Interesado por la efusividad del recibimiento crítico ante la novela más reciente de Ian McEwan, Lessons (Lecciones), publicada en inglés por Jonathan Cape y en castellano por Anagrama, el autor del texto regresa a la lectura de un autor al que tenía algo abandonado. Aquí nos deja sus impresiones al respecto.

 

Cuesta mucho pensar que el escritor que se hizo famoso como el macabro de los los reunidos en la única lista de Granta que realmente sirvió para algo, la primera de 1983, sea el mismo abuelo apacible que deja traslucir su más reciente Lessons. McEwan ya deja traslucir ese tono macabro en los pies amputados de la mujer que abandonó al protagonista, en el cáncer que se lleva a su siguiente pareja o en el estupro del que fue gozosa víctima en su momento aunque con el paso de los años ha comprendido el verdadero alcance de su experiencia. De eso trata la novela, de las lecciones que la vida nos va dando, y con esa excusa como motor narrativo McEwan hace un repaso del último siglo, desde las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial a los sucesivos enclaustramientos provocado por la pandemia del COVID. Y lo hace con la destreza habitual en él, con la maestría que puede esperarse de una carrera que se extiende a lo largo de cuatro décadas y dos decenas de libros. McEwan no tiene que demostrar a nadie que es un narrador portentoso, que tiene la capacidad de crear universos únicos y, quizás por eso, se permite en Lessons entregar lo más parecido a un libro de memorias de que es capaz, lleno de referencias a su propia vida, a sus experiencias, y que quizás por eso se ve obligado a aclarar que no hubo profesora alguna de piano en su vida como la que aparece en el libro. De hecho, todo el libro, sobre todo a través del personaje de la exitosa novelista alemana en que se convierte su ex mujer y la relación que establece en su obra entre los hechos sucedidos y la ficción que ofrece a sus lectores puede, también, leerse como una poética de la propia labora de McEwan en este libro y, por extensión, en toda su obra y también la visión que tiene en general del uso de los materiales autobiográficos por parte del autor en una ficción novelesca. Sería algo muy optimista decir que todo esto es algo que se da por sabido, pero las experiencias que ha tenido que sufrir el propio McEwan a lo largo de su carrera, así como la depauperación de la capacidad de diálogo del público lector con producciones mínimamente sofisticadas, hace pensar lo contrario. No es algo que puede ser obviado, y quizás por eso el autor ofrece una aclaración al respecto en los agradecimientos del libro y una broma íntima y pulcra al explicitar en una nota final quién es el propietario de los derechos de la letra de Pale Blue Eyes que aparece incluida en la novela. Tras sus experiencias con acusaciones de plagio es casi mejor dejar claro que, además de decir en la novela quién es el autor de la canción, hay que dejar claro en los créditos finales a quién pertenecen los derechos. Mejor evitar suspicacias. No creo que se trate de algo secundario, ni de un mero trámite, sino de un detalle que sirve como sinécdoque del enfoque creativo que ha sobrevolado la escritura de todo el libro. Y que, quizás sea el momento ya de decirlo, supone su mayor lastre.

Todo lo que tiene de autobiográfico, todo el talante bienhumorado y afectuoso del libro, la figura de ese hombre que vive un abuso sexual en su adolescencia como una iniciación soñada, que luego sobrelleva el abandono de su esposa, que mantiene en la medida de lo posible a lo largo de su vida sus ideales progresistas, que termina encontrando el sosiego de un amor de madurez con una mujer que sufrió el maltrato de su primer marido, con el que él llega a pelearse incluso, o la voluntad de perdonar el pasado y las ofensas sufridas a lo largo de su vida en aras de sobrellevar la existencia con la mayor placidez posible, la del abuelo al que le comienzan a flaquear las piernas del final del libro, hace que la novela se haga un tanto farragosa durante su lectura. No se hace pesada por su extensión, casi quinientas páginas en la edición original que es como la he leído, sino por sus buenas intenciones, por la voluntad de que todo el mundo salga bien parado del retrato que se hace de él, incluida la egoísta ex esposa que se desentiende de su marido y su hijo como un precio a pagar por poder vivir su vocación sin tener que cumplir las expectativas de nadie más que las ella misma. La novela es buena, está bien narrada, tiene pasajes donde queda clara la maestría estilística de McEwan (intuyo que en las versiones traducidas esto puede perderse, aunque confío en la profesionalidad de los traductores y editores que les habrá hecho velar porque esto no ocurra), y el fresco que presenta de los últimos cien años obliga a replantear muchos detalles históricos y revisitar ciertas ideas asumidas sobre cómo marcaron a la sociedad y en qué medida esta ha cambiado tanto como muchas veces nos quieren hacer creer. Hay ciertos detalles que hablan de la capacidad de McEwan de seguir incomodando al burgués biempensante, como los cambios de enfoque en torno a lo que se presenta, primero, como iniciación sexual y más tarde como abuso, o la alteración del cliché del esposo que desprecia la vida familiar persiguiendo la realización personal y el éxito profesional al desplazar la posición de la abandonada que debe criar sola a los hijos a un varón. Sorprende poco, en ese sentido, la manera en la que la narración pasa por encima de todos los dramas y problemas más cotidianos que vienen anejos a la crianza de un hijo. Se conoce que no era la intención de esta novela plasmar eso. Puede ser que tampoco hubiera mucha documentación. Eso es lo de menos. Lo que importa es que, frente a la ausencia de la figura paterna por la que pasó el protagonista, él decide no fallarle a su hijo. Toma la decisión y no es necesario representar eso. Toca asumirlo. Y punto.

