La influencia de los pensadores en los narradores sigue siendo un tema espinoso. Por sentimiento de inferioridad de unos, por superioridad de otros, siempre por razones tan absurdas como indefendibles que, en textos como este, Betina Keizman pone en tela de juicio.

 

El enunciado era indescifrable: “La vida es una serie de posibilidades que más por azar que por voluntad define los acontecimientos”. Abandonó la lectura para atender a una clienta que apuraba las compras al filo del mediodía. Quiso ver medias, remeras, anteojos de sol y  al final optó por  un piyama infantil con un diseño de autitos azules y rojos. Lauro bajó la cortina del negocio con el reloj indicando la una de la tarde.

Se interesaba en la frase de la semana como otros en el horóscopo, parte de un trámite sin repercusiones, probablemente un rito degradado a gesto automático no muy distinto a prender la luz en un cuarto oscuro. Recortaba las frases y las pegaba en un cuaderno, feliz de paladear esa familiaridad de palabras enlazadas que iba formando con las sentencias. Sin embargo, la frase de Baudrillard le planteó por primera vez el problema de la incomprensión. Era una sensación nueva, molesta, que le hubiera gustado neutralizar gracias a un expediente mágico: una película de magos en que las letras se redistribuyen en el aire para formar el mensaje diáfano que salva la vida del protagonista. En la escuela, allá lejos y hace tiempo, estaba entre los alumnos aventajados, apenas estudiaba para las pruebas y sin embargo conseguía pasar sin estrecheces. La memoria siempre había jugado a su favor, aliada con cierta elasticidad mental que le ayudaba a anticipar las preguntas. A pocos pasos de los cuarenta, esa tonicidad se deterioraba, los reflejos perdían urgencia, todo se volvía rutinario en un proceso que asoció al desgaste de los materiales del cuerpo.

Decidió que al día siguiente, sábado, mantendría el local cerrado. Era su lujo de trabajador autónomo.  Así que por la mañana dejó pasar las horas, paladeando su decisión arbitraria, y más tarde descartó los planes habituales del fin de semana: reunirse con los amigos de la cancha, visitar a su padre o retardarse con una cerveza. Quería pensar en la sentencia de Baudrillard. La había rescatado entre los diarios que su mujer usaba para limpiar los vidrios. Imaginó que llamaba por teléfono y pedía hablar con el encargado de la columna. No se lo pasarían, o puede que fuera el cadete, un pinche que surfeaba en internet frases selectas de la cultura universal. ¿Acaso la frase estaba escrita en chino? La leyó otra vez, aún más rápido. Quizás bastaba que esas palabras sintetizaran un conocimiento alcanzado por insistencia o por melodía. Un nuevo fracaso. Entonces barajó otra opción: someterse a una intención leve, relegar las actividades y que la postergación definiera un camino para la comprensión. “La vida es una serie de posibilidades que más por azar que por voluntad define los acontecimientos”. Hasta ahí se entendía, lo verdaderamente peliagudo venía después: “lo que no se realiza aporta tanto al mundo de lo existente como lo que sí se realiza. Cuando la separación entre las dos opciones es irreversible” –leyó Lauro– “cada opción vive en la nostalgia o imposibilidad de lo que no fue”. ¿Cómo era posible? Trató de calzar la frase en alguna estructura mental que le aportara sentido.  Después guardó la hoja, plegada, en la mesita de luz.

No hacía mucho, el año anterior, se había obsesionado con un programa de televisión donde unos tipos compraban depósitos cerrados. La emisión se alimentaba de la intriga: qué vamos a encontrar, será más valioso que el precio que se pagó por el depósito, habrá ganancia, un tesoro, o tendré que conformarme otra vez con ropas cagadas por los gatos y juegos infantiles arqueados por la humedad. Esas ansiedades tenían vida autónoma, igual que sanguijuelas que habitaban a sus portadores. ¿Por qué se aficionó al programa si en un principio, lo recuerda bien, se había sentido desacoplado de los sentimientos de la pantalla? El programa ensalzaba lo estúpido, la ansiedad y la expectativa eran groseras, en particular le disgustaban los planos detalle de las mejillas donde siempre podía contarse con una lengua ansiosa que tanteaba la cavidad interior de la boca, cuyos movimientos aparecían en la superficie como una montaña inestable y soez. Pero a fuerza de ver el programa una y otra vez, Lauro empezó a experimentar en carne propia la intriga que antecedía a la apertura de la bodega. Temblaba con ellos ante la tensión de la inminencia. Los tipos podían parecerle estúpidos, con esas vestimentas que subrayaban un aire extranjero, pero personificaban formas puras de la emoción. Lo que más le gustaba del programa eran los monólogos frente a las cámaras, cuando sopesaban sus objetos poniéndole nombre a la angustia del éxito o a su temor de salir estafados. Todos trasmitían la mentalidad de acopio que les permeaba las carnes, un momento fofo de manos húmedas al descubrir el contenido de la compra hecha a ciegas. Lauro se angustió por un aprendizaje que no conseguía captar, como si en una reunión fuera el único que no entendiera un chiste.

