El gaviero de la literatura colombiana va poco a poco ganando más peso dentro de la literatura que el de meramente ser el amigo de García Márquez, y tanto su poesía como su narrativa van cosechando más lectores y, como en el caso del presente texto del ecuatoriano César Ramiro Vásconoez más exégetas, capaces de reflexionar con profundidad sobre su obra.

 

No es frecuente, pero entre ciertos autores considerados como reaccionarios se puede hallar más lucidez y soltura que entre quienes se posicionan progresistas. Álvaro Mutis (1923-2013) supo que para escribir poesía es necesario un mito, por ello nunca rehuyó de la experimentación ni de la experiencia.

La saga de Maqroll empieza con sus convalecencias en los hospitales de ultramar, en sus pesadillas en el delirio de la fiebre en un vagón perdido en la selva. Mutis construyó a Maqroll como a un héroe mitológico que erraba entre la excepción y el sacrificio, que persistía hasta el final aunque lo emprendido haya perdido sentido. “Un chuán perdido en el siglo XX”.

El sueño jeroglífico al que se refería Baudelaire en sus escritos sobre el hachís está en los primeros relatos donde surge Maqroll el Gaviero. Las páginas finales de “El último rostro”, donde un Bolívar agónico relata un sueño jeroglífico a Napierski, se asemejan al tramo final de “El sueño del Príncipe-Elector” de Caravansary (1981). Los dos se encuentran con una encarnación de la muerte que los seduce negándose y venciéndolos.

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En el relato “Cocora”, el Gaviero, tentado por el espejismo del oro en las tierras altas, palpa desesperadamente en las tinieblas de una mina las piezas de una enorme máquina de la que ignora su funcionamiento, el no poder entenderla está a punto de trastornarlo irreversiblemente. Para que las máquinas aparezcan en la poesía tienen que estar descompuestas o enloquecidas. Las máquinas en desuso se humanizan, al romperse se vuelven mortales. En la poesía no hay progreso. La actitud del poeta es contraria a la del ingeniero, no pretende dominar a los elementos, sino armonizarlos. La poesía nos recuerda que nuestra separación del mundo natural es ilusoria, somos su parte enferma.

Aunque era tecnófobo, sabía que el arte, la ciencia y la filosofía no caminan separadas; los avances científicos está relacionados con los cambios estéticos. Mutis desconfiaba de la sacralización de las palabras, sacralizar al progreso conduce a la superstición de la tecnología; el culto por sus avances ignora su significación y sus consecuencias. La temía, pues presintió la imposición de una uniformidad aterradora: la adicción a las pantallas.

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Mutis como novelista puede ser repetitivo o perder el hilo de la secuencia, al retratar a algunos de sus personajes secundarios resulta impreciso, o recurre a referencias literarias para afirmar un rasgo de carácter; para tratar de resolver esos baches se vale de un lenguaje suntuoso. Aunque de Maqroll nunca haya una sola descripción física, nunca tiene el mismo rostro, sus contradicciones lo vuelven fascinante.

Aunque a veces se valió de algunos de sus escenarios, no practicó el realismo mágico, pues consideraba que la realidad no era ni mágica, ni maravillosa. En los relatos interpolados entre sus poemas suele ser más contundente que en sus novelas posteriores. Para Mutis las demarcaciones entre los géneros eran una convención a violar. En ellos ya se puede apreciar una de sus tantas dotes: la descripción de paisajes, la diferenciación entre territorios: tierra caliente, el trópico, selva, páramo, las tierras altas.

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La palabra empresa en la obra de Mutis es la negación del emprendimiento, las inversiones, las ganancias. La empresa es lo que se presiente que va a fallar, aunque la empecinación se haya vuelto automática, pues no se quiere aceptar que la ilusión se paga con la estafa. Mutis deploraba el orden empresarial, donde el éxito es la obsesión de los “listos” y su condena. Se retiró de la publicidad y las relaciones públicas antes de que se impusiera la prohibición de fumar en la televisión y se expandieran las transmisiones en vivo a nivel global. Advirtió a tiempo el surgimiento de la tecnocracia, para la que no existen méritos, ni derechos, solamente la capacidad de adquisición. Intuyó que los medios se centrarían en la velocidad de la información y las imágenes como condensación del vacío, las cuales son lo contrario de la imaginación. El mundo de la comunicación no permite pensar, su única interacción posible con la sociedad consiste en el despojo.

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Para Fernando Vallejo, la antípoda de Álvaro Mutis, hay dos formas de mentir: “con palabras y con ecuaciones”. Descendientes de políticos conservadores y hacendados cafeteros. Vallejo basó su obra en la negación de la ficción en tercera persona y de la poesía en verso. En este punto es cercano al Gombrowicz de Contra los poetas (1955), pero afirmando que la poesía solo es posible en prosa. Vallejo: anticatólico, antimonárquico, se alegró de ver a España arruinada luego de que se levantara el requisito del visado para los colombianos. Lo acerca a Mutis su fascinación por José Asunción Silva, además de su vocación antimoderna, su odio a la democracia liberal, la idealización de la infancia en el Tolima y Antioquia. Vallejo si es verdaderamente celiniano en sus diatribas y más radical en su anarquismo de derecha. “Al lado de un nazista sensiblero cuyo reino es la muerte como es Vallejo, — escribe Pablo Montoya, autor de Tríptico de la infamia — y también pintorescos a su modo, está el Mutis monarquista cuyo reino es Bizancio y el García Márquez comunista cuyo reino es La Habana”.

