Si hay una ciudad mitificada literariamente, ésa es Buenos Aires. Lo que sucede es que ese mito está enraizado en el pasado, en unas calles donde hoy no pasa nada ya literario, sino meras efemérides vacías de todo interés, y la verdadera vida artística y bohemia de la ciudad se desparrama en círculos para iniciados que, muchas veces, el lector aficionado desconoce hasta que han desaparecido para tornarse mitos que reemplazan los ya carentes de aura. Inés Acevedo, en este relato autobiográfico, recupera el entorno de Francisco Garamona y su librería La Internacional Argentina, uno de esos lugares tan imprevisibles como mágicos, donde uno puede caer enamorado o salir espantado. A veces al mismo tiempo. Ah, y aparece Hebe Uhart, un lujo que la literatura argentina puede permitirse y que muchos desafortunados aún no conocen. 

 

No aguanto que haya un solo comienzo para una historia, y me cansé de empezar esta mentalmente cada noche; pensé tanto; no recuerdo ni una de esas frases esclarecedoras que se me escurrieron muchas noches al perder la conciencia, y así es mejor, porque en el caso de que recordara una o dos, decidirme por una de ellas me habría recargado la espalda; dos problemas entreverados, uno real, otro imaginario: no recordar y no querer sufrir el desgarro de una elección, problemas que resuelvo, como siempre, haciendo lo que puedo con lo que hay; ¡pensé tanto en todo esto!… y lo contaré, porque este padecer no me lo quita nadie, debo sacar algo bueno. Pero al igual que todo humano merezco una introducción, que es la merced de tomar la palabra que no se le debe negar a nadie, por eso es mi merced establecer esta humilde baldosa sobre la que me tambaleo, rectangular y gris, la baldosa floja que me encharca, y traigo aquí que tengo los pies mojados y fríos y hay falta de integridad en todo lo que me rodea; que mi cuerpo está lleno de virus, estrés y traumatismos, y la limpieza de mi casa y de mi escritorio dejan mucho que dejar, que desear, quiero decir: los trapos de piso, aun enjuagados, llevan restos de vómitos de la familia de toda la semana y las sábanas de la cama están cubiertas de toallas viejas; para terminar, un inesperado aumento de sueldo que se me acaba de comunicar se vive, aquí en las vértebras, como un cúmulo de responsabilidades, entreveradas de nuevo, que caen sobre mis espaldas y harán que la escritura que la que la escritura que la que la la la, la…

Cada vez me voy encorvando, me consumo; la muerte es algo con lo que me enfrento a diario. Uñas y piel percudidas, pérdida ingente de restos celulares. Consumirse en una cama es algo digno; pero consumirse en una baldosa floja, como la que yo transito… Se trata de esa la cuestión, que es, en mi caso, la dignidad. Dolores neurálgicos continuados anuncian que toda esta joda, este dar vueltas por los pasillos de mi casa en busca de algo que me olvidé en algún lado, tratando de darle sentido al objeto que llevo estrangulado en las axilas, pronto será reemplazada por un descanso profundo como el que nunca pude vivir en la vida. Pero yo quisiera saltar la baldosa, morir dignamente en una cama, y no embarrada. En tanto, la escritura de mi testamento se impone, pero no le puedo dar cabida, porque yo marcho a las rutinas como si no me fuera a morir, porque otra cosa es imposible hasta que no se declare la rémora biológica que me dará fin. Y no escribir mi testamento no me sienta nada bien. Otras veces pienso que los treinta y tres años pueden ser el comienzo de algo, siempre y cuando no me muera antes de los treinta y cuatro. ¿Pero no es injusto vivir así, siempre en el siempre y cuando? ¿No es así como he vivido toda mi vida, sintiendo, desde mis cuarenta años hasta acá, resbalar un solo dato del agotamiento: que merecía una muerte, digna o no, pero muerte al fin? ¡Ah! La lectura de los diarios de Kafka ha traído muchas más alternativas de las que yo soñaba para mi vida el día de mi cumpleaños treinta y tres.

