Perteneciente a un libro en construcción cuyo título provisional es Levemente verídicos, este relato pone de manifiesto la particular poética de Francisco Alejandro Méndez, alejada de la retórica más convencional y apegada a un tipo de narración que tiene en la oralidad y el desparpajo sus principales valores estéticos. 

 

El primer contratiempo lo tuve con el trabajador del aeropuerto, quien con su cantadito mexicano me explicó-ordenó:

—Los límites de mililitros de líquido que traes en esa botella exceden a los límites permitidos por las normas internacionales bla, bla, bla…

Mierda me dije para mí. Mi rumbo era Buenos Aires, pero debido a que no todas las aerolíneas permiten perros en los compartimentos, había tomado la mexicana, que afortunadamente los aceptaba. Sin embargo, no aceptaba que uno llevaba un litro de ron Zacapa 23 años gran reserva especial. Puse cara de aflicción. Como si me hubieran negado la entrada, por lo que el trabajador, un moreno de pelo parado y engomado con Moco de Gorila, me volvió a dirigir la palabra.

—Oye. Tienes tres opciones para ello: La primera es que lo dones para una institución benéfica; la segunda, que nos la dejes a nosotros y la tercera, que vayas a un área donde te alquilan un casillero. Cuando regreses puedes pasar por ella.

Ni lento ni perezoso volé para el lugar que me había indicado el pelo de güisquil, que al final me dio una opción. Pero cuando llegué al sitio, otro revés. El tipo me explicó que debía pagar 10 dólares diarios. Yo estaría una veintena de días por lo que lo descarté de inmediato.

—¿Qué arregló, joven? —me preguntó el descarado, pues sabía que era casi imposible. Así que tomé valor y le sonreí:

—Tengo una cuarta opción, —acto seguido la destapé y de un par de tragos me acabé un cuarto del litro. El sabroso y amaderado líquido oscuro pasó por mi garganta. Tomé otro impulso y me tomé la otra mitad. La cerré y la dejé a un lado.

—Oye. —volvió a insistir sorprendido, pero a la vez, molesto —No puedes ingresar borracho.

En ese momento, como si me hubiera convertido en uno de los acróbatas del Circo del Sol le hice un perfecto cuatro así que no le quedó más remedio que dejarme pasar.

Corrí hacia la entrada del avión, pero las orejas comenzaron zumbarme y sentí las mejillas rosadas. Mis piernas un poco pesadas y se me soltó la risa. Cuando me detuve frente a la aeromoza de la puerta de embarque imaginé que se trataba de una edecán que me acompañaría a mi asiento y me cantaría una canción de cuna. Atravesé el pasillo de alfombra, hasta que alcancé el bendito avión que ya para ese momento se me figuraba un ave prehistórica a las cual tendría que domesticar, yo un primitivo suelto.

Otra de las aeromozas me condujo hacia mi asiento que se encontraba casi hasta atrás de la nave. Me senté. Escuché las absurdas indicaciones y cuando las ruedas se elevaron del suelo, me trabé los audífonos y puse la primera película que ofrecía el menú.

Ha de haber dormido un par de horas, pues cuando vi el 3D de la pantalla, el avión apenas pasaba por las costas de Panamá. Me dio mucha sed y hambre. Eché una mirada alrededor. Yo me encontraba en los sillones centrales, específicamente el de la esquina derecha. A la par mía viajaba una pareja de argentinos (por el acento), que iban tensos, discutiendo. Olía a inminente separación. De mi lado derecho viajaban dos chicas. Una francesa (por el acento) y una mexicana, que se acababan de conocer e intercambiaban redes sociales y experiencias.

Atrás de mí, la totalidad de asientos la ocupaba una familia japonesa. Todos portaban una cámara y definitivamente habían tomado más de mil fotografías cada uno. Siempre he pensado que muchos orientales disfrutan su viaje hasta que de regreso están en su casa y comienzan a ver los miles de imágenes que tomaron durante su estadía.

Adelante permanecía sentada una mujer cuarentona con dos hijas adolescentes, las cuales no soltaban los teléfonos ni un segundo. La madre iba aburrida y con ganas de conversar. La dos chicas rubias iban molestas con la madre y no deseaban en lo absoluto dirigirle la palabra. A su derecha, un tipo vestido con un traje finísimo, con bufanda y un protector de ojos, descansaba como para que nadie lo molestara.

Al rato pasaron un delicioso, pero diminuto almuerzo. La otra opción era vegetariano así que yo pedí pasta con carne y dos cervezas. Sin lugar a dudas, estas últimas me ayudaron a que se me quitara la goma y continuara un poco entonado bajo los efectos del ron añejo. Era un viaje de casi diez horas, así que tendría más tiempo para dormir. Me levanté al baño y aproveché para saludar a la mayoría de acompañantes. Esa tarea duró más de lo esperado, porque tras la comida, en los baños siempre se hace cola. Me tocó esperar unos quince minutos.

