Una de las editoriales españolas más atentas a la aparición de nuevas voces en la literatura latinoamericana es, sin duda, Las afueras, y su vocación resulta doblemente meritoria porque no se están limitando, como tantas otras editoriales, a contratar sin más los títulos y autores que les venden las agencias literarias, que en realidad no son otros que los sancionados por la academia estadounidense o las traducciones al inglés. Porque sí, se da la paradoja de que la nueva narrativa en castellano está mediatizada por las decisiones de los traductoras al inglés, lo que ya de por sí sitúa en una zona de penumbra a toda la literatura que no sea fácilmente traducible o que no entre en el concepto que tiene un estadounidense, culto pero estadounidense, de lo que es Latinoamérica. Por eso resultan doblemente necesarias apuestas como las de Las afueras, que editan con un criterio independiente y, además, ponderado. Es casi imposible que un libro de su catálogo decepcione, y como muestra aquí está su más reciente lanzamiento, en exclusiva para los lectores de penúltiMa. Sabemos que en cuanto terminen este cuento irán a por el libro completo.

 

No ser devorado es el sentimiento más perfecto. No ser devorado es el objetivo secreto de toda una vida.
—Clarice Lispector, «La mujer más pequeña del mundo»

Con placer se rasca los montes de la nuca, allí donde la marquilla del uniforme le tortura el cuello. Se hurga otra vez mientras revienta el aplauso entusiasta de los demás empleados formados alrededor de la entrada del hipermercado. Ella aplaude también hasta que interrumpe para rascarse de nuevo. Vuelve a unirse al ritual diario de reverencia a la clientela cuando la masa de gente empieza a diluirse por los pasillos. Un viejo que empuja con dificultad un carro de mercado es el último de los clientes que ha madrugado para aprovechar los descuentos del primer sábado del mes. Ella estudia los labios de los otros para identificar el momento en que se deshacen sus sonrisas de bienvenida, en que se les agota todo gesto de celebración. Hurga en los ojos de las dos mujeres que acaban de comenzar con ella, pero no encuentra allí confirmación de su extrañeza. Todos se dispersan hacia los puestos de trabajo.

 

Se le acerca Diana, la cajera que le han asignado para la sesión de entrenamiento de la registradora. Cada una lee sobre el pecho de la otra el broche que las nombra.

—Qué más, Marcela. ¿Manos a la obra?

Le gusta oír su nombre de nuevo, después de tanto tiempo. Pero le ha costado acostumbrarse. Por eso lo practica a diario repitiéndose a sí misma Marcela, Marcela, Marcela. Y ahora se alegra de que Diana se lo diga. Diana podría llegar a ser una buena amiga. Se aprietan las dos entre un cubículo estrecho frente a una de las cajas registradoras.

—Manejarla no es tan complicado, pero las primeras semanas uno siempre comete errores. A veces a uno se le olvidan los códigos de algunas verduras, por ejemplo. Pero si ya ha trabajado en ventas le va a quedar muy fácil. ¿Usted qué hacía antes?

—Limpieza de oficinas.

Es lo primero que se le ocurre. La única oficina de Bogotá que conoce bien es la de la editorial, en el séptimo piso de la carrera 11 con calle 85. Ha ido solo un par de veces a reunirse con la editora y siempre en la entrada le piden un documento de identificación que tenga foto. Ella saca la cédula nueva y brillante que lleva su nombre genuino. Y luego aprieta el dedo en una máquina que aprendió a reconocer su huella. Podría decirse que trabaja para ellos, pero no en el área de limpieza y no de tiempo completo. Podría decirse que trabaja en revelar su identidad verdadera.

En la Agencia le recomendaron desde el comienzo no mencionar nada sobre su travesía (la han llamado así, con esa palabra que le parece un poco extraña), por lo menos durante los primeros meses. El consejo le parece obvio, pero desconoce la respuesta que debe dar cuando le pregunten por los recovecos de su pasado. Bajo la luz blanca del hipermercado se reprocha por la improvisación. Se rasca otra vez el cuello donde la marquilla de nylon sigue picándole sin tregua. Rasga con los dientes un pedazo de piel de esa cáscara seca que se le forma en los labios desde que vive en Bogotá.

Diana prende la caja registradora. Marca varios ceros. El cajón del dinero se abre con impulso contra sus vientres.

—¿Y por qué se fue de ese trabajo?

—No, eso era lo peor. Unos horarios larguísimos y pagaban un sueldo miserable. Casi me enloquezco allá con esa explotación.

—Es que cada vez es más difícil conseguir trabajo digno. ¿Usted de dónde es?

—Crecí en Teorama, un pueblo que queda en Norte de Santander. Pero llevo harto rato trabajando en Bucaramanga y en Bogotá.

La parte verdadera de esa respuesta la dice oronda, contra todos los consejos de la psicóloga. En la primera terapia de grupo organizada por la Agencia les sugirieron que se imaginaran su travesía como una transición natural. Algo que tenía que suceder de cualquier forma, como el cambio de piel al que deben someterse las serpientes. Así anunció la psicóloga, añadiendo que la prudencia era muy importante en la primera fase del retorno.

Los doctores que les llevan a las terapias (le parece cómico que a todos los llamen doctores, tan acostumbrada ella a la simetría que siempre prometió la palabra camarada) usan las palabras selva y monte con cautela y tono grave, frenando con ellas una conversación llena de certezas. Cuando los oye hablar, Marcela se siente como una guerrera que trepa lianas en una manigua atiborrada de animales al ataque.

Rozándole las caderas a Diana frente a la caja registradora, Marcela piensa que si algún día se hacen amigas y ella decide contárselo todo, Diana querrá hacerle preguntas sobre animales, armas, árboles y peligros. Seguro que le preguntará también sobre su cercanía con la muerte. Se imagina abrumada, sin saber bien cómo explicarlo todo. Y Diana queriendo entender los pocos retazos de historia que ella le ofrece con reticencia, ponderando si puede ser amiga suya.

*

En la sección de Higiene Personal que le asignaron durante los primeros días para que se familiarizara con los productos, Marcela descubre el significado de exfoliar. La primera vez que ve la palabra sobre los líquidos jabonosos que brillan con su promesa, investiga las etiquetas de los tarros en busca de una definición. Luego compra uno de esos jabones que aseguran raspar impurezas y comienza a echárselo con disciplina todas las mañanas en la cicatriz abultada que le interrumpe el hombro. Quiere irse lijando la huella rosada que allí se teje, a ver si deja de revelar tanto la herida. Cada vez que la psicóloga les habla de sus travesías en las terapias de la Agencia, Marcela invoca esos jabones que raspan impurezas. Se los imagina escamándole poco a poco su única piel.

Desde que empezó a trabajar en el hipermercado, compra casi a diario un producto de higiene y belleza que le parezca novedoso. La crema con tinte bronceador, la depilatoria, el juego de esmalte de uñas fosforescente con removedor, el jabón de avena para la cara. Ya no le caben los frascos en la estantería que tiene en el cuarto.

También desde que empezó a trabajar en el hipermercado se sueña con la perrita. En el más horrible de sus sueños una serpiente talla equis la muerde en pleno hocico y Marcela presencia el ataque sin poder evitarlo. Poco a poco, aún viva, se le va secando la cara y se le descascara la piel hasta que su cabeza queda en puros huesos. Marcela trata de salvarla recogiendo cada pedazo de cuero seco que va cayendo al piso, cada bigote. Su hermana la ayuda a pegárselos con una silicona que consiguieron en el mercado, pero la perrita se les muere.