 

Mi drama es que he escrito una novela endemoniada. Todo empezó con un idilio que viví con Stephen King. Nos tomamos una semana de vacaciones con Martín, y yo había leído Carrie y la trilogía Otoño, verano, primavera y había quedado fascinada. Durante esa semana de vacaciones en una quinta, yo estaba leyendo It, y visitamos por cortesía a un criador de caballos de carreras que nos invitó a comer un asado. Era un señor divorciado que criaba caballos y vivía con su joven novia que estudiaba  veterinaria en la ciudad cercana. Comimos en el edificio del criadero, y más tarde, la chica, de mi edad, me llevó a conocer la casa, que era un rancho moderno de tan solo dos ambientes. De allí, cuando abrió la puerta de la sala muy bien calefaccionada, salió caminando una perra con el vientre redondo como una pelota de fútbol. Caminó con dificultad para acercarse a su dueña, y ella la alentó a que diera un pequeño paseo por el jardín. La perra se hacía tan pequeña por la dificultad de caminar que en determinado momento desapareció bajo una planta de azucenas. Luego se acercó a una canilla y tomó agua de una fuente de cemento. Era un día soleado de invierno. El sol hacía brillar el color de su pelaje, parecido al pasto seco en invierno. La chica me dijo que la perra estaba a punto de parir.

Al otro día, en el living de la quinta, que era donde pasábamos gran parte del día leyendo en un enorme sillón frente al hogar, comentamos algo de todo esto. Martín me dijo por qué no escribía una novela como las de Stephen King, y yo respondí diciendo que era una buena idea, que podría escribir sobre una perra extraterrestre preñada. Poco después, dejé mi trabajo en la panadería, me lancé a la vida de correctora freelance, y quedé embarazada. No recuerdo si empecé a escribir la novela estando embarazada; es probable que haya quedado embarazada hacia la mitad de la escritura de la novela, que duró tan solo dos meses.

La idea firme era escribir sobre una perra extraterrestre preñada (y mientras escribo esto, mi hijo está enfermo, después de la gastroenteritis, tiene un virus febril, y Martín continúa luchando con la gastroenteritis, y ambos me reclaman a su lado en el sueño). La idea era escribir sobre una perra extraterrestre preñada, pero cuando finalmente lo hice, nunca pude mostrar aquella imagen: la perra inflada, las tetas asomando por debajo del relieve dorado, un hocico oscuro y perfilado, la mirada ida, sin esperar nada de nadie, ni siquiera de su dueña.

Me dejé llevar. Tenía una rutina de escritura de las 6 a 10 de la mañana, y cuando terminé la novela, había completado cuatrocientas cuarenta y cuatro páginas. La historia ocurría entre Navidad y Año Nuevo en un pueblo, y era “una especie de ET”. Así se la resumía yo a mis amigos, pero era incapaz de recordar los detalles, porque me había ceñido a una regla estricta: nunca releer lo escrito. Siguiendo una costumbre de la adolescencia, cada día dejaba sin completar un acontecimiento importante, y al día siguiente me era fácil recordar cómo seguir sin tener que repasar nada de lo anterior. Sintaxis y estilo no importaban, prolijidad del manuscrito aún menos; lo importante era avanzar. Un embarazo accidentado hizo el resto, y el manuscrito quedó así nomás: sin revisar, bien regordete. Esperaba dejarlo descansar dos meses para retomarlo, pero pasaron dos años. Entonces, cuando Gregorio estaba dejando la teta, se vinieron aquellas noches de misterio inquieto donde pensaba ¿con qué me voy a encontrar cuando abra ese archivo?

Por ese entonces hubo un gran quiebre en mi vida. El quiebre fue tan grande que no me acuerdo muy bien lo que pasó. Aconteció un tremendo descubrimiento sobre mi pasado que quebró mi existencia para siempre. Pensar en corregir el mamotreto me dio miedo. Lo que quiero decir es que, al borde de aquel central descubrimiento, intuía que el mamotreto (el mamo, como le digo en confianza) podía contener algo terrible del pasado: una verdad no revelada y monstruosa. Lo sentía como desbrozar un monte lleno de arbustos que pinchan y serpientes incurables. Claramente, no sobreviviría a ese proceso. Estos detalles los comprendo ahora, pero diría que en aquel momento el mamo me producía solo una vaga inquietud; el mamo, como yo lo pensaba, era un libro en el que había anotado cosas que luego habría de tener presentes para después ordenarlas. En aquella época intuí que iba a ser difícil ordenar las cosas. Y era verdad.

