Adelanto de Iluminación, el nuevo libro de cuentos de Sebastián Antezana que publica este mismo mes la editorial paceña El Cuervo, este relato es una tarjeta de presentación idónea del particular mundo del escritor boliviano.

 

La bala le atravesó la frente sin ruido, instantánea, invisible, un relámpago puntual. Milésimas después, cuando empezaba a formársele un círculo negro en medio de los ojos, se escuchó el sonido, la marca atronadora del disparo en la espesura, y sólo entonces se dio cuenta de que algo andaba mal. Se detuvo y alzó ligeramente la cabeza, como buscando en el aire de la tarde una explicación a lo que pasaba. Dio uno, dos pasos más, las patas como ramas quebradizas, y finalmente cerró un ojo antes de caer sobre las hojas secas.

El viejo bajó la escopeta y se limpió con la manga un rastro de saliva que se le había coagulado en la comisura de la boca, una línea blancuzca y pastosa que le cubría la mitad del labio inferior. Había estado bebiendo desde el mediodía, singani tibio que traía en un termo de café. Desenroscaba la tapa de aluminio que servía de taza, la llenaba y cerraba los ojos antes de beber a tragos pausados y sonoros. Todavía no estaba borracho pero parecía enojado, conmigo, con mamá, con todos, con el venado que yacía muerto pocos metros más allá, la frente rota y un ojo todavía abierto. Se limpió la boca, apoyó la mano derecha en mi hombro y de un empujón me llevó hacia donde el animal había caído. No parecía una cría pero tampoco todavía adulto, era pequeño y liviano, tenía el pelaje pardo moteado con manchas blancas, las orejas largas y delgadas y en la cabeza dos pequeñas protuberancias, sugerencias de lo que en un futuro que ya no sería habría sido una cornamenta. Estaba doblado sobre sí mismo, la cabeza vuelta sobre la grupa, como si hubiera empezado a escapar y el cuerpo se le hubiera desconectado en pleno movimiento. Por la boca le asomaba la lengua delgada y oscura, un pedazo de carne triangular que le colgaba cómicamente. El ojo que permanecía abierto estaba inyectado en sangre, una gran canica turbia descansando en un lago rojo y lechoso.

El viejo le puso la cabeza por delante con un empujón de la bota y luego comenzó a palparlo para ver si el cuerpo había sufrido alguna herida. No había nada, un torso delgado, de poco menos de un metro, cubierto de pelaje todavía fino. ¿Viste, chango?, me dijo con sorna. Así es como hay que matarlos. Un solo disparo, rápido y sin arruinar la carne. Asentí en silencio, sin mirarlo, concentrado en la lengua púrpura y el ojo abierto. La gente va a pagar buena plata por este bicho, continuó mientras lo medía con las manos extendidas. Vas a ver, trescientos cincuenta o trescientos setenta pesos como mínimo. Luego escupió ruidosamente, agarró las patas traseras del animal y comenzó a arrastrarlo. Ven, dijo, vamos a dejarlo bajo techo.

Desde que mamá se fue mi padre dejó de trabajar en la carnicería, un ambiente céntrico de techos altos y grises y paredes cubiertas de azulejos blancos. Decía que el lugar le recordaba a ella, que la veía en los mesones, en la carne cruda, en las líneas de sangre que formaban redes y tejidos antes de perderse por el sumidero del piso. Pasó allí una o dos semanas después de que mamá lo dejara, cada vez menos interesado en el negocio, solo, furioso, hasta que se lo encargó a mi hermana mayor. Ya no puedo con esto, le dijo. Todo en este lugar me hace recuerdo a ella, el refrigerador, los ganchos, los cuchillos, la hija de puta está en todas partes. No le importaba insultarla frente a nosotros, decir lo que sea por hiriente que fuera. Mi hermana indicó que lo entendía, que ella podría hacerse cargo del negocio, que él se dedicara a descansar.

Eso hace cuatro años. Al principio yo extrañaba a mamá como un loco. Me pasaba las tardes soñando con ella, pidiéndole que vuelva, rogándole al espejo de su tocador y a los restos de ropa que había olvidado que no me dejara solo con el viejo. Pero nunca volvió. Mi padre la pegaba, la pegó mucho hasta que ella se hartó y se fue, dicen que con otro, un camionero que hacía la ruta Sucre-Potosí y que se la llevó a Argentina. Más o menos un año después de su partida, cuando ya comenzábamos a acostumbrarnos a que no esté, nos llegó la noticia de que había muerto en un accidente, una noche, cuando el camionero trató de vadear un río que terminó arrastrándolos. Al enterarse mi padre no dijo nada, no lloró, por una vez no levantó la voz. Al poco tiempo empezó a cazar. Primero como una forma de ser otro, de pasar el tiempo con un disfraz, pero después se dio cuenta de que la cosa le interesaba, que le gustaba esa sensación engañosa de poder. El viejo se había vuelto un hombre impetuoso y huidizo y comenzaba a desarrollar una debilidad ritual por la violencia. Pese a que muchas veces ofrecía las presas que cazaba, casi nunca llegaba a venderlas. La carnicería sobrevivía con la venta de cortes de carne de vaca y cerdo, costillares que tenían que cargar dos hombres, bifes relucientes e hinchados por los que siempre sacábamos buen dinero, intestinos que parecían racimos de uvas grises y alargadas.

Llegamos arrastrando al venado muerto hasta la cabaña, una construcción mínima de ladrillo rojo que albergaba la cama y algunos trastos del cuidador del parque. Antes de llegar a la puerta mi padre empezó a dar de gritos. ¡René! ¿Sigues ahí, indio huevón? Hemos traído un bicho para que lo guardes un cacho. Su voz era áspera y comenzaba a estar afectada por el alcohol. ¡Abrí la puerta, carajo, estamos cagados de calor! Seguramente eran las tres y el sol seguía muy alto en el cielo, una esfera perfecta de luz que nos oprimía y nos obligaba a buscar sombra bajo las copas de los árboles. Pasaron varios segundos sin respuesta hasta que mi padre se puso a dar golpes en la puerta de latón. Tres, cuatro, cinco golpes que resonaron en el silencio de la tarde. Este cabrón siempre anda durmiendo, dijo tras escupir ruidosamente, mientras me pasaba las patas del animal para que lo sostuviera. Si no fuera un amigo hace rato que le habría enseñado a portarse como gente. Dejó la escopeta en el suelo y se puso a rodear la cabaña, buscando una segunda puerta o alguna otra abertura. Yo me quedé parado hasta que lo vi volver por el otro lado. ¿Pero qué le pasa a este tipo?, gritó. ¿Se quedó sordo o ya se ha muerto? Siguió dando de golpes a la puerta y ya se preparaba a hacer algo más cuando se empezaron a escuchar sonidos que venían de adentro.

Al poco rato la puerta se abrió y entre la sombra del umbral apareció René. Perdón, mil perdones, dijo. Los ojos entrecerrados rodeados por multitud de pequeñas arrugas, el pecho ancho y desnudo cubierto por gotitas de sudor. Andaba haciendo una siestita, siguió a modo de disculpa, con actitud entre avergonzada y humilde. Hay que ver cómo está el calor hoy, ah. Se frotó la calva morena con una mano y me ayudó a arrastrar al animal dentro de la cabaña con la otra. Los brazos delgados y atravesados por venas verdosas, las uñas de los dedos casi petrificadas. A ver qué tenemos aquí, campeón, dijo mientras me guiñaba un ojo. Siempre que me veía me trataba con cariño. Flaco y fibroso, moreno y lampiño, sentado sobre el catre de fierro en el que hace poco dormía, auscultaba al venado con ojos clínicos, palpándolo con manos expertas. Esto está muy bien, campeón, muy bonito, pero es solo un animalito, todavía muy joven. Mi padre lo escuchaba en silencio, mirando hacia afuera por la única ventana de la cabaña. No les van a dar mucho por él, siguió, ahora dirigiéndose a él, no tiene mucha carne, no es muy grande. Le palpaba las ancas y el pescuezo, la espalda y las costillas, hundiendo los dedos entre el pelaje, en la carne. Luego le vio la cabeza. Además, dijo mientras mi padre empezaba a desenroscar la tapa del termo de café, además parece que está enfermo, tiene los ojos nublados, y le señaló el único abierto, en el que la pupila había descendido y se había expandido, haciendo de la cavidad ocular una oscuridad empozada.

