Decir que Onetti es uno de los grandes escritores del siglo XX dejó hace tiempo de ser aventurado. Lo que sucede es que el “mito Onetti” lo hace, si cabe, más incómodo como autor, con su construcción de un personaje ajeno a las exigencias del mundo literario, de su retórica o, incluso, porque Onetti fue, en todos los sentidos especial, es incómodo hasta cuando parece darle importancia a cosas que pensamos que ya no deberían ser tan importantes. Ramón Chao, con la excusa de hacer un documental sobre para RFI fue a conocerlo a su casa de la Avenida de América en Madrid. De aquellos encuentros surgió una amistad extraña, como de relato onettiano, y un hermosísimo libro.

 

Para mí escribir es un acto de amor, y sin eufemismos. Hay tres cosas que me han sucedido, me suceden, que tienen similitud: una dulce borrachera bien graduada, hacer el amor, ponerme a escribir. Si escribir significara para mí un trabajo: ninguna línea, ningún día.

 

Los que tenemos la suerte (o la desgracia, quién sabe) de vivir en Madrid (o al menos de habernos criado allí y sentir la ciudad como propia) tenemos la costumbre de, cada vez que pasamos por la Avenida de América, casi esquina con la calle Cartagena, en el número 31, detenernos y leer, siempre, casi con un fervor extraño e incomprensible, la placa que recuerda que fue en un ático de esa casa donde Juan Carlos Onetti dejó transcurrir los últimos dieciocho años de su vida. Allí fue, precisamente, donde recibió a Ramón Chao, periodista gallego que hizo casi toda su carrera profesional en Francia y que ha fallecido en mayo de este año. Ramón Chao, por esos caprichos del destino, ha terminado siendo casi más famoso por ser el padre de sus hijos Manu y Antione, que alcanzaron la fama con su banda Mano Negra, primero, y ya por separado, sobre todo Manu, más tarde, su padre escribió un libro sobre ellos y una gira que los llevó a Colombia durante todo un año. Ramón Chao, a principios de los años 90, se puso en contacto con Onetti porque quería hacer una documental para la televisión francesa.

–¿Van a subtitular todo lo que diga?
–Todo; tres, cinco, las horas que dure, con subtítulos.
–Entonces, ¿por qué no lo hacen sólo con subtítulos? Tranquilos, allá, en el estudio… Yo no sirvo, y ustedes no se dan cuenta. No sé hablar y no puedo comportarme en las entrevistas como mis amigos. Cortázar era capaz, García Márquez es capaz de dictar una conferencia para responder en cada momento. Los envidio, pues me gustaría hacer como ellos. Nunca pude, es un arte que desconozco. Por eso me siento tan cercano a mi amigo Juan Rulfo, que, por no hablar, ni siquiera contestaba las cartas que recibía.

No sólo grabaron todas esas horas, algún vídeo se puede encontrar en la web aunque no la película completa, una desgracia, sino que, además, fruto de esos encuentros, se inició una complicidad especial entre Onetti y Chao, fruto de la cual surgió un libro, casi inhallable, que acaso esté entre lo mejor del género de los libros de entrevistas: Un posible Onetti.

Allí, con Dolly como un espectro constante, cuya voz apenas comparece pero que tiene una presencia evidente en el texto, van desfilando también algunos de los técnicos del rodaje y, sobre todo, descubrimos la seductora personalidad de Onetti. Alguien capaz de recibir tumbado, sin haberse dado una ducha, despeinado, fumando cigarro tras cigarro y bebiendo un whisky tras otro, a un periodista que jornada a jornada va reuniendo material para las trescientas páginas del libro. Hay un momento en que el escritor sospecha que el periodista lo quiero solo por ese proyecto, que él le ha abierto las puertas de su casa y se ha encariñado con él para que en cambio el periodista apenas haga su trabajo. Pero no por eso escatima en opiniones, en anécdotas. Tan sólo parece molestarle hablar de sus libros, tener que enfrentarse a la incómoda costumbre de Chao de leerle fragmentos sin avisarle a qué título corresponden, pensando que él va a recordar todo lo que ha escrito pese a que confiesa no releerse nunca. No le apetece casi ni hablar de sí mismo.

Son cosas de la edad. