Hay muchas propuestas que son tildadas, sin más, como feministas, pese a que se pliegan servilmente a los modos de circulación y validación de la sociedad patriarcal. En este texto Carlos Regueyra Bonilla reflexiona sobre caminos alternativos para visibilizar su obra que han elegido tres mujeres, mediante los que impugnan no ya el estado del arte, sino los medios que se usan para imponerlo.

 

De pie, junto a la ventana, con la computadora sobre una mesa alta, bailoteo mientras intento enhebrar un pensamiento. Escribo desde un cuerpo. Son estas manos las que acarician y pulsan las teclas; estos dientes, los que se abren para pronunciar un murmullo de relectura y es debajo de este pelo que resiste aún la invasión de la calvicie, donde tienen lugar unas conexiones neuronales todavía inexplicables que me hacen suponer que lo que sigue se parece o se acerca a lo que quiero decir.

Llevo cuatro años de hacer un programa de radio sobre literatura costarricense, principalmente movido por la curiosidad. Cada semana entrevisto a alguien acerca de un libro. Pocas veces la entrevistada es mujer; pocas veces, mujer joven.

En Costa Rica pocas mujeres publican libros de literatura y son aún menos las mujeres jóvenes. Estoy convencido de que no son pocas, en cambio, las que escriben.

Este texto quiere ser un diagrama con centro vacío, la enunciación del espacio dentro de un paréntesis y, a la vez, un recorrido que delinea algunos de sus bordes, pero siempre con actitud de boceto y nunca de retrato definitivo.

Quiero hablar acerca de cómo el acaparamiento patriarcal de la palabra escrita y la marginación consecuente de las mujeres de la literatura ha producido una ausencia que (quiero creer) está pronta a revertirse, pero también acerca de cómo, desde aquellos márgenes se está produciendo una expansión del campo literario.

Pensemos lo literario como un universo en expansión del que vamos enumerando eventos y constelaciones conforme vamos leyendo, conforme vamos destinándole tiempo a la contemplación de sus detalles llega hasta nuestros ojos la noticia de una estrella extinta. La expansión de ese universo sobrepasa nuestra capacidad de observación.

Ricardo Piglia, un escritor argentino, entendió como vanguardia aquellas formas que propiciaban esa expansión del campo literario, a partir de una tensión con el canon establecido en un momento dado por la institucionalidad vigente: los límites de lo que acepta como literariamente válido. Hoy me interesa pensar que esa relación (tensa) puede expresarse como una fuerza centrífuga.

Me interesa hablar, entonces, del trabajo de tres mujeres jóvenes que se ubican en los márgenes de ese campo literario y, con ello, ensanchan sus límites.

 

Escribir

Alejandra Marín Solera obtuvo recientemente el Premio Nacional Aquileo Echeverría 2018 otorgado por el Ministerio de Cultura de Costa Rica en la rama de Dramaturgia por un libro que reúne dos piezas de teatro: “Sobre mi casa una nube roja”, y “Happy Family”, así como otros materiales conexos bajo el extenso título de: Hogar dulce hogar es lo que dice el rótulo de madera colgado en la puerta de entrada. Es de lo que huimos a lo que aspiramos. Es el miedo de entrar y el miedo de salir. Es todo y nada de lo que pensamos de una casa.

Anoche, conversando con Alejandra después de la entrevista (que por cierto se puede escuchar aquí: https://mx.ivoox.com/es/32912149) ella destacó que es la segunda mujer en ganar el Premio Nacional de Dramaturgia desde que lo ganara en 2005 Ana Istarú con “La loca”. Además, señaló que el premio fue compartido con otro libro: Julius / Memorias de un juglar, de Rubén Pagura (entrevista aquí: https://mx.ivoox.com/es/29797393).