Pero dos sucesos muestran mejor lo patética que fui, porque se puede tener razón y también estar muy confundido. El primero ocurrió cuando me invitaron a leer un cuento a una cadena de librerías por el Día del Escritor. Había allí tres escritores. Cada uno leyó su texto y luego el público hizo preguntas. La cuestión es que, sin importar la pregunta que hicieron, yo me las arreglé para comentar que estaba muy contenta escribiendo una novela inspirada en Stephen King. Lo dije para escandalizar a los escritores, porque los veía muy estereotipados: una era una escritora social, el otro era un escritor experimental esotérico, y el tercero era un solemne. En cuanto a mí, yo me consideraba la excéntrica, me quería hacer la que Stephen King me motivaba solo para diferenciarme de los demás y hasta diría que pretendía buscar la complicidad del público. Por casualidad, poco tiempo después, hube de ir de nuevo a esa librería para una charla en la que Hebe Uhart daría un decálogo de escritura. La charla estaba organizada por el mismo chico. Para entonces yo ya estaba embarazada y acababa de terminar la novela. Recuerdo que escuché el decálogo de Hebe y lo anoté minuciosamente en un cuaderno. Entonces, a la salida, estábamos en el ascensor con Hebe y el coordinador, y él me preguntó por mi novela. Allí fue que dije esa frase tonta que luego repetí tantas veces, incluso aquí, yo dije: acabo de terminar mi novela. Tiene cuatrocientas cuarenta y cuatro páginas, pero no tengo idea de qué es lo que puse. Me sentía muy viva de poder decir eso, como si solo fuera medium de la escritura (algo que Hebe recomendó enfáticamente aquella tarde, citando, si mal no recuerdo, a Simone Weil). Entonces Hebe me invitó a tomar un café e inmediatamente recibí una severa admonición: cuidado, me dijo. Cuidado con la ciencia ficción. Me es difícil reconstruir sus palabras, pero el concepto era ese: cuidado. Cuidado con la ciencia ficción. Sus palabras sonaron muy simples en la pequeña mesita, entre los dos cafés, entre las dos mujeres. Yo las tomé con la palma de la mano y las aparté, como una hechicera, como malignos vapores provenientes de la poción de una bruja enemiga. Pero respetaba su opinión, porque venía de alguien mayor a quien admiraba; sin embargo, me pareció que criticar un género en sí era prejuicio o cuestión de gustos. Hebe fue la primera persona en rechazar mi novela. Pero su rechazo hacia mis fantasías las hizo más mías, las apuntaló. Después de tomar el café, Hebe dio por terminada la charla y me ordenó que me fuera a mi casa. Así lo hice, y tomé el colectivo apurada, pues como embarazada que era, no me gustaba estar de noche en la calle. Así comenzó el período de reposo de la novela, que duró dos años.

***

Sigo de la manera que puedo: ahora escribo con mis piernas, piernas largas y hermosas, que corren rápido pero no piensan demasiado. Ahora me iré a dormir luego de la visita de Germán y Julia. Gregorio se portó muy bien: fue un niño bello y juguetón. Comimos sándwiches de miga. Luego, nos acostamos en su cama, me contó dos cuentos y me dio la espalda para dormirse. Apagué la luz y me quedé abrazada a él un ratito. Ahora comienzo a transitar un cuadro gripal, con la bolsa de agua caliente y un intenso dolor en la columna. Eso es todo por hoy.

