En Páginas de Espuma decidieron que, pese a no haber obtenido el premio Ribera del Duero, el libro de Mónica Ojeda debía pasar a formar parte de su catálogo y, sin más dilación, justo después de que se pusiera a la venta el ganador, han comenzado a distribuir en librerías la colección que repasa Antonio Báez de modo pormenorizado.

 

El hermoso título de Las voladoras fue uno de los finalistas del premio de cuentos Ribera del Duero, cuyo ganador, La claridad, de Marcelo Luján, ya comentamos desde aquí. Su autora, Mónica Ojeda, es una escritora que ha tenido una notable repercusión en la última literatura en español con sus novelas Nefando y Mandíbula, publicadas por la editorial Candaya, y acaba de sacar también en la misma un volumen de poesía titulado Historia de la leche (agosto, 2020). Estamos por tanto ante una firma que suscita el interés de los lectores y también de los editores, hasta el momento independientes. El libro del que nos ocupamos es una colección de ocho cuentos en poco más de cien páginas, que se etiquetan desde la contraportada como gótico andino. Historias sangrientas, macabras y violentas, que prescinden de los elementos psicológicos o sociológicos de la denuncia y se centran en una atractiva poética del horror como vehículo de la catarsis. Como conjunto, entre los elementos comunes que los atraviesan a todos, quizás echemos en falta un aliento algo más dilatado, menos conciso, con algunas páginas más para que lo atmosférico encontrase el espacio o lugar envolvente que se pretende.

Las voladoras son seres de la mitología ecuatoriana, mujeres de un solo ojo por el que lloran, no de emoción, sino por enfermedad, que podríamos asimilar a las harpías de la tradición clásica, incluso a las sirenas aladas. Son las protagonistas del primer cuento, de poco más de cuatro páginas, que le da título al conjunto. Estos seres, que habitan en la montaña, son contados por una niña atenta a las reacciones que provocan en sus padres, en la madre odio, en el padre atracción (“No entiendo por qué a papá se le tensa el pantalón”)(“La voladora hace que papá se manche los pantalones y que mamá cierre muy fuerte las piernas”), narradora que veremos implicada en el nefando tabú familiar del incesto, que se aborda no de una manera sanitaria, emocional o psicológica, sino mítica.

La sangre es uno de los elementos comunes y atmosféricos del conjunto de los ocho cuentos, el segundo de los cuales se titula “Sangre coagulada”. La narradora vuelve a ser una niña (la mirada fascinada de la infancia siempre presente) enviada por su madre a vivir con la abuela, una vieja bruja dedicada al sacrificio de animales y a prácticas abortistas en medio del páramo, en un ambiente miserable (“También recuerdo que una noche alguien nos dejó un bebé en el establo y los cerdos se lo comieron”), abordado desde la poética del horror, en el que la venganza encuentra un espacio que no halla la justicia. El lector se lleva todas las satisfacciones de la catarsis.

“Cabeza voladora” es uno de los relatos que más nos ha gustado de todo el conjunto por su atmósfera macabra y por su desarrollo narrativo, la historia en tercera persona de un crimen con decapitación (protagonistas de clase media) que nos pone en contacto con la fascinación atávica por las mutilaciones, que es un tema que atraviesa casi todos los textos, y con los mitos folclóricos de los cefalóforos.

El siguiente relato, “Caninos”, es para nosotros el más sobresaliente. Una disección profunda de una familia de clase media con sus traumas y tabúes a través de la historia, en tercera persona, de Papi, Mami, Hija y Ñaña. Alcoholismo, crueldad sadomasoquista, incesto y mutilaciones. Este lo tiene todo.

El relato titulado Slasher (término que designa un subgénero del cine de terror con psicópata asesino y adolescentes víctimas) se centra en la mutilación desde la primera frase: “Bárbara quería cortarle la lengua a su hermana gemela con un estilete”. Violencia, incesto, familia, clase media. Ecos ballardianos: “Si tuviéramos un accidente en la carretera, ¿a qué sonarían nuestros huesos rompiéndose?” Esta historia de unas hermanas gemelas que hacen performances sonoras nos ha resultado quizás algo artificiosa, porque le suma al traumático desajuste familiar la pasión underground por los experimentos  sonoro artísticos y filosóficos de las protagonistas, o lo que es lo mismo lo bizarro y sus alianzas intelectuales.

Nos parece que en “Caninos” todo ese mundo bizarro golpea más directamente y provoca en el lector una fascinación mucho más intensa.

“Soroche” (el malestar en las alturas por la falta de oxígeno) nos ha interesado desde el punto de vista argumental (la fealdad y el deterioro corporal, la difusión de un vídeo íntimo por las redes sociales), pero pensamos que relatado desde las diferentes voces de las protagonistas (Viviana, Karina, Nicole, Ana), un grupo de amigas de clase media alta que emprenden una excursión a la montaña, no termina de cuajar con eficacia, diluido en los diferentes puntos de vista, que nos remiten a las típicas series televisivas de mujeres sofisticadas de los últimos tiempos, aunque no renuncia a los elementos mitológicos andinos tales como la figura del cóndor.

“Terremoto” vuelve al territorio del incesto relacionado con los temblores telúricos del volcán. Un cuento muy breve en tono poético.

En el último relato, “El mundo de arriba y el mundo de abajo” encontramos una versión o variante, no sabemos si intencionada o no, de un parte de la leyenda épica del Poema de Gilgamesh, lo que sería su bajada a los infiernos en busca de la inmortalidad. Desconocemos si hay un correlato en la mitología andina. Por medio de una escritura en piedras, a modo de las tablillas de arcilla sumerias, un chamán andino relata un viaje con el cadáver de su hija para devolverla a la vida en las alturas, sobre la cumbre del volcán. “Sobre su tórax de niña muerta reposé mi cabeza día y noche hasta que oí sus primeros latidos, lejos, como el sonido de un tambor de vientre.”  “Su exterior hiede, pero adentro respira y bombea sangre para que yo duerma tranquilo.” Pero se trata de una empresa imposible: “No eres un chamán, sino un hombre. Y no existen palabras en este mundo con la pasión suficiente para resucitar a un muerto”.

En definitiva, los ocho cuentos recogidos en Las voladoras se adentran en las zonas más oscuras y tenebrosas de la naturaleza humana al modo del antiguo drama y de las viejas mitologías, que podemos resumir en los conceptos de hybris, esa desmesura de los personajes que actúan al margen de las leyes y la moral al uso, y la catarsis que la lectura de esos desmanes provoca en el lector. Y si no vean una de las más sutiles puertas a estos infiernos:

“Borrachos eran mejores padres. Les regalaban cosas. Se gastaban la herencia de los abuelos en juguetes. Las llevaban de viaje en bus y en avión.

A veces la gente no se daba cuenta de que sus padres estaban borrachos cuando estaban borrachos.” (Pág. 49, del cuento Caninos)

 

Fotografia de Sergio Cadierno

Mónica Ojeda (Ecuador, 1988) es autora de las novelas La desfiguración Silva (Premio Alba Narrativa, 2014), Nefando (2016) y Mandíbula (2018), así como de los poemarios El ciclo de las piedras (2015) e Historia de la leche (2020). Sus cuentos han sido recogidos en Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos (2014) y Caninos (2017). Ha sido seleccionada como una de las voces literarias más relevantes de Latinoamérica por el Hay Festival, Bogotá39 2017 y premiada con el Next Generation Prize del Prince Claus Fund 2019 por su trayectoria literaria.

La imagen que ilustra el artículo es de la fotógrafa venezolana Lisbeth Salas.