Me caía bien René. Me gustaba que viviera allí solo, en medio del bosquecillo. Me gustaban sus manos duras y sus ojos tranquilos, el hecho de que sabía los nombres de todos los árboles y todos los animales. Me gustaba que le dolieran los huesos cuando hacía frío, que cocinara sus comidas en una pequeña estufa a gas, que no tuviera luz eléctrica. Me parecía un hombre misterioso, casi mágico, un sabio. Mi padre lo había conocido hacía años, en no sé qué historia de un cuartel militar en Sucre, y desde entonces fueron amigos. Lo respetaba, creo que tal vez incluso llegó a quererlo, pero lo trataba mal, con dureza, como a un empleado. Como a mamá. Desde que ella murió, el viejo se volvió loco. Tomaba singani barato que le fiaban en el almacén de al lado de la carnicería y veía televisión toda la tarde, programas de chismes, de farándula y shows infantiles, vestido de cualquier forma, traspirando y comiendo lo que cocinábamos mi hermana y yo. Seguía recibiendo el dinero de la carnicería pero nunca más trabajó, se pasaba los días encerrado en la casa o saliendo con amigos a lugares de los que volvía tarde en las noches. Cuando estaba borracho insultaba a mi madre. ¡Puta! ¡Vieja de mierda, vieja pelotuda y de mierda! Pero era obvio que la quería, que su abandono y su muerte lo habían arruinado.

Tomó un trago largo del termo y reprimió una arcada con un carraspeo. René seguía hincado sobre el animal, viéndole la lengua oscura y triangular y explicándome que por lo general las hembras de venado se mantienen muy cerca a sus crías, por lo que seguramente allí afuera seguía, desesperada, la madre del muerto. Este animalito no va a dar mucho, dijo, pero si consiguen cazar a la madre tendrán suficiente para una venta. Mi padre dejó el termo sobre una mesa de madera chata y dispareja. Luego escupió otra vez, ahora sobre suelo de cemento de la cabaña. Bueno, ya está bien, le dijo mientras me apartaba bruscamente de su lado. Vamos a salir otra vez, estos bichos no se me van a escapar. ¡Ahorita me los cojo a todos! Lanzó una risa alcoholizada al aire muerto de la cabaña y comenzó a frotar sugestivamente el cañón de la escopeta. Vamos, chango, me dijo dándome un empujón. Es temprano y todavía tenemos tiempo. Antes de salir por la puerta de latón le lanzó una última ojeada a René. Vos ponte a despellejar y trocear al bicho.

Salir al bosquecillo fue exponerse otra vez al sol furioso. Caminamos agobiados, sin ruido, rodeando los claros, las pequeñas charcas sucias y llenas de moscas que sobrevivían a la evaporación, metiéndonos entre grupos de árboles para cubrirnos bajo su sombra, tratando de encontrar rastros de algún animal en el collage variopinto del suelo. Caminamos por quince, veinte, treinta minutos sin encontrar nada, sin percibir la menor señal de un ser vivo más allá de los pájaros que sobrevolaban encima nuestro y los insectos que zumbaban y vibraban entre los arbustos. El viejo me había enseñado que, además de la capacidad de rastreo, la cualidad más importante de un verdadero cazador era el sigilo, poder desplazarse en silencio, encontrar a la presa desprevenida, hacer de la sorpresa un sinónimo de muerte, así que yo caminaba con cuidado, casi de puntitas, tratando de  no quebrar ninguna rama ni de disturbar los grupos de hojas secas que encontrábamos cada tanto. Detrás, él caminaba lentamente, pero de rato en rato bebía del termo de café y se descuidaba, respiraba cansado, pisaba audiblemente, se limpiaba el sudor e incluso carraspeaba y escupía. Creo que sabía que no íbamos a encontrar nada así que decidió dejarlo correr. Vení acá, chango, me dijo mientras me sostenía del hombro. Nos sentaremos un cacho a la sombra, hace mucho calor para caminar. Mejor descansemos un rato y luego seguimos. Se apoyó contra una piedra grande y plana que coronaba una especie de claro rodeado de otras piedras similares, y dejó que yo encontrara asiento al rededor. Desde ahí cerró los ojos y se desperezó largamente, estirando los brazos, dejando que la tensión se acumulara en los músculos, en las puntas de los dedos.