***

Gracias al impulso de María, mi terapeuta, emprendí la corrección de la novela. Fue fácil borrar párrafos que estaban de más: borré ciento veinte páginas. Lo terrible fue descubrir, acercándome al esqueleto de esa historia, que el texto era un tonto ejercicio de escritura. Si solo hubiera sido eso, la habría descartado. Pero yo sentía latente algo verdadero en esa novela, algo que debía salir a la luz. Así que interpreté mi duda estética como un boicot, y esa contradicción trajo aún más sufrimiento a mi vida. Incluso después de haberla corregido, noche tras noche, antes de dormir, traté de buscarle un sentido a la historia. Trataba de pensar cuál era el quid, intentaba resumirla. Pero es algo que aún hoy solo puedo hacer con mi mente, pues cuando intento escribirlo no me sale. Este es el mejor resumen que he podido lograr hasta ahora: la tarde de Nochebuena, un meteorito cae en un pueblo, en la casa de una humilde  familia, y esa tarde, Tati, una de las hijas, conoce a una perra androide llamada Susi. Tati tiene la esperanza de ser abducida por los extraterrestres para poder escapar de su triste vida. En cambio, la noche de Navidad, el hermano de Tati muere, jugando en el meteorito. Entonces aparece Leo, un especialista en meteoritos. Leo comienza a visitar el lugar para saber más sobre el extraño suceso. Susi le revela a Tati la razón de su viaje, que es la búsqueda de una profecía sobre el Universo que Tati debe escribir. Tati, su hermana y sus amigos se reúnen para investigar el misterio del meteorito y descubren la existencia de un malvado perro androide, un enemigo de Susi llamado Sulivan, con quien ella compite para llevarse la profecía. Tati no quiere contarles a sus amigos su secreto que ella es la encargada de escribir la profecía y que oculta a una perra androide, pero al final, su hermana y sus amigos descubren la verdad y la obligan a escribir una profecía para que los androides se vayan de la Tierra y los dejen en paz. Tati escribe una profecía falsa. Las cosas se complican cuando Susi, la perra, declara estar preñada y decide quedarse en la Tierra a tener a sus cachorros. La perra androide parirá, al tiempo que Leo, el investigador, que en realidad es un androide, se marcha de la Tierra con la falsa profecía de Tati.

Por momentos el texto me parecía tan entretenido como una novela de Stephen King; por momentos estaba convencida de que era una bazofia. Pasaron varios meses y todavía nadie la había leído. Entonces Maga, que trabaja en una editorial grande, me la pidió para pasársela a su jefa. Al poco tiempo decidí mandarla a un concurso, entonces le dije a Maga que aún no la leyera hasta no saber si había ganado o no. Para poder presentarla al concurso la tuve que reducir aún más y de trescientas páginas pasó a tener doscientas. Estaba tan nerviosa que me confundí y la presenté 10 minutos después de la fecha de cierre. Pasaron dos meses y una vez que supe que no estaba entre los finalistas, por fin pude pasarle la novela a la jefa de Maga, pero resultó que la acaban de echar. Finalmente  Maga la miró y me dio a entender que no sería posible publicarla en la editorial grande. En ese momento Martín la leyó y opinó que la novela estaba verde y que todos los diálogos sobraban. Me aseguró que había sido imprudente de mi parte presentar la novela así como estaba en un concurso o en una gran editorial. Le respondí tranquilamente que un editor podía encontrar el valor del texto más allá de esos errores.

