Tras la ceremonia de los premios Goya que se celebró ayer, el director de todo esto se muestra tan perplejo de la miopía histórica de la Academia como tranquilizado al ver que en la industria del cine español se sigue valorando más la comodidad y lo malo conocido que el riesgo y las propuestas que trascienden el mero bien de consumo. Y lo explica un poco para los que aún no lo ven claro.

Cuando la Academia de Cine se constituyó como tal en 1986, el 8 de enero en concreto, Víctor Erice había estrenado ya las dos películas que le han otorgado un hueco en la Historia del cine. No en el español, sino en el mundial. La carrera que inició con uno de los segmentos de Los desafíos, estrenada en 1969 y que tantas veces se olvida al hablar de su trayectoria pese a que fue en buena medida responsabilidad suya la Concha de Plata que ganó en San Sebastián, se catapultó hasta la estratosfera con el estreno, en 1973, de su primer largometraje, la mítica El espíritu de la colmena. Desde su estreno en San Sebastián la película no ha dejado de obtener reconocimientos, desde la Concha de Oro de aquel festiva, sucesivos galardones en otros hasta, y no es lo menos determinante, elogios unánimes por parte de referentes del cine como Akira Kurosawa, que la escogió entre las 100 mejore películas de la Historia a su criterio, o su presencia, dentro de la siempre discutida y siempre relevante, encuesta de Sight & Sound donde, década tras década, sigue apareciendo como la película española más determinante de todos los tiempos. El legado de la película de Erice es incontestable, sobre todo porque es un modelo para muchos directores de cine, que una y otra vez descubren en ella nuevos modos de sentir y de expresarse.

Cuando, diez años después, se estrenó El sur, lo hizo ya rodeada de polémica. Su desencuentro con Querejeta, que entendía que no podía seguir financiando la producción, tras el estreno de lo que a juicio de Erice era un montaje de referencia de una película incompleta, lastró la carrera de un director complejo, arduo, pero también con una convicción a prueba de bombas de lo que debía ser el cine, y de cómo quería relacionarse con él. Desde aquel momento han pasado cuarenta años, que son lo que tardó Erice en lograr la financiación necesaria para poder completar otro proyecto de un largometraje de ficción, Cerrar los ojos, que se estrenó el año pasado.

En esas cuatro décadas Erice no estuvo encerrado en su casa sin hacer nada. La serie de cortometrajes, mediometrajes, participación en proyectos colectivos es larga, y en todos los casos cada estreno recibió los parabienes de la crítica y sirvieron para cimentar un prestigio en el cine documental, el experimental o el artístico, donde había sobresalido por méritos propios en un milagro titulado El sol del membrillo, tercero de sus largometrajes, estrenado en 1992, donde con la excusa de plasmar, y reflexionar sobre la pintura, lograba encapsular el paso del tiempo, la vida en su devenir, dentro del formato cinematográfico. Desde su estreno Cannes, donde se llevó el Premio especial del jurado, o tras su paso por Chicago, el Hugo en este caso, la película fue cobrando una importancia insoslayable como hito cinematográfico, y no es casual que en una encuesta organizada por la cinemateca de Montreal consultando a sus pares de todo el mundo, sobre cuál era la película más importante de la década, resultase elegida esta película.

Paradójicamente, en 1992, cuando se estrenó, ya existían los premios Goya, pero no había una categoría dedicada al documental. Lo lógico hubiera sido que, ante esa tesitura, hubiera sido una candidata al premio de mejor película, sin más. No fue ni siquiera elegida para ello. Repasando el palmarés de los premios nos encontramos con que, aquel año, la ganadora fue Belle Époque, de Trueba que, como los lectores no analfabetos ya sabrán, terminó por llevarse también el Oscar a la película de habla no inglesa aquel año. Podríamos discutir si El sol del membrillo es o no mejor que la película de Trueba, yo tengo la convicción de que es así, y recurriré como argumento fundamental a la huella que ambas han dejado en el cine posterior. Es imposible pensar en la explosión del documental español en general, y en concreto de la escuela ligada a la cátedra de cine de la Pompeu Fabra sin tener presente la cinta de Erice. La de Trueba es una estupenda comedia coral que resiste numerosos visionados, el documental sobre Antonio López y su pintura es un filme proteico, que abre caminos a la relación entre la imagen fija y la secuencia, que obliga a detenerse en la idea del paso del tiempo y adentrarse en los conceptos de arte y representación. La película de Erice se muestra, una vez más, inagotable.

