Parece que hay nuevo lío legal en torno a la publicación y venta de un libro. Stefan Zweig es ahora el protagonista de uno de estos desencuentros que tanto llaman la atención de los medios y tan innecesarios e irrelevantes son para el devenir de la literatura. El director de todo esto, algo pasmado porque estas cosas sigan siendo noticia, se ha dedicado a reflexionar un poco sobre el asunto.

 

Una de las grandes desgracias que puede sufrir el legado, la memoria, de un escritor, es cobrar notoriedad por razones totalmente ajenas a su calidad literaria. La mala suerte de Stefan Zweig es que, desde hace ya mucho tiempo, parece ser el único motivo porque el que llega las páginas de los periódicos. La última, en el caso de España, parece ser un incipiente pleito legal que afecta a la publicación de sus diarios por parte de Ediciones 98, justo unos meses antes de la planificada edición completa de los mismos planeada por Acantilado, la editorial que, en el caso del mundo hispanohablante, lleva ya quince años dedicada a la recuperación de su obra.

Como pasó hace unos meses con el rifirrafe a cuenta de las publicaciones en castellano de la poeta novelizada Louise Glück, la polémica y la noticia escapa por completo a lo verdaderamente interesante del asunto: la calidad o interés de esos diarios. Se restringe todo a una cuestión legal que margina por completo lo que tenga de relevante el asunto a efectos culturales para pasar al económico o empresarial, y al jurídico, claro, y por tanto a ser considerado como algo relevante en las redacciones de los medios de comunicación.

Desde hace bastantes años, justo desde que Acantilado comenzase la recuperación de sus libros (que Vallcorba inició en realidad antes, ya en sus intentonas editoriales en castellano que precedieron a Acantilado, como Sirmio), uno ha venido repitiendo lo mismo, que Zweig es un autor interesante y entretenido pero menor, que conviene no olvidar que mientras Zweig escribía se medía con titanes del calibre de Joseph Roth, Hermann Broch o Robert Musil, por no citar a Kafka. Fue, ya en su época, un autor exitoso, cosa que no sucedió del mismo modo con algunos de los autores nombrados, y fue precisamente esa fama la que le valió la notoriedad que lo catapultó a la Historia, por motivos luctuosamente extraliterarios. Como es sabido, el ser una de las figuras más famosas del mundo literario germánico sin esconder su judaísmo le hizo objetivo directo del régimen nazi. Primero el hostigamiento, más tarde la persecución explícita, le hicieron huir de Austria y tomar un papel activo y relevante en la propaganda antinazi. También es conocido su trágico final, suicidándose en Petrópolis, junto a su mujer, cuando la contienda no parecía aún indicar la decadencia del régimen nazi y su derrota militar. Posiblemente uno de los grandes errores vitales de Zweig fue abandonar los Estados Unidos, donde fue acogido como profesor en Yale, para ir a vivir en medio de una colonia germánica, donde posiblemente tuvo que encarar la parte más desagradable del orgullo germánico. No es casual que esa colonia sudamericana fuera el destino de retiro dorado de muchos jerarcas nazis. Acaso, de haberse establecido en Nueva York, de no haberse movido de Ossining, rodeado de la colonia judía y en medio de la creciente oleada de exiliados alemanes que huían del nazismo y tanto aportaron a la sociedad estadounidense, no habría terminado suicidándose. Pero todo eso son conjeturas.

Lo importante a efectos de este texto es que Zweig ganó, por así decirlo, el pasaporte a la posteridad, mucho más por motivos extraliterarios que literarios. Sus novelas son un ejemplo notable de lo que hoy llamamos ficción comercial de calidad, pero no hay un solo libro que pueda compararse a los monumentos que dejaron sus coetáneos austríacos mencionados, mucho más complejos y arduos, como es sabido, pero también mucho más relevantes a efectos artísticos.

Explico todo esto porque, sumidos en un contexto como el actual, con autores tan burdos como Pérez-Reverte convertidos en referentes, en medio de la confusión alentada por buena parte de un grupo de escritores conservadores y, sobre todo, alérgicos a los desafíos intelectuales, que copan las mesas de novedades con libros tan banales como previsibles (pienso desde Elvira Lindo y Almudena Grandes hasta Andrés Trapiello o Manuel Vilas), una novela de Stefan Zweig puede parecer la teoría de la relatividad o la Divina Comedia. Solo ese empobrecimiento de las ambiciones y resultados de las obras de ficción actuales puede explicar el ensalzamiento de la obra de Zweig. No es casual, tampoco, que uno de los escenarios donde de modo más repetido se produce el elogio de Zweig sea en el coto privado de Pérez-Reverte, Zenda, convertido por derecho propio en el club de la literatura entendida de modo reaccionario. Del mismo modo que solo el trastoque en la consideración de la importancia del valor documental frente al desprecio de la ambición estética y artística puede aclarar la aclamación de Vida y destino de Grossman o de las crónicas de Chaves Nogales, que no son sino la culminación de un proceso que se inicia con la ponderación del diario de Anne Frank, comprensible desde la Historia o la sociología, pero difícilmente defendible desde el terreno literario. No es un fenómeno exclusivamente editorial, ojo, algo parecido ha sucedido, por ejemplo, en el terreno audiovisual, ya que la valoración de Shoah de Lanzmann como una película «mejor» que las de Tarkovsky o Eisenstein, por ceñirnos a un nivel más elitista del cine, que viene sucediendo entre la crítica fílmica, responde a ese proceso de revalorización de aspectos documentales e históricos frente a la autonomía estética del medio.