*

En la tercera cita la editora le entrega a Marcela un fajo de hojas. El primer borrador del manuscrito inconcluso.

—A ver, Marcela, qué opina usted de esta parte. Aquí hay una transcripción de lo que usted ya nos ha contado con los cambios que he venido haciéndole para que haya más claridad y todo sea más fluido para los lectores. Igual falta mucha edición y necesitamos más detalles. Usted va leyendo y aprueba lo que le parece bien o me cuenta si no está de acuerdo con alguno de mis tachones o añadiduras.

Marcela agarra el morro de papel y lee en voz alta. La editora la acompaña hojeando su pantalla.

«Al puro comienzo, Inicialmente, cuando planeé irme la partida, pensé que escribiría durante todo el camino porque había escuchado que varios habían salido a contar su historia y me imaginé que contarlo serviría para desenredar todo lo que en ese momento le envolata ocupa a uno el pensamiento. Y También quería escribir para dejar algún recuerdo del camino. Si me moría en el intento, por lo menos quedaría un testi­monio para que alguien se enterara de quién era yo y por lo que pasé. ¿me entiende?»

—A ver aquí la interrumpo un minuto, Marcela. Me gustaría saber si al final existió ese diario. Eso no quedó claro en la primera entrevista.

—No, al final no escribí nada, imagínese hacer eso en medio de semejante carrerón. Pero aquí tengo el diario bien clarito en mi cabeza y creo que eso es hasta mejor.

Marcela recuerda una novela que no se ha leído pero que le relataron en detalle. Es sobre un poeta que se pierde en la selva y deja como única prueba de vida un largo escrito sobre lo que vio en sus expediciones por las caucherías del Amazonas. La señora que Marcela tuvo que cuidar allá le contó todo lo que ocurría en el libro en el transcurso de una semana. Decía que era su novela favorita. Cada vez que rogaba para que le dieran algo que leer insistía en que fuera ese libro. Y el comandante, colérico, le decía ¿Es que usted qué cree que somos? ¿Una biblioteca? Hasta que Marcela intercedió con los jefes y le consiguió una cartilla de teoría marxista, una Biblia y un libro de escuela de geografía de Colombia que luego leyeron y comentaron juntas. Es que las novelas no están hechas para la selva, le dijo un día la señora. Y Marcela no entendió por qué reía.

—Doctora, ese libro que se llama La vorágine, que no recuerdo cómo se llama el autor, pero es uno famoso, ¿usted me puede decir dónde lo puedo comprar?

La editora promete conseguírselo. Marcela continúa leyendo el manuscrito lleno de enmiendas.

«Yo por muchos años Desde el comienzo allí cargué conmigo un cuaderno donde hacía dibujos (porque la verdad es que desde pequeñita me gustó dibujar), anotaba las fechas del cumpleaños o de la partida de algunos seres queridos especiales, empezaba cartas a mi mamá o a mis hermanas y escribía poemas. Pensé en dejárselo a Erika, que fue mi mejor amiga por allá, como mi hermana allá, eso fue ella, como un recuerdo de nuestra amistad, pero al final resolví traerlo en este último viaje esta aventura. Cuentan por ahí que Parece que ella también desertó, aunque otros dicen que murió en un enfrentamiento en Nariño. Eso es algo que voy a averiguar bien ahora que estoy aquí, porque si está viva la tengo que buscar.

»Y pues claro, sí, Durante todos esos años tuve demasiados deseos de quise mandarles cartas a mi mamá y a mis hermanas. Pero nunca lo hice. La única carta que sí mandé envié en todo ese tiempo fue a los altos mandos para solicitar exámenes médicos especiales porque eso me estaba volviendo puro hueso había adelgazado mucho y estaba muy débil. Eso fue como a los cuatro años de entrar, cuando iba a cumplir los veinte. El comandante me decía que no era nada, que comiera más pero yo comía bien y seguía adelgazando y eso me temblaban los músculos todo el tiempo. Ahí Entonces me mandaron a Villavicencio, a una casa que ellos manejan para cuidado médico donde me sacaron exámenes y me dijeron dizque era diagnosticaron un problema de tiroides. En ese tiempo que estuve encerrada me puse a escribir mucho. Imagínese yo, Me dejaron ahí tirada entre un cuarto en una ciudad desconocida, con la única compañía de donde me atendía una mujer que subía únicamente a traerme comida y que casi no hablaba. Lo único que había ahí era un televisor y un gallo fastidioso que cantaba a toda hora en el jardín. Estaba desesperada.

»Yo por esa época tenía una perrita que se encariñó conmigo en un caserío cerca de Miraflores. Era mi alegría. Pero cuando ya llevaba un año conmigo empezó la corredera por los combates y tuve que dejársela encargada a una gente de Mocuare. Me dio pena moral, me sentí desconsolada cuando la abandoné. En esos días también me dio por escribirle toda una carta a ella, a varios perros de mi infancia. Pero eso sí juro por Dios que algún día volveré por mi perrita».

Marcela levanta la mirada del papel, pero evita los ojos de la editora. Vuelve a la lectura.

«Encerrada allá por dos semanas fue que me dio gran urgencia de contactar a mi mamá y a Nubia y Zenaida, mis hermanas, y decirles para contarles que estaba bien después de tanto tiempo sin noticias mías. Creo que Yo quería convencerlas de que sí estaba aquí, mejor dicho de que estaba viviendo en este mundo, cerca de ellas viva. Siempre me preocupó que se resignaran a mi ausencia a que yo estuviera muerta o perdida como le pasa a tantas familias que se resignan y dejan así. Yo no quería que me enterraran en su mente. Les escribí una carta larguísima y le juro que planeé en mandársela pero después arranqué las páginas del cuaderno y las quemé. Yo sabía que ni por nada bajo ninguna circunstancia nos permitían contactar a la familia. A Katy y a Edwin, que fueron mis camaradas compañeros de entrenamiento al comienzo, ya los habían cogido en esas y el castigo fue muy tenaz severo».

Marcela pone la última página impresa sobre el escritorio encima de la pila de papel. La editora sube las cejas esperando su aprobación.

—Pues está bien. Me acuerdo que cuando quemé esa carta me dieron ganas hasta de tragarme las cenizas en un vaso de agua. Pero la boté por la ventana a ver si se las comía el gallo y me guar­daba el recuerdo.

Ríe. La editora no.

—¿Esa fue la primera vez que usted estuvo viviendo en una ciudad?

—Sí, pero eso a duras penas la vi. Apenas me mejoré me devolvieron al campamento. A Cúcuta me llevó una vez mi papá de pequeñita, pero ni me acuerdo.

—Perfecto. Si le parece voy a meter unas frases explicando eso. Lástima que usted no guardó ninguno de esos papeles, Marcela. Imagínese poder tener en este libro algunas reproducciones de sus escritos en su puño y letra para mostrar lo heroico que fue escribir desde la manigua. ¿Aprobada esta parte entonces con los cambios que añadí, Marcela?

—Sí, aprobada, doctora.

—La semana entrante, cuando yo ya tenga la transcripción, tenemos que dejar claros los detalles de su reclutamiento forzado. Eso tiene que ser un capítulo aparte y debe ir antes de todo lo que corregimos hoy.