Su mujer lo suplantó en el negocio durante los tres días en cama por resfrío que dedicó al programa de los gordos. Su matrimonio vivía de esas concesiones. Lauro corría las escenas, se volvió fan del conductor fantasma que escondía la cara. En algunas emisiones asomaba su espalda flaca, vestido con un jean y una remera negra; en otras era solamente una voz que hurgaba en las ansiedades de los gordos. Con la repetición de la temporada completa, Lauro decantó algunas escenas favoritas que dejaba correr como una cortina de fondo en la computadora. Su predilecta era el primer plano del bigotudo que sudaba antes de abrir el garaje donde mágicamente (nunca mejor palabra) descubría un alfa romeo rojo en el que trataría de introducirse: Imposible tanta grasa colgante en un alfa romeo. Los gordos encarnaban un estadio superior en la escala de la incomprensión. Habitaban la alucinación del hallazgo, el sentido del mundo que se escapa entre los dedos. Lauro los contemplaba como quien observa hipopótamos. De vez en cuando los productores los alternaban con gente disipada en la angustia, unos tipos más flacos, agudos y nerviosos, posiblemente individuos de hábitos más diversificados que rotarían de reality a reality, visitantes apenas esporádicos del mundo de los garajes y los galpones.

Al tercer día, tuvo otra idea. Los gordos eran genios de la falta de sentido. Aquel de bigote que ni de broma se quitaba el gorro de béisbol con el número 1 que le cubría la presumible pelada, ése había rozado la revelación. Había indicios: su atracción por los mármoles y los espejos, su interés por algo que excedía el valor material, un capital estético de los objetos, si es que podía creérsele. El del bigote había encontrado en un garaje (precio: cincuenta dólares) un perro de jardín, sentadito y de hocico abierto. Se rascó bajo la gorra. Según las escalas del programa, esa pieza era el sumun del fracaso: barato y convencional. La cámara hostigó sus labios ajustados y después removió la derrota en las mejillas rosáceas que acaso palpitaban. Pero el número 1 era un luchador y alzó la cabeza, había que sobreponerse, él no era un blando. No estás vencido ni aun vencido, subtitularon. El gordo ensayó una mueca esperanzada y hurgó el agujero que esas figuras de cerámica tienen en la base para evitar las grietas en el horno. “Puede esconder una sorpresa”, anticipó, el hilo delgado de la confianza. Lanza un alarido: una uña rota. La cámara se zambulle en su gesto victorioso, después en la pata del perro de cerámica con su pezuña cascada. ¿Cómo se había roto? ¿Dónde?, pregunta el gordo, bien subido al tobogán de su veta criminalística. Ensaya ojos soñadores. Es un arma homicida, confirma: en algún lugar esa uña de perro está enterrada en la cabeza rota de un tipo joven. ¿Cuánto vale un objeto criminal?, desafía a la cámara. Suena el fondo musical.

Nadie cuestiona la convicción del gordo ni la arbitrariedad de su deducción. Muy al contrario, establece un hecho. La música del programa redobla los platillos del éxito. En su casa y frente al televisor, Lauro decide indagar. Su urgencia se acrecienta con la computadora que resuena su tintintin bajo una circunstancia evidente: no vive en la ciudad del número 1 y no sabría buscar en las noticias de Missouri (era Missouri) la crónica del cadáver con la uña cerámica incrustada en la cabeza. Ni siquiera entiende inglés. Aun así revisa los diarios nacionales y para su sorpresa encuentra una nota en las últimas páginas de la tercera edición. Una mujer fue atacada por su novio celoso. La hallaron en su departamento y en la cabeza tiene incrustado un trozo de cerámica cuyas características el diario omite. Pero dice claramente: pieza de cerámica. La crónica indica el nombre de la calle, además Lauro identifica la foto de una pizzería que él mismo frecuentaba en la adolescencia.

Un enjambre de cintas naranja cercaba el balcón del departamento. Era el séptimo piso. En la calzada, algunos hombres iban y venían entre dos camionetas con logos televisivos, recogían los cables entre los vecinos que se apiñaban en la esquina. Más lejos, pero en el centro de otro grupo compacto de recién llegados, el portero repasaba los detalles del ataque. Su cara fresca olía a colonia y evidentemente disfrutaba de la atención inesperada.