Y me parece recordar que aportó una perspectiva esclarecedora acerca de por qué mujeres jóvenes no se apropian del espacio literario y me aventuro a parafrasearla, según mi memoria avanza tanteando entre la niebla, así:

Para una mujer puede ser difícil tomar la palabra en una conversación dominada por hombres. En nuestro contexto padecemos siglos de marginación de las mujeres de la palabra escrita e incluso que su voz, sus ideas y opiniones sean tenidas por válidas o importantes. Recuerdo que habló de los diarios como ejercicio de escritura íntima, como una tendencia al enclaustramiento de las palabras de las mujeres (ella no usó la palabra enclaustramiento, pero a mí me parece idónea si recordamos que algunos de esos diarios íntimos se venden con cerrojos y candados), y señaló que una mujer para asumirse como escritora tiene que romper con ese aparataje. También dijo que es necesario que existan instancias o personas que respalden su trabajo, por ejemplo, editoriales.

En su caso, pudo contar con el acuerpamiento de sus compañeras de Proyecto EnRojo: Aysha Morales y Laura Cordero, y de Alfabeto, una editorial emergente. Quizás sin esos respaldos no estaríamos hoy comentando sus escritos.

 

El lugar de la escritura

Los textos de “Sobre mi casa una nube roja” surgieron del juego escénico, en un sentido inverso al del esquema tradicional en el que el texto precede al montaje y los actores y actrices memorizan, digamos, una pieza de Lope de Vega escrita siglos atrás. En este caso se trató de una escritura para la escena (nunca más adecuada esa preposición). Se trata de un largo poema en prosa sobre una forma de huida estancada, de deriva y desarraigo, que, según una mitología casi doméstica, podría llevar el nombre de hidroponía, como metáfora de vida artificiosa, a base de sustratos cual fantasías químicas; y el rostro magnificado de la soledad haciendo una mueca, proyectado sobre una pantalla.

“Happy Family”, en cambio, es el texto de una puesta imposible de llevar al escenario. Se trata de una familia encerrada en una casa que ve una telenovela sobre una familia. La primera está formada por la Mamá, la Abuela, la Hija y el Hijo. El papá y el abuelo son mencionados, pero no aparecen.

La telenovela “Lazos de familia”, por su parte, establece una relación inquietante de reciprocidad con los acontecimientos de la otra familia, la que mira la telenovela. Y es inquietante porque es tenue, como cuando nos quedamos con la sensación de que tal cosa no puede pasar, que sólo imaginamos que los límites de la ficción pueden ser flexibles.

El juego formal de la dislocación del tiempo en un espacio contenido, la ironía ácida como un café ensangrentado, son instrumentos para proponer escenas que cuestionan la maternidad, la religión y el control de los cuerpos de las mujeres, con lo que permiten insertar el texto como un discurso certero en las discusiones vigentes con respecto a los modelos de familia que evidencian una sociedad no solo disfuncional sino distópica (y aquí no me refiero a la ficción de la obra sino a lo que a veces llamamos vida real).

La mascota, el televisor, la refri, la elaboración e ingesta de alimentos, son componentes ampliamente significativos. De modo que el texto es, a la vez, una ampliación de las posibilidades formales de la escritura dramática y una actualización de los temas que seguimos discutiendo en esta contemporaneidad urbana y tropical.

 

Dibujar palabras

Este mérito de la crítica incisiva está presente también en el trabajo de Laura Astorga Monestel. Sobre sus dibujos ya había (miráme la palabra dominguera) pergeñado un escrito celebratorio (aquí: http://revistaantagonica.com/dibujos-laura-astorga/) pero ahora me interesa abordar con algún detenimiento el papel que tiene la palabra, materia prima de toda literatura, en los trabajos de Laura.

Para esto me interesa retomar la manera en la que Alejandra Marín describió la condición mestiza de estas artes de los márgenes: dijo que no son exactamente literatura, pero tampoco dejan de serlo. A menudo los dibujos de Laura tienen una potencia narrativa susceptible de ser leída desde las posibilidades de un relato. Pero quiero apuntar a la palabra literal y lo que podríamos llamar su función estética.