Por el acento escuché a unos compatriotas que gritaban a los cuatro vientos su entusiasmo por viajar a estudiar a Rosario. Habían obtenido una beca para terminar sus estudios en Ciencias de la Comunicación. Uno de ellos viajaba por vez primera. Había requerido los servicios de la aeromoza unas veinte veces, por lo que la mujer, ya de por sí menopáusica, expelía sapos y culebras cuando el muchacho pedía gaseosa o un panito francés con frijoles.

Mi cabeza no estaba para entablar conversaciones, a pesar de la preguntas de los muchachos que pasaban casi trotando por el pasillo, algunas evidentemente ingenuas, otras, muy estúpidas. Para que se estuvieran sosegados tuvo que pasar un accidente, durante una turbulencia, el más delgado y alto de ellos pegó contra la puerta del baño y cayó sin sentido. Las aeromozas lo sentaron en una fila desocupada, le dieron aire y un trago de whisky. Al rato se apareció un médico, a quien su mujer acababa de despertar, lo revisó y explicó que con un poco de hielo en la cabeza estaría mejor. De esa forma los patojos se calmaron.

Decidí ver una película, en el preciso momento en el que todo se calmaba y el avión estaba llegando a los 13 mil pies. Busqué al azar, hasta que vi una escena en la que Willian Dafoe protagoniza a un escritor cascarrabias. La dejé.

A los pocos segundos me di cuenta que se trataba de una cinta para adolescentes. Sin embargo, la dejé. Era un especie de drama, que, creo que por el alcohol en mi sangre, me atrapó. Relataba la historia de una chica con un cáncer terminal, amiga de otro muchacho también con cáncer. Ella se hace novia de un chico, con otro cáncer fulminante. Un drama total. Las actuaciones, exceptuando la de Dafoe, eran regulares, pero la historia se sentía verosímil. Poco a poco me fue atrapando de tal manera que mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Puse pausa.

Eché un vistazo a mi alrededor. Algunos escuchaban música, otros veían películas de acción o comedia. Ninguno a mi alrededor observaba esa cinta. Seguí viendo otras escenas, pero algo me toco tan fuerte que me entristecí demasiado. Tres abuelos y un querido tío habían fallecido años atrás por esa enfermedad, así que me golpeaba con todo en mi corazón. No podía con ella, pero continuaba viéndola. Especialmente la parte en la que el novio va a morir. Le envía una carta a la chica y eso me hizo explotar. Aunque fuera de mí contenía al máximo, no fuera que se confundieran los demás conmigo. Finalmente y cuando lancé mi mirada hacia el asiento de la derecha de adelante, donde estaba el tipo vestido a la moda, me percaté que él observaba la misma película y también hacía pucheros. La película de él iba unos diez minutos atrás que la mía. Puse pausa y me mordí los labios para no llorar. El tipo me volteó a ver y tras ver mi expresión me señaló su pantalla a lo que yo asentí. Él se llevó la mano derecha a la frente y contuvo el llanto. Se notaba que era un tipo rudo. Parecía un actor de teatro o de cine, pues sus facciones y todo su aspecto lo hacían parecer como tal. Entonces su cinta llegó a la escena en la que yo había congelado la mía y le di play. Poco a poco la historia se fue tornando más y más triste. Yo veía al tipo y él me volteaba a ver, hasta que en un momento no pudo y comenzó a llorar con mucho sentimiento. Acto seguido y pensando que si un rudo galán lo había hecho, seguro no sería ningún problema en que yo, un simple mortal, lo hiciera. Los dos lloramos a moco tendido durante varios minutos. Los pasajeros de adelante y de detrás mí me voltearon a ver, pero a mí no me importaba porque ya tenía un alero para el llanto. Cualquiera hubiera pensado que me había enterado de alguna tragedia y lo mismo para el galán, quien se sonaba los mocos con un pañuelo de alta costura y grabado con un par de iniciales. El colega de llanto me volteaba a ver y levantaba el dedo pulgar, pero el llanto lo obligaba a voltear la cara hacia la pequeña pantalla. Salieron los créditos y terminó el suplicio. Yo me propuse dormir el mayor tiempo posible.

Una pesadilla en la que yo huía de una serie de cobradores, que me perseguían con demandas judiciales en la mano y personas a las que debía plata. Evidentemente se manifestaban furiosos. Me desperté sudando, mientras a mi lado la aeromoza ofrecía algo refrescante para beber. Me incliné, por supuesto en otras dos cervezas.

Todo a mi alrededor estaba calmado. La mayoría dormía o veía repetidas películas de acción y comedia. Tras las dos Quilmes, volví a dormir mientras escuchaba música instrumental.