Lauro escuchó decir que las imágenes del novio estaban en la cámara del edificio. El portero era hábil para regular la información, que matizaba con datos sugestivos sobre los hábitos de la víctima. Ya se veía venir, escuchó. Gracias a las charlas de sus clientas, Lauro sabía que nunca hay sorpresas: todo se ve venir.

Al final, también ese último grupo se desmembró. Oculto tras el kiosco ubicado en diagonal al edificio, Lauro vigiló al portero que regaba, silbando, los maceteros. Se imaginó que ganaba su confianza y conseguía que lo introdujera en el departamento de la mujer, filtrarse en la comisaría, fingir que era un abogado o un investigador. Así entretejería una red que lo uniera a los gordos del garaje, un circuito de convicción, algo tan inverosímil como esperar una ganancia millonaria por la compra de un galpón cerrado. Era un desvarío realizable. Se midió el pulso con la mano derecha como le había enseñado un compañero del fulbito que era médico. El portero lo saludó con la cabeza antes de entrar en el edificio.

Todavía vigiló el lugar durante el resto de la semana mientras los rumores se descomponían entre reiteración y novedades escasas. En el balcón, detrás de las bandas anaranjadas, se amontonaban macetas y plantas colgantes, incluso un enano de jardín. Lauro contemplaba el enano en el balcón y se sentía frustrado, incapaz de definir una línea de acción; la decepción se convirtió en miedo cuando el portero le preguntó si vivía por la zona. Estuvo seguro de que lo denunciaría con los investigadores.

No volvió a ir, y ese fue su punto final con el programa de los gordos. Apenas lo miró dos o tres veces más para comprobar la extinción del encanto. En la semana siguiente, se enfermó de verdad. Se despertaba afiebrado, le dolían los huesos, de a ratos las fuerzas le fallaban al subir la escalera, víctima de una debilidad que implicaba a sus músculos pero también a sus emociones, una tendencia a llorar por extenuación. Su mujer lo acompañó al médico y los análisis de sangre arrojaron un diagnóstico de anemia y colesterol elevado. Le recetaron un multivitanímico, un antidepresivo herbal y caminata rápida. Perdió dos kilos pero, para su sorpresa, la actividad fue un paliativo eficaz para su estado general.

Aquello había pasado el año anterior, unos seis meses atrás. Volvió a pensar en la frase, infiltrada como una advertencia: “La vida es una serie de posibilidades que más por azar que por voluntad define los acontecimientos”. Se recomendó cautela. Reconocía las sensaciones que le había producido el programa de los garajes, un efecto que recorría vías físicas: esa alegría, el choque del hambre y el rebote de la insuficiencia de azúcar, algo que definía una necesidad ociosa acoplada a un deseo persistente. Ya se sabe, el diagnóstico en nada atenúa los síntomas. La frase de Baudrillard lo atrapó y llegó un momento en que apenas conseguía abocarse a nada: encargar las compras del mes o mantener alguna conversación casual con un cliente. “Cuando la separación entre las dos opciones es irreversible” –recitaba Lauro– “cada opción vive en la nostalgia o imposibilidad de lo que no fue”.

Lo que no fue debía referirse a un objeto. Entonces Lauro se propuso rastrear en su vida posibles encarnaciones de algo truncado. Habría alguna huella, se dijo, un contorno de suciedad que definiera una silueta. Recordó que en una repisa alta del comedor estaban las pelotas de tenis de cuando entrenaba en la asociación. Le gustaba saberlas cerca, rendidas a una disposición imprevista. No era amante del deporte y antes de desembocar en el fulbito siete (que suspendió por la época de su metejón con el programa de los garajes) había ensayado y descartado distintos deportes.

Una primera revisión de los objetos no arrojó ningún resultado positivo. Entonces se le ocurrió que lo que no fue implicaba otra categoría: un afecto o una elección vital. Pero esas huellas estaban proscriptas en su casa porque desde los inicios de la convivencia, su mujer había eliminado cualquier recuerdo de una vida que la excluyera. A regañadientes admitió un retrato de su madre, muerta en el mismo año en que empezaron a salir juntos y con la que ni tiempo tuvo de malquistarse.

Tras una exploración de lo evidente, las conclusiones de Lauro fueron rigurosas: No había en su casa ningún objeto, recuerdo o trazo de nostalgia, ninguna pérdida irreparable. En un primer balance lo consideró una prueba de fortuna. Pero si le había faltado conciencia, el rastro que buscaba podía estar enterrado en una valija, precipitado entre los cachivaches del galpón, en definitiva, maltratado por un descuido irreverente. Hizo un repaso mental. Descartó más rápido que tarde las novias de la primera juventud. ¿Cómo se llamaba? ¿Ana o Inés?. Lo mismo para las salidas con amigos, la intensidad de la borrachera, el tiempo libre de la calle, todo ese pasado que ni siquiera la nostalgia conseguía animar. Estaba vacío de recuerdos: la conclusión de un fracaso. Después pensó que aquello podía ocultar un olvido, una situación en el ámbito de lo reparable. Bastaría animar las condiciones. ¡A quién no le gusta recuperar!