Resulta mucho menos comprensible que, si bien no ganadora, al fin y al cabo, los Goya, como los Oscars que le sirven de modelo, no premia tanto la excelencia artística sino la pujanza de una industria. Eso explica en buena medida que producciones eficientes como El buen patrón, La sociedad de la nieve o Mar adentro hayan sido tan exitosas a lo largo de la historia de los premios, pese a que sean cintas más correctas que geniales. En los ya casi cuarenta años de trayectoria del premio brilla en su soledad una película como La soledad de Jaime Rosales, que de hecho en su momento fue contundentemente cuestionada desde los medios, precisamente por considerarla un ejemplo de ese cine de autor que no genera industria y no interesa a los espectadores. Quizás por eso siga siendo uno de los raros casos que dignifican las 38 ediciones de los premios de la Academia de cine. En fin, el asunto, la película de Trueba se impuso en la categoría reina a El maestro de esgrima de Pedro Olea y Jamón, jamón de Bigas Luna. Y aquí es cuando comienzan ya las ganas de mearse de risa. Tanto la de Luna como la de Olea son dos películas que, en el mejor de los casos, entran en el rubro de nota al pie dentro de la Historia del cine español. Y con generosidad. La de Luna por suponer el inicio profesional de dos de las estrellas más relumbrantes del cine español, Javier Bardem y Penélope Cruz, la de Olea por haber supuesto el único Goya de Pérez-Reverte. El escritor murciano fue más tarde candidato a Goya a la mejor canción —parece broma, pero no lo es, lean esto que les va a encantar— por «Gitano», la canción principal de la banda sonora de la película homónima que conllevó una denuncia de Antonio González-Vigil por plagio que terminó ganando en última instancia y por la que Pérez-Reverte, y Manuel Palacios como coguionista, tuvieron que indemnizar con 200 mil euros el plagio. Es posible, no lo sabemos, tampoco importa, que a lo mejor ni la canción fuera obra de Pérez-Reverte, en todo caso, como el mismo dijo en su momento, y le citaremos al respecto, «se trata de un asunto antiguo y por completo zanjado». Al menos no se llevó el premio en esta ocasión, da miedo imaginar lo que habría pasado en tal caso.

Pero volviendo al tema que nos compete. El sol del membrillo no fue candidata a un solo premio de la Academia de cine. ¿Qué raros motivos pueden llevar a todo un sector cultural a obviar de semejante modo a una película que, desde su estreno en el Festival de Cannes, fue premiada y elogiada?

Duele decir que posiblemente los mismos que han hecho que este año Cerrar los ojos tan solo haya sido merecedora del galardón a mejor actor secundario, que ha obtenido José Coronado, las otras diez candidaturas que tenía la producción (Mejor película, Mejor dirección, Mejor Interpretación masculina protagonista, Mejor interpretación femenina de reparto, Mejor guion original, Mejor dirección de producción, Mejor dirección artística, Mejor fotografía y Mejor sonido), no han sido reconocidas por los académicos. Algo se debía oler Erice que ni siquiera se molestó en desplazarse a Valladolid, porque prefiero pensar que nada ha tenido que ver ese gesto en los votos de los académicos.