Me despertó la interrupción del piloto quien anunciaba que estábamos por aterrizar en el Aeropuerto Internacional Ezeiza, que todo estaba bien, que eran las diez de la noche en Buenos Aires, que gracias por volar en bla, bla, bla. De pronto salió el tren de aterrizaje y llegamos.

Me ubiqué en un modesto hotel por el lado de Lanús. Al día siguiente tenía citas con criadores para escoger el par de perros que me llevaría para mi país. Así lo hice. Vi varios, pero ninguno me había convencido para mi propósito. Salí un par de días, pues realicé una incursión hacia Paraná, donde finalmente encontré un Pointer Inglés el cual dejé reservado.

En una de las calurosas noches recorrí la avenida Corrientes, sobretodo porque me indicaron que en cualquiera de las más de cien librerías encontraría libros especializados en las dos razas de perros que yo criaba,

A partir de las once de la noche visité decenas de ellas, desde unas fabulosas y magistrales hasta las más sencillas y con ventas de libros usados. Sin embargo, no compré lo que buscaba. Lo que sí me sorprendió observar fue un tremendo cartel ubicado en la espalda de un edificio en el que anunciaba una de las películas más importantes de la producción cinematográfica argentina. Se llamaba Relatos Salvajes y uno de los protagonistas era nada menos y nada más que mi colega de llanto. Entonces me enteré que se llamaba Leonardo Sbaraglia.

Allí mismo quedaba el cine, así que crucé la cuadra, compré un boleto e ingresé. Una película trepidante y escrita en escenas cortas en las que la venganza, la ira, el desamor y la corrupción son relatados de buena manera. Vi la actuación de mi compañero de llanto y me pareció bastante verosímil su personaje.

Fue un poco de más de una hora de risas y de sorpresas.

Cuando terminó la película y salieron los créditos, esperé un poco a que salieran los demás. Se escuchaban buenos comentarios y satisfacciones por ser una producción argentina. Me levanté casi hasta atrás de los últimos.

De repente sentí un toque en mi espada. Me voltee y se trataba del mismo Sbaraglia.

—Ya te había reconocido, che, mirá cómo son las cosas. —dicho lo anterior me puso frente a mi cara un boleto para una presentación.

—Hago un stand up en un teatro a dos calles de acá. Llégate mañana —casi me ordenó y se dio la vuelta y desapareció tras la pantalla.

Bueno, pensé. Qué casualidades tiene la vida. El mundo es verdaderamente un pañuelo. Cuando salí me volví a reír del primer relato en el que un frustrado músico logra poner a todos sus enemigos o a los que le han quedado mal, en cuenta a su psiquiatra en un mismo avión que él pilotea y decide estrellarlo en la casa de sus padres, una buena historia.

***

El día siguiente fue de realizar trámites con médicos veterinarios, visitas al Lazareto, que es donde se tramitan los documentos de exportación y la canofilia argentina, para realizar los trámites de pedigrís y títulos, comí un delicioso asado en un restaurante cerca de San Telmo y por la noche decidí asistir a la presentación. Aunque lo estuve dudando porque había sido un día muy cansado, al final, mis pies, tras tomarme un par de botellas de vino rojo, me llevaron hacia el lugar, el cual no me fue difícil ubicar.

La función comenzaba a la una de la mañana, así que fui a tomar Fernet en un par de bares.

A las doce cincuenta y cinco, estaba entregando el boleto en la taquilla.

Para mi sorpresa había una mesa para una persona reservada para mí. La anfitriona, tras ver el boleto, me ubicó en un buen punto y donde seguramente apreciaría de mejor manera la obra.

A los cinco minutos comenzó un monólogo, precisamente sobre la venganza y la humillación. Estaba cargado de mucho humor, pero a la vez había algo de furia. Al actor lo acompañaba un ciudadano belga, quien relataba las peripecias de un europeo en tierras americanas.

Tras finalizar esa primera parte, hubo una interacción con el público. Ambos preguntaron quien era de Sudamérica y un par levantaron la mano. Así repasaron a geografía americana, hasta que le tocó el turno a mi país. Yo levanté la mano como muchachito de sexto primaria que se apresta para dar la mejor de las lecciones, pero a la vez observé que varios brazos más se alzaron.

Cuánto paisano, me dije, pero debido a lo oscuro, no lograba observar los rostros.

—Pasa al frente, —me pidió el belga, quien tras preguntar mi nombre comenzó a hacer mofa del significado y todos los apodos que derivan de él. Por otro lado atacó mi peso y mi estatura. Yo estaba pasado unas veinticinco libras y mi estatura era promedio en mi país, pero allí sería considerado bajito. De repente, sentí en mis pies un fuerte apretón y en el mismo momento que miré hacia mis zapatos, una cuerda me aprisionó y me provocó quedar cabeza abajo, como presa de cazador. Eso ya no me gustó.