A ver, vení, dijo tras unos instantes, mientras desenroscaba la tapa del termo. Yo trataba de juntar hojas secas para hacerme una almohada y me acerqué sin saber qué haría, cómo reaccionaría esta vez. Ven, vas a probar, continuó, sirviéndome un trago del líquido oloroso y transparente. Ven, ven, abrí la boca. Podía ver cómo los ojos le bailaban dentro de las órbitas, cómo le temblaba la mano que me ofrecía la taza. Estaba borracho. Yo no sabía si obedecerle, no quería tomar pero tampoco enojarlo. Ven hijo, ven carajo, vas a probar. Fui, sostuve la taza, bebí el singani con los ojos cerrados, un trago que era un salto de fe. Sentí un líquido tibio y acre inundándome la boca, un jarabe ardiente que me daba ganas de vomitar. No pude, lo interrumpí enseguida, decenas de pequeños músculos de la cara se pusieron en acción. Mientras tosía y me limpiaba las lágrimas mi padre se acabó de un sorbo el resto de la taza. Yo estuve cerca de dos minutos tratando de quitarme el sabor a alcohol, reuniendo saliva y escupiéndola al suelo, hasta que me comenzaron a sangrar las encías. Cuando estuve más tranquilo me acerqué a él y le pedí perdón. El viejo me miró como desde lejos, el mundo se le atragantó en la garganta. Bah, dijo decepcionado, cada día te pareces más a tu mamá.

Al poco rato comenzó a dormir. Se sacó el viejo chaleco camuflado y de grandes bolsillos llenos de cosas y lo dejó apoyado en la piedra. También dejó a un lado la escopeta y el sombrero antes de entregarse a esa tierra seca, moteada de trecho en trecho por brotes de pasto salvaje. Allí, echado, con la cabeza apoyada en el chaleco que había doblado varias veces, tomó un par de tragos más y cerró los ojos. Qué calor de mierda, dijo finalmente, no sé si dirigiéndose a mí o al bosque, y luego empezó a respirar profunda y acompasadamente hasta que se durmió.

Yo traté de hacer lo mismo durante algunos minutos pero pronto supe que sería en vano. Abrí los ojos, me incorporé, recordé una escena. Una tarde, un final de tarde, el viejo llegando a casa y mamá y yo sentados afuera, en el pasto de una jardinera de la vereda, felices y hablando de las cosas que hablan los hijos pequeños con sus madres. El viejo llegaba y nos veía molesto, molesto o borracho, no lo sé, o quizás simplemente llegaba y cuando nos veía comenzaba. Ya no recuerdo qué nos decía, que éramos unos flojos, que había que trabajar, que mamá me estaba malcriando, que iba a terminar maricón. No lo recuerdo. Yo terminé en mi cuarto de bruces, asustado, magullado, sin comprender qué pasaba, y mi padre metió a mi madre bajo la ducha y allí la pegó con el cinturón. Poco tiempo después ella nos dejó.

Seguramente pasó una media hora. El viejo dormía y yo empezaba a aburrirme. El calor había cedido un poco y la esfera brillante del sol se veía algo más baja en mitad del cielo. Caminé en círculos rodeando el cuerpo inmóvil de mi padre y di una vuelta, dos vueltas, cinco vueltas, diez vueltas. No corría, no tenía prisa. Caminaba tratando de repetir mis pasos, de entender el paisaje, el verdor arrebatado del pasto que se mezclaba con el café de la tierra, las grandes piedras grises que asomaban de trecho en trecho como señales de un viejo culto, la sombra de los pequeños árboles amarillentos, el zumbido de los insectos que se mezclaba con el rumor apagado del día.