En realidad, y es una cosa que salta a la vista si uno atiende un poco al modo en que se premian estas cosas, uno termina por darse cuenta de que la gente que se dedica al cine suele ver poco cine. No es una circunstancia exclusiva del ámbito cinematográfico, se da en el literario, donde se lee poco, o en el musical, donde se escucha siempre lo mismo y con poca atención, por poner dos ejemplos. Es algo que se trasluce cuando uno mantiene una charla con algún profesional, donde aparecen como referentes más las series anglosajonas que ven a través de plataformas que cualquiera de las películas que se han hecho en la industria de la que forma parte. La gente que trabaja en el cine español ve poco cine español, eso es algo tan evidente que nadie lo discute. Y desde luego no ven apenas cine antiguo, eso es también algo palmario, uno está harto de dar clases a futuros guionistas que no conocen prácticamente nada de cine, y que tampoco parecen muy interesados en él. Ahora, la de idioteces que lees sobre cualquier estreno de una serie de mierda en una plataforma.

Ante el desconocimiento se suele echar mano de otros factores para decantar el voto. Por ejemplo, el compromiso, lo emotivo, la relevancia social. No es otra la razón de la tan cacareada tendencia «progre» de la industria que parece enorgullecer tanto a los políticos de izquierdas, que luego no hacen nada por cuidar la industria patria, y enervar tanto a los de la derecha, la fachosfera (qué gran acuñación lingüística, por cierto), que encuentran una buena excusa para atacar a los cómicos, actualizando así el desprecio de los «españoles de bien» por esa caterva de «bohemios, llena de mariquitas y bolleras» y, en cualquier momento, añadirán que también de trans. (Por cierto, uno de los grandes momentos de las postrimerías de la gala ha sido ver a la terfesfera, permítanme la invención, celebrando la victoria de la película de Bayona sobre «la propaganda trans de las abejas», vamos a ver qué pasa cuando se enteren de que Bayona es gay, a lo mejor ahí se rasgan de nuevo las vestiduras). Esto se aprecia de modo inequívoco en las injustamente denominadas «categorías menores», donde independientemente de sus logros, no quiero en este rápido repaso hacer valoraciones artísticas, sino subrayar unas coincidencias interesantes, se premian trabajos sobre el abandono de los habitantes de barrios marginales a los que se criminaliza, la explotación sexual y la prostitución, las sufridas experiencias de enfermos terminales, etc., o, en otros casos, se tira por lo que está prestigiado y legitimado por instancias externas, como puedan ser las candidaturas a premios que sirven como referente, me refiero a los Oscars, claro, que vendría a ser el caso de Anatomía de una caída o Robot Dreams (aclaro en este último caso que no pongo en duda que los que las votaron hayan visto ambas películas, aunque tampoco creo que muchos lo hayan hecho, la verdad, sino que tengo serias dudas, por no decir casi completa certeza, de que hayan visto las otras películas candidatas).

La película que ha ganado está en Netflix desde hace un mes, la ha visto media España, y es evidente que es una producción meritoria y una película tan eficiente como resultona, pero —sí, lo siento, hay un pero—, es una película que no arriesga nada. Incluso las explicaciones y aclaraciones que han rodeado su promoción despiertan un cierto sonrojo: que si se cuidó que el accidente estuviera retratado verazmente, que si se hicieron no sé cuántos juegos de vestuario para marcar el paso de los días en los Andes, que si los efectos especiales aparecen en no sé qué porcentaje de los frames de la cinta, que si… Aburrido, muy aburrido, tan interesante y encomiable desde una perspectiva artesanal e industrial como innecesario a efectos artísticos. Seguimos viendo Casablanca pese a que los cigarros de Bogart crezcan y decrezcan a su antojo en el plano y contraplano, es algo que ha llegado a convertirse incluso en una marca de la película, en lo que subraya su condición ficcional y artística, su estatuto de representación de la realidad. Somos lo suficientemente maduros para entender que no estamos ante lo Real, sino que es una reconstrucción, y aun así lo disfrutamos e incluso sacamos valiosas lecciones y experiencias de ello.

