Dentro de unos días se pone a la venta una nueva traducción de la que está considerada como la mayor novela de la literatura portuguesa: Los Maia, de José Maria Eça de Queirós, en versión de Antonio Jiménez Morato, que aparece publicada dentro del prestigioso sello Penguin Clásicos y, lo que es más importante, lo hace a un precio que invalida casi cualquier excusa para seguir evitando leerla. Como el traductor es, además, el director de todo esto, nos hemos permitido el capricho de compartir el prólogo a la edición con todos nuestros lectores.

 

A comienzos de 2018 la más celebrada novela de Eça de Queirós, Los Maia, considerada también la más importante de la literatura portuguesa, su Quijote para entendernos, entraba de modo inesperado en los periódicos de medio planeta. Los titulares decían que la estrella pop Madonna había decidido alquilar el palacete de la familia protagonista de la novela para vivir en Lisboa, mientras terminaban las obras del lujoso palacio que había adquirido en Sintra, población que es también escenario de uno de los capítulos más imborrables de la novela. Como sucede a menudo con las noticias en las que se relacionan otros ámbitos de la existencia con la literatura, los datos eran completamente erróneos. La artista había alquilado un hotel en la calle de las Janelas Verdes, frente al Museo de Arte Antiga, que desde hace muchos años se publicita como el mismo en el que se instalan en Lisboa los dos supervivientes de los Maia, Afonso y Carlos Eduardo, una vez que el último termina sus estudios en Coimbra. Pero en realidad no se trata de dicho edificio, como queda clarísimo apenas se lee la descripción con que se abre la novela. No es ni siquiera el edificio en el que se basó Eça de Queirós para dar forma a su libro. Sencillamente, los propietarios del establecimiento hotelero, avispados, le dieron el mismo nombre que le da el escritor al palacete de la familia Maia, y ahí acaba toda relación entre la novela y la residencia provisional de la estrella pop.

En Portugal todo el mundo sabe que las referencias a la novela de Eça de Queirós utilizadas por multitud de negocios son completamente ficticias; es más, muchas de las localizaciones sólo existen en la novela y aparecen siempre mezcladas con lugares reales e históricos. No existen ni el Ramillete, ni el palacio de Benfica, ni Santa Olávia, y, por no existir, en la época ni siquiera existía aún Finlandia como estado independiente, aunque en la trama de la novela aparezca un cónsul que es una presencia constante . Pero tampoco estas paradojas son algo sorprendente, sino que quizás deban interpretarse como uno más de los efectos secundarios que desencadenó su autor mediante sus textos. Los Maia dialoga con la realidad de modo constante, basándose en ella, sí, pero al mismo tiempo añadiéndole hechos ficcionales que parecen ciertos, para así postularse como una realidad hipotética o probable, verosímil en todo momento, que quiere suplantar la realidad más o menos consensuada. No es la perspectiva más común dentro de la narrativa realista, que de modo programático se presentó ante su público, las clases medias burguesas surgidas tras el fin del antiguo régimen, como un reflejo de la realidad, y que por lo tanto se somete a esta. De ahí la conocidísima imagen de Stendhal que define la novela como un espejo que se pasea al borde del camino. Pero Eça de Queirós fue un realista esquivo, de incómoda clasificación, y buena muestra de ello es esta novela, que sirve como ejemplo perfecto de las características de su escritura, donde se aferró más aún que a la poética del realismo decimonónico a la idea rectora de la novela moderna desde la publicación del Lazarillo y del Quijote: la de presentarse como sustitución de lo real más que como réplica, y que, precisamente por eso mismo, supo prolongarse hacia el futuro salvando las restricciones de la novela realista decimonónica.

Cuando Eça de Queirós se lanza a su escritura, en 1878 según sus biógrafos, trabaja destinado en el servicio diplomático luso en Bristol, tras haber estado pasado por La Habana y haber realizado un viaje oficial por Estados Unidos y Canadá. También es un escritor que ha publicado ya sus dos novelas más conocidas y apreciadas en vida, El crimen del padre Amaro y El primo Basilio, y ha obtenido una fama creciente gracias a ellas pese a vivir alejado por motivos laborales fuera del país y no poder participar en la vida cultural. Antes, en 1870, había publicado de forma anónima y seriada en el Diário de Notícias una serie de reportajes escritos a cuatro manos con su amigo Ramalho Ortigão que cubrían un suceso policial inexistente, un modernísimo artefacto que prefigura la serie negra del siglo XX y su mezcolanza de géneros, que cuando finalmente apareció como libro en 1884, recibió el título de El misterio de la carretera de Sintra.

