La soledad, el confinamiento, puede ser un momento para que el mundo se apague, es cierto, sobre todo el exterior, pero puede ser también una excusa perfecta para que ese vacío lo ocupe el mundo interior, las voces que salen de uno, que se apoderan de nuestras ideas, de nuestra escritura, de nuestras vidas. Rocío Wittib le da una vuelta al episodio de la cuarentena,  y, sobre todo, a la escritura de la cuarentena, que ha dado una pléyade de textos tan narcisistas como aburridos. Este escapa a ambos peligros.

I

Llevo setenta días sin trabajar. Sin ninguna obligación más que la de mantenerme con vida. Sin ninguna responsabilidad ajena a mi propia existencia. Sin familia a la que ir a hacerle la compra, acercarle algo o visitar (vivo a más de once mil kilómetros del país donde nací, donde ellos viven).  Sin cuidar de plantas (todavía no tengo ninguna en el piso nuevo), sin alimentar a mascotas (¿y si adopto un gato?), sin compañeros de piso con los que lidiar sobre asuntos de convivencia o hacernos compañía (de momento vivo sola). Llevo viviendo sola todo el confinamiento. Digo sola y no miento, aunque en ocasiones no lo he sentido tan así. Ha habido recuerdos, voces interiores, miradas que desde una fotografía o un cuadro parecían decirme cosas. Incluso he notado espectros, presencias y hasta susurros ajenos. Mi salud mental se ha vuelto frágil, pienso a menudo. Y me entra la risa. Me río sola y al comentarlo con la poca gente que hablo. Un amigo me ha preguntado qué estoy haciendo durante estos días sola. Le he respondido que nada. Que soy una persona poco productiva. Y es cierto. No encuentro demasiada satisfacción en hacer cosas. Supongo que me basta simplemente con estar y contemplar. Cuando escucho que la gente ha sacado provecho de este tiempo libre haciendo cursos, escribiendo, estudiando, currando o pensando proyectos, siento un poco de envidia. Pero luego me recuerdo durmiendo siestas de cuatro horas, mirando tres películas en un solo día o leyendo un libro en el sofá sin ninguna prisa y se me pasa. Tú no necesitas hacer nada, oigo que me dice una de las voces que ha aflorado durante estos días. Y le doy la razón. La productividad es una trampa del sistema, dice otra voz medio anarquista, medio perezosa. Es cierto, digo yo. Me he desdoblado, pienso. Tengo hasta voces que me regañan e insultan. A esas ni caso, me dicen otras dándome ánimos. Ya veis que no estoy tan sola, ni tan mal, al contrario. Pero una voz me dice que tengo que hacer algo. Que me hace falta un poco de rutina, hábito o quehacer diario. Que no puedo seguir pensando en las musarañas. Las musarañas, nótese que es una voz quizás de la generación de mi abuela. Y además un poco sargenta. En fin, me tiene aquí, obligada a hacer algo. Le he dicho que vale, que escribiré un poco cada día. Y aquí estoy, garabateando unas cuantas palabras para que me deje en paz. ¿Esto cada día?, pregunta la voz bartleby. Preferiría no hacerlo, sentencia. Estoy hasta el moño de tus preferencias, le responde la voz nacida hace tres generaciones. Así estamos, así estoy.

 