El público aplaudió y vitoreó el acto. Mientras daba vuelta mi cabeza, me percaté que hasta adelante permanecían sentados los compatriotas que estudiarían comunicación. Ellos también festejaban.

Sbaraglia reapareció con un traje como el que utilizó en la cinta. Me golpeó en el estómago y eso encendió a los presentes. Luego me acertó tres golpes en las nalgas con un palo como de escoba. Los impactos siguieron en varias partes del mi cuerpo hasta que sentí algún músculo desgarrado o un hueso lesionado. Como pude me balancee y logré tomar del ruedo del pantalón al actor, jalé con fuerza y lo lancé hacia el suelo. Comenzó a patearme, pero mi mismo peso me ayudó a sostenerlo y arrastrarlo hacia donde yo permanecía colgado. Por un momento parecía una lucha greco-romana, pues ambos forcejeábamos, yo con una clara desventaja y él, que prácticamente estaba aprisionado por la fuerza de mis brazos.

El público aplaudía cada vez más, especialmente cuando Sbaraglia lograba jalarme el pelo o hacerme algún daño. De pronto sentí que la cuerda cedió un poco. Logré bajar un poco mis piernas y eso me dio más fuerza para sostenerlo. Sus zapatos salieron disparados. El público abucheó.

Sin embargo, el cansancio también comenzaba a hacer efecto. Una luz me dio en la cara. Se trataba de un retroproyector que había sido encendido casi sobre mi rostro. De él salían unas escenas de la película en la que ambos habíamos llorado, la cual se proyectaba en las cortinas. El público volvió a aplaudir y las embestidas del actor continuaron. No tenía ni la más mínima idea cómo terminaría todo, pues parecía una lucha hasta el fin. Yo no tenía ninguna intención de morir en Argentina, así que lucharía todo lo que mi fuerza me lo permitiera.

Las luces de unas linternas golpearon entonces mis ojos. Cuando logré ver se trataba de tres policías que habían entrado al teatro. Sentí la gloria, pero mi consuelo desapareció en un abrir y cerrar de ojos, pues lo único que hicieron fue llevarse a mis compatriotas. Acto seguido se llevaron las manos a los los gorros y se retiraron.

La lucha continuó. El actor me daba de golpes en la espalda y yo no soltaba sus piernas. Ambos estábamos impedidos por las extremidades de abajo, que en ese instante eran las mías de arriba, así que la fuerza y el poder estaban en los brazos.

Alguien lanzó una candela encendida al escenario. Eso provocó que a Sbaraglia se le comenzara a incendiar el saco y a mí los pantalones. Poco a poco comencé a sentir el calor en mis piernas, algo que me quemaba, algo muy doloroso. Sin embargo, no lo solté y él tampoco lo hizo. El fuego alcanzó a las cortinas y la cinta del avión que todavía se reproducía poco a poco también se fue esfumando. Alcé mi rostro y lo vi prendido en llamas. Luego volteé a ver mis pies. Los zapatos estaban prendidos en fuego. Al instante se rompió la cuerda desde la que yo colgaba. Había fuego por todos lados. El actor no me soltaba a pesar de que prácticamente se estaba achicharrando. Volvía recordar unos de los fragmentos de la cinta. Evidentemente se parecía a lo que él había protagonizado. Sin embargo, yo no era el otro personaje. Eso pensé al principio, pero cuando me lo cuestionaba por segunda vez, el fuego convirtió todo en un incendio. Cuando desperté, mi cuerpo estaba completamente vendado. Estaba en una habitación de hospital y conectado a varios aparatos. A mi lado había otra cama, con un cuerpo en las mismas condiciones que las mías: las piernas colgando y los brazos en forma de cruz. Le vi la cara, entonces, sentí el calor de sus ojos. En definitiva, pensé, cuando nos recuperemos, esto tendrá que seguir.

 

Francisco Alejandro Méndez

Francisco Alejandro Méndez (Ciudad de Guatemala, 1964). Novelista y crítico guatemalteco, es el autor de un amplio Diccionario de autores y críticos de Guatemala (2010) y ha ejercido y ejerce la docencia en varias universidades. Es un convencido defensor del cuento, y entre su producción destacan los libros de relatos Triple Play (2013), Crónicas suburbanas o Ruleta rusa (ambos de 2001).

Poe y compañía es la sección dedicada a la ficción  en penúltiMa. Por necesidad un relato colgado en la web no debe ser muy largo, y eso nos recuerda a la unidad de impresión de la que habló el iniciador del cuento literario moderno. No nos parece mala cofradía para unirse a ella.

La fotografía es obra de Jean Pierre Favreau, su obra puede ser disfrutada en su web: http://jpfavreau.com/