Eso es lo que va sucediendo a lo largo de toda la novela. Pasan cosas, y se nos explican, se nos dice cómo debemos asimilarlas, qué ideas claras debemos tener acerca de ellas, no vaya a ser que alguien no entienda lo que se tiene que entender, y pasamos a otro episodio de la vida de Roland Baines. Normalmente colocados en orden cronológico, salvo en el inicio de la novela, donde los saltos entre el presente del hombre abandonado por esposa que recibe la visita del detective que investiga que posiblemente él la haya asesinado y el pasado en que se produce el primer tocamiento de la profesora de piano y su primer beso estructuran ese inicio de la novela. Luego… Nada, lineal, convencional. Una cosa tras la otra. Muchos resúmenes, muchas explicaciones, alguna escena y diálogo, siempre con un tono más libresco que realista. Todo bien, todo meditado y encajado, todo bien resuelto. Todo profesional, todo bien rematado, bien envuelto. Perfectamente olvidable a la postre.

Porque esta novela, que desde distintas voces de la crítica se está alabando como una de las mejores novelas de McEwan, he llegado a leer que es “la mejor desde Atonement (Expiación)”, es, sin duda, una buena novela, pero carece del brío, el riesgo o las intenciones de ser una novela perdurable, por usar un adjetivo querido al léxico del autor. Al poco de haberla leído comienza a desdibujarse, a llenarse de agujeros su recuerdo, a ser poco a poco como la mayoría de las series que nos ofrecen las plataformas, tan entretenidas y disfrutables como intercambiables. No pongo en duda que pueda ser la mejor novela de McEwan desde la publicación de su exitosa Atonement, uno de los contados casos en que la adaptación cinematográfica tuvo un éxito comparable al de la novela, pero eso no habla bien de Lessons, sino que deja en muy mal lugar a las ocho que ha habido en medio (lo he mirado en internet, tampoco hay que excederse), pero carece de la capacidad punzante y el riesgo de aquella. Donde Atonement era un audaz repaso a ciertos procedimientos narrativos y jugaba con los prejuicios del lector (del mismo modo en que, salvando las distancias, lo hacía el Ford Coppola de The Conversation con el expectador), y mientras Amsterdam tenía la capacidad de colocar a los lectores ante un paisaje perturbador y obligaba a reflexionar en torno a las relaciones humanas y la concepción del propio cuerpo, en Lessons no hay innovación, ni riesgos, ni incómodo espejo y ni siquiera un retrato único de un personaje que terminemos por hacer nuestro. Hay una excelente novela, una novela correctísima, una novela que hace justicia a la trayectoria literaria de su autor, y también a la vital, y es ahí, quizás, donde comienza a perder pie. Tampoco hay que sorprenderse demasiado, en la misma novela queda claro que la gran virtud de Alissa, la cruel esposa, como novelista es la capacidad de prescindir de toda sentimentalidad y sentimiento de culpa por sus actos. El novelista McEwan, cuando trabaja con materiales autobiográficos evidentes, aún no lo ha logrado. Es probable que jamás lo logre. Tampoco es que la posteridad de su obra dependa de este libro, seamos sinceros. Tengo la sospecha de que él está perfectamente al tanto de ello. A lo mejor no sucede lo mismo entre los entusiastas reseñistas de nuestro presente, tan acostumbrados a dar coba a prácticamente cualquier cosa. Quizás estas Lecciones estén dirigidas a ellos.

PS: Por favor, amigos editores, cuando la edición del libro original es tan hermosa como lo es en este caso, ¿cuesta mucho respetarla? Una preciosidad de libro. Eso hay que reconocerlo. Un placer el mero hecho de leerlo en esta edición.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es NOLA ( 2021). Además ha publicado la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe, la novela Lima y limón, editada en cuatro países y en digital, y Mezclados y agitados, entre otros.