La cosa se empezaba a trabar, pero aún me quedaba una alternativa si quería publicarla: no tenía más que mostrársela al editor de mi primera novela. Seguramente, él estaría interesado. El problema es que yo no quería dársela. Dársela implicaba ir a verlo, y yo no tenía ganas de ir a ver a nadie. En realidad, yo tenía ganas de que alguien quisiera verme a mí. Me dolía que nadie me hubiera invitado a tomar un café para pedirme un texto. Para ese momento, yo había fundado mi propia editorial, y había hecho de mi política principal el invitar el café de mis autores. Desde los diecisiete años, cuando un amigo escritor me dijo, cuando vio que yo comía los fideos cortándolos: “un día un editor te invitará a comer, entonces, mirá: los fideos no se deben cortar, se comen enrollándolos”, yo me había quedado con la idea de que alguna vez me sentaría frente a un editor a comer pasta; luego, debido a la crisis, había reemplazado, siempre mentalmente, la pasta por un café, pero la idea de que me invitaran había sobrevivido. Yo como editora encontraba gran placer al momento de decir a mis autoras “yo invito: sos autora”. Pero a mí nadie me había pagado un café (aunque mi editor me regaló un montonazo de libros, diciéndome: te regalo este libro: sos autora de la casa). Pero no soy justa en esto. Había otras razones también, mi editor había publicado mi primera novela, me había dado la oportunidad de estar en un libro, era como un padre. Y yo no quería volver al padre: quería escapar del padre. Fue entonces que, como un salvavidas, recibí un mail de un interesado en mi novela. Era un tal Denis y tenía una editorial que se especializaba en ciencia ficción, y venía de parte de Maga. Pensé que la situación era ideal. Nos juntamos con Denis tomar un café: mi tan ansiado café se hizo realidad. ¡Tenía tantos nervios! El hecho de que alguien pagara mi café me parecía como saltar de mi baldosa barrienta a la alfombra roja. Pero estaba inquieta, algo no cuajaba. Me inquietaba y me animaba al mismo tiempo que la editorial de Denis fuera mucho más pequeña que mi editorial anterior. Como pensaba que mi novela era una bazofia, me animaba que la editorial fuera pequeña, porque eso haría mi texto menos visible, pensaba que podía ser una novela secreta, y eso era divertido pero tonto al mismo tiempo, e injusto en todo sentido. Y me sentía inquieta porque, si bien algo enemistada internamente con mi primer editor por nunca haberme pagado un café, yo no dejaba de considerarlo el editor indicado, y además no era un editor que tomara café, porque siempre tomaba cerveza. Pero lo que yo necesitaba en realidad, lo que necesitaba desesperadamente era que alguien leyera mi novela y me dijera su opinión: que le encantaba. Como hago yo con mis autores, que les descubro el algo bueno y los ayudo a desenvolverlo, le encuentro lo lindo a todo. Y yo no sabía si Denis podría hacer eso. No. Lo que pasaba más bien es que yo estaba segura de que la novela no era mejorable. Así que simplemente esperaba un sí o un no. No había un punto medio. Pero luego del café con Denis, en que traté de transmitirle estas inquietudes, mis dudas persistieron.

Para colmo, ese día pasamos con Denis por la feria La sensación, donde me crucé cara a cara con mi editor. Y esa era la inquietud mayor: que me parecía incorrecto darle la novela a Denis sin que mi editor supiera nada. Así que esa misma noche le escribí a mi editor justificándome: te cuento que le pasé mi novela a Denis: es de ciencia ficción y los protagonistas son niños, yo sé que eso a vos no te interesa… Su respuesta fue: niños, ciencia ficción: ¡mis dos cosas favoritas del mundo! Lo cual me obligó a que nos citáramos en su local para hablar del tema. Habíamos quedado hacía un tiempo en reunir algunos cuentos para un libro que pensábamos titular Jajaja, algo que a mí me entusiasmaba mucho; así que la excusa de nuestra reunión fue hablar un poco de cada cosa.

Esa tarde Padilla era la antesala de una misteriosa Villa Crespo que se remontaba directo al lejano oeste, tal como sospechaba yo todos los días cuando salía de la oficina rumbo al jardín de Gre. Había una peluquería con la puerta abierta; la peluquera había sentado a la clienta en el medio de la vereda y le secaba el pelo. Hacía 3 grados de sensación térmica. El cielo era rosado como un papel, y descubrí la torre de una iglesia solitaria entre dos torres altísimas, que me habían dicho que era una iglesia única en el mundo. Justo enfrente de esta estampa estaba el dojo central, donde paré para charlar dos minutos con Cristian, mi ex sensei, un campeón de karate destacado. La charla tenía como objetivo saludarlo, pero también recalentar mi espíritu. Mi vida era trabajar en la oficina y luego ir a casa a preparar la cena, mientras que la vida de mi editor era pasársela hablando de libros y de cosas divertidas con la gente que lo visitaba en su local, y yo necesitaba llegar recubierta de algún tipo de cosa social mía (el karate que practico dos veces por semana).

Encontré a mi editor ocupado en varios asuntos en la sala de atrás. Cuando terminó de organizar sus cosas, pasé a la sala y me hundí en el enorme sillón de cuero. Quedé allí, muda, apreciando su increíble colección de arte contemporáneo. Estar hundida en el sillón me enajenó, el porro que me fumé, tan solo una pitada, terminó de hacer lo suyo, me daba frío en la cara, parecía que el aliento de los otros me raspaba la piel, y pronto me sentí convertida en un cuadro; puedo decir que fui, por un ratito, una obra de arte conceptual: creo que una mujer siempre está expuesta en un sillón.