—Fue voluntario. A mí nadie me forzó a enmontarme. Ahora no me vaya a cambiar eso.

—Bueno, luego me cuenta bien.

Está oscureciendo cuando sale a la calle. Por entre dos edificios alcanza a ver un pedazo de montaña que se enreda con la neblina. La empaña una desazón que no sabe dónde irse a exfoliar. La editora le advirtió desde el comienzo que borrarían muchas cosas de la transcripción original y que alteraría muchas más. Hasta la hizo firmar una autorización. Ella preferiría no presenciar el proceso de tachadura y purga que va a transformarlo todo en concisión. Entonces ha decidido guardarse algunos secretos. Intentará omitir su devoción silenciosa hacia los pájaros que observó por años, descifrando sus rituales y migraciones, dibujándolos en su cuaderno con nombres inventados. Tampoco contará nada de su afán por imaginar lo que ellos otearían desde lo alto de las ramas cuando arreciaban el bombardeo y las ráfagas. Lo que retumbaría en sus corazones durante cada explosión. Eso no amerita los borrones.

Marcela camina varias cuadras antes de coger el bus, a ver si desentumece las nalgas y las caderas y todas las demás carnes que aún no se le acostumbran a la nueva quietud urbana. Emprende la marcha accidentada que se le ha vuelto habitual, pendiente de cada bus que escupe su nube densa hacia el andén. Se detiene a esperar a que suba con la falsa ilusión de esquivarla. Otras veces rompe la línea recta de sus pasos y tuerce su camino intentando alejarse de la niebla metálica que lo invade todo, queriendo minimizar el roce. Vive secuestrando la respiración, buscando bloquear la humareda que le produce ronquera, estornudos y rasquiña en los ojos. ¿Sentirán también los pájaros el ardor? Supone que algún día se acostumbrará a ignorar esas ráfagas, como hace la otra gente que atraviesa el aire grueso de la calle aparentando cierta entereza.

*

A ratos le queda tiempo para detallar el techo de metal blanco y cemento del hipermercado. Repara en esa desnudez de paneles interrumpida por cilindros metálicos, cables, detectores de humo y cámaras. Le gusta mirar hacia arriba todas las mañanas, como para salirse de la ficción de la compra y venta. Para recordarse que todo lo que se amontona allí en orden debajo del techo raso —los corredores llenos de productos iluminados estratégicamente, los letreros, los aplausos— es una topografía pasajera de cajas y cálculos. Un artificio de la abundancia. Se maravilla de que todas esas mercancías sirvan para disimular, con tanta eficacia, ese cubo burdo que forma el gran galpón. Mirar hacia arriba se le ha convertido en un ritual.

Desde el palco en la caja registradora, hace el trabajo lentamente, demasiado lento, le dice Diana a cada rato, apurándola. Pero Marcela se fija en cada cosa. Escudriña cada producto, estudia los empaques, repite en su mente los nombres de alimentos que nunca ha visto y se pregunta si algún día podrá comprarlos. Galletas para perros en forma de tocineta, polvos nutricionales con sabor a melocotón, curitas con dibujos de monstruos, verduras desconocidas, quesos con nombres extranjeros, cremas y detergentes gringos. El universo de la mercancía, como dicen las cartillas marxistas. Le sorprende la indiferencia de las demás cajeras sobre lo que cada carrito revela de las ansias más profundas de la gente. Ella espía todas las conversaciones de los clientes, sin disimulo. Y ellos no se dan cuenta. Los mira como una niña menor que escruta todo lo que otra más grande viste y dice. Con fascinación desvergonzada pero también con alguna reverencia.

*

«Llevaba menos de un día fuera del campamento y tenía el cuerpo vencido. Pero no podía ni siquiera descansar por el miedo tan berraco pavor que me daba de que en cualquier momento pudieran encontrarme. Ya para esas horas de la mañana se habrían dado cuenta de que me había ido había desertado y téngalo por seguro que mandaron habrían mandado a algunos compañeros a buscarme. Esa noche salí como a las tres de la mañana justo después de entregar guardia, en medio de una lluvia muy tenaz, muy fuerte gran tormenta. Corrí por una trocha varias horas hasta que logré cruzar el caño que daba hacia la reserva de los Nukak. Esa trocha la habíamos pasado días antes cuando nos mandaron a buscar comida serpientes porque había gran escasez de alimento».

—Doctora, lo de las serpientes es mentira. ¿Usted añadió eso? Nos mandaron a buscar pescado porque llevábamos muchas semanas de puro arroz.

—Precisamente le quería sugerir que me apruebe este cambio porque creo que le impresionaría más al lector. Además he leído en otras crónicas que cuando había hambre extrema en los campamentos algunos salían a buscar culebra. Igual a usted sí le tocó ver mucha serpiente peligrosa ¿no?

Siente los pies adoloridos. Todavía no se ha acostumbrado a tener el cuerpo tieso tantas horas frente a la registradora. La alivia quitarse los zapatos debajo del escritorio. Retoma la lectura en voz alta sin contestarle a la editora.

«Debido a la presión de los combates, habían sido semanas de mucha hambre, nerviosismo y tensión. Yo me Recuerdo haber comentado con los compañeros cómo en las entrevistas radiales algunos de los que desertaban decían que al final lo que les había dado el impulso final para escapar había sido el hambre tan tesa. A mí me convenía que la comida no llegara porque eso le bajaba la moral a todo el mundo. La vaina El problema es que yo tampoco tenía mucho que encaletar llevar para el trayecto. Después de esa primera noche fuera del campamento, ya para cuando estaba amaneciendo amaneció, me di cuenta de que estaba encima de un monte y que había cruzado un montonón de monte gran trecho. Hartísima Una distancia mucho mayor de la que pensaba».

—Aquí tengo una pregunta, a ver si podemos ser más precisas. ¿Cuánta distancia cree que recorrió usted en ese primer tramo? Entre más datos más veracidad tiene el relato.

—Con curvas y todo, debieron de ser como seis horas.

—¿Será que si le muestro un mapa logramos tener más claridad? El libro va a tener uno al comienzo y ahí podríamos mostrar su trayecto exacto.

La editora gira su computador portátil. Marcela ve su propio reflejo sobre la pantalla hasta enfocar sus ojos en una foto. Detalla una superficie de muchos verdes interrumpida por algunas manchas pardas y copos blancos. Una línea marrón serpentea fortuitamente por entre el verdor anodino de esa selva. Se lee Río Inírida. Pero ese río caprichoso no encaja con la sencillez del paisaje. Su trazo parece demasiado vivo, demasiado escurridizo y tortuoso sobre la fotografía estática de la planicie.

—Impresionante ese mapa, los colores, todo. Eso es una foto satelital ¿no? Yo así no reconozco nada.

—Espere y le hacemos zoom y le muestro todo más de cerca.

El mapa reaparece gradualmente en la pantalla. Esta vez tiene un verdor menos nítido. Las curvas del río se vuelven menos urgentes. La imagen se desvanece de nuevo y aparece allí un cuadro distorsionado de manchas verdes y marrones en donde ha desparecido todo rastro reconocible.

—Ahí sí ya no se reconoce nada de nada. Esto, lo que es, es la tela del camuflado militar.

Marcela ríe. La editora no.

—Lo acerqué demasiado y se desenfocó.