El crimen del padre Amaro había tenido una primera edición en 1875, que a Eça de Queirós no satisfizo porque lo que se imprimió fue una versión sin correcciones. Por ese motivo dio a la imprenta una nueva versión al año siguiente. Y, pese a ello, no dejó fijado el libro hasta la tercera edición, terminada en 1878 pero publicada en 1880, que es ya la definitiva. A estos quebraderos de cabeza estéticos se añadió la polémica generada por el tema de la novela, centrada en la figura del sacerdote Amaro Vieira, que es forzado a ordenarse sin tener vocación y se mueve por la vida con profunda amoralidad, valiéndose de sus privilegios eclesiásticos, hasta terminar por dejar embarazada a una feligresa.

El primo Basilio, editada en 1878, también se centra en un personaje masculino contrario a la moral de la época que no duda en comenzar una relación adúltera con su prima, cuyo marido está fuera de Lisboa por obligaciones laborales. Basilio, el protagonista de la historia, es descrito como un ser despreciable que no llega amar a su prima en ningún momento, y que la encuentra desde el primer instante poco atractiva y carente de todo interés, pero entabla una relación con ella debido a la facilidad con la que puede hacerlo y por puro entretenimiento.

Con este bagaje en la representación de dos estamentos sociales (el clero y la burguesía), en 1878 Eça de Queirós se a la escritura de Los Maia, que, en principio, tenía el título provisional de Escenas de la vida portuguesa e iba a ser la primera de una serie de doce novelas que, al parecer, pretendían emular La comedia humana de Balzac. Si hasta ahora se ha incidido mucho en esta introducción en las fechas de publicación de los textos queirosianos no era por un prurito cronológico, sino porque cuando su autor pasa a dedicarse a la escritura de esta novela se produce un fenómeno curioso. La redacción y corrección de la novela, que le llevará una década, y simultaneará en determinados momentos con la escritura de otros proyectos, algunos de los cuales son publicados a lo largo de esa década ―como es el caso de El mandarín y La reliquia, que engrosan junto a la edición ya mencionada en libro de la crónica falsa escrita junto a Ramalho Ortigão la bibliografía queiroisiana― se culminará en 1888, con la edición del libro tras numerosos contratiempos, y coincidiendo con su nombramiento como cónsul en París, destino en el que permanecerá ya hasta el fin de sus días. También será Los Maia el último libro que publique. Los numerosos libros que engrosan la nutrida producción de Eça de Queirós son, salvo los mencionados hasta ahora, publicaciones póstumas, más o menos acabadas, de textos que fueron, en muchos casos, desconocidos en vida del autor incluso para sus amigos. Sorprende, en un autor que en trece años (entre 1875 y 1888) había dado seis libros a la imprenta, ese silencio que se extiende a lo largo de los doce años que le restaron de vida. Es bien cierto que murió joven, con apenas cincuenta y cuatro años, y a causa de una enfermedad, pero no deja de resultar llamativo ese alejamiento, voluntario o no, del mundo editorial. Podemos tener la certeza que no estuvo de brazos cruzados, eso sí, ya que el número de volúmenes de publicación póstuma excede la veintena.

Pero hay más hechos curiosos relacionados con la recepción del libro. No fue reeditado tampoco en vida del autor, y para cuando murió no había superado la fama lograda por sus otros dos libros más polémicos, o que cuestionan de modo más directo las costumbres sociales del país: la vida provinciana y la influencia de la Iglesia en El crimen del padre Amaro, que el autor concibió y comenzó a escribir en Leiria, donde estuvo destinado como trabajador público, y la sociedad burguesa y superficial de la capital en El primo Basilio. Los Maia, centrada en los estratos más altos de la sociedad portuguesa, no pareció impactar de modo semejante al público local. Tampoco lo hizo su temática, que acaso se consideró demasiado fantasiosa o alambicada, como la misma trama subraya de modo irónico, y que, desde una perspectiva actual, cuando conocemos la evolución de la literatura a lo largo del siglo XX, presenta un enfoque mucho más moderno de lo que por lógica era capaz de apreciarse en el momento de su publicación. El tiempo ha jugado a favor de la novela, que, lejos de caer en el olvido, ha atravesado las décadas afianzándose como un artefacto narrativo mucho más sólido y original de lo que pudieron pensar sus contemporáneos. Tanto es así que, a finales de 2018, en Lisboa, coincidiendo con el centésimo trigésimo aniversario de su publicación, en la Fundación Gulbenkian inauguraron una exposición sobre Eça de Queirós y Los Maia, considerada ya de modo unánime como la gran novela de la literatura portuguesa. En dicha exposición se reunía mobiliario de la fundación dedicada al escritor, localizada en la finca que heredó su mujer en Santa Cruz do Douro; fragmentos de las adaptaciones audiovisuales que se han realizado de la novela; materiales que evidencian su influencia en las literaturas tanto portuguesa como lusófona y mundial; y objetos relacionados con las ediciones y los manuscritos originales del propio Eça de Queirós. El título de la muestra, extraído de una carta escrita a Ramalho Ortigão en 1881, no podía ser más paradigmático: «no es una “novela” más, es la novela en la que puse todo lo que tengo dentro». Unos años más tarde, en 1884, Eça de Queirós le escribía a Luis de Magalhães que continuaba con la escritura de Los Maia: «esta enorme máquina, de proporciones monumentales de pintura al fresco, toda trabajada en tonos pardos, pomposa y vana y que posiblemente me haga merecedor del calificativo de “Miguel Ángel del lugar común”». No hay que asustarse por el tono despreciativo que usa el autor consigo mismo; es una ironía autoflagelante muy británica de la que siempre hizo gala y que debe ser leída justo al contrario. Sabía que su novela era monumental y había de convertirse en un hito, y en ella puso un empeño que resultaría totalmente incomprensible en alguien que no tuviera una conciencia clara de su importancia. El tiempo vino a darle la razón.