Renovó la pintura de la casa y mandó grabar la frase de Baudrillard. El carpintero hizo un letrero pirograbado sobre madera rústica, con letras en cursiva como las de los salmos, aunque personalmente nunca había apreciado las sentencias bíblicas. Lo colgó en el local. Su negocio vendía medias de mujer y de niño, ropa interior, calzoncillos, bombachas y corpiños. Un rincón de la vidriera estaba destinado a piyamas. La lencería erótica había tenido malos resultados,  probablemente porque a sus clientas les incomodaba pedirle  esos modelos. Tampoco Lauro forzaba la cuestión. Hacía sus compras según las propuestas de los tres corredores que lo visitaban y siguiendo los consejos de  la vendedora de la casa mayorista con la que trabajaba desde sus inicios. Era una mujer de su edad que, después de una charla inicial en la época en que abrió el local, unos diez años atrás, había definido el estilo del negocio, atenta a los colores de moda pero también fiel a las combinaciones tradicionales que habían probado su eficacia.

El cartel apenas despertó curiosidad. A los pocos que preguntaban, Lauro respondía alzando los hombros: sería asunto de  su mujer, que atendía en las últimas horas de la tarde. Las más predispuestas a reflexionar sobre la frase de Baudrillard fueron las vecinas mayores, pero después de dos semanas, fue evidente que ningún cliente avanzaba una comprensión mejor que la suya. Bastante tarde, Lauro notó la disminución en las ventas y repasó los movimientos de los últimos días: faltaban justamente las madres de familia numerosa que siempre necesitaban unas medias o un pijama para regalo. Vigiló la vereda para comprobar el flujo de compras del otro lado de la avenida que demarcaba una distribución de comercios refractaria a los cambios y, efectivamente, sorprendió algunas traiciones inesperadas. Era un precio acotado, además, entre los fieles, la novedad del cartel se fue decantando.

Orientó a una clienta hacia unos zoquetes con diseño de espadas y cañones que se vendían poco. Con un pie casi fuera del local, ella quiso saber quién era Baudrillard. Lauro se animó; en las últimas semanas los efectos del cartel se habían ajustado en una meseta de indiferencia. Le contestó, pero ella ya no lo escuchaba: un último sello de apatía. Imaginó enredaderas donde trepar, las patas como membranas. Nada nos pertenece más y mejor que las ilusiones, independientemente de lo tontas que sean.

También en el café, o cuando se duchaba después del fulbito, Lauro pensaba en Baudrillard. De algún modo, el interés se había refugiado en algún rincón de sus propias especulaciones, en una condición lateral.  Pero incluso en ese estado, a veces cedía a la necesidad de conocer la opinión de los otros, pese a que el cuerpo, más que el pensamiento, le advertía la zona de hielo, condiciones de convivialidad que se habían vuelto extremadamente frágiles, piernas y manos sin adherencias en un mundo carente de puntales. La semana anterior, el arquero del equipo había estado en su local y le había preguntado por el cartel; Lauro se había alzado de hombros. En los tiempos muertos, jugaba a leer la frase de diferentes maneras: sonido por sonido, deletreando, como estribillo de una canción de moda, “Llegó la fiesta, pa’ tu boquita/Toda la noche, todito el día”, “más por azar” “que por voluntad” “se define” “lo que yo pienso”.  Después lo leía como chinito, rumiado por un gangoso o recitando la definición de la rae para cada palabra. En eso estaba la tarde en que Baudrillard entró para comprar un pijama. Salía para Córdoba y le temía a las noches frías de la montaña, eso dijo mientras Lauro envolvía el paquete. Ella miró el cartel, demasiado rápido para leerlo: Qué raro. Es mi apellido. Tenemos familia en el norte de Francia.

¡Qué materialismo lo había llevado a confundir el mensaje! Era ridículo haber supuesto que la frase señalaba un objeto, incluso un estado de cuestión. En un descuido, Lauro deslizó dentro del cajón semiabierto la billetera que ella había apoyado sobre el mostrador. Todo se dio rápido.

Al día siguiente, Baudrillard reapareció para buscar su billetera. Él ya se había quitado la alianza y le pidió su número de teléfono. Se sentía rejuvenecido, tras una señal, incluso si ella era más joven, unos diez años tal vez, y bastante linda. Se vestía mucho más a la moda que su mujer. Como rito de convocatoria había dejado la mano en el rincón del local donde los rayos del sol se introducían desde la mañana y, por el otro lado, donde reptaban hacia el armario al final del día. Dos semanas después el círculo pálido de su dedo se había desvanecido.

