Los nombres, que determinan nuestra vida mucho más de lo que podemos sospechar, y que terminan por ser un resumen y anticipo de cada uno de nosotros, son el centro de este cuento de Recaredo Veredas, que debe saber de primera mano las consecuencias de tener un nombre poco común.

El desastre comenzó por el nombre. Quise homenajear a mi padre: nunca tendría un nieto que continuara su saga. Sabía que no era un acierto, pero me ganó la devoción. El primer error era obvio: cuatro sílabas son demasiadas para un perro. No las entienden. Por eso se llaman Milpa, Tango, Kaiser, Yenka, Tuka… Nombres contundentes, que puedan gritarse. Los perros no creen en la democracia: necesitan que su dueño sea el jefe de la manada. El segundo fallo era incluso más evidente: ningún perro se llama como su dueño, aunque demasiados hijos sí soportemos esa desgracia.

A mi padre le gustó el homenaje: formamos un trío mágico de Recaredos: padre, hijo y mascota. Seremos invencibles. Me pidió que no le llamara Reca. Siempre ha odiado los diminutivos: restan grandeza a su abolengo. Tal vez el problema no fue de comportamiento sino de identidad: el pobre animal nunca supo si era la prolongación de cuatro generaciones de locura o un perro de caza.

Llegó a mi vida en 2002, poco después de la mudanza. España nadaba en dinero, los ayuntamientos recalificaban hasta los cementerios. Parecían ignorar que era una felicidad prestada, que sería reclamada con intereses a su vencimiento. Todas las alegrías de España han sido a crédito. Acababa de cumplir 32 años, edad de padre de familia numerosa en todos los países nórdicos. El trabajo en la gestoría me hastiaba pero era cómodo. No cometía fallos y pagaban puntuales cada mes. Sin embargo, sentía empujones en mi zona de confort: el piso compartido donde vivía se había disuelto tras su venta. No podía alargar la adolescencia hasta los cuarenta años: había llegado la hora de crecer. El primer paso era la compra de un piso en la sierra, donde pudiera respirar, lejos de la ciudad y de mi padre.

Se suponía que en el pueblo escogido aún había casas de veraneantes, viejos labradores y discotecas con piscina donde los pijos chapoteaban borrachos en agosto. Me guió la intuición, no busqué en ningún otro lugar. Había desconfiado tanto de mí mismo que me aliviaba la claridad del camino. Lo encontré en Idealista. Las fotografías mostraban, irresistibles, el brillo del parquet y la nitidez del cielo. Me extrañó que el piso fuera tan barato y temí que me lo quitaran. Tenía piscina y también jardín (al instalarme pregunté y me señalaron un borde de hierba que rodeaba la charca). Intuí la oportunidad de mi vida.

Podía pagar las cuotas mensuales de la hipoteca, pero no la entrada. Por primera vez fui un hombre fuerte. Decidí, en un solo instante, como los machos, que el dinero no podía ser un obstáculo para mí independencia. Llamé a mi padre que, impresionado, solo respondió con largos silencios,  y al día siguiente le acompañé a la sucursal del banco. Allí procedió a la ayuda diciendo Hijo mío, espero que sepas lo que haces. Había firmado la hipoteca sin dar siquiera un paseo por las calles de mi futuro hogar. Me sentía como un especulador de Wall Street, como un tigre de la Castellana. La vida sonríe a los audaces. Pronto entendí la causa del precio. En las discotecas de verano sonaba salsa y cumbia y en sus piscinas vacías crecía la mugre. Las casas de piedra habían sido derruidas. En su lugar se levantaban urbanizaciones de saldo, ocupadas por albañiles. Todos los alcaldes habían terminado en la cárcel por chanchullos inmobiliarios. Merecen la gloria de los pioneros.