Pero es bien cierto que su escritura no fue sencilla. En la correspondencia de la época pueden encontrarse pistas de su método de trabajo. Eça de Queirós, apenas había ultimado una copia a limpio del capítulo, la enviaba desde suelo británico a la editorial en Portugal, esperando las pruebas ya compuestas de vuelta para hacer correcciones sobre ellas. Pero esas pruebas se demoraban lo indecible, y a veces el escritor continuaba avanzando sin haber recibido las pruebas compaginadas, por lo que más tarde debía hacer nuevas correcciones relacionadas con los originales remitidos antes de haber podido corregir capítulos anteriores. Para mayor complicación, Eça de Queirós, en un error de previsión, llegó a deshacerse de parte del manuscrito tras haber enviado la copia pasada a limpio a la imprenta. La edición crítica realizada por Carlos Réis y Maria do Rosario da Cunha para la Imprenta Nacional portuguesa se detiene mucho en esas penalidades, que no pueden ser obviadas a día de hoy, pese a que estemos acostumbrados a las comodidades facilitadas por la tecnología. Si ya de por sí los procesos de escritura eran arduos para los autores que residían cerca de las imprentas, resulta sencillo imaginarse cuáles no serían las dificultades a las que se enfrentaría alguien que estaba pendiente de envíos y devoluciones desde el extranjero en el siglo XIX. Además, el método de trabajo de Eça de Queirós era muy singular: operaba por acumulación, de modo que los textos originales crecían cargándose de matices y detalles. El ejemplo perfecto para entender su procedimiento es el de La ciudad y las sierras, que no es sino una expansión llena de nuevos elementos del cuento «Civilización». Por otro lado, basta con leer uno y otro texto para darse cuenta de qué tipo de amplificación estamos hablando; no se trata de hinchar el texto, sino de permitir que llegue a todos y cada uno de los campos de significación que tiene a su alcance la historia. Los Maia, como es evidente, es el libro en el que esta técnica se muestra de modo más refinado, ya que cada uno de los capítulos suelen girar en torno a una o varias escenas claramente delimitadas donde se hace un retrato inmisericorde de las clases altas y su modo de entender la vida. En ese sentido brilla el afán innovador de Eça de Queirós, atento lector de Flaubert, que sabe darse cuenta de que la innovación que aporta el autor de Madame Bovary no es tanto de alcance argumental o estructural como estético. El interés por la frase perfecta y acabada de Flaubert, que contrasta con la velocidad y a veces hasta el descuido de Balzac, el gran referente del realismo, es una lección que aprendeconcienzudamente Eça de Queirós. Hay muchos fragmentos de Los Maia donde prima más el deleite estético que el avance de la trama, y donde se exploran las posibilidades referenciales y alusivas más que la estricta denotación de la lengua. Las descripciones, tan características de la narración realista, en Los Maia comienzan a trascender su intención meramente escenográfica. No se trata de que el lector conozca dónde suceden los hechos, sino de que pueda sentirse inmerso en ellos, en la medida de lo posible experimentando el mismo placer o angustia que los personajes. En ese tipo de matices la escritura de Eça de Queirós va demostrando el desapego que siente hacia el realismo plano, para obligar al lector, como más tarde hará Proust, a considerar que la aventura de la lectura va más allá de la concatenación de hechos y asuntos, para transformarse en una de esas experiencias totales que llevarían a Barthes a hablar del «placer del texto». En una carta a Oliveira Martins, donde ironiza sobre el hecho de que la edición ha aparecido en dos extensos volúmenes, Eça de Queirós le da indicaciones sobre los pasajes que debe leer y cuáles puede obviar. Pero un repaso a las indicaciones arroja un enfoque sorprendente: prácticamente viene a decirle que debe leer casi toda la novela, y los escasos trechos de que parece dispensarle son aquellos en los que la trama avanza de modo más acusado, mientras que él escoge como los imprescindibles aquellos que se alejan de la anécdota para centrarse en el estilo y la construcción del universo de la novela o la interiorización en la psicología de los personajes. Quizás por eso Los Maia, que prefigura muchos de los senderos por los que irá la novela en el siglo XX, ha sido cada vez más valorada a medida que han pasado los años desde su publicación.