Cuando reaparece el mapa, Marcela solo reconoce algunos nombres. Río Inírida, El Retorno, Morichal, Puerto Macaco, El Olvido, La Libertad. Gracias a su amistad con la radista del campamento, que estaba a cargo del gps, ella siempre estuvo al tanto de los municipios, caseríos y quebradas por los que pasaban. Le parecía importante memorizarlos. Los anotaba en sus cuadernos. Pero en la pantalla ve nombres que no reconoce. Sabanas de la Fuga, El Resbalón, Isla El Remolino.

—En ese momento nosotros estábamos por esta zona, cerca de El Olvido, que es la zona del frente de Danilo.

Roza con el dedo la pantalla del computador y se sorprende con la distorsión que surge en la superficie. Pide disculpas.

—Pero así como para decirle cuánta distancia fue eso en kilómetros, eso no sé. Yo estaba buscando una de las lagunas grandotas que se forman al lado del Inírida en la zona de los nukak. Se decía que cerca de allí andaba un grupo especial de la fuerza Omega, y yo contaba con que eso fuera cierto. Es posible que esas sean las lagunas.

Esta vez solo señala con el dedo desde lejos.

—Pero de ahí a poderle confirmar con este mapa… yo en ese momento andaba pegada al suelo, mirando dónde poner los pasos, buscando trochas. Imagínese cómo voy a decirle qué es qué desde el aire.

—Voy a poner treinta kilómetros. Quizás fue más o menos, pero al menos nos da una idea.

Marcela asiente. Mira por la ventana hacia el monte, que anuncia su nueva nitidez tras el retiro de la neblina.

—Sabanas de la Fuga, qué nombre tan perfecto. Haberlo sabido antes.

*

Marcela oye el golpe de los tacones de una mujer que se acerca. La acompaña un hombre alto de bigote oscuro, vestido con traje y corbata, que empuja un carro lleno y lo estaciona frente a su caja registradora. Tal vez es un guardaespaldas, un chofer, los dos al mismo tiempo. Le pasa unas alcachofas (ella acaba de aprenderse el código), una caja de arroz con palabras en otro idioma, una bolsa babosa con anillos de carne blanca cuyo nombre estudia: calamares. Le gusta la suavidad de esa carne fresca. Siente un afán de pellizcarla, como hace con las burbujas plásticas del papel de empaque que se roba de la bodega para explotar en el trayecto eterno del bus de la tarde. Desde cierta distancia, la minúscula jefa del hombre que descarga los productos del carrito los mira a ambos cumplir con la coreografía de la compra y la venta.

Marcela detalla a la vieja en toda su pequeñez. Tiene el pelo pintado de un rubio claro, suspendido en una burbuja enlacada que sorprende por su solidez y ligereza. Lleva varios anillos gruesos y pulseras de oro que suenan con cada movimiento, amplificando su riqueza. La base tenue del maquillaje ayuda a ocultarle la piel delgada grabada con pecas rojizas que tiene la gente rubia. Para evitar delatar su curiosidad (Diana le ha dicho que los clientes resienten que los escudriñen), Marcela baja cada tanto la mirada del rostro de la señora hacia los códigos de barras. Cuando la sube detalla los ojos pardos con pecas en el iris que palpitan con una pátina de brillo entre un resto gastado y gelatinoso. Marcela siente un latigazo en el esófago. Son los ojos pecosos del verdor amarillento. La imagina con el pelo blanqueado de mujer que lleva tiempos sin los tintes de la peluquería, vestida de sudadera, sentada en una lona debajo de los árboles del Guaviare, discutiendo la cartilla marxista con ella. Siente que va a vomitar ahí mismo, frente a la solidez áurea de la mujer de billetera abierta dispuesta a pagar la compra. Frente a su chofer que lo coordina todo.

—Hágame un favor, Diana, y cúbrame con este mercado que es que me acabo de maluquear.

Empuja con fuerza la puerta que la apresa frente a la caja registradora. Un vómito etéreo se le trepa por un tubo más profundo y alejado que su tráquea. La vieja alcanza a registrar su perfil, el uniforme azul ceñido, el moño tenso que llevan todas las que trabajan en el hipermercado. La ve perderse por el corredor de las ofertas especiales.

—¿Y a esta qué le pasó?

Por un momento el hombre que la acompaña muta de secretario doméstico a guardaespaldas y se devuelve por el corredor para ver a dónde corre la cajera.

*

«Habría podido caminar más, pero pensé en el peligro de encontrarme con gente del otro frente que estaba cerca echando plomo combatiendo contra una de las brigadas móviles del enemigo Ejército. A lo mejor ya se habían enterado de mi fuga, pero yo sabía que en momentos como ese la orden era darle prioridad a los combates. Percibí disparos y voces y sentí un par de helicópteros del ejército sobrevolando y. Entonces me escondí en un cambuche una cueva pequeña que formaban varios árboles caídos. La verdad Aunque no estaba segura de que me estuvieran buscando, pasé toda la tarde de ese primer día allá metida, quieta, aguardando esperando a que bajara el sol para seguir por la trocha hacia una laguna que había visto en una de las caminatas de reconocimiento. Mi plan era cruzarla nadando si podía».

—Creo que aquí deberíamos añadir algo sobre la comida. Si usted pasó hambre, si tuvo que buscar alimento en la selva.

—En el morral llevaba una panela, una bolsa con arroz ya cocinado y dos salchichones que me había robado de la rancha de la cocina. El plan era racionarlos para más adelante, dependiendo del hambre que me diera. Al tercer día decidí comerme dos larvas grandes que encontré en un hueco de un tronco de árbol. Ni idea de qué serían. Eran de un verde muy brillante y muy peludas. Hasta tuve miedo que fueran churruscos y pensé ¿qué tal que ahora sean venenosos y me quede la lengua toda paralizada? Pero me arriesgué y me las embutí imaginándome que estaba comiéndome un chicharrón delicioso. Y vea, sobreviví. Hasta ricas me parecieron.

—Perfecto, eso lo meto entonces, si no le importa.

La editora toma notas en su computador. Marcela se siente victoriosa por lo creíble que suena la mentira. Se imagina unos gusanos crujientes que nunca ha probado, que nunca probará, crepitando por las páginas de su libro para siempre. Y a la gente arrugada del asco mientras lee.

*

Después del aplauso matutino a los clientes, Marcela va a la oficina del gerente de personal, que la ha citado.

—Me informaron que es la tercera vez que abandona la caja registradora en la mitad del turno. Recuerde que cualquier ausencia durante el trabajo debe venir acompañada de una excusa médica. Si esto sigue así, sus ausencias se le comenzarán a descontar de la quincena como horas no trabajadas. Más de tres ausencias dan lugar a despido. Eso está en el contrato, ¿sí lo leyó?

—Discúlpeme, Doctor. Me he ausentado brevemente de la caja por sobresaltos mínimos de salud, pero siempre regreso rápidamente. No se preocupe que no volverá a suceder, Doctor.

Últimamente usa mucho la palabra doctor. No le gusta, pero la usa, como para domesticarla. Así como hace con su antiguo nombre.

—Me preocupa que ande dejando a los clientes tirados con su mercado. Mire, aquí le hemos dado una gran bienvenida a los reinsertados. Esto hace parte de la misión social de Carrefour y de nuestro compromiso con la paz del país. Es más, yo la felicito por su decisión de salir del monte. Pero recuerde que aquí se trabaja con horarios y la disciplina la cumple cada uno como parte de su compromiso con la empresa. Esto no es a la fuerza, esto no es como allá.