II

Me siento frente al ordenador con la intención de escribir algo y aparece una mosca. Va de un lado a otro de la habitación. Se pega al cristal de la ventana, se escabulle entre las cortinas, merodea el plato donde han quedado los huesos de las cerezas que acabo de comer. No hace más que distraerme. Y yo me dejo, claro. No tengo nada mejor que hacer. Lo de escribir puede esperar. Mirar una mosca, distraerse y pensar en tonterías, al fin y al cabo, es más sensato que escribirlas. Incluso que escribir a secas. Sin embargo, envidio a todas y todos los que están aprovechando el confinamiento para escribir. Tengo un amigo que ha escrito muchos poemas, incluso ha hecho más de un libro con ellos. Menudo cabrón. Porque serán buenos, no lo dudo. Lo ha dicho su mujer, y de ella me fío más que de mí misma. Nosotras también nos fiamos más de ella, dice el coro de granujas. No me extraña. Pero de los que escriben, los que más me han llamado la atención, son esa minoría que además de escribir un libro en dos meses, lo han publicado. No digas que conoces a uno, susurra la voz de la discreción. Vale, no digo nada. Escribir, corregir, editar, maquetar, imprimir, distribuir y llegar a las librerías, todo en dos meses y en medio de una pandemia. Ole. Qué eficacia. Tú en cambio has tardado un exilio amoroso y una relación truculenta de años para rascarle a la pluma un par de poemitas y publicarlos, lenta más que lenta, me recrimina la voz enemiga del ego. Gracias por recordármelo, respondo. Pero volviendo a estos últimos escritores, porque todos, al menos que yo sepa, son hombres. ¿Eso quiere decir algo? Pues sí, el mismo algo de siempre, responde la voz feminista. Aunque la pregunta que me hago es ¿de esos escritores nos fiamos o no? Ya veis que no sé qué pensar al respecto. Pero estoy acostumbrada. Digo a lo de no saber. Para mí la vida es una gran pregunta. Y qué delicia vivir dudando. Una se ahorra así de andar opinando de todo. Esa otra actividad que se ha practicado mucho durante el confinamiento. Quizás la tercera después de hacer pan y yoga. Sinceramente, yo no tengo ningún interés en la opinología. Aunque me río mucho leyendo y oyendo opiniones. Supongo que es lo bueno que tenemos las personas que vivimos con pocas verdades, que no nos tomamos nada demasiado en serio. Esto mismo que escribo, por ejemplo, un texto nacido de la distracción que me ha provocado una mosca, esto mismo puede que sean la mayoría de las opiniones que leemos o escuchamos a diario. El problema es que los opinólogos, en ocasiones, disfrazan a su mosca de algo más, de otra cosa, porque todos sabemos lo que suelen merodear estos insectos voladores. Y nadie quiere que se lo relacione con ello. En fin, voy a abrir la ventana a ver si se va la mosca y me concentro de una buena vez en escribir.

 

III

Hay algo en contra del no hacer nada, sospecho. Lo escribo por lo bajini para que no me oigan éstas. Parece que estamos condenados a hacer cosas. Como los catalanes. Parece que da miedo no tener algo que hacer. Pero una cosa te digo, ni COVID19, ni gripe, el peor virus de la humanidad es la productividad. Y ahí lo dejo. Que tampoco me voy a poner aquí a proclamar una defensa del ocio, ni mucho menos un alegato contra el capitalismo o el neoliberalismo. Qué pereza. Ya estás queriendo no hacer nada, dice la sargenta. Pues sí, pa qué me voy a engañar. Yo soy bartlebyana y caminanta. Caminar es de las pocas cosas que prefiero hacer a no hacer. Ahora parece que está de moda. Hay quienes dicen que caminar es revolucionario. Cualquier cosa es revolucionaria en tiempos convulsos. Yo llevo años caminando por caminar, por placer, por consuelo y porque sí. Supongo que es un poco hereditario. Al menos creo que lo heredé de tanto escuchar en mi casa decir a mi madre o a mi padre, “me voy a caminar un rato”. Creo que todos los padres deberían decirles esta frase a los hijos, aunque luego vayan al bar de la esquina. Así os aseguráis de dejarles por herencia una buena costumbre. Porque caminar lo es, no tengo dudas. Así que hoy me he levantado a las seis de la mañana y me he ido a caminar mientras mis voces dormían. No me he puesto el despertador, ¿eh?, de eso nada. Me desperté de casualidad y de casualidad no seguí durmiendo. Y como nos dejan salir a hacer deporte entre las seis y las diez de la mañana, aproveché. Caminé poco más de tres horas. Unos once kilómetros entre la ida y la vuelta, aproximadamente. Fui a una balsa que hay por ahí. Era tan temprano que me encontré con un pato en la carretera. Los animales ahora andan por todos lados, a mí eso me divierte mucho. El pato se puso a decir algo apenas verme. Interpreté un buenos días o algo parecido y como no había nadie le respondí. Luego, en el camino, me crucé con algunas personas, no más de diez y todas nos saludamos con la complicidad de los caminantes de caminos. Me fascinó una mujer. No podía dejar de mirarla. Caminaba a un ritmo increíblemente rápido. Con los puños bien cerrados, como haciendo fuerza, y con un andar como enfadado. Me pasó como un torpedo por al lado. Y eso que yo camino bastante rápido. Pasó y la vi alejarse. Detrás suyo iba el que me pareció que era su marido. Él no podía seguirle el ritmo aunque lo intentaba. En cuanto ella se distanciaba un poco, él corría hasta alcanzarla. Así durante no más de un kilómetro. Luego dejó de correr y siguió caminando a su ritmo, quedándose atrás. Ella ni caso. Quizás habían discutido o algo, pensé. Hay muchas parejas en crisis por culpa del confinamiento. De la que te has librado, dicen divertidas mis voces. El caso es que caminé un rato sin quitarle los ojos de encima, como hipnotizada. Mujer veloz, furia del camino, adiós, ha sido inspirador ver tu paso firme esta mañana soleada de mayo, le dijo mi voz poeta mientras se perdía su figura por una curva. Y la voz poeta despertó a las demás voces y todas comenzaron a hacer preguntas. ¿A dónde vamos? ¿Cuánto falta para llegar a donde sea que vayamos? ¿Podemos seguir durmiendo? ¿Qué hacemos a más de un kilómetro de nuestro domicilio? Subí el volumen de la música y no respondí. Cuando entre una canción y otra oí a los pájaros, me quité los cascos. El sonido de la naturaleza nos apaciguó. Al llegar a la balsa alucinaron y dieron gritos de alegría. En verdad era un paisaje imponente. Y en soledad, impresionaba. Así que me detuve un rato a contemplar aquello con tranquilidad. Luego las voces escucharon a los patos que había en la balsa y empezaron a hablarles, de manera que volví a ponerme los cascos con la música a tope y emprendí el camino de vuelta.

