El director de la revista, que pasa más tiempo del debido en las redes sociales, ha leído un texto que han compartido algunos amigos en ellas. Y le ha dado un poco de vergüenza ajena al leerlo, hasta el punto de verse impelido a escribir esto.

 

Hace ya algunos años, casi siete, en una entrevista que le hiciera Nuria Azancot para El Cultural, Alberto Olmos se despechaba así: «Yo no puedo ir a la calle y creerme escritor si sólo me leen quinientas personas. No quiero que me conozcan sólo en el mundillo.» Ante estas sabias palabras reaccionaron varios críticos y escritores. Ignacio Echevarría, por ejemplo, escribió sobre el asunto, con el tino de recordarle a Olmos que en esa carta de Larra que él citaba en la entrevista termina diciendo justo lo contrario de lo que él quiere dar a entender. No es algo extraño esto de tergiversar las palabras ajenas. Carlos Giménez, el artista de las viñetas, graba cada entrevista que concede para evitarse disgustos (o hace como que las graba, porque la intimidación es, también, un método), y hace también unos años Beatriz Sarlo le tuvo que recordar a la efímera Pola Oloixarac (su primera novela no era tan buena como te pretendían hacer creer en la editorial y la segunda es tan olvidable como olvidada está) que no recortase a su gusto sus artículos para ofrecer la imagen de que su libro le había gustado cuando lo detestaba y así lo había dejado por escrito. Manuel Rico también se sorprendió con algunas de las declaraciones de Olmos en esa entrevista, y sobre ello escribió. En fin, hasta uno, ingenuo, le respondió en una revista con cierto retraso porque, por aquellos entonces, ya vivía uno en el extranjero y tardaba más en enterarse de las cosas. Pero, oh sorpresas de la vida, hace apenas un día ha vuelto el fantasma de los escritores jóvenes lamentando su falta de lectores. En concreto un texto de Aloma Rodríguez publicado en Letras Libres.

Allí se vuelve sobre el mismo tema: «los escritores de toda una generación no encuentran lectores». Dice que aumentaron –«se multiplicaron» dice el texto (sin atender a que pueden multiplicarse por 0 o por 1 y eso no habla de incremento)– las editoriales independientes, las librerías, pero no los lectores. Conviene no entrar a realizar una labor de comprobación de la veracidad de los datos aportados, pero no parecen coincidir demasaido con las encuestas de hábitos de lectura o los datos de los gremios de editores y libreros que cada cierto tiempo se hacen públicos. En todo caso el texto aporta un síntoma puntual presentado como evidencia de esa falta de lectores: llegan las notificaciones de las editoriales de la inminente destrucción de los ejemplares de sus libros. Por lo visto a la autora no le llegan, suerte para ella porque quiere decir que sus editores son gente que ama la materialidad de sus libros que tanto les costaron cuando finalmente llegaron los cobros de las letras a tres o cuatro meses de la imprenta, pero aun así se ve que está en la pomada porque conoce la existencia de esas cartas (antes) o mails (ahora). Los sellos de los grandes grupos hacen tiradas generosas y… Nada, no venden los libros. Una tragedia. Yo las experimento, las dichosas notificaciones, una vez al año. El grupo editorial, grande, me informa de que van a deshacerse de unos cuantos ejemplares porque no se venden y deben hacer hueco para libros más recientes que tampoco venden. Uno contempla esas cartas siempre con cierto desánimo, es cierto, pero no porque uno no venda, sino porque sabe que en las hojas de cálculo de esas editoriales quedarán las pruebas irrefutables de que uno no vende. Antecedentes, digámoslo claro, casi de criminalidad: un autor que no vende. Lo curioso es que esas destrucciones periódicas me permiten tener ejemplares de esos libros. Esas malvadas editoriales tienen el detalle de hacerte llegar unos cuantos ejemplares para que uno los conserve, sin coste alguno, y con esos libros uno puede tener detalles con primos y amigos, con electricistas que vienen a casa y al ver tanto libro junto preguntan a qué se dedica uno. Cosas de libros, respondes. Eso lo veo, no soy tonto, replican muy atinados. Los escribo. Abren la boca y entonces hacen la pregunta demoledora: ¿Y eso da para vivir? No, no da, salvo que uno sea Trapiello y tenga la suerte de haber escrito todos y cada uno de los que albergaba en casa, como entendió de modo ingenuo un obrero que hacía alguna chapuza en su domicilio y él contó en un texto. Algunas veces te dicen que les digas los títulos, porque así pueden comprar alguno. Sí, los electricistas y los demás operadores manuales de ahora saben que los libros se compran, y hasta dónde hay que comprarlos, lo que contradice un poco a la idea tan extendida de que los libros se venden poco y sólo a gente con estudios superiores. A lo mejor no están sabiendo hacer las cosas bien los comerciales, digo yo. Pero, bueno, me estoy yendo por los cerros de Úbeda. El mundo está lleno de electricistas, encuadernadores, amigos y familiares que tienen su libro gratis gracias a las periódicas destrucciones de ejemplares. Por cada libro vendido a lo mejor me habría llevado un euro y medio, como mucho, (y eso cuando el monto supere la cantidad del anticipo recibido), pero ese mismo libro que regalo me da una sonrisa y un poco de afecto. Me van a perdonar, pero no me parece tan mal negocio. Sale perdiendo más la editorial que yo con todo esto. Pero aun así siguen erre que erre publicando libros que no venden, escritos por mí y por más gente, y que deben almacenar luego. Libros de los de la generación de la autora del artículo y de otras. Otras editoriales, en cambio, me mandan escrupulosamente la contabilidad anual de las ventas, y así sé que la antología de poesía que edité años ha vende todavía un ejemplar al mes. Lo que no está tan mal habida cuenta que han pasado casi diez años de su publicación y varios de los autores ahí reunidos no los conoce casi nadie fuera del mundo de la poesía. Y hay otras editoriales, también, que bien por institucionales o bien por familiares jamás me han dado ni medio euro por mi libro, ni me informan de cuánto han vendido o dejado de vender, ni de si quedan ejemplares de mi libro (y eso cuando son libros materiales y no pdfs o epubs).