Marcela se rasca cerca del esternón para interrumpir la mirada del gerente que se posa en su pecho. Antes de salir de la zona administrativa al gran galpón de los productos, detalla la cartelera de la empleada del mes y el gigantesco afiche de una foto aérea de un campo sembrado conectado por ordenados senderos. La consigna que lo atraviesa promete inspiración. Carrefour: cruce de caminos.

*

«Si viera, yo No sé cómo hice para quedarme tanto tiempo en ese árbol.

Yo había dirigido ese trabajo esa operación, entonces conocía bien el terreno. Entonces Ahí fue que pensé que me iba a volar las piernas sería demasiado peligroso si me ponía a cruzarlo así y decidí esperar a que amaneciera. Acerqué hartas ramas y bejucos a un tronco grande y me arrimé refugié ahí, porque pues qué más. Si mal no recuerdo Dormí un poco. Cuando empezó a clarear y seguí el viaje la fuga me di cuenta de que algún animal grande había muerto por una mina.Parecía un jaguar, pero no puedo decirle con seguridad porque ya estaba convertido en pura carroña. Me dio tanta lástima, mucha rabia conmigo misma porque él no tuvo la culpa de esta guerra. Hasta pensé en quedarme ahí a enterrarlo, pero eso habría sido una imprudencia y entonces seguí. La trocha me llevó a una laguna grande hermosísima que reconocí porque la habíamos tenido que pasar semanas atrás y me había parecido preciosa. A mí me había tocado ayudar a cargar a la prisionera a mi cargo secuestrada cuando la cruzamos en dirección contraria».

—A ver, Marcela, aprovecho para reiterarle que tenemos que dar más detalles sobre su relación con los secuestrados.

—Ya le comenté que yo solo me crucé con un par, justo al final, como seis meses antes de irme. Yo nunca quise tener nada que ver con eso.

—Este es un tema que interesa mucho. La gente quiere saber si conoció de cerca a alguno de ellos. Lo de la señora que usted cuidó allá tiene que aparecer aquí. Haga un esfuerzo por darnos más detalles.

—Al frente trajeron por un par de semanas a un prisionero político, pero después lo trasladaron a otro campamento y me enteré que fue ejecutado en combate. Yo con él nunca hablé. Al final me ordenaron cuidar a una señora que se llamaba Doña Helena, o mejor dicho se llama porque me imagino que todavía vive. Era ya mayor y llevaba unos seis meses retenida cuando me mandaron a custodiarla, que fue cuando Jenny, que siempre cuidó a las retenidas, cayó herida. A mí me tocó hacerle porque yo era de las veteranas del frente. No se imagina cómo me dio de duro tener que aceptar esa labor. Ese era un trabajo que yo siempre había buscado evitar.

—¿Por qué?

—Pues es que yo sabía que me haría hartísimo daño ver así de cerca el dolor de un retenido. Los compañeros nunca hablaban de eso, eso era como un tema prohibido, pero yo sabía que eso destrozaba hasta al más duro, aunque nadie qui­siera aceptarlo.

—Claro, tal vez usted también intuía que eso la iba a hacer caer en cuenta de su propio encierro.

—Sí, eso también, supongo que sí. Pero bueno, yo sé que no se puede comparar una cosa con la otra, si es que yo era la que supuestamente tenía las llaves.

—Claro, pero usted también estaba siguiendo órdenes, ¿no?

—Pero fíjese que al final estar a su lado fue lo que más me animó a irme. Bueno, la cosa es que ella misma me convenció.

—¿Y ella quién era?

—Decían que era de una familia dueña de una cantidad de fábricas, pero ella nunca quiso hablarme de eso. Y yo nunca le pregunté. Ella se me quejaba de que la familia ya había mandado hartísimo billete para pagar el impuesto y nada que la soltaban. La recepcionista que le había tocado antes la trataba con mucha dureza y la amenazaba a cada rato con confiscarle los cuadernos que había conseguido para escribir. Pero nosotras desde el comienzo nos acercamos mucho. Hablábamos de muchas cosas, nos contamos de nuestras familias, ella de sus hijos, yo de mis hermanas, hasta hablábamos por ratos largos de los pájaros, porque ella era una experta en eso. Como yo tenía dibujados en mi cuaderno los pájaros que vi desde que llegué pues se los iba mostrando y ella me indicaba los nombres en español y a veces también el nombre científico, el nombre elegante, como digo yo. Otras veces ella no reconocía algunos de los pájaros de mis dibujos y se emocionaba mucho y me pedía que se los describiera con más detalle. Es más, ella siempre me dijo que tenía que escaparme en la época de las grandes migraciones porque los grupos de pájaros viajando podían servirme de brújula para no perderme. Durante el tiempo en que la cuidé cumplió setenta y dos años y yo le hice una torta, pobrecita. Le conseguí pastas para el dolor porque sufría de artrosis. Creo que conmigo se sintió bien aliviada y acompañada, qué pecado. Al final logré dejarle mi radio de recuerdo.

—¿Y ella supo que usted se iba?

—Cuando ya teníamos confianza traté de convencerla para que se viniera conmigo, pero ambas sabíamos que ella no iba a ser capaz de resistir semejante viaje tan teso. Sobre todo con esos dolores que le daban. Ella no hacía sino decirme Poli, ¿usted por qué no se ha ido? Avíspese, mija. Yo siempre pensé que a ella la iban a liberar antes de que yo me escapara y por eso le pedí memorizarse el nombre de mis hermanas y mi mamá para buscarlas y avisarles que yo estaba bien, que estaba viva, que me esperaran porque ya iba a llegar. Pero vea que yo fui la que se fue de primeras y ni tiempo tuve de despedirme bien.

La editora toma notas.

—¿Y sabe si ella ya regresó?

—No sé. Ni idea. Ojalá. Pobre mi viejita.

Siente una urgencia visceral de contarle a la editora sobre el encuentro con la vieja en el hipermercado, pero la contiene a tiempo.

—Igual nada de esto va. Que se lo cuente yo ahora así charlando aquí es una cosa, pero esto no va a ir.

Continúa leyendo.

«Sí, claro, a mi me tocó ver Yo me había topado con babillas muchas veces en caños y pantanos y supuse que en esa laguna podía haber mucho animal, mucha culebra también. Entonces traté de no pensar en eso y mientras la crucé nadando en bombas lo más rápido posible. Allá cerca me topé con una quebrada de las que desembocan en el Inírida. Al otro lado había dos niños arreando ganado. No supe qué hacer hasta que Les hice señas de saludo, pero ellos se alejaron ligerito apenas me vieron. Cuando crucé el río distinguí el motor de unas lanchas y ahí sí que me asusté más me dio un pavor muy berraco. Corrí hartísimo como una hora alejándome del río hasta que encontré una tronera una guarida debajo de otro árbol caído y. Me quedé ahí unas horas y. Entonces cuando empezó a llover a chuzos decidí darle a mil aprovechar para caminar hacia donde yo creía que estaba el Ejército porque me había pillado teniendo en cuenta la dirección de los helicópteros que acababan de pasar por encima mío de mí».

*

—¿Y ya decidió cuándo va a llamar a sus hermanas?

A Diana le gusta conversarle cuando les asignan cajas aledañas.

—No sé. Esta semana creo que sí llamo. Pero solo a Zenaida, no a Nubia. Y a mi mamá todavía no. Yo no soy capaz de llamarla sin antes hablar con Zenaida.