 

IV

El otro día me escribió un compañero del curro para decirme que echaba de menos trabajar. Las voces se contuvieron unos segundos y luego estallaron en carcajadas. Cómo se reían las cabronas. La gente echa de menos cosas insólitas e inexplicables, qué le vamos a hacer. Yo no echo de menos nada. Lo siento. Tengo esa capacidad. Y eso que soy muy nostálgica. Algo que puede llegar a ser parecido a echar de menos, pero que es otra cosa. En su novela “Insomnio”, mi querido F.L. Chivite da para mí la mejor definición de nostalgia que conozco. Es apenas una breve pregunta que le hace un personaje a otro. Dice: “La nostalgia, ¿es un dolor?”. Eso es todo. Para mí eso envuelve por completo todo lo que pienso sobre la nostalgia. Por un lado, creo que es una pregunta. Por otro, que es a la vez una pregunta que tiene que ver con el dolor. Y por último, y a su vez también, que es la respuesta a esa pregunta que aún sin ser respondida, sabemos es sí, que la nostalgia es un dolor. ¿Qué otra cosa podría ser? Yo la he practicado bastante durante estos días, aunque sin que me llegue a doler tanto su placentero dolor. He recordado muchas cosas de momentos muy diferentes de mi vida. También he revisado cuadernos, correos, archivos, libros, anotaciones, fotos y otras materialidades del recuerdo, con las que he ido de los veinte a los diez años pasando por los veintidós, los dieciséis y los doce. Digamos que un recorrido aleatorio por mi pasado reciente y lejano, con el que me he recordado un poco quien soy, quien fui y quien ya nunca seré. Y curiosamente di con estas tres condiciones de mi persona en una sola foto. Es una foto de mi familia. Mis padres, mis dos hermanas, mi hermano y yo. Está tomada en diciembre de 1993. Es verano y estamos en un parque de atracciones acuático que nos gustaba mucho. Es una foto familiar como cualquier otra. Solo que mi madre tiene en ella, la edad que tengo yo ahora, treinta y un años. Cada vez que recuerdo este dato, mis voces comienzan con la perorata. Tu madre a tu edad con cuatro hijos y tú ni pareja, dice la casamentera. A ver si espabilas, que se te pasa el arroz, agrega la voz de la generación de mi abuela. ¿Dónde están nuestros hijos?, pregunta desolada y rota mi voz materna. Pues ya no habrá, respondo con cierta tristeza. Y es que yo quería ser madre. Digo quería porque ya no estoy segura de querer. Quería serlo a los veintiuno, a los veintitrés, incluso a los veintisiete. Sí, a los veintisiete fue cuando lo deseé con más intensidad. Cuando amaba a un hombre con locura. Junto a él una noche de otoño dimos nombre al hijo que queríamos tener. Iba a ser Aingeru o Irene. Pero ya no será. Por eso al mirar la foto, veo a la que fui, esa niña de casi cinco años con mirada penetrante; a la que soy en la edad que tenía entonces mi madre; y a la que ya nunca seré, la madre de Aingeru o Irene. Y claro, escribo esto y me doy cuenta de que hay algo que sí echo de menos. Al hijo que nunca tuve. Ya decía antes que echamos de menos cosas insólitas e inexplicables.