Junto a los seres a veces monstruosos que brotan de la mano izquierda de Laura suele haber palabras que los enuncian o describen y, otras veces, que los propios personajes emiten, a lo que habría que añadir letreros que permiten parodiar las imágenes y discursos publicitarios.

Me parece destacable cómo las palabras que Laura emplea se nutren de y a la vez tergiversan diversas formas de la cultura popular (como los refranes) y del discurso religioso, así como íconos de la esfera pública y los medios de comunicación masivos. El resultado es una distorsión creativa que no acompaña los dibujos, sino que constituye con ellos, de manera conjunta, el sentido.

Artista visual como es, Laura ha dotado de relevancia significativa el aspecto de las palabras mediante el juego con las tipografías. Es posible que esta descripción esté incompleta, pero no quisiera dejar de señalar el recurso del tachón sobre las palabras como una síntesis de lo visual y lo literario: una palabra o una letra que son tachonadas y sustituidas pero dejadas ahí como huella permite una composición que juega simultáneamente con el significado y el significante.

En el texto de Ricardo Piglia del que estos apuntes son un eco distorsionado (Las tres vanguardias, 2016) este autor argentino insiste en figurar una relación tensa de esas formas nuevas de hacer literatura con los medios de masas y las tecnologías que emplean. En el libro de Piglia la reflexión apunta a la prensa escrita, a la grabadora magnetofónica y la cultura pop, pero traigo esto a colación a propósito de los medios de exposición del arte gráfico-literario de Laura.

Si bien ha expuesto en galerías de manera individual y colectiva, me interesa destacar dos polos, si se quiere, de exposición: las paredes y las llamadas redes sociales.

Laura ha buscado que su arte se haga visible en el espacio público de distintas maneras. A veces por encargo, a veces clandestinamente, sus criaturas y, a menudo, las palabras que las circundan también, irrumpen en ese territorio urbano común que habitamos. Hay en ese acto una voluntad de intervención, siempre desde el humor, la parodia y la crítica.

Por otro lado, Laura ha compartido una buena parte de su trabajo a través de diversas plataformas en internet, cuyo acceso puede ser público pero cuya práctica de consumo es privada, a la vez masiva y al servicio de intereses corporativos, pero también aparentemente personal y voluntaria. En esa maraña de datos, nuevos formatos están propiciando nuevas formas narrativas que ya combinan la palabra escrita con el audiovisual y la narrativa testimonial de lo cotidiano.

 

Caída libre: Poesía en stop-motion

En sintonía con esta exploración de las posibilidades del soporte tecnológico para la ampliación del campo literario, Silvia Piranesi publicó en 2017 el primer poemario (del que he tenido noticia en Costa Rica) que no es exactamente un libro digital en el sentido de un documento electrónico descargable, pero diagramado como si estuviera listo para ser ascendido al podio de la imprenta, sino que se trata de un texto que se vale de las posibilidades de la animación digital en conjunto con la artesanía manual del collage para proponer algo nuevo. Caída libre está disponible aquí: https://readymag.com/913987/

El de Silvia es menos un diálogo con la así llamada realidad, (que está más presente en los trabajos de Laura y Alejandra mencionados antes) como una irrupción de la imaginación para incendiar la conciencia. La primera sección, prólogo de los poemas collage animados que me interesan, quiero decir que construye un arte poético de la numeración que me recuerda aquella canción que canta Gilberto Santa Rosa, el caballero de la salsa, con la forma de un conteo regresivo.

Traer a colación la salsa puede parece fuera de lugar, pero es la excusa bailable para hacer referencia a un asunto del que la poesía se ha estado ocupando desde que existe: el ritmo. A pesar de que lo que Silvia nos propone es una secuencia de imágenes, al contrario de los caligramas y otras formas de poesía visual, este formato hace posible jugar con el ritmo.

Hija como es de la palabra cantada, desde la lírica griega hasta los versos alejandrinos, e incluso los haikai y los cantos clásicos de la tradición china, la poesía se ha ocupado del ritmo, consignándolo mediante artilugios visuales como la versificación y sus variantes, y los signos de puntuación.