A la terapia de la Agencia les acaban de llevar a una mujer que combatió en el m19 y que ahora trabaja en el Ministerio de Defensa. Envuelta entre los paños oscuros de un traje de ejecutiva, la mujer les contó sobre el momento en que llegó a Bogotá después de años de lucha guerrillera en el Cauca. A pocos días de su regreso estuvo a punto de suicidarse cuando los hijos que no pudo criar la bombardearon con preguntas. Entonces se armó de valor para no matarse. A manera de conclusión de la charla la psicóloga anotó en el tablero: ¡importante! Esperar un tiempo prudente para reconectarse con la familia. Marcela quiso preguntarle cuánto es un tiempo prudente, pero no se atrevió.

—Olvide ya esa bronca, Marce. Mire que ha pasado suficiente tiempo y seguro ellos la van a perdonar. Vea que las mamás perdonan todo.

Le gusta que Diana la llame así. Se siente pequeña, como cuando estaba en el colegio de Teorama. Por un momento le da un arranque por contárselo todo, como en avalancha. Percibe el impulso en la garganta, pero lo contiene.

—Oiga, Dianita, ¿y al fin su tía sí le va a prestar para el juego de cama? Acuérdese que yo la puedo acompañar a escogerlo.

Le gusta llamar a Diana por el diminutivo, aunque intuye que aún falta mucho para sellar esa amistad levantada a cuentagotas en las treguas que les ofrecen clientes y máquinas.

*

—Marcela, otra vez le tengo que recordar que este libro tiene que llevar más detalles de su vida sentimental. Tenemos muchas descripciones de aventura, de lo difícil que es cruzar la selva, del caos y todo lo demás, pero esto no va a tener suficiente fuerza sin ese componente emocional. A la gente no le va a gustar algo así de parco. Piense a ver si no hay algo que se pueda incluir aquí. Échele cabeza.

—Pues yo sí tuve un novio allá. Es la persona a la que más he querido. A él lo reclutaron en una toma que hicimos en el Meta y yo desde el comienzo lo ayudé a entender cómo funcionaba todo. Tuvimos una relación secreta por casi un año hasta que lo cambiaron de frente porque nos prohibían tener pareja en la misma columna y ya andaban sospechando de nosotros. Eso fue en el 2006 y desde ahí no lo he vuelto a ver. Y luego por ahí me contaron que lo habían agarrado y que está en una cárcel en Popayán. No lo he buscado, pero estoy pensando ir un día. Ya no por amor sino por puro cariño.

Hay un silencio.

—Pero eso no lo meta. Eso no va. Más de mi familia no estoy segura de querérselo contar. O pues tendríamos que negociar.

*

En el locutorio que queda al lado del hipermercado Marcela pide una llamada. En la Agencia le han conseguido un número donde supuestamente podrá localizar a su mamá. Marca. La voz irreconocible de un hombre joven anun­cia su ausencia.

—Es que estoy llamándola desde Bogotá para darle una información importante. ¿Yo con quién hablo?

—Con el hijo. ¿Yo con quién?

Es la primera vez que escucha la voz de su hermano acuñada en palabras. Rubén tenía un año cuando ella se fue. En ese instante no se le ocurre dar otro nombre que el de su alias, pero suavizado. Poli. Luego se reprocha por haberlo usado. Explica que es una amiga que busca a Zenaida y a Nubia.

—Ellas viven en Bogotá. Pero Zenaida tiene un celular. Si gusta se lo doy.

Anota el teléfono de Zenaida en el nuevo cuaderno que consiguió para dibujar de nuevo los pájaros que recuerda de allá. Antes de colgar le dice a Rubén que espera conocerlo algún día.

*

Esta vez no le avisa a la editora que faltará a la cita. Después del trabajo toma un bus para el centro. Todavía no lo conoce bien, aunque deba ir cada quince días a las sesiones psicológicas y a cobrar el subsidio en la Agencia. Nunca le alcanza el tiempo para caminar por esas calles de paredes viejas inscritas con grafiti que la intrigan desde el bus. Diana le ha dicho que en San Victorino puede encontrar regalos bonitos a muy buen precio, cosas que salen más baratas que en el hipermercado, aun con el descuento que les dan a los empleados. En la Décima la abruma la cólera que revelan los pitos agudos de carros y buses. Se adentra en la plaza agobiada por el pregón de los parlantes que anuncian descuentos. Le cuesta escudriñar sus coordenadas.

Busca resguardo en un almacén de ropa. Repara en el nombre que anuncia el tapete de la entrada: Moda usa. Evoca el capital imperialista de los comunicados del secretariado, pero la ropa que brilla desde los ganchos le diluye el pensamiento. Después de recorrer la tienda dos veces se prueba algunos suéteres en azul rey, el color favorito de Zenaida. ¿Compartirán todavía la misma talla? ¿Será ese aún su color preferido? Termina comprando uno, un reloj dorado para ella y un mameluco blanco para bebé que tiene estampado un oso que abraza un corazón con fuerza. Por si Nubia o Zenaida tienen un bebé o para cuando alguna lo tenga. O para el de alguna pariente que nazca en el futuro. Quizás Diana decida tener un hijo pronto con su nuevo novio.

*

El teléfono timbra. Es la primera vez en su vida que deja un mensaje telefónico. (Le ha pedido a Diana que le explique cómo se dejan recados en el celular, con la ilusión de que ella comience a intuir algo).

—Hola, Zena, habla con Marcela. Por aquí ando llamándola desde Bogotá. Ya estoy viviendo aquí, nenita, desde hace casi tres semanas. Ya salí. Yo sé que ha pasado mucho tiempo y, pues, quiero volver a verlas. Pero entonces yo la vuelvo a llamar después a ver si la consigo. Chao.

Se lamenta de no haber dejado un mensaje más largo que detalle por qué es que ya no está tan lejos. En el muro frente al que espera el bus descifra un grafiti que dice Dieta de coca, Coca de dieta.

*

El chofer de la vieja se acerca a las cajas registradoras con un carro repleto. La misma corbata, el mismo bigote tupido de las últimas tres semanas. Marcela pone el aviso de cerrado en la suya y sale con pasos rápidos hacia el baño de las empleadas. En el corredor le parece cruzarse con ella. Se sostiene sobre el lavamanos para vomitar, pero solo sale una baba ácida que escupe en tres partes.

En la terapia de grupo de esa tarde se atreve a hablar por primera vez. Cuenta de sus carreras urgentes por los corredores del hipermercado. La psicóloga anima a hablar a los demás. Se miran entre ellos, pero nadie dice nada. La psicóloga interviene.

—Usted no es la única que sufre de eso, Marcela. Ese es un efecto típico del estrés postraumático de la guerra. Esos rostros que todos ustedes creen ver no son de nadie conocido.

La inquieta esa palabra, rostro. La ha visto mucho en las instrucciones de las cremas y jabones que se compra en el hipermercado. Piensa que nunca la ha usado en una frase. Al final de la sesión Marcela se acerca a la psicóloga para preguntarle cuáles son los otros síntomas de ese estrés. A ver si ella sí padece de eso.