Cuando el subcomandante Marcos invitó a los intelectuales latinoamericanos a asistir a un congreso en la selva Lacandona, Mutis respondió: “Cuando le devolvamos todas estas haciendas a la corona española, hablamos”.

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Hoy podemos suponer que los poemas de Los trabajos perdidos (1965), que son como la espina dorsal de su obra, un dique desbordado por las máscaras, empezaron a escribirse en una celda de Lecumberri. El diario que escribió durante su detención no se parece a nada de lo que hiz después, aunque allí ya se incuban la mirada y su lenguaje.

La nieve del Almirante (1986) es también un largo poema en prosa; restituye la intensidad de los relatos interpolados entre sus poemas. También puede ser leído como una reescritura de Heart of Darkness (1902) de Joseph Conrad, donde también están presentes los diarios de Gide, junto a la estrategia borgeana del manuscrito hallado por azar. Tanto en La nieve del Almirante como en Amirbar (1990) la voz de Maqroll es muy cercana a la del Marlow de Conrad. Confrontado a la desconfianza que le tienen el ejército, los paramilitares o la guerrilla, Maqroll no es capaz de ocultar que los militares le inspiran el mismo horror que las máquinas.

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Para García Lorca la sinceridad y la sencillez son inherentes al poeta, pero esquivas para los intelectuales. Mutis nunca se propuso ser un intelectual, no quería el descrédito del compromiso. Ahora que la academia se apropió de la legitimidad del saber para restringirlo, el autodidactismo está muy mal visto. Si bien Mutis detestaba los deportes y el bolero, no despreciaba al pensamiento crítico. Su lejanía de las ideas puras, su anti intelectualismo, tenían que ver con el rechazo a la omnipotencia de la historia y sus mayúsculas. Quería estar siempre cercano a la materia de la poesía; que no es la vana búsqueda por la inmortalidad, o la salvación colectiva mediante la bruma de la utopía, fatalista lúcido, Mutis sabía que la epopeya es personal y sin triunfos.

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A pesar de haber predicado como falso profeta por algo de dinero en los puertos, no hay evidencias de que el Gaviero haya sido creyente. Un relato de factura borgena como “La muerte del estratega” podría haber surgido de una crisis religiosa. El poeta que lo escribió estaba fascinado por el mundo helénico, en el que encontró una mitología, pero no la redención. Ante el nihilismo y el vacío finalmente escoge el catolicismo como su mito de salvación. “Antes de que cante el gallo” es uno de sus mejores relatos. Protagonizado por un Maestro sin halo divino, un Pedro que al final no fundará ninguna iglesia y que volverá a ser el mismo pescador de antes, y unos discípulos sin santidad. El último encuentro entre el Maestro y Pedro en la celda de la tortura, donde este le encomienda su misión, es notable.

Nada más cristiano que la vocación de sacrificio e inmolación de Maqroll. Mutis, lector de Gangotena, aprendió de la mano de algunos poetas católicos a saltarse la barda del barroco, tal vez de allí proviene su aversión hacia Lezama Lima, otro católico heterodoxo.

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Hoy, que para ser artista solo basta con parecerlo, Mutis sabía que la literatura no es una carrera, mucho menos una religión. La literatura es lo contrario de la velocidad y la inmediatez. Solo se fragua en la lentitud y la paciencia, mecida o azotada por las mareas en la quilla del barco.

 

César Ramiro Vásconez
César Ramiro Vásconez (Quito, 1980) Hizo estudios de Letras y Edición en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Fue jefe de redacción de La Comunidad Inconfesable. Como editor preparó la Obra Poética (2007) de David Ledesma y Minero de la Noche — 24 poetas franceses de vanguardia —(2008) de Jorge Carrera Andrade. En el 2009 fue seleccionado para el Programa de Residencias Artísticas para Creadores de Iberoamérica del Fonca en México. Aldaba, (Huesos de Jibia, Buenos Aires, 2010) es su primer libro de poesía. En el 2012 fue escritor en residencia de la Maison des Écrivains Étrangers et des Traducteurs (Meet) de Saint-Nazaire en Francia y editor de su revista bilingue Quito/Dublin N°16 (Meet, Saint-Nazaire, 2012). Dirigió Alkmene, revista de literatura y traducción (2014). En 2015 publicó Tierra tres veces maldita (Meet, Saint-Nazaire, 2015), su primera novela.
Todo texto es un Palimpsesto, pero más todavía los que versan sobre otras producciones culturales. Haciendo un leve homenaje a Genette, en Palimpsestos se recogerán los textos críticos. En penúltiMa la crítica es meditación y diálogo. Los textos que pasan a entretejerse con aquellos de los que hablan.