En fin, todas estas reflexiones en realidad pretenden recalcar el hecho de que, en la polémica legal que ha estallado, lo único claro es que la literatura, el arte, importa poco. En El País, artículo de Juan Cruz, he sabido del tema. No he tenido el placer de tener en mis manos un solo libro de Ediciones 98 como para hacer una valoración de la editorial como tal, y apenas me he sumergido en su página web para constatar que me parece una empresa tan respetable como falta de todo interés. Al menos para mí. Si uno se postula como un editor enfocado a la recuperación de los textos más desconocidos o de complicado acceso de aquella generación, cosa que puede tener un interés filológico e histórico evidente, aunque sea un tanto aventurado editorial y comercialmente (por decirlo de modo educado), uno debe elogiar el esfuerzo y alentarlo. Ahora bien, desmarcarse de repente con una traducción de los diarios de Zweig cuando el escritor austríaco estaba ya huyendo del nazismo y se había convertido en un apátrida buscando algo que pudiera llamar hogar, parece tener poco que ver con el enfoque de la editorial. A mí me suena más a audacia comercial, siendo sincero. Y, más gracioso incluso, escudarse en que Zweig murió con la nacionalidad británica y gracias al Brexit el acuerdo europeo respecto a la vigencia de los derechos de autor tras la muerte del autor deja de regir para Zweig es uno de los argumentos legales más peregrinos que he visto en mi vida. Supongo que si esto termina en tribunales la edición deberá retirarse de la venta y los ejemplares se convertirán en coto de coleccionistas de rarezas y poco más. La agencia que lleva los derechos de los herederos de Zweig, ya se ha pronunciado en ese sentido, y creo que hay poco recorrido más allá, cosa que parecen confirmar los letrados consultado por Juan Cruz para su artículo.

Por otro lado, incluso comprendiendo la actitud de Sandra Ollo como editora de Acantilado al plantear su queja e hipotética denuncia, me deja también algo pasmado que, si ellos van a editar los diarios completos, no solo los de los años revueltos, no juegue la carta de que ellos, como han venido haciendo, pretenden poner a disposición del mercado en lengua española toda la producción de Zweig con unos criterios de calidad tanto en la traducción como en su vertiente filológica, y que por lo tanto su lanzamiento eclipsará, sin más, a este que ha generado la polémica. O sea, el argumento debería ser, creo, «nosotros lo hacemos mejor». Otra cosa es que posiblemente no sea ese el caso.

Y, con todo, lo que más me ha llamado la atención es, una vez más, la actitud del gremio de libreros. Esos mismos comerciantes que hace unos meses pedían ayuda para superar la crisis y rogaban a todo el mundo que arrimara el hombro, lectores y editores, una vez más salen por peteneras en todo el asunto porque, como se hace evidente, se trata de vender. Si pueden vender todos los ejemplares de los diarios publicados por Ediciones 98 y luego los de Acantilado, mejor que mejor. Es más que probable que la carta que les ha dirigido desde Acantilado no haya sido la mejor idea, y hasta puede ser comprensible que les haya irritado, lo que no tiene mucha vuelta de hoja es la declaración que reproduce Juan Cruz en su artículo de El País donde dicen que van a seguir la ley. Obvio, nos ha jodido, no van a ir por ahí diciendo que van a incumplir la ley. Los libreros no van a hacer otra cosa que vender todo lo que puedan. Todo lo demás, como se va viendo cada día de modo más claro, se la trae al pairo. Los libreros con comerciantes, como el tipo de la verdulería de la esquina y el de la farmacia. A ver si de una vez por todas se viene abajo ya la paparrucha de la librería como espacio de cultura que nos vienen contando y cada día se sostiene menos. Vender, vender y vender. Si fueran agentes de cultura tendrían los best-seller en las estanterías y en las mesas la calidad, y todos sabemos que siempre sucede al contrario.

Y al final, si uno va hasta el final del asunto, la intención de los libreros de hacer caja de mod explícito es la posición más honesta de todo este embrollo. Acantilado edita los diarios porque quiere seguir exprimiendo la gallina dorada que descubrió en Zweig; Ediciones 98, que ha elegido uno de los nichos de mercado menos rentables que pueda imaginar uno, se dedica a buscarle los tres pies al gato con tal de hacer algo de caja con un libro que no tiene nada que ver con su línea editorial; y todos, editores y libreros, siguen vendiendo la moto de lo insoslayable de una obra entretenida y digna de atención, pero no desde luego tan relevante como pretenden. Sencillamente, la marca Zweig ya vende. Hay millones de autores que no se traducen y no se editan mientras hay cuarenta ediciones de Zweig, basta ya con lo de la función cultural de la industria del libro, si hubiera una intención cultural dejarían de publicar todos los mismos putos libros.

Mientras tanto, para pasmo de quien escribe esto, uno de los pilares de la literatura del siglo XX como El hombre sin atributos de Musil sigue en las librerías en una traducción manifiestamente deficiente, cuestionada por expertos y legos. Y ninguna editorial, de modo legal o no, se dedica a arreglar ese entuerto. Cuando una editorial haga una edición pirata de la novela de Musil a lo mejor me creeré que les interesa la literatura, entretanto todo esto no son más que peleas de mercadillo.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe (Festina, Ciudad de México, 2016). Además ha publicado la novela Lima y limón, que cuenta con ediciones en cuatro países y una digital de alcance global, y Mezclados y agitados. Entre otras cosas es el director de penúltiMa.