Fue un sueño de liberación que albergaba, incluso sin sospecharlo. Es espantosamente fácil desarmar una vida, aunque el proceso siempre tiene aristas engorrosas: dejó a su mujer, cerraron el negocio y repartieron el plazo fijo que guardaban en común. A ese remate pacífico ayudó que él no reclamara nada, ni siquiera la computadora ni la televisión, sin valor en el mercado. Aunque los vaivenes afectivos sí causaron sus cimbronazos. Ofendida por la docilidad de su mujer, su cuñada le avivó el rencor a golpe de recuerdos: se sucedieron las escenas, las fotos rotas, hubo amenazas. Después la situación recuperó un cauce sosegado, también más acorde con sus personalidades. Por fin, la venta del local y la tasación de la casa terminaron de saldar la división de bienes. Al cabo de pocos meses la vida de Lauro no se parecía en nada a lo que era, ni mucho menos a lo que con manifiesta desidia, como todos, había proyectado para su futuro. Última sorpresa, también su exmujer extrajo de sí otro diseño de vida, el progresivo incremento de una fuerza vital, una suerte de semilla futura que le permitió rehacerse, como dijo, y que después de haber tocado fondo la colocó al año siguiente con una nueva pareja y embarazada.  Hasta donde Lauro sabía, tampoco ella quería tener hijos. Pero es frecuente que las decisiones de uno provoquen mudanzas de tercer o cuarto grado, como oleadas que en el mar manso puedan formarse por el paso de un barco con motor.

Para desgracia, sus propios cambios no se revelaron tan venturosos. Lauro retomó su antiguo trabajo de contador en las oficinas de un club barrial remozado gracias al aporte de un político de la zona. Los efectos visibles de esa acción estaban en las dos canchas norma IRAM, en los camarines de diseño italiano y en su inclusión para reforzar el equipo de tres empleadas administrativas que llevaba allí más de veinte años. Manías más, manías menos, las mujeres lo admitieron cuando Lauro demostró que no venía a cuestionar los hábitos de nadie. Su intuición se había fortalecido en los últimos tiempos, sobre todo a la hora de discernir los mejores caminos para abrirse paso. El jefe de la oficina incluso aceptó el cartel de madera con la frase de Baudrillard, que fue a parar detrás del escritorio, encima de su propia cabeza. Cada  socio del club arriesgaba un comentario mientras buscaba la tarjeta de crédito o el efectivo para la mensualidad. Lo consideraron un rasgo personal, y el club era tolerante con esos remanentes de temperamento que las empresas modernas cubren a brochazos de uniformidad.

El gran problema fue que su vida con Baudrillard no fluía. Sin proponérselo, Lauro había escrutado signos de continuidad, vale decir variaciones de los hábitos de su matrimonio, la peor opción para una primavera de calentura y desconciertos. Igual que pegarse un tiro en el pie. Muchas noches rumió sus dudas a solas, cenando un sándwich frente a la televisión. En el fondo, reconocía su resistencia a acomodarse a las formas de existencia que Baudrillard le concedía. Los fines de semana, ella apenas disimulaba su molestia de verlo por ahí. Era un problema de sincronías, y Lauro previó que antes o después esa molestia encontraría su reclamo. Mientras tanto, los momentos felices se asilaron en la cama.  Tras una década de rutinas sexuales el cambio no podía ser más que reparador y a veces le parecía a Lauro que el cuerpo de ella estaba hecha de tentáculos tibios. Un viva la vida veinteañero, de milagro inmerecido si esa placidez erótica no se hubiera anulado sistemáticamente apenas emergían de la ducha o enfrentaban algún plan que los arrancara de la cama o del sofá, el otro lugar dorado del sexo. Con la brutalidad de un interruptor que se corta, entonces Baudrillard evitaba sus manos e incluso lo suprimía de su campo visual.

La otra circunstancia feliz sucedía cuando salían de compras. Baudrillard  adoraba los centros comerciales, a veces incluso recorría uno por la mañana y otro por la tarde. Colgada del brazo de Lauro, liberaba un goce infantil frente a las vidrieras. Le gustaba salir del probador y mostrarle la ropa, incluso lo consultaba sobre los colores más apropiados para su piel o para el modelo que ensayaba. Él funcionaba como un condensador de energía: listo para realzar la palabra justa cuando ella rozaba el agotamiento, capaz de eclipsarse cuando resplandecía de decisión. Conoció la felicidad de comprar sin dudas.  Con su mujer habían sido abejitas ahorradoras, libadores de la miel del departamento y el local, amasadores cautos de las merecidas vacaciones anuales. La escala de intereses de Baudrillard, en cambio, se rendía a las sirenas de lo inmediato. Su ritmo de adquisiciones se auxiliaba en la ruleta de las tarjetas de crédito, como quien dice, para saldar una deuda con otra. Le había explicado a Lauro que también recibía la mitad de un alquiler por la casona familiar de los abuelos.