Mucho más complicado resulta lidiar, para buena parte de los espectadores, criados por estas banalidades técnicas, con una cinta que, sin obviarlas, al contrario, teniéndolas presentes, va más allá, que obliga a replantearnos no si la película que vemos es más o menos real, sino hasta qué punto las vidas que sobrellevamos lo son, y en qué medida necesitamos de la ficción para hacerlas soportables. En torno a esa inquietante pregunta ha desarrollado todo su cine Erice, y precisamente por eso ha desarrollado una concepción del cine que llega a cuestionar no solo al arte al completo y a sus particularidades, sino a todo lo que lo rodea, desde los modos en que se consume —para Erice el cine es una proyección en una sala, porque ahí suceden cosas que no pasan en el salón de tu casa, y ya desde su primer largometraje queda claro en esas escenas mágicas de los habitantes del pueblo viendo Frankestein y en lo que tuvo la suerte de plasmar de la experiencia única y primera del contacto con el cine de Ana Torrent— hasta cómo se distribuye y circula, de ahí la importancia del malentendido con Cannes en lo tocante al estreno de Cerrar los ojos. Erice no es, como a veces nos quieren hacer ver, una sólida ruina de un arte y una industria que desaparece, sino que es un bastión vivo y resistente de una relación diferente con la imagen y el cine. Todo eso está en sus producciones, todo eso se ofrece de par en par al espectador que esté dispuesto a ir más allá y pasar a involucrarse en lo que se le ofrece y convertirse en testigo. Frente a un cine de consumo, de plataformas y visionados aleatorios y epidérmicos, Erice demanda la implicación del espectador en el acto de encuentro que es la proyección de una película, a la pausa en la vida que exige una entrega absoluta a la cinta, a la recepción de un mensaje complejo que requiere dos horas y media de contemplación y una asimilación sosegada y reflexiva de lo contemplado y lo vivido.

Resulta obvio que no es un cineasta cómodo ni especialmente rentable para una industria, pero en este caso conviene traer a colación las palabras de Sacristán en la gala (las que dio en la entrada de la gala son igualmente relevantes, acerca del error de condenar el trabajo de un profesional, y de todos los profesionales que han trabajado con él por un error, o incluso un delito si así llegara a considerarse, algo que no ha ocurrido y seguramente no suceda): todas las películas, las que tienen éxito de taquilla o no, son patrimonio cultural, y como tales hacen cultura y deben ser defendidas. Erice lleva más de medio siglo aportando cultura, elevadísima cultura de hecho, y Cerrar los ojos forma parte de esa producción, más nutricia que nutrida, que está entre lo mejor que ha dado el cine español al mundo.

En esta edición de los Goya los académicos no han perdido la ocasión de premiar a Erice, esa es la lectura errónea, han perdido la oportunidad de premiarse a sí mismos, de darle verdadera categoría, a unos premios y una institución. Han perdido la oportunidad. Ahí acaba todo. Conviene ser honestos y ver las cosas con cierta distancia. De haber existido en 1974, los premios se los habrían repartido El abuelo tiene un plan y Manolo la Nuit, con casi total certeza. Y habría sido una decisión aplaudida en los medios y muy cacareada, mientras que quizás en algún medio, algún articulista o crítico, habría deslizado que resultaba sorprendente que el trabajo inaugural de Víctor Erice, esa película llamada El espíritu de la colmena que fue tan elogiada en San Sebastián, se hubiera ido a casa sin premio alguno. Son los mismos perros, pero con distritos collares.

De aquí a cinco años enfermará el hombre y entonces querrán darle un honorífico. Ya sabemos cómo funcionan estas gilipolleces. Con Buñuel tuvieron la excusa de que se murió antes de que inventaran los premios, a ver cuál es la excusa estúpida que se inventan con Erice.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es NOLA ( 2021). Además ha publicado la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe, la novela Lima y limón, editada en cuatro países y en digital, y Mezclados y agitados, entre otros.