Al lado mío estaba Ruy Krygier. Comentamos algo de nuestros hijos, pero mi editor dijo que ese tema lo aburría. Ruy me explicó que todos los martes se acercaba al local para corregir su novela. Pero Ruy parecía algo picado contra Francisco, creo que porque Francisco le tomaba el pelo, diciéndole un sobrenombre que no le gustaba, un juego de palabras que no entendí. Me acuerdo que Ruy y yo coincidimos en recalcarle a Francisco que su teléfono se le había roto no “porque la batería se había dañado” como decía él sino porque hacía cinco minutos se le había caído al piso, pero Francisco negaba que su celular se hubiera caído, y yo aseguraba “haber visto cómo la carcasa se desprendía del aparato estallando en el piso”, y Ruy agregaba el detalle de “haber escuchado cómo el celular estallaba en el piso”. Yo estaba contenta de tener una conversación de drogadictos. Luego llegó Fernanda y trajo algunas anécdotas que nos emparejaron a las dos como madres. Hasta el momento solamente habíamos hablado un poco de los cuentos. Pronto yo me sentí demasiado drogada y quise volver a casa. A poco me levanté, Francisco me preguntó por la novela, y se resistió a creer, como yo le resumí, que el libro era muy malo. Pero Fernanda sí parecía comprender. Cada uno sabe lo que hizo, dije yo, mirando los cuadros. Es cierto, cada uno sabe, dijo ella, y me sentí comprendida, de artista a artista. En ese momento, como conclusión a este acuerdo femenino tan entrañable, giré mi cara, que la tenía puesta en los cuadros y miré a Francisco y le arranqué una promesa. La promesa era confesar la verdad. Si no te gusta esta novela, no la publicaré. Ni con vos, ni con Denis, ni con nadie. Pero Francisco nunca llegó al final de esa novela.

Aquella noche envié un mail a Denis contándole todo. Esperaba que su respuesta fuera leer la novela como un rayo para pedirme por favor que la publicara con él, decirme que su catálogo no podía prescindir de mi texto. En cambio, recibí la siguiente respuesta: si Francisco la está leyendo ahora, entonces yo esperaré a que él termine para arrancar a leerla. Esto me decepcionó grandemente. No era lo que yo hubiera hecho como editora. Y así pasaron dos meses más.

Me hubiera gustado que esta historia se pareciera a La vida nueva, la hermosa novela donde César Aira cuenta la historia de su primera novela, y que se la presté a alguien, por eso no puedo citarla, pero no es el caso, porque es este el caso, comprendo llegando al final, de una novela que nunca verá la luz, ya que ahora, y digo ahora mismo, mientras miro un peluche marrón que está tirado a la derecha del teclado, he decidido no publicarla, excepto que muera, en cuyo caso, sí lo haré. Listo, este es mi testamento, y ahora puedo morir en paz.