La primera escalada de compras, Baudrillard la animó con motivo de la nueva casa. Además, cada inicio de mes emprendía limpiezas de armario, regalaba ropa a una sobrina, adornos y artículos de cocina a la señora que hacía la limpieza, el resto a una parroquia y al portero. Esa delicada política de circulación mantenía su ritmo de compras regulado por las posibilidades de almacenamiento. También guardaba cosas en el ático de la casona de los abuelos, una segunda válvula a la que recurrir cuando colapsaba su sistema de regalos, reciclaje y acumulación. Al segundo mes había cambiado por completo el vestuario de Lauro. Era un halago que le provocaba cierta incomodidad porque poco y nada se identificaba con los modelos deportista y casual que Baudrillard había elegido para él.

En el club, Lauro se hizo amigo de un socio que después de entrenar en la piscina se quedaba hasta el mediodía conversando con él en la administración. Era rico en anécdotas: en China se había iniciado en la práctica de la acupuntura y después había residido en Buenos Aires por cuatro años, perfeccionándose en un instituto sinológico. Últimamente, según le contó, echaba mano a la homeopatía, incluso completaba los tratamientos de las viejitas con unas soluciones de bálsamo de marihuana que las mantenía relajadas. Podía darse el lujo gracias a la habilitación con una formación a distancia en Francia, que le otorgó un título internacional.

El acupunturista lo trató algunas veces en su consultorio privado y otras en la sala de masajes del club, un cubículo junto a las oficinas administrativas que también se utilizaba para controlar el peso en las rutinas de acondicionamiento físico. Con las agujas en el cuerpo, Lauro sentía erizarse el armazón de potencias bajo su piel. Las agujas provocaban un ardor de superficie y unas pocas abrían espiral en puntos específicos de su cuerpo. Eran como esos tornados que nacen en tierra desértica, concentrados, inquietantes, pequeños movimientos esporádicos que se deshacían en el ímpetu inicial del que brotaban. Las veces que el acupunturista quemaba esas agujas con una vela, los tornados se disolvían en flamas chispeantes y le dejaban manchitas rojizas sobre la piel. Estaba demasiado rígido y, según el acupunturista, su sangre ácida le causaba malestares estomacales y esos calambres matinales que le anegaban las piernas. Le recetó una cuchara de bicarbonato de sodio por la mañana, también le convenció de nadar una hora diaria después de la oficina. Por lo demás, el acupunturista fue el único que prestó una atención consistente a la frase de Baudrillard. Quiso saber dónde había encontrado el cartel. Nunca le explicó Lauro que él mismo lo había encargado, en cambio, murmuró algo sobre una herencia, incluso se alzó de hombros para relativizar la importancia que le atribuía.

Sin embargo, un día el acupunturista apareció en su departamento con un libro de Baudrillard de regalo. Esa noche, mientras comía su sándwich, Lauro no encendió la televisión. Los primeros párrafos le parecieron simples, para entrar en cuestión, pero apenas avanzar dos o tres páginas sintió que la lectura encallaba. Mejor que exasperarse, tuvo la ocurrencia de leerle a su Baudrillad el primer capítulo. Habían tenido sexo y quedaron abrazados, en el acuerdo tácito de una pausa. Leyó mientras le acariciaba el costado de la cara, evitando los pezones y las caderas. Ella le hizo repetir algunas frases. Entonces Baudrillard enredó sus piernas en las de él, haciendo girar su cuerpo y mientras volvían con el último comentario en las bocas, enredado en gemidos, Lauro pensó que esa era la felicidad. Hasta creyó que allí estaba la razón de la frase, no en su sentido, sino en conocerla y estar juntos.

Baudrillard no volvió esa noche y tampoco la noche siguiente. No era la primera vez que desaparecía sin prevenirlo, en una oportunidad incluso estuvo una semana sin regresar al departamento. Cuando volvió, tuvieron una primera discusión en que ella simuló no escuchar sus preguntas y permaneció de espaldas, moviendo vasos de un lugar a otro sobre una repisa. Al final, Lauro canceló la disputa porque estaba seguro de perder, la imaginaba cacheteándolo o gritando reproches ofensivos que decapitarían los puentes de la reconciliación. Optó por rellenar las ausencias de Baudrillard con hechos imaginarios, conversaciones que suponía y explicaciones plausibles. Los celos le sugerían una escena de hombres ocasionales, pero aun sin descartarlos, Lauro intuía otras imágenes: un cuadrado color tiza, algo con forma y matiz pero que él mismo era incapaz de dotar de sentido.