La acogida crítica de la novela fue tibia. No llegó a reeditarse en vida del autor, lo que nos privó de algunas de las correcciones que Eça de Queirós solía llevar a cabo tras recibir aportaciones interesantes de ciertos lectores a los que tenía en cuenta. Así sucedió tanto en algunos cambios realizados en El crimen del padre Amaro como, sobre todo, en El primo Basilio, tras recibir los comentarios críticos realizados por el otro gran escritor de expresión portuguesa de la época: Machado de Assis. Pero, pese a que la novela se publicó serializada como folletín en Brasil, no hay testimonio alguno del autor de las Memorias póstumas de Bras Cubas sobre Los Maia en concreto. no respondió de modo directo al cuestionamiento que el brasileño hizo del realismo ortodoxo de El primo Basilio, sino que lo hizo de modo práctico mediante la búsqueda de nuevos rumbos en la escritura de Los Maia, primero, y, de modo más intenso, en la Correspondencia de Fradique Mendes, uno de los pocos libros póstumos sobre los que sí dejó constancia en su correspondencia. Sí que hemos podido saber sin atisbo de duda, por una carta remitida a Henrique Chaves tras la muerte de Eça de Queirós, la alta opinión que Machado de Assis tenía de él más allá de esas reticencias estéticas que había dejado por escrito en su crítica a El primo Basilio: «Para los novelistas es como si perdiéramos al mejor de la familia, al más esbelto y más válido. […] Lo que comenzó siendo extrañeza terminó siendo admiración».

Los Maia es una novela que avanza a paso lento, pero lo hace para no detenerse. Sucede así con su lectura y de igual modo ha venido pasando con su apreciación a lo largo de los cientos treinta años que han transcurrido desde su publicación. La vasta maquinaria puesta en marcha por Eça de Queirós puede, en primera instancia, intimidar cuando uno tiene el volumen en las manos, pero basta con sumergirse en ella para disfrutarla con creciente deleite y sorpresa. Lo más moderno de la propuesta de la novela reside en el modo en que se relaciona con el lector, no tanto refiriendo todos y cada uno de los detalles y las interpretaciones de la historia narrada como dejándole entrever y juzgar lo que sucede a su alrededor, porque ese fue uno de los logros de esta novela: el lector no contempla, como si presenciara lo que sucede en un escenario o en una pantalla, sino que se ve inmerso en el mundo que se le propone. Y, como tal, es él quien debe hacer los juicios de valor y las interpretaciones de lo que sucede. Eça de Queirós es completamente honesto y respetuoso con el lector en ese sentido. Lo que es de agradecer. También es un anfitrión estupendo, ya que se encarga de que la experiencia sea más tangible y sólida mediante el despliegue de una de las escrituras más hermosas y acabadas que un lector pueda disfrutar. Leer a Eça de Queirós es un placer constante por su dominio sintáctico y léxico, por la capacidad de aportar matices en cada frase y por su extraordinario oído para las distintas inflexiones del registro coloquial. Todos esos valores, que se fueron haciendo más determinantes a lo largo del siglo XX para evaluar la calidad literaria, han ido ensalzando a Eça de Queirós entre el resto de sus contemporáneos y haciéndolo más relevante si cabe. Los Maia es una novela equiparable a Fortunata y Jacinta o La Regenta, y, como ambas, ha sufrido una cierta marginación internacional debido más al declive de los imperios español y portugués que al hecho de que no estén a la altura de las grandes novelas decimonónicas francesas, rusas o británicas (incluso la singular peripecia de Henry James, ese estadounidense que vivió como un británico), que surgen siempre como referentes al hablar de la narrativa de esta época. Siento mucha envidia del lector que está, ahora mismo, a punto de entrar por primera vez en esta novela. Hay pocos placeres equiparables. A partir de ahora ya todo es bueno.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe (Festina, Ciudad de México, 2016). Además ha publicado la novela Lima y limón, que cuenta con ediciones en cuatro países y una digital de alcance global, y Mezclados y agitados. Entre otras cosas es el director de penúltiMa.