Pero, como habrán comprobado los que hayan leído toda esta digresión narcisista (el narcisismo está de moda, como demuestra Ordesa de Vilas y el artículo de Aloma Rodríguez), en ningún momento he hablado de lectores, sino de ventas. Asociar lectores a ventas es un juego peligroso. Como lo es asociar una librería a la idea de espacio cultural, otra cosa que se hace últimamente demasiado a menudo, con libros enteros dedicados a ese despropósito y así pasa lo que nos pasa. Uno no se sorprende de que un medio como Letras Libres, que es la continuación krauzeana de la Vuelta de Octavio Paz (para los que no sepan leer la referencia lo diré más claro: degeneración decadente), donde se promulga un pensamiento convencido de las bondades capitalistas, convergente con el statu quo e, incluso, proselitista del mismo, tienda a asociar éxito mercantil con calidad intelectual. No se entiende, en todo caso, por qué extraño motivo se empeñan en seguir dedicando las secciones culturales a libros que no venden en lugar de lanzarse a hablar de los libros que publican las estrellas televisivas. Hay un contrasentido ahí que acaso tenga relación más con que los que escriben ahí no comen de sus libros, pero pretenderían poder hacerlo y para eso hay que adular a los hipotéticos editores de esos libros que escriben, esos editores que sacan libros de autores que no venden y deben, cada cierto tiempo, deshacerse de los ejemplares del almacén. Está claro que entretanto no vas a morder la mano del amo porque es quien te da de comer, y sigas vendiendo esa extraña matraca de que el libro bueno es el que no vende pero uno es muy bueno aunque no venda libros. Pero de ahí a asociar lectores con las ventas… Lo ha dicho uno muchas veces: un espacio cultural serio es una biblioteca, donde todo está igualado y hay acceso a todo de modo horizontal. No hay diferencias de precios, no hay montañas de superventas a la entrada, no hay suplementos rellenos con los esfuerzos de los departamentos de promoción, los libros se mantienen para siempre (sin rotaciones ni devoluciones) y a nadie le importa un pito la moda, qué dijo Jorge Javier o Kiko Matamotoros el otro día en el Sálvame de un libro, etc. Uno entra en una biblioteca y puede salir con un libro de Belén Esteban y otro de Kant bajo el brazo, sin gastar un céntimo, y apreciar por sí mismo cuál le dice más cosas sobre el mundo. En ningún caso esos dos libros contarán como ventas, ya lo hicieron en su momento cuando se adquirieron, pero seguramente han tenido muchos lectores. Lo repito, para los que aún no lo hayan entendido: ventas y lectores son realidades distintas.