El artilugio visual, en este caso, pasa por la ubicación de las palabras en el espacio pero también en el tiempo. Por ejemplo, véase la anáfora de la palabra “gravísimo” en el poema de los carros tirados por perros, o la posibilidad de proponer una lectura inversa, de abajo hacia arriba.

Hay en estos poemas, también, lo que se señalaba a propósito de los trabajos de Laura Astorga: la construcción del sentido mediante la palabra en conjunción con la imagen.

Y quiero insistir en que esto se da, también, mediante una conjunción de dos técnicas: una novísima (video-poesía) y otra en desuso por anticuada: el collage. A partir de la combinación de ambos procedimientos es posible proponer una ruptura imaginativa de la sintaxis, que implica una dislocación del sentido, de manera que los ¿personajes?, ¿escenas? o ¿imágenes? en los poemas, como el agua, se hacen añicos a la segunda frase.

Aunque el dadaísmo (entre otras corrientes de inicios del siglo XX) ya había ejercitado el extrañamiento del lenguaje por la vía de la recomposición o desarticulación de la sintaxis, es decir, de la función de las palabras en una oración, no obstante, aunque un siglo de historia literaria ha transcurrido, en nuestro contexto aldeano sigue siendo criterio para el otorgamiento de premios literarios que un texto atienda al apegado cumplimiento de la norma gramatical. De ahí que un conjunto de poemas en el que la coherencia sintáctica parece desajustada y más bien resulta que en su desestabilización hay búsqueda estética, estamos ante una cierta renovación o avance del lenguaje poético, al menos en el ámbito local.

Pero además, el collage, como procedimiento arquitectónico del texto, implica la apropiación de palabras ajenas para trasladarlas a un nuevo contexto en el que establecen nuevas relaciones con otras palabras adyacentes. Y así, mediante la apropiación, se ejerce una postura en torno a la babeada idea de la originalidad, sobre la que también nos había agarrado tarde.

Por otro lado, estas nuevas relaciones de las palabras capturadas y llevadas a un nuevo contexto, suelen conducir al desconcierto, que puede ser una forma de humor. Algunos de los poemas que conforman esta publicación vienen con remate, como los chistes de stand-up, pero con puerto de llegada en la sorpresa, en la desfiguración de la imagen en el agua hecha añicos, y no tanto en una fácil carcajada.

Estoy convencido de que no estaría en este momento dedicando una parte de mi tiempo mercantilizado (que debería destinar a producir ganancias para intercambiarlas por objetos de consumo) a pensar en estas formas marginales de escritura si acaso no encontrara, tanto en las piezas teatrales de Alejandra, como en los dibujos y palabras de Laura y en los collages poéticos animados de Silvia, una apuesta por embarrarse y sumergirse en el lodo nauseabundo de lo infame, lo doloroso, lo terrible, sin obviarlo, sin olvidarlo, sin dejar de sentir su sedimento, pero con el  tanque del oxígeno cargado de humor. Un humor que a veces no me llevará a la risa, que me provocará quizás un estertor de angustia detrás de las costillas, pero que me permitirá seguir viviendo, es decir, leyendo; y husmeando esas bocanadas contra la asfixia.

 

Carlos Regueyra Bonilla (San José, 1989) Se dedica a leer, escribir y hacer radio. Produce el programa de entrevistas sobre literatura El placer del texto que se transmite por Radio U. En 2016 la Editorial Costa Rica publicó su novela “Seis tiros”, ganadora del Premio Joven Creación de ese año.

Todo texto es un Palimpsesto, pero más todavía los que versan sobre otras producciones culturales. Haciendo un leve homenaje a Genette, en Palimpsestos se recogerán los textos críticos. En penúltiMa la crítica es meditación y diálogo. Los textos que pasan a entretejerse con aquellos de los que hablan.

La imagen que ilustra el texto es de Laura Asrtorga Monestel.