El pueblo era un desastre. Lo supe pronto, pero me negaba a aceptarlo. Las cumbres blancas y afiladas de la sierra estaban allí, nadie las movería. El aire mantenía su pureza y una ganadería de toros bravos pastaba en las afueras. Aquel extraño lugar remontaría tarde o temprano. La cuestión era adaptarse y esperar. Para disfrutar de la montaña necesitaba un perro, un compañero fiel que me acompañara en mis excursiones por los caminos de tierra. Un amigo puro, que nunca me cuestionara, cuyo amor sintiera en la felicidad y la tristeza. Nunca he medido bien las consecuencias de mis deseos. Mi padre no cedió hasta que repetí más de cien veces mi trauma infantil: solo tuve dos mascotas, un canario y un pez, y las dos murieron de repente. Escogí la raza casi al azar, como la mudanza a aquel pueblo, como casi todo en aquellos años. En un programa de cotilleo vi a una modelo de pasarela acariciando a un Beagle. Era un perro pequeño pero con carácter, sin la cursilería de un pequinés.  Aquella mezcla de belleza pura y grandeza británica me conmovió. Necesitaba ese complemento. Con un Beagle a mi lado Jeremy Irons sería un gañán. Insistí tanto que me tomó en serio. Me había engendrado pero no me conocía del todo. Yo tampoco. Fue un regalo sorpresa. Recaredo, el futuro perro salvaje, entró solo en la casa. Cuando vi a esa criatura de apenas dos semanas, con sus enormes orejotas tropezando sobre el parqué, cuando supe que durante los siguientes trece años iba a recoger su mierda dos veces al día, a pasearle por las calles heladas de aquel suburbio mañana y noche, recordé las palabras de Santa Teresa: se llora más por las plegarias atendidas que por las no atendidas. Le decepcionó mi cara de susto, pero le dije que nunca había sido tan feliz.

Mi padre le escogió porque era el más vivaracho de la camada. Saltaba, ladraba frente a su rostro, le lamía los dedos, frente al silencio dormido de sus hermanos. Era un líder en potencia. El Vladimir Putin de los Beagles. Además era muy guapo. Lo tenía todo: porte, mirada, proporciones. Su única tara era un testículo escondido bajo la piel. Una pena, porque con las dos bolas al aire habría participado en concursos y exposiciones. Al menos habría servido para algo. La utilidad me preocupó pronto: Recaredo comía Eukanuba con levadura de cerveza (algo así como el caviar de los piensos caninos). No podía alimentar al quinto Recaredo con piensos de marca blanca. Entre paseos, limpieza  y broncas consumía una media de dos horas diarias. Se había convertido en un torrente de gasto que solo daba disgustos. No me daba lametones, ni brincaba de alegría cuando regresaba a casa tras diez horas en la gestoría. Cada vez que, a las siete de la mañana, bajo el frío punzante, paseábamos por las urbanizaciones y los parques arrasados le preguntaba. Recaredo, ¿para qué sirves? ¿Por qué tengo que mantenerte? ¿Irás a la universidad? ¿Me cuidarás cuando sea viejo? La correa siempre estuvo tensa. Nunca conseguí que caminara a mi lado, feliz, como un perro normal. Creo que leía mis pensamientos. Sabía que no le soportaba pero intuía que si no cedía llevaba las de ganar. Hace apenas cuatro años descubrimos que los pulpos manejan herramientas con sus tentáculos. Apenas sabemos nada sobre la inteligencia animal.

No se puede negar su clarividencia ni su audacia. Destrozó todos los muebles. Sus finos colmillos mordieron los tobillos de toda la familia. Si hubiera sido un Rottweiller aún estaría en la cárcel. Además nunca conseguí que meara y cagara en la calle. Pasaba mañana, tarde y noche fregando el suelo. Domar a un Beagle con ansias de liderazgo es más difícil que domesticar a un tigre. Y menos útil: un tigre al menos podía soltar un zarpazo a los Latin Kings, que ya se habían adueñado de la plaza del pueblo. Antes de la decisión final contraté a un instructor de perros. Era un vecino del pueblo, que se sacaba unas perras con los chuchos cuando terminaba en la obra. Dos veces a la semana, a las nueve de la noche, salíamos al parque con un trozo de salchicha a gritarle en alemán. A él le hacía caso: se sentaba, se tumbaba, incluso le traía los palitos que le tiraba entre la oscuridad. Conmigo, lo de siempre, se comía el trozo de salchicha y salía corriendo. Tras la tercera clase el instructor se sinceró:

-Es un Beagle dominante, deberías haber elegido otra raza.

El perro se convirtió en mi único tema de conversación. Apenas quedan testigos de aquello porque mis amistades no resisten más de cuatro o cinco años, pero solo hablaba de sus heces, de su instructor y de su instinto destructivo. Los supuestos amigos soportaban tan repetitiva charla porque mi monólogo era muy gracioso. O tal vez estaban hartos y eran demasiado educados.