*

El domingo es el único día en que no tiene que cruzarse con carros de mercado ni tararear en su mente el trino de la registradora. Como nadie hace turno para el baño tan temprano puede demorarse en la ducha más de la cuenta. Se afeita las axilas, se restriega un poco de jabón exfoliante sobre la cicatriz del hombro y se esparce lo que queda hacia el cuello. Se lava la cabeza dos veces con un acondicionador especial que detiene la caída del cabello. Después de secarse deja que su pelo baje suelto, como le gustaba llevarlo en la época en que se fue de Teorama, aunque presiente que así se le caerá aún más. Desnuda barre todas las hebras que ha ido dejando desamparadas durante la semana por el piso de su cuarto. Corre las cajas de cartón en las que guarda la ropa para descubrir el resto de pelos que hacen guarida en las esquinas de las paredes. Vuelve a pensar que algún día tendrá un gran armario con muchos cajones y espejo interior. Un mueble señorial de madera fina como el que vio en una hacienda a la que entraron una vez con el comando en el Meta. Pegará algunas fotos en la puerta interna del closet (aunque la inquieta pensar cómo hará para conseguirlas). Colgará otras de marcos brillantes en las paredes, como las que tiene la editora en su oficina. «Hay que empezar a definir sus nuevos sueños», ha sentenciado la psicóloga varias veces, y Marcela se pregunta si se referirá a cosas de este tipo. Recientemente ha comenzado a enunciar algunas carencias.

Aún es temprano. Desempolva la estufa portátil que consiguió en una compraventa para no tener que compartir fogones con el resto de la gente del inquilinato y vuelve a notar lo frágil que es la caja de cartón que la sostiene. Al trapear las baldosas blancas la turba seguir añorando el suelo de tierra y hojas de su pasado. Reacomoda el grueso paquete de hojas del manuscrito que se desparrama por el asiento plástico. Repara en el folleto que está debajo donde se explican las opciones que da la Agencia para terminar el bachillerato y se reprocha por no haberlo leído aún. Mientras tiende la cama piensa que si Diana al fin le pide acompañarla a comprar un juego de cama, quizás ella pueda conseguir una colcha bonita para disimular la desnudez del catre. Que sea bien abrigada y ayude a aislar el frío que le cuesta tanto trabajo arrancarse de los pies. Ataja el deseo de una cortina firme y gruesa como las que ve en los apartamentos donde vive la oligarquía (la oligarquía vendida al imperio, como rezan los manuales de instrucción) velando con soberanía todo lo que ella quisiera descubrir adentro. Piensa que algún día querrá un televisor. Aún tiene tiempo para seguir limpiando, para desempolvar los libros que le ha ido regalando la editora, pero que no ha alcanzado a leer y no encuentra dónde poner. Si consigue un par más podrá apiñar uno encima de otro para hacer una mesa de noche para el radio despertador.

Como aún tiene más de media hora decide caminar hasta el lugar acordado. Se estrena las zapatillas plateadas que compró en el hipermercado cuando le pagaron la segunda quincena, aunque intuye que en pocas cuadras estará cojeando, pues los zapatos de ciudad no logran contener la anchura de unos pies forjados en las trochas del campo. Se recrimina ahora por volver a añorar sus botas pantaneras.

Quizás mejor usar el diminutivo de siempre que amortigua la formalidad. Zenita, Nenita. ¿Lanzarle un abrazo? ¿Empezar dándole el regalo? ¿Mencionarle el libro que va a salir? ¿Prometerle que lo entenderá todo cuando lo lea?

En la cafetería pide un agua aromática y se sienta en una mesa con vista a la puerta. Sopla la taza con fuerza para hacer remolinos con el agua. Ve entrar y salir a dos hombres vestidos de ciclistas y a una mujer mayor con una niña recién bañada. Intenta concentrarse en la pantalla de la televisión donde dan un programa de concursos, pero los ojos siempre se le devuelven a la puerta. Pide un roscón. Lo desmenuza en pedazos que luego se embute con velocidad para terminarlo antes de que ella llegue. Despega el plástico protector de pantalla de su nuevo reloj y lo dobla en un cuadrito diminuto.

¿Y si llega con alguien? ¿Si viene con Nubia?

Espera una hora y cuarto desde la mesa vigilando la puerta, pendiente de los buses que paran cerca de allí. La conmueve el árbol viejo de la acera aledaña con sus raíces hinchadas que agrietan el cemento, contenido y paciente pero impetuoso a la vez. ¿Lamentará esa falta de tierra o se pasará la vida ignorándola?

Al alejarse de la cafetería gira varias veces la cabeza con la ilusión de que Zenaida vaya tarde y ella alcance a verla entrando.

En la noche se queda despierta hasta tarde revisando el manuscrito que le ha dado la editora con los cinco capítulos ya aprobados. Sobre las páginas anota cosas que quiere pedirle que cambie. Pero antes de acostarse las quema en la ducha y bota las cenizas por la ventana como una ofrenda.

*

«Desde que despegamos en el avión del Ejército en el que me trajeron para acá yo no podía creer esa vista, me parecía impresionante ver los árboles, el campo, las montañas desde arriba y pensé en los pájaros y en cómo ellos ven de otra manera el mundo. La primera vez que vi a Mi primera visión de Bogotá fue desde lo alto de un avión. Me impresionaron lo largas que se veían las calles y lo extensa que era la ciudad a pesar de la altura. Y yo tenía, cómo le pudiera explicar, era demasiada la curiosidad mía de ver cómo eso de lo que tanto nos hablaban de la división de las clases sociales en Bogotá, de la desigualdad de las ciudades. Pero desde allá arriba pues me di cuenta que no era tan fácil entenderlo ¿me entiende? Es que es difícil de comprender esa sensación que tuve. Después, ya aquí abajo, nunca me cuadró lo que se veía allá arriba con la calle. Eso me sorprende cada vez que pienso en esta aterrizada tan berraca mi llegada, o sea casi todos los días. Luego Pensé también en mis hermanas, me pregunté si en alguna parte de todo ese laberinto estarían ellas, pensé ¿será que me olvidaron o todavía me recordarán? me pregunté si aún me recordaban o si me habían olvidado y les mandé un mensaje desde allá arriba, con la mente, que era como avisándoles ya llegué, espérenme que en nada ya nos veremos que había llegado, que en nada nos veríamos. Desde que llegué a Engativá vivo aquí el ruido de los aviones se siente bastante y eso todavía me azara hartísimo sobresalta un poco. Inmediatamente me entra como un instinto por alistarme para salir corriendo a buscar guarida resguardo. También me pasa algo parecido en la calle cuando suena cualquier tote de esos de camión algún estallido de un motor y me entra el impulso de alistarme para el ataque y busco el arma que ya no tengo. Eso sí, a veces, cuando alcanzo a escuchar a los pájaros, eso me devuelve allá con el recuerdo. Claro, yo sé que estos son otros pájaros y que aquí hay menos que los que hay allá, y eso que también yo me imagino que algunos de los que hay aquí deben de ser los mismos, que debe de haber algunos pájaros que paran aquí en sus viajes hacia allá o al revés. Eso tengo que averiguarlo. A veces pienso que si todavía tuviera mi cuaderno de dibujos, podría comparar todos los pájaros de allá que dibujé con los que hay aquí, pero desafortunadamente ese cuaderno me lo quitaron los milicos en el batallón cuando me entregué, dizque porque podía contener información valiosa. Qué rabia. Pero sí, siento harta nostalgia de muchas cosas: de los árboles, impresionante cómo los extraño, por la ventana de mi cuarto no veo ni siquiera uno y eso me da es como una tristeza muy grande siempre y la psicóloga me dice que tengo que ir a explorar los parques bonitos que hay en la ciudad, y, bueno, también algunos amigos, mi perrita, ay no, si le contara. Claro que hay otras cosas que no me hacen falta».

