La pandemia ha motivado una presencia constante de la industria del libro, pero no necesariamente de la literatura. Es más, la literatura cada día tiene menos que ver con esta avalancha que se nos echa encima a través del mundo digital.

 

No voy a contarles nada nuevo. Al menos no espero que lo sea. Lo que sí voy a hacer, acaso, es decirlo públicamente. Publicar conversaciones que ha tenido uno ya en varias ocasiones. No revelar secretos, no airear intimidades, no, nada de eso. No habrá aquí comidilla. Al contrario, se trata de minucias, de calderilla, pero acaso sea en esas monedas que nadie quiere y terminan por pasar más tiempo que ninguna otra en nuestro monedero donde puedan encontrarse cosas más verdaderas. El pasado 14 de marzo el mundo se paró, y desde entonces hemos vivido como si estuviéramos en medio de un atasco. Encerrados, sin avanzar, contemplando a la gente de los coches de nuestro alrededor, tan encerrados como nosotros, tan aburridos como nosotros, y tan ansiosos por que el tránsito se retome, porque las cosas vuelvan a circular, por retomar el trasiego de la vida. Yo, al igual que muchos, viví el verano sin vacaciones, cargado de trabajo y un poco menos encerrado que el fin del invierno y la primavera, pero desde luego no con la sensación de libertad. No me atreví a salir de viaje con el coche, y lo seguí usando para trayectos cortos o lo dejaba ahí, aparcado. Qué dineral hemos gastado en el seguro de este año, que en realidad no ha sido más que otro más de los muchos gastos estúpidos en que hemos incurrido o no hemos tenido otro remedio que afrontar.

Y, sin embargo, parece que en la literatura todo esto se ha notado menos. Durante el confinamiento de la primavera comenzamos a hablar del bache que supondría para las librerías. Los libreros alzaron la voz y todos nos unimos a ellos. Fuimos todos uno. Unos de modo más efusivo que otros. Defendamos las librerías frente al monopolio de las multinacionales de internet, dijimos. Y algunos, incluso, se mojaron por ellas, bien porque quisieron o bien porque se lo pidieron (es imposible decir que no cuando quien vende tus libros te pide algo, qué va a hacer luego sino dejar de venderlos), así que todos estuvimos con las librerías. O casi todos. Hubo unos que no se mojaron mucho por ellas, incluso que en algunos países las puentearon, como sucedió en Argentina donde Planeta se puso a vender por su cuenta y riesgo compitiendo con las librerías. ¿Salió bien la jugada? No mucho. Pero la jugada ya estaba hecha. Como suele decirse, ya se la habían jugado. ¿Y qué pasó? Nada. No pasó nada. Los libreros argentinos siguen vendiendo los libros de Planeta. Y aquí no ha pasado nada.

En España muchas editoriales pequeñas se mojaron por las librerías. Llegó el verano y llegó el otoño, y las librerías estaban abarrotadas de novedades, sobre todo de las tres multinacionales que dominan el mercado. Las editoriales pequeñas que hicieron campañas por las librerías están donde siempre: en la mesa de novedades una semana y en las estanterías en proporción mucho menor que los grupos editoriales. A estos también se la han jugado. No es Messi el único jugón que se ha quedado en España. Sí, Cataluña sigue siendo España, aunque a tantos les cueste/moleste entenderlo.

¿Y nosotros? Nosotros somos los lectores, no los críticos, no los escritores, no los que hacemos revistas como esta. No, en este contexto, el contexto de esta columna, somos los lectores. Los lectores no hemos sufrido tanto con este año robado. ¿O sí? ¿Tenemos el tiempo de antes para leer? Yo tengo menos, porque el teletrabajo se ha comido los viajes en transporte público en los que leía. Tengo menos porque antes gracias a poder hacer trabajos en casa distribuía mis horarios de tal modo que podía tomarme un respiro a media mañana para tomarme un café y leer un poco. Ahora tengo los gritos de los niños de la vecindad, así que leo menos. Antes tenía la calma de la noche, ahora llego a la noche agotado y no leo. Aún así he leído por ahí en columnas y redes sociales que la gente lee menos porque está ansiosa, porque no se centra. ¿En qué no se centra, me pregunto a veces?

Otros, los del gremio, me dicen que no dan abasto con las actividades a través de internet que florecieron como hongos desde la segunda o tercera semana de confinamiento. Nunca hubo tantas presentaciones como ahora, o nunca fue posible acudir de modo más sencillo. Encienda su aparato y póngase cómodo, puede disfrutar de la presentación que está sucediendo en cualquier rincón del globo. Las hay para todos los gustos, deberían haber hecho una página web con los horarios valiéndose de los husos de todo el planeta. En cualquier momento del día una presentación, una mesa redonda, una charla. Nunca se pudieron hacer carteles de tanto nivel. Antes había que pagarle el viaje al invitado y era complicado financiar a más de una estrella viajando para debatir con otra estrella. Ahora es baratísimo, porque basta con que se conecten. Antes algunos, los más afortunados, los menos tímidos hasta cobraban por ello. Ahora a nadie le pagan. ¿Te van a pagar por sentarse frente al ordenador en tu casa? Nadie pide dinero por eso. Además, arrimamos el hombro, le entregamos un poco de amor a los espectadores, a los lectores, quién sabe cuántos libros se venderán después de esa mesa redonda en la que el promedio de conectados fue de… tres personas. Pero no seamos pesimistas, esas tres personas son magníficas, merecen todo el esfuerzo, la ilusión del moderador y los tres panelistas. Hay más gente en el cartel que conectada, pero no importa. Además, los organizadores de estas cosas, que deben ser luminarias cuyos designios desconocemos, se contraprograman. Siete presentaciones virtuales a la misma hora de un jueves madrileño. ¿Nadie ha pensado en escalarlas? Oye, hagamos uno la presentación a la una, otro a las dos, otro a las tres. Quizás de ese modo repartamos a los cuatro que se conectan. No, mejor todos contra todos. O coincidir en fechas. Este festival que hacemos todos los años lo mantenemos virtual, los otros hacen lo mismo pero sacan una pantalla a la calle, para que los locales vayan a ver en la calle pasando frío y proyectados en una sábana lo mismo que pueden ver calientes en su pantalla retina.

Pero, más allá de todo eso, nunca se pudieron hacer tantas y tan buenas mesas redondas. Qué carteles más fantásticos, lo más modernos (o más idiotas, suelen ser adjetivos intercambiables) usan el término line-up. Cuánto resplandor. Y, en cambio, si uno se anima a verlos, qué predecible todo. No es que digan idioteces. Las idioteces las dicen los idiotas y en estos encuentros se invita a referentes, y los referentes suelen hacer gala de su función: dicen cosas de referencia. Sabidas, esperables, perfectamente previsibles. Comienzan a hablar y uno ya sabe por dónde van a ir: no me encorsetaría en ningún género, el género es cosa del pasado, el presente es híbrido, la hibridez es el futuro, seremos mestizos o no seremos, en la mezcla está la esencia, la esencia dicta el género, la pureza del género está en su mezcla, de la fusión viene la esencia, cuando las influencias se han fundido se llega al núcleo, el núcleo es la verdad del género, el género es pureza, la pureza del género nos permite evolucionar, es mediante la tradición que se evoluciona, la evolución está en volver a las fuentes, en el principio está todo, todo nace de la fuente, la fuente es la ficción, la ficción está muy contaminada, la contaminación es la pureza, hay que buscar la esencia, en esencia soy puro, lo puro es la guía, mi objetivo es la pureza, lo puro es la mezcla, la novela es el género por excelencia porque se abre a todas las influencias, no sé si existió alguna vez la novela, la novela está muerta, la novela es el futuro, el futuro es la pureza, me gusta respetar la tradición, la tradición de la innovación, lo innovador es ser puro, la pureza es el mestizaje, me gusta volver a los géneros clásicos, el modernismo es ya clásico, lo clásico siempre fue moderno, nunca fuimos modernos, me gusta revolucionar lo clásico, en lo clásico encuentro mi esencia, mi esencia es esencial, me encuentro a gusto en el género, el género es un mecanismo, un procedimiento muy productivo, no sé si me encorsetaría en ningún género…

Nunca, sobre el papel, se pudieron contemplar constelaciones de estrellas como las que ha facilitado la Pandemia. Si fuera un gestor cultural estaría frotándome las manos, pero, como espectador, me aburro. Lo he intentado varias veces y, lo que ya era aburrido antes, cuando la presencia social del escritor pasaba por alguna columna o algún artículo, se ha convertido en una pléyade de conexiones donde se hacen más repetitivos si cabe, y se evidencia que quizás sepan escribir, pero no se les da tan bien hablar. Y no puede culpárseles. ¿Quién es capaz de decir cosas inteligentes y novedosas, día tras día? Porque ya han surgido los especialistas del formato, que tienen casi bolo diario. Al final queda claro que en el gremio literario son todos más o menos como en el televisivo: cuatro gatos que quieren estar en todos los ajos. Pero, eso sí, al menos los de la televisión viven de ello.

En última instancia, llama la atención que todo esto haya calado tan hondo en un contexto donde la norma debería ser la misantropía. ¿Realmente tan necesitado está el mundo del libro y de la edición de encuentros, mesas redondas, presentaciones y demás? Uno diría que precisamente si hay una actividad gozosamente solitaria esa es la de la literatura. Fue lo que la hizo sobrevivir durante siglos y una de sus principales virtudes: no necesita uno de nadie. Al contrario que el deporte, el esparcimiento o muchas otras actividades, uno lee solo. Nunca, jamás tuvimos un contexto más idóneo para la soledad y la lectura. Nunca fue tan sencillo leer mediante los libros electrónicos o el reparto a domicilio. Incluso la piratería o el préstamo, porque la literatura no es el mercado literario, aunque eso muchos no lo entiendan. Y, sin embargo, cada día me bombardean, a mí y a todos, con mil actividades promocionadas por las redes sociales, por canales de vídeos, por páginas web. Y, cada día, me entran más ganas de apagar  mi dispositivo y quedarme en casa leyendo, tranquilo, en mi sofá. Y es lo que voy a ponerme a hacer en este mismo momento.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe (Festina, Ciudad de México, 2016). Además ha publicado la novela Lima y limón, que cuenta con ediciones en cuatro países y una digital de alcance global, y Mezclados y agitados. Entre otras cosas es el director de penúltiMa.