La decisión se alargaba: me asustaba la soledad y no quería traumatizarle. El perro salvaje no soportó la diletancia y  dio un golpe sobre la mesa. Se jugó la vida, como un valiente. Una noche mordió los cables de la lámpara del salón. Podría haberse quedado seco. Me quedé a oscuras y casi provoca un cortocircuito. Nunca había odiado tanto a alguien. No pensé en abandonarle: en el fondo le quería. Amaba sus orejas caídas, su porte victoriano, sus manchas marrones con fondo blanco, tan Burberrys. Si hubiera sido feo le habría tirado en una gasolinera. O no. Soy menos malo de lo que me creo. La solución era evidente: regalarlo a un dueño que lo cuidara mejor que yo. No podía vender a quien tenía mi nombre y el de mis ancestros. Prefería perder dinero a afrontar un conflicto digno de Freud. El casting fue breve. Descarté a un vecino, con quien el problema se reproduciría o, peor, se solucionaría, y escogí a un amigo lejano, terrateniente en Badajoz. En sus dehesas, pobladas por cerdos ibéricos y encinares, correría sin descanso. Durante el viaje al sur sentí ahogos, dudas, culpa pero la decisión estaba tomada. No se lo había contado a mi padre, temía su reacción y, sobre todo, su tristeza. La despedida fue breve. El nuevo dueño le mostró un trozo de salchicha y  el perro se lanzó a su coche. Ni siquiera miró a mis lágrimas, ni escuchó mi mocosa despedida.

-Adios, pequeño Recaredo, adiós. Te quiero.

Poco después supe que ya no se llamaba Recaredo sino Orco (por fin supo cuál era su nombre) y que, pese a su testículo oculto, había empezado una larga carrera de semental. La vida media de un Beagle es de 13 años. Si no ha muerto le falta poco. Gestionó su vida mejor que la mayoría de los españoles. A mi padre le alegró el abandono. Sentado en su viejo sillón de orejas, mientras terminaba su habano diario, dijo que solo a un loco se le ocurriría sustituir a su legítimo nieto por un chucho. Le parecía un proyecto demencial  pero no quería chafar mi ilusión. Siempre me ha desconcertado. No fui capaz de recordarle aquello del trío mágico y salí temblando del hogar familiar.

No tardé mucho en vender el piso. Los precios aún crecían, con la voracidad de un bulímico. Tras medio año en casa de mi padre encontré unos nuevos compañeros de piso. Todavía vivo con ellos, lejos del centro, en una urbanización con piscina del Barrio del Pilar. Somos tres cuarentones y pasamos los sábados haciendo campeonatos de Trivial Pursuit. Nos sabemos las respuestas de memoria, pero no importa. Ni siquiera ligamos por Tinder. Nos da pereza. Hemos pasado de la adolescencia a la vejez sin darnos cuenta. El quinto Recaredo aún no ha llegado. Ni se le espera.

 

Recaredo Veredas (Madrid, 1970) ha estudiado Derecho, Edición y Creación Literaria. Ha trabajado para diversas editoriales, entre las que destaca Alfaguara. Ha sido profesor en la Escuela de Letras y en Fuentetaja. Ha reseñado, entre otros medios, en Quimera, ABC, Política Exterior y Revista de Letras. Ha publicado 6 libros. El que más le gusta es el más breve, el poemario Nadar en agua helada (Bartleby, 2012), pero se siente orgulloso de toda su progenie. El último en llegar ha sido el ensayo No es para tanto (Sílex, 2016). Le preceden la novela Deudas vencidas (Salto de Página, 2014), la colección de relatos Actos imperdonables (Bartleby, 2013) y dos obras perdidas en el espacio-tiempo: la colección de relatos Pendiente (Dilema-Escuela de Letras 2004) y el manual Cómo escribir un relato y publicarlo (Dilema-Escuela de Letras, 2006).

Poe y compañía es la sección dedicada a la ficción  en penúltiMa. Por necesidad un relato colgado en la web no debe ser muy largo, y eso nos recuerda a la unidad de impresión de la que habló el iniciador del cuento literario moderno. No nos parece mala cofradía para unirse a ella.

La fotografía que ilustra el relato es de la fotógrafa Graciela Magnoni. Su trabajo puede admirarse en su pagina web: http://gracielamagnoni.com