Cuando me cansé volví a acercarme al viejo. Me detuve a ver su cuerpo, las cejas negras y largas, los brazos fuertes y tostados por el sol, el pecho velludo a través de la camisa a cuadros, el estómago que subía y bajaba rítmicamente, la ingle abultada. Yo también le tenía miedo. Yo también había visto cómo se volvía cuando estaba borracho. Después de unos segundos me acerqué más, le vi la cara grande y cuadrada, los cachetes cubiertos por una barba irregular, la nariz dura y tortuosa, la boca de labios secos y ajados. Me acerqué más todavía, tratando de no hacer ruido, de moverme lo menos posible. Apliqué la oreja a su boca, escuché la raíz profunda de su respiración dormida, el germen del aliento que lo mantenía. Le tenía miedo porque no lo entendía, porque el viejo era un espectro, un extraterrestre. Vi cómo unos pelos blancos y negros asomaban fuera de sus fosas nasales, cómo se movían impulsados por el viento poderoso que generaba. Vi también sus orejas, de lóbulos duros y enrojecidos, con canales hondos y oscuros que parecían escaleras de caracol. Le vi la boca, los labios manchados de saliva seca, una línea delgada y amarillenta que parecía el inicio de una segunda piel. Le toqué levemente el labio inferior con un dedo, asombrado, eufórico, tratando de ver si era real. Me puse cara a cara con él, inclinado y apoyando las manos en el suelo. Lo vi, lo oí, lo olí.

Entonces vi la escopeta. Yo era todavía un niño pero el viejo ya me había enseñado a usarla. Disparábamos a latas de cerveza y bidones de aceite que ponía sobre el borde de una pared del patio trasero de la casa. Yo nunca les daba, apretaba el gatillo con los ojos cerrados o la cara vuelta hacia atrás, dejando huellas negras de perdigón en la pared. Él se reía, se burlaba e insistía. A mí no me gustaban el ruido del disparo ni el estrépito del impacto. No me gustaba el arma, no me gustaba ejercitar en casa ni matar animales. La escopeta descansaba cerca del brazo derecho de mi padre. Me deslicé hacia allí y la cogí, la culata y la báscula eran de madera rojiza, los cañones de metal negro y pesado, ligeramente oxidado hacia la punta. La arrastré hacia mí y la puse de pie. Era más larga que mi torso, más larga que mis brazos, casi me llegaba al cuello. La bajé y la tomé como solía hacerlo, busqué en el suelo irregular una superficie recta y ligeramente inclinada y allí la apoyé, y luego de haberme echado sobre el pasto me pasé la culata bajo la axila para poder así llegar a los gatillos. Era la única forma en que podía disparar pero me obligaba a buscar mis objetivos casi a ras de piso.

Apunté a las grandes piedras grises, a los breves troncos de los árboles, a las raíces que sobresalían del suelo como venas llenas de sangre negra. Luego le apunté a mi padre. No sopló el viento, no hubo cambios en la luz, ningún sonido se apoderó de ese momento. Hubo, simplemente, un cambio de visión. Nosotros, los que éramos, nos desplazamos. Hay algo aquí, en este bosque, que será nuestro, papá. Hay algo aquí que será nuestro. Respiré hondo sin decidirme a apretar el gatillo. Esa cosa, ese cuerpo era mi padre, carne que respiraba, que traspiraba. Lo miraba con curiosidad, con resentimiento, con temor. Tal vez incluso con amor. Pensé cómo sería la vida sin él. Solos yo y mi hermana en la casa, atendiendo la carnicería, trabajando y comiendo juntos, felices. Pensé en René, en que sería lindo si se fuera a vivir con nosotros, o mejor aún si nosotros nos fuéramos a vivir con él, ahí, en el bosquecillo, en la cabaña de ladrillo rojo. Una vida así podría funcionar, solos los tres, unidos y solos.

Entonces un ruido de hojas secas, una forma en el horizonte del ojo, un movimiento instintivo. El bosquecillo era escenario de transmutación. Luego una reacción mecánica, percusión y finalmente, tras un segundo, un sonido profundo, el tronar de algo que desgarraba la superficie de la tarde. Mi padre se incorporó como un relámpago, los ojos muy abiertos, el pelo desordenado, reprimiendo un grito de dolor. ¿Qué ha pasado? ¡Qué ha sido eso, carajo! Seguía borracho pero el miedo le daba cierta lucidez. Me vio acostado sobre el piso, todavía sosteniendo con las dos manos la escopeta que acababa de disparar, y sus ojos se transformaron en una línea negra e inescrutable. Se quedó bruscamente en silencio, como si hubiera comprendido, y empezó a caminar. Nos separaban apenas dos o tres metros y yo podía ver el dolor y la vergüenza tomar cuerpo, acercarse, empuñar las manos duras que pronto se volverían contra mí. Entonces decidí cambiar el rumbo. Dejé la escopeta a un lado y mientras me alzaba sobre las rodillas le señalé con el brazo derecho, con el índice de la mano extendido, un punto apenas exterior al círculo de piedras grises que nos rodeaba, como un altar natural a lo que se desenvolvía entre nosotros.

Pese al ímpetu con que se dirigía hacia mí el viejo se detuvo, quizás intrigado por el gesto. Se dio la vuelta y vio hacia donde yo señalaba, una pequeña depresión de terreno que empezaba pocos metros a la derecha. Cambió de curso, llegó hasta allí en tres zancadas y se detuvo de súbito, las manos todavía temblándole a los costados del cuerpo. ¿Tú, tú has hecho esto?, preguntó. Y por primera vez esa tarde, mientras terminaba de incorporarme y me dirigía hacia él, abrí la boca. Sí, papá, fui yo. El viejo veía admirado al animal que se debatía a sus pies. Tenía el hocico cubierto de baba, los grandes ojos negros brillantes y movía desgarradoramente los párpados mientras iba y venía de la inconciencia. Las patas flacas, cubiertas de pelo café y coronadas por pezuñas oscuras, relampagueaban con los últimos estertores, como si soñara, como si no tuviera un agujero de bala cercano al nacimiento del cuello, allí donde el pecho se transformaba en altivez, donde el pelaje más bien blanquecino del lomo comenzaba a teñirse del rojo de la sangre. Cuando llegué a su lado me hinqué ante él, le toqué el vientre todavía palpitante con las palmas de las manos y lo revisé con cuidado para ver si tenía alguna otra herida, pero el resto cuerpo no había sido tocado. Era una hembra adulta, esbelta, delgada y firme. La observamos con reverencia y reconocimos el pelaje pardo moteado de blanco, las patas delgadas, las pequeñas formaciones en el cráneo que sugerían una cornamenta. ¿Podía ser la madre? No lo sabíamos, no teníamos certezas pero de alguna forma, tácitamente, decidimos que lo fuera, que fuera la madre del joven venado muerto que seguramente entonces, tras pasar por las manos de René, ya sería una pila de partes y órganos, un balde de sangre y un pellejo manchado.

Bien hecho, bien hecho, chango, escuché, mientras sentía una mano todavía temblorosa que se posaba en mi hombro. Has hecho muy bien. El viejo estaba conmovido. Tras unos segundos de silencio, durante los que respiró con dificultad, se agachó y con un solo movimiento terminó con la agonía del animal. Luego lo cogió de las patas traseras y comenzó a arrastrarlo. Vamos a llevarlo donde René y luego podremos volver a casa, musitó, y me dirigió una sonrisa en la que reconocí alivio pero también sorpresa. Yo corrí a buscar su chaleco y el sombrero que había dejado junto a las piedras grises, y después empezamos a caminar lentamente hacia la cabaña. Y por primera vez en años, mientras la tarde y el calor languidecían frente a nosotros, comenzó a formarse en mí, como un pequeño sol, la felicidad.

 

Sebastián Antezana

Sebastián Antezana, nacido en México en 1982 pero de nacionalidad boliviana, es narrador y crítico. En el año 2008 obtuvo el Premio Nacional de Novela de Bolivia con la obra La toma del manuscrito (recientemente reeditada), y en 2011 publicó su segunda novela, El amor según. Realiza su doctorado en la prestigiosa universidad de Cornell.

Poe y compañía es la sección dedicada a la ficción  en penúltiMa. Por necesidad un relato colgado en la web no debe ser muy largo, y eso nos recuerda a la unidad de impresión de la que habló el iniciador del cuento literario moderno. No nos parece mala cofradía para unirse a ella.