Ya sólo por eso se le podría recriminar al texto de Aloma Rodríguez que no sea honesto. No se queja de la ausencia de lectores, sino de compradores. Porque, claro, lo que legitima a un autor siguiendo ese razonamiento, son sus ventas. Supongo que la Dickinson, por ejemplo, sería una mala autora hoy, podría decirse que de hecho inexistente, porque ni siquiera llegó a publicar en vida. Y, sin embargo, escribió. Escribió Bajtin un libro completo, y se fumó el manuscrito porque no tenía nada más a mano en medio de la estepa siberiana para liarse el cigarrillo. Escribían porque sí, sin importar demasiado lo que pudieran vender, y eso se debe a que eran plenamente conscientes de que la relación de lectura se establece de modo solitario. Uno tiene un lector, solo y único, en la cabeza cuando escribe. Ese lector solitario se va transmutando en todos y cada uno de los lectores que uno pueda tener, pero sigue funcionando en la relación de modo unitario. No hay más que un lector. Porque aunque haya diez, cien, mil o un millón, cada lector realiza una lectura única y establece un diálogo personal e íntimo con el libro del autor (ojo, no con el autor, que esa es otra de las chorradas del mundo que nos ha tocado vivir, como los «encuentros con los lectores», donde siempre hay alguien que te quiere cantar las cuarenta porque no le gustó tu libro y que, de un tiempo a esta parte –va siendo uno ya un poco viejo para andarse con remilgos y entregar modales a cambio de groserías– por mi parte recibe un honesto «la verdad es que no me importa demasiado su opinión, y aprovecho para decirle que lo que mejor habla de mi libro es que a alguien que acude a ser grosero con el autor por el bajo placer de hacerlo no le guste»). Cuando los autores, ya sea Alberto Olmos hace siete años o antesdeayer Aloma Rodríguez, se quejan de vender poco (de modo más o menos sincero), siempre me vienen a la cabeza las folclóricas que hablan de «su público». No sé por qué jamás hay un acto de autocrítica anterior a proferir estos lamentos: escribo libros que no le gustan a la gente como para comprarlos. No, algo raro le pasa al público, a su público. A uno, por lo visto, inexistente, o al menos muy poco dado al dispendio. Olvidando que el lector es uno, solo (muchas veces se trata de veras de habas contadas y termina uno verdaderamente conociendo casi a cada uno de los lectores que uno tiene y eso no les quita mérito por ser pocos ni se lo da por ser un grupo de escogidos, sucede y punto), y que ni siquiera existe más allá del arquetipo que de él se hace el escritor cuando trabaja. Siempre me gusta recordar la promiscuidad de Damián Tabarovsky, que mientras escribía un libro tan polémico y polemista, amén de imprescindible, como Literatura de izquierda, afirma que sólo hablaba con Fogwill y Héctor Libertella, dos vecinos que vivían a apenas cuatro cuadras de donde estaba su anterior domicilio. Dos lectores, y mientras uno escribe, eso es casi un trío. Por desgracia esos dos lectores, que además eran muy buenos lectores –y ese sería otro largo debate, por qué algunos escritores prefieren tener diez mil lectores inanes, a lo best-seller, en vez de solo dos maravillosos–, están ya muertos. Debe haber un paraíso a dónde se van los buenos lectores, y posiblemente se parecía más al que imaginó Borges: una biblioteca (y no una librería).

Con todo lo más llamativo del texto de Rodríguez, y en eso hay que aplaudir su sinceridad aunque no su capacidad de diagnóstico, es cuando dice que no se leen entre ellos. Por un lado no creo que sea cierto, y tengo la sospecha, y casi diría la certeza, de que en la nómina de esas dos antologías a las que hace referencia hay autores que sí leen a sus contemporáneos, y si no lo hacen son muy buenos actores o al menos sí han leído a Bayard y hecho buen uso de sus enseñanzas. Pero también que en esas dos antologías hay autores cuya presencia allí era i-n-e-x-p-l-i-c-a-b-l-e si uno atiende a criterios literarios (de hecho algunos ni siquiera han pasado del primer libro y el mundo de la literatura no se ha venido abajo por ello), y que no debían ser tantos como parece desprenderse del texto de Rodríguez porque las antologías reunían a prácticamente los mismos nombres. Pero, lo más llamativo, repito, es que si entre ellos, que son escritores, que les interesa el asunto como quien dice y pertenecen a una misma generación, no se leen, por qué va a leerlos nadie más. Es de una lógica que espanta. Si a gente que está en el ajo, que tiene el tiempo y la intención, no le interesa su escritura, por qué debería suceder con un ciudadano cualquiera al que ni le viene ni le va todo el asunto. Si, como dice el texto, pueden interesarse por el cine, que tiene mucho más glamur, pues nada, se va uno a dónde esté el glamur, porque el glamur es lo importante en el cine y en la creación en general, hasta en la literaria, si hasta a los escritores les va más el cine que sus libros, pues nada, a dedicarle tiempo al cine. Para qué perder tiempo y/o dinero en ello. Glamur, esto de crear tiene relación alguna con el glamur… No sé ni por qué molestarse en responder un artículo así.

A mí, llámenme esnob, me interesa cada día que me lea menos gente. Sé que eso me irá abocando a un ostracismo absoluto, al repudio de las editoriales, pero creo que deberíamos a tomar medidas severas, como prohibir la lectura o cualquier otra cosa así, para salvar la literatura, en el caso de que merezca, o necesite, ser salvada. César Aira, que debe ser leído en sus libros y más allá de sus libros, de ahí lo verdaderamente novedoso y radical de su postura, lo ha dejado claro con algunos de sus proyectos o decisiones geniales. Títulos como Moreira o El juego de los mundos son libros casi inencontrables, que aparecieron en pequeñas editoriales o sellos desaparecidos y que nunca han sido reeditados. En otros casos la apuesta es más radical, de Los dos hombres o de Saltó al otro lado se editaron apenas cincuenta ejemplares. Una edición limitadísima que acota drásticamente la circulación del libro. Con ello Aira señala que la profusa obra que viene desplegando desde hace ya treinta y cinco años no requiere de muchos lectores, con cincuenta puede ser suficiente. Incluso menos parece decirnos, porque de toda edición quedan siempre remanentes. Es más que posible que a Aira le dan el Nobel cualquier año (bueno, este seguro que no) y parece estar bastante contento con esos cincuenta, o menos, lectores. La pregunta sería, ¿por qué? Porque no hacen falta más, ni menos, porque todo el asunto da igual.

Otro tema son los ejemplares vendidos, pero entonces ya no estamos hablando de lectores, sino de compradores. Ergo, no de literatura, sino de mercado. Así que ya las cosas cambian. Tratándose del oficio del que estamos hablando, el de la escritura, es una diferencia importante que debería estar muy presente cuando se habla del tema. Saber lo que significan las palabras y usarlas en consonancia. Esas cosas que hacen los escritores. De no ser así uno corre el riesgo de terminar no ya sin compradores, sino ni siquiera un lector, el único. Y eso es una pérdida mayor, ¿no?

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor y crítico. Su publicación más reciente es la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe (Festina, Ciudad de México, 2016). Además ha publicado la novela Lima y limón, que cuenta con ediciones en cuatro países además de una digital de alcance global. Otros de sus libros son Mezclados y agitados o El sabor de la manzana. Entre otras cosas es el director de penúltiMa.

Perengano: todavía menos que fulano, mengano o zutano.