—Bueno, aquí sí sería necesario expandir esto para contar lo que le ha gustado de la ciudad, lo que le ha sorprendido, y también algunos detalles de su situación familiar en este momento. Usted me dijo que cuando llegó no se reunió con nadie conocido.

—No. Pero ya me vi con mis hermanas varias veces y ellas ya le contaron a mi mamá que estoy aquí. Hasta de pronto me voy a vivir con Zenaida en unos meses.

—Qué buena noticia. La felicito. ¿Y por qué no me había contado?

—Es que eso no va a salir. Si quiere ponga que me vi con la familia y ya, pero detalles de eso no van.

—Piénselo, Marcela. Sería clave que eso aparezca, así redondeamos la historia. Imagínese la emoción que eso le daría a los lectores. En la próxima cita tenemos que grabar lo del último tramo y de la entrega. O sea el clímax de la historia. Y usted tómese su tiempo para pensar cómo va a contarme lo de la familia.

—El clímax es ya.

Hay un silencio. Marcela le anuncia que estará ausente la semana siguiente, pues piensa viajar a Teorama a encontrarse con su mamá. Quedan de verse cuando regrese. Sale de la oficina con la certeza de que no volverá a subir allí nunca más, de que no le dará su nueva cédula de identidad al guardia de la entrada ni tendrá que evadir su manoseo cuando él la reciba, de que no leerá más papeles con palabras tachadas ni grabará su retahíla en una grabadora diminuta que promete guardarlo todo. Sabe que no será la autora de un libro. Que tampoco le darán un cheque. Siente el alivio anticipado de no tener que escanear el código de barras de su propia crónica cuando alguien la agarre de las estanterías que decoran los corredores de las cajas registradoras en el hipermercado.

 

—La persona a la que usted ha llamado no se encuentra disponible. Deje su mensaje después del tono.

—Zena, soy yo otra vez. Me imagino que se embolató y por eso no pudo llegar a la cita. Qué pesar. No se preocupe, tranquila. Cuando yo por fin consiga un celular se lo doy para que pueda llamarme directamente porque siempre me toca llamarla desde la calle y usted así no me va a poder encontrar. Más bien le voy a dar la dirección de donde estoy viviendo para que la tenga y se pase en algún momento por allá, cuando pueda. Cuando quiera, Zenita. Yo siempre estoy allá los domingos, todo el día estoy allá porque ese es el día que tengo libre. A cualquier hora puede ser, mamita, que yo la espero.

Se siente extraña usando la palabra mamita. Nena habría sido mejor, como le decía en Teorama. Dicta la dirección.

—Bueno, la espero. Hablamos o nos vemos, ojalá. Chao, un beso, chao.

Marca de nuevo.

—Nena, se me olvidó decirle que yo trabajo en el Carrefour de La Floresta. De lunes a sábado estoy ahí, me encuentra seguro entre las siete y las cuatro y media, por si prefiere pasarse por allá. Bueno, ahora sí chao. Adiós.

 

Después del aplauso matutino Marcela busca a Diana. Camina con ella hasta las cajas.

—¿Y entonces qué? La estuve pensando ayer. ¿Apareció su hermana?

—No. Pero ya le dejé un mensaje con mis direcciones. Esa llega. Yo me la conozco. Esta mañana tuve una corazonada de que hoy puede ser el día. Pero como dice usted, esto es de paciencia. De todas formas yo creo que dentro de poco se la voy a poder presentar y le va a caer súper bien.

Diana le da un apretón en el brazo para darle ánimo.

—Oiga, Marce, usted sí es remusculosa ¿no? Yo no sé cómo hace para tener ese cuerpo tan atlético. No me diga que se está gastando el sueldo en el gimnasio.

Marcela siente que unas ganas viscosas de llorar le brotan desde la tráquea, pero le alivia saber que Diana no logra percibirlas.

—¿Y cómo le fue en el bautizo, Dianita? ¿Al fin qué le dio al ahijado?

—Fue muy bacano. Terminé consiguiéndole un móvil muy hermoso de animales salvajes. Y vea que al final Daniel sí pudo encontrar reemplazo y vino conmigo y allá lo presenté a toda la familia.

—Me alegro. A ver cuándo me lo va a presentar a mí.

Se arrepiente de decir eso. Quizás Diana piense que ella es una confianzuda cuando nunca han salido juntas a ninguna parte. Ante los ojos vigilantes del supervisor cada una se mete en su cubículo. Vive llamándoles la atención por hablar demasiado.

La primera clienta del día es una mujer mayor acompañada de un joven que le ayuda a vaciar una canasta pequeña.

—Señorita, ¿aquí no vendían una guía para interpretar sueños? Me parece que la vi alguna vez.

Marcela responde que no sabe. La mujer le cuenta al hombre su pesadilla más reciente. Que se levantaba por la mañana y su casa estaba repleta de mojarras rojas por todas partes, que había tantas que no se podía ni caminar y que había decidido repartirlas. Pero justo cuando estaba echándolas en una bolsa para llevarle a la vecina, ella le había timbrado a ofrecerle los mismos peces que también habían invadido su apartamento.

Yo no sabía qué hacer, mijo. Y uno que se debería poner contento con la abundancia.

Marcela escanea una bolsa de arroz, unos bananos, una Coca Cola, un jabón corporal en un tarro enorme, un limpiador de vidrios y una biografía del presidente. Nada que amerite mucho escrutinio. Los ve salir de la abundancia del hipermercado. Brota un chasquido de su nuca cuando sube la mirada al techo. Dobla el cuello de lado a lado para extirpar los dolores que aloja allí mientras detalla los tubos. Detecta una humedad en una esquina lejana. Lanza una mueca hacia la cámara que siempre la vigila.

 

Una mujer de la mano de un niño camina hacia ella por el corredor central que conecta las cajas registradoras. Marcela repara en las letras brillantes de la camiseta escotada que lleva puesta: special beauty. Debajo, un águila en vuelo como de escudo militar. Quiere estar reconociendo el pelo negro larguísimo, las pecas sobre los cachetes morenos, los ojos miedosos y alegres, alegres y miedosos, en constante oscilación, que siempre ha tenido Zenaida. La despista que ese cuerpo holgado carezca de la ligereza y delgadez que ella recuerda.

Sin náuseas esta vez, se arranca la placa que la nombra en el pecho y empuja con brío la puerta del cubículo, como cuando la máquina abre violentamente su compuerta para escupir el dinero del cambio.

 

María Ospina Pizano (Bogotá, 1977), estudió Historia en la Universidad de Brown y se doctoró en Literatura Hispánica por la Universidad de Harvard. En la actualidad es profesora en la Universidad Wesleyan (Connecticut, Estados Unidos).

Especializada en memoria, territorio y conflicto en la cultura latinoamericana, ha trabajado en programas curatoriales y de archivo, entre los que destaca el proyecto epistolar Cartas de la Persistencia, en el que se recopilan testimonios de la resistencia civil a la violencia en su país.

Sus cuentos han aparecido en diferentes antologías en Colombia e Italia. Azares del cuerpo, traducido al italiano y al inglés, es su primer libro de ficción.