Estirado en la camilla, dirigió su atención hacia su pie izquierdo, donde tenía clavada la aguja delgada, y de donde emanaba un abandono irremontable que le acunaba el cuerpo, se alzaba hasta su entrecejo y ceñía su nuca. El acupunturista también conocía el programa de los gordos. Esos realitys estaban arreglados, era evidente, aunque le gustaban los monólogos de las franjas de apertura donde los protagonistas ensayan un aire de película de acción. Según el acupunturista, esa era la parte más espontánea del programa. Los gordos eran gente auténtica sometida a las condiciones marcianas de un país ajeno. Los recorridos de todas las vidas son igual de predecibles, comentó el acupunturista, como si cada vida transitara por un sendero excavado en la tierra a fuerza de caminatas. En el reality de los gordos, por ejemplo, el conocimiento estaba concentrado en las historias de formación de la nación y en las fuentes bíblicas: sobraban las referencias a los treinta siclos de judas o a las plumas que habían firmado la constitución. Una serie nacional tendría más deporte, fútbol o automovilismo, opinó el acupunturista.

Al quinto día de ausencia, Lauro decidió ir a la comisaría. La policía que recibió su denuncia de desaparición llevaba un rodete tirante y el maquillaje impecable, de colores intensos y delineados precisos. Fue meticulosa al escribir los datos, pero apenas Lauro abandonó el mostrador, había lanzado una carcajada, coreada por el otro policía,  flaco y desgarbado, que estaba frente a la segunda computadora. Lo más probable era que Baudrillard no quisiera volver o que colgara de algún entusiasmo que Lauro desconocía.

Volvió al club. La rutina de trabajo lo ayudó a distraerse, pero con el desembarco del sábado, las alertas se multiplicaron. Le cortaron el teléfono y encontró tres notificaciones de empresas de cobro deslizadas bajo la puerta del departamento. A las siete de la tarde recibió un aviso certificado por una deuda impaga sobre su tarjeta. Hizo memoria, entonces sí, de detalles y malentendidos menores que alineaban un inventario: llamadas de celular que Baudrillard no respondía, conversaciones interrumpidas cuando Lauro entraba en la casa, también la venta urgente de una ropa recién comprada. La última vez, en el shopping, pagaron con su tarjeta porque la de ella aparecía rebotada por un problema de sistema. En esa ocasión, había comprado una cafetera y después una remera en el negocio contiguo. Lauro recordó que esa ansiedad que le impedía a Baudrillard postergar una adquisición era su rasgo más relevante. Como era normal, conservaban cuentas independientes, pero Lauro fungió de garante para una tarjeta que reemplazó a otra que ella había extraviado.

Ese jueves pidió una reunión con el jefe de la sección fraudes. Al día siguiente recibió otra llamada del banco: las irregularidades coincidían con un pedido de informes de otra financiera en relación con una cuenta deudora. El jefe de fraudes, un tipo joven, llevaba el pelo corto y tenía los previsibles tatuajes bajo la camisa de rayas delgadas que traslucía algunas letras. Su oficina era un compartimento separado de los escritorios vecinos por paneles color crema. Le explicó que Baudrillard estaba en la lista de morosos y la carátula de clonación se había modificado a malversación. Podía ser, incluso, acción delictuosa de alguna persona de su círculo; el hombre hablaba acariciando la manga de su camisa, como si el tacto añorara los tatuajes que estaban debajo. Y si así fuera, el seguro nunca jamás asume responsabilidades en relación con la hipotética clonación. Fuera del banco, Lauro compró una lata de coca cola fría. El líquido helado le agarrotó la garganta: el ciclo circadiano de Baudrillard se definía en fuga.

Llamó al acupunturista para contarle sus nuevos problemas bancarios y después tomó el colectivo hasta la casona alquilada. Baudrillard se la había mostrado una vez, si no recordaba mal, en las primeras semanas de conocerla. Todas las calles parecían un mismo sendero en penumbras, sensible a los ruidos de los pasos sobre la gravilla. Las casonas de luz crepuscular fabricaban risas, palabras de discusión o gritos, alguna música. Lauro se imaginó en el espacio exterior, recibiendo por medio de una sonda evidencias de vidas distantes, inconmensurables.  Sabía que la casa de Baudrillard estaba a cuatro cuadras de la parada, pero tuvo que volver sobre sus pasos para encontrarla. El farol de la cuadra estaba roto y la fachada azul parecía negra. Sin embargo,  desde el cerco distinguió una luminosidad intermitente que se filtraba por el ventiluz del desván. Abajo vivían las inquilinas, unas hermanas que Baudrillard llamaba la muda y la charlatana. Lauro subió la escalera y golpeó. Baudrillard en persona abrió la puerta. La plataforma de ingreso del entrepiso estaba convertida en improvisado salón. Unos metros atrás, Lauro distinguió la computadora, un colchón y algunas ropas. Había planeado las palabras de reclamo, pero Baudrillard se adelantó: le devolvería la plata, era un revés, una vuelta de giro, pero apenas cobradas unas deudas de amigos, ventas de las que no había recibido líquido, devolvería todo, incluso intereses por las molestias. No estaba avergonzada o, si lo estaba, lo disimulaba muy bien. Lauro observó que las telarañas del entretecho formaban bolsas compactas que se ensanchaban hacia los rincones. Tiene la etiqueta, le dijo a Baudrillard, señalando su camisa nueva. Era violeta, el color de temporada.