Pero resta algo, como siempre, y ese algo es poder acomodar la baldosa en la que me hallo, ver si puedo acomodarme yo en sí para dar el gran salto, preferentemente sin encharcarme, sin que se note una marca sucia en mi pantalón; y esto es concreto, me refiero a algo material, esa baldosa puede hallarla cualquiera en la calle Lavalleja, en esa interesante diagonal que recorro desde Corrientes a Córdoba, está casi donde siempre sospeché que un portero quería violarme, y por eso he de cruzar la calle todos los días, tomando el lado izquierdo, y caer justo en esa cuadra donde está la baldosa floja, cuando todos los días dejo a Gregorio en el jardín y camino a la oficina por Lavalleja, y pienso siempre en esa parte de Villa Crespo tan pero tan hundida, tan oscura, y me dirijo en diagonal hasta Córdoba, trepando una pendiente que poco a poco me conduce al sol, y es entonces que trato de esquivar la baldosa, pero como muchas veces me siento tan triste de dejar a mi hijo, muchas veces la piso y me ensucio; y un día, ansiando como siempre un encuentro importante con una mujer, un encuentro esclarecedor y de un carácter tan definitivo como mi primer encuentro con María, mi terapeuta, que con tan solo nueve palabras cambió el curso de mi existencia, yo emergí de la diagonal y en el café Carioca de la esquina de Córdoba y Lavalleja, vi a Hebe Uhart tomando un café. La saludé del otro lado del vidrio, y al minuto estuve sentada frente a ella. Ella estaba escribiendo en un block grande, con letra manuscrita, con fluida tinta negra oscura, y apartando el papel, avergonzada de que la hubiera descubierto en sus escrituras, me aclaró que venía a un outlet a comprarse un pulóver porque hacía mucho frío, entonces repasamos, como malabaristas, los temas que a ella le interesaban, entonces me preguntó por mis cosas, y yo pude soltar la bocha, le conté toda esta historia, aunque resumida, porque soy incapaz de hacerme escuchar por un lapso más grande que el que marca la sintaxis más sencilla de este hermoso idioma, y sus palabras fueron, como siempre, de respuesta escueta. Descartá esa novela. Descartala…  Total, no pasa nada. Sí, claro, tenés razón, respondí, porque siempre digo que sí a todo, y luego pagué mi café y el de Hebe, entonces Hebe me hechó para poder seguir con sus cosas, con la excusa de que era hora de comprarse el pulóver. Más tarde le comenté esto a Paula. Nadie quiere a los extraterrestres, le dije, nadie los quiere y el mundo está contra mí, pero yo he de publicar mi novela, o acaso un cuento donde aparezca esta increíble escena.

Ya todos las tardes, al volver a buscar a Gregorio, paso por ese café, y ya vale la pena esa calle, porque por la tarde es el oeste, allí está el sol en Villa Crespo, y hay una rendija que solo yo conozco donde veo la puesta de sol, y repaso mentalmente el resumen de mi libro, yo, la experta en resumir, ¿pero qué salta de todo esto?, me pregunto; sin dudas, algo raro que salta es la muerte del hermano, me respondo, y repaso el resumen: el hermano de Tati muere jugando en el meteorito, qué frase tan particular, pienso, cuento nueve palabras. Está bien. Ya conté lo que tenía que contar, me invitaron a un café, y yo también invité, ya me puedo morir en paz.

Septiembre de 2016

 

Inés Acevedo

Inés Acevedo (Tandil, 1983) sorprendió, primero, al mundo literario argentino con el manuscrito que sometió al criterio del jurado del Premio Indio Rico, que estuvo formado por Edgardo Cozarinsky, María Moreno y Ricardo Piglia en la edición dedicada a los textos autobiográficos, y obtuvo una mención de honor. Por ese motivo Francisco Garamona editó el libro aunque no hubiese ganado el premio dentro de ese juguete rabioso que es su editorial Mansalva. Una idea genial, así se llamaba la novela autobiográfica, recibió parabienes críticos de modo casi unánime y llamó la atención de Ana S. Pareja, que la editó en España dentro de la editorial Alpha-Decay. Poco después Acevedo se lanzó a la edición en un proyecto independiente y lleno de ilusión llamado https://www.lacoleccion.com.ar/, donde publicó su segundo libro: Panadera. Ahora está a punto de publicar Jajaja, de nuevo en Mansalva, y este texto, inédito, es el primero del libro.

Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.
Personae es la sección que habla, como su nombre indica, de las máscaras, tanto las ajenas como la propia, porque todo texto autobiográfico está preñado de ficción y todos los textos ficcionales han brotado de las semillas de nuestra experiencia. Muchas veces la mejor máscara es la del rostro propio.
La imagen que ilustra el cuento de Inés Acevedo es una instantánea del taller del colectivo Mondongo, formado por Juliana Laffitte y Manuel Mendanha, que forman parte, también, de ese círculo de relaciones personales y artísticas al que alude el texto. En su trabajo el manejo de los materiales es determinante, y acaso en esta instantánea el que no conozca su trayectoria puede hacerse una idea más cabal de ese aspecto. En la actual edición de la feria ARCO 2017 van a realizar una intervención dentro del programa que destaca a Argentina como país invitado del evento.  Su sitio web es este: http://www.mondongo.tv/