 

V

Creo que soy una de las personas que menos videollamadas ha hecho durante estos días. Me alcanzan los dedos de las manos para contarlas. No siento ni vergüenza, ni orgullo al respecto. Solo es un dato del que me he percatado el otro día hablando con una amiga. Me contaba que cada vez que recibía una llamada se asomaba de forma automática a la cámara del móvil y miraba la pantalla esperando a que apareciese la cara de la persona que la llamaba. Se reía porque a veces era una llamada normal y no aparecía nadie. También me contó que unos amigos suyos un día iban corriendo por un parque y se encontraron a un tío tirado en el suelo que decía que le estaba dando un paro cardíaco, y les pidió que por favor llamasen a su mujer por videollamada para despedirse. No le bastaba una llamada normal. Pobre hombre. Es cierto que a falta de contacto, buscamos otras formas de cercanía. Y poder estar cara a cara con quien está al otro lado de una conversación, puede ser una forma. Pero a mí me dan un poco de pereza las videollamadas. ¿Qué no te da pereza a ti?, pregunta una voz. La voy a ignorar. La gente, al parecer, hasta se maquilla y se viste decentemente para videollamarse. Qué fuerza de voluntad, en fin. No dejo de admirar a las personas. Yo un día que había estado en chanclas, quise ponerme unas zapatillas deportivas a las siete de la tarde y una voz empezó a decirme que para qué me quería calzar a esa hora si ni siquiera iba a salir de casa. La verdad es que no sabía por qué me quería poner las zapatillas, pero tampoco por qué no me las podía poner. Fue una de las veces que más temí por mi salud mental. Yo ejercía una voluntad y la vez una voz, que se supone que soy yo misma, me quería imponer otra. Llegué a levantarme la voz y todo, y no digo más porque mis padres se van a preocupar si leen esto. Después de ese día no volví a ponerme zapatillas más que para salir a la calle. Quiero pensar que esto de hablar y de enfrentarse con una misma es algo que le está ocurriendo a más personas que están pasando estos días solas. Aunque tampoco me atrevo a preguntar. Por si las moscas. La ignorancia tiene sus ventajas y yo, nosotras, somos fervientes defensoras de ella.  Ignorar ciertas cosas está bien, me digo a menudo. Es saludable, dice una voz. Es placentero, dice otra. Es necesario, dice una más. En esto estamos de acuerdo, parece. Supongo que es una especie de alianza contra el hartazgo que causan los sabiondos en estos tiempos. Abundan, ¿a que lo has notado? Y hay de muchos tipos. Los que ya sabían que esto iba a ocurrir. Los que saben más sobre el virus que los especialistas. Los que saben cómo hay que actuar frente a esta situación insólita. Los que saben que el COVID19 se creó en los laboratorios. Los que saben que sería mejor que saliéramos todos a la calle para inmunizarnos. Los que saben que lo estamos haciendo todo mal. Y hay más, dan mucha risa y un poco de pereza. ¿Nosotras qué sabemos?, les pregunto a mis voces. Que esto es muy chungo, dice la preocupada. Que no está tan mal estar confinado, dice la conformista. Que estamos cumpliendo y siendo muy obedientes, dice la cívica. Que solo porque nos conviene, le responde otra. Que no hay que acostumbrarse mucho a esto, dice la que piensa en el después. Que te calles y me dejes disfrutar, le responde la defensora del aquí y ahora. Que en verdad no sabemos nada, proclama la socrática. Que es hora tomarse una cerveza, dice la ociosa. Y todas le damos la razón a esta última. Salud.

 

VI

Ayer entré al baño y me encontré una lagartija. Me quedé paralizada. Las voces gritaban, pedían auxilio, corrían de un lado a otro de mi garganta o de mi cabeza (no sé muy bien dónde viven). Preferiría no verlo, decía la bartleby. Todo un escándalo dentro y yo de piedra por fuera. Miraba al bichito sin saber qué hacer. Temía moverme y que se moviese y perderla de vista y no saber cómo encontrarla luego. Pensé en llamar a algún vecino pero me dio un poco de vergüenza y además no conozco a ninguno porque soy nueva en el edificio. Entonces, parada como estaba, hice un vídeo y lo envié al grupo de whatsapp de mi familia pidiendo consejos, indicaciones, técnicas de captura, apoyo psicológico y cualquier otra cosa que me fuese de ayuda para enfrentar la situación. Mientras esperaba una respuesta, la lagartija imitaba mi quietud y yo la suya y las voces a su vez, la de ambas. Estuve ahí de pie hasta que mi hermana pequeña envió primero un audio riéndose de mí y luego un vídeo en el que hacía de cuenta que un trozo de pan era el bicho y le ponía un vaso encima y luego un papel debajo y así ejecutaba la captura. Para ella, y tal vez para el resto de mi familia, aquel vídeo de mi hermana era una parodia, pero yo me lo tomé muy en serio. De manera que fui hasta la cocina a buscar los sendos elementos o algunos similares para llevar a cabo la maniobra. Las voces me apuraban pensando que el audaz bicho iba a escaparse y entonces ya no podríamos vivir tranquilas porque en algún lugar de la casa estaría la lagartija escondida dispuesta a esperar a que durmieramos para adentrarse por nuestro oído. Y es que tal vez no habéis leído Obabakoak de Bernardo Atxaga, pero yo sí, y mis voces no dejaban de pensar en ese cuento en el que las lagartijas se meten por los oídos de los niños y les comen el cerebro. Sí, la literatura también causa traumas en los lectores, se habla poco de esto. Cuando volví al baño, la pobre lagartija seguía ahí. Una vez frente al bichito con los elementos en mi poder, me propuse deshacerme del asunto cuanto antes y mear, que para eso había ido yo al baño. Después de un rato de observar y acercarme sigilosamente al pequeño ser, conseguí retenerlo entre una jarra de plástico y la pared. El siguiente paso era poner una revista entre la pared y la jarra a modo de tapa. Pero la lagartija no dejaba de saltar dentro de la jarra y temí no ser lo suficientemente rápida para colocar la revista sin que se escapara. A todo esto, sonaban los mensajes en el móvil y las voces, tan sabias ellas desde mi interior, daban todo tipo de indicaciones y comentaban la situación. No pienses, hazlo de una vez, decía una. Es solo una lagartija, parecía indignarse otra. Esto te pasa por no tener pareja, me reprochaba la que todo lo quiere solucionar poniendo un tío en mi vida. Llama a los bomberos, se desesperaba una. Preferiría no ser ese pobre bicho, se lamentaba bartleby. Así que cogí aire, me acerqué a la ventana arrastrando la jarra contra la pared, abrí la ventana y me senté en el váter a hacer un tiempo técnico. Sentí el pipí pero lo contuve porque no podía bajarme los pantalones. Mentalicé el movimiento que debía hacer para colocar la revista lo más rápido posible, contamos todas hasta tres y conseguí tapar la jarra. Cuando ya lo tenía todo controlado, miré hacia el interior y pude ver a través de la transparencia del recipiente cuan bonita era. Las voces suspiraron de ternura y me miraron como a una bestia asquerosa. Os podéis ir con ella, les dije y liberé a la lagartija por la ventana.

 

Rocío Wittib (Buenos Aires,1989). Ha publicado poemas en varias revistas virtuales y en papel, como Círculo de Poesía (México) y Cuadernos Hispanoamericanos (España). Publicó el libro Poemas para perseguir sin prisa el silencio (2016), en la editorial portuguesa Temas Originais. Sus poemas han sido traducidos al italiano, rumano y portugués. También es aficionada a la fotografía, publica sus trabajos en redes sociales y en captura.org. Actualmente vive en Pamplona y trabaja en su nuevo poemario, del que formaran parte estos poemas.