuchara, lo recogía mientras el otro hacía lo propio. A veces tragaba agua, lo salado de esa negrura, pero escupía y seguía. En ocasiones descansaba entre brazada y brazada, dejándome llevar, y solo retomaba la acción cuando mi cuerpo comenzaba a hundirse. Lo sorprendente era que mis desplazamientos mantenían un movimiento uniforme y la flotación parecía garantizada. En algún momento gané mayor confianza y traté de cerrar los ojos y permanecer quieto, pero era imposible mantenerse boca abajo por más de un minuto; después necesitaba respirar. Y me agitaba. Entonces me volví, y al quedar de espaldas, boca arriba, me encontré con las luces del cielo. En las ciudades uno se acostumbra a no prestarles atención, porque las fuentes eléctricas proyectan su resplandor irregular y parpadeante que choca contra las capas de la atmósfera debilitando la contundencia y el espesor de esas lámparas, pero en medio de lo oscuro, arrastrado por esas mareas que restallaban en forma de espuma, fosforescentes ellas y convertido yo mismo en una fosforescencia, descubrí que cada una de las gotas que rolaban sobre mí, posándose por un instante en mi pecho o mi vientre, o que durante segundos se alzaban con el movimiento de mis brazos, reflejaban, no solo la radiación total de la zona del Universo que se presentaba a la vista, sino cada uno de sus brillos particulares, fulgor por fulgor, en partículas que titilaban como un camafeo. Es claro que yo no podía ver mis propias facciones, pero me sabía parte de ese esplendor enjoyado. Eran rojas, amarillas y ocres, doradas, levemente azules y tornasoladas, las estrellas. Tramaban su telaraña, y si no hubiera sido por el fragor del viento hasta hubiese podido escuchar sus crepitaciones. Además, la claridad sobrenatural de esos cielos boreales hacía rebotar la luz de cada una de ellas sobre las otras, luces que cruzaban el firmamento en trazos destellantes, líneas que se tejían en una trama abierta, cerrada, abierta, cerrada. Pero al margen de su propio resplandor, por una particularidad atmosférica o mística, la suma de aquellas iluminaciones se mostraba como una masa única, una especie de coraza inmaterial y consistente, un espejo que no solo representaba su propio mapa como una duplicación etérea sino que en el bisel de sus límites traía también la noticia de otros firmamentos que titilaban, amontonados y en tumulto, chispeando sus estallidos, comprimiendo espacios mayores en su interior, espacios que se veían y no y que sin embargo estaban allí, nítidos y reales. Galaxias que giraban, conjuntos de cientos de miles de millones de estrellas que se atraían y rechazaban, galaxias regulares e irregulares, las más cercanas a sus discos girando más rápido que aquellas que orbitaban en la periferia, y sin embargo, tal vez por las ondas de densidad, los brazos en espiral seguían desplegándose, manteniendo la estabilidad del conjunto.

No me cansé de mirar y aquella noche aprendí lo que necesitaba acerca del arte de moverse o permanecer quieto. Al amanecer, contra toda previsión, aún me mantenía a flote. El resto puede ser una enumeración de las variaciones que el agua y el tiempo fueron imprimiendo a mi cuerpo y el modo en que eso modificó mi comprensión de los hechos. Como supe demostrar en la resolución de ese problema teórico que ya nadie conocerá, los circuitos de la evolución no siguen un camino estricto. Mi transformación no fue dramática y me acostumbré a vivir siendo aquello en que me había convertido. Sé que estoy en lo que soy, aunque ignore cuánto durará este ciclo. Alguna vez divisé una luz a lo lejos, el recorte irregular de las casas de pescadores, y a cambio de acercarme y llamarlos a los gritos, alegando mi condición de náufrago, me volví hacia la inmensidad y seguí haciendo lo que hago, dejarme llevar por el oleaje.

 

Daniel Guebel

Daniel Guebel (Buenos Aires, 1956) es novelista, guionista, dramaturgo y periodista. De entre su nutrida producción pueden destacarse Carrera y Fracassi (2006) o Derrumbe (2007). Su último libro publicado es la ambiciosa novela El absoluto , publicada en 2016 en Penguin Random House Argentina y que se distribuye este mismo mes de Marzo de 2017 en distintos países hispanohablantes.

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La fotografía que ilustra el relato de Guebel es de Jorge Taús, puede disfrutarse de su trabajo como fotógrafo es su cuenta de Instagram: https://www.instagram.com/jorgetaus/