Iba a insistir, claro, le explicó al acupunturista. Pero por el momento su prioridad era blanquear las cuentas, mudarse a un departamento más chico y cambiar de banco para proteger el saldo del negocio de bombachas y corpiños. Acordaron que ella le devolvería una cantidad cada mes. Esa noche, Lauro no encendió la televisión, se enmarañó en posibles estrategias de amante despechado, entre otras, una denuncia pública, un mail a los contactos de ella o un anuncio en Facebook. Qué contestaría él mismo en caso de recibir un correo de ese tipo: que no era asunto suyo. Incluso sospecharía del denunciante. Donde alguien ve justicia o advertencia, otros pueden entender venganza, incluso bajeza moral. Era el problema –o virtud– de los tipos del garaje, su capacidad de discurrir en una gama de emociones restringidas. Decidió posponer los intentos de represalia hasta ver los resultados del plan de pagos que Baudrillard le había propuesto.

Ese fin de mes recibió la mitad de lo pactado en un sobre que deslizaron bajo su puerta. No había nota, solamente billetes, un monto que coincidía con la cifra escrita en el exterior. Fue nuevamente a la casona. Baudrillard usaba la misma remera violeta, pero arrugada y con el color deslucido. Hurgó debajo de una pila de papeles que se equilibraba sobre la silla, de donde extrajo una hoja plegada que le tendió. Era una tabla con la proyección de sus gastos. El pago mensual – Lauro, decía– era un cuarto de lo acordado. No supo qué decirle, se sentía entregado a un estado de anemia afectiva. Ya en la calle, vio salir a una de las inquilinas. Eran hermanas idénticas, ¿sería la muda o la charlatana? Sopesó contarle la situación y de paso averiguar la cantidad precisa que Baudrillard recibía mensualmente por la casa. Esa tarde fue al escribano para terminar de deslindarse de los documentos que quedaban en común. Al revisar el acta encontró dos errores: su dirección era 225 y no 0225, y en los carnés de identidad, descubrió que el apellido de ella, Baudrilard, llevaba solo una ele.

Llegó a la oficina más temprano y en la mañana se dio vuelta varias veces para mirar el cartel. Los socios venían durante los cambios de turno de las actividades, pero en las horas intermedias la oficina estaba vacía, incluso de los otros empleados, que asistían a una capacitación en la intendencia. “Lo que no se realiza aporta tanto al mundo de lo existente como lo que sí se realiza. Cuando la separación entre las dos opciones es irreversible, cada opción vive en la nostalgia o imposibilidad de lo que no fue.”

Como en las sucesivas mudanzas había aplicado una regla reductiva, a Lauro no le costó identificar la caja que buscaba. La abrió. El recorte de diario estaba protegido por un folio transparente, tal como él lo había guardado. También en el diario decía Baudrilard, como en su cartel. Confirmó el error en el libro que le había regalado el acupunturista; no necesitaba comprobarlo en internet: Baudrillard. En una ele de diferencia cabe un mundo.  Cada opción vive en la nostalgia o naufraga en la imposibilidad de lo que no fue, se dijo.

Santiago-Brooklyn-Santiago, 2016

 

Betina Keizman

Betina Keizman (Buenos Aires, 1966). Ha vivido en México y en Francia y actualmente reside en Chile. Es, además de escritora, traductora y crítica literaria. Es co-autora de El minotauro y la sirena (libro de entrevistas-ensayos con nuevos narradores mexicanos) y autora de Zaira y el profesor (Beatriz Viterbo, Rosario), El museo de los niños (Ediciones Progreso, México) y Los Restos (Alquimia, Chile).

Poe y compañía es la sección dedicada a la ficción  en penúltiMa. Por necesidad un relato colgado en la web no debe ser muy largo, y eso nos recuerda a la unidad de impresión de la que habló el iniciador del cuento literario moderno. No nos parece mala cofradía para unirse a ella.

La imagen que ilustra el relato es de la fotógrafa eslovaca Maria Svarbova, cuyo trabajo puede admirarse en su página web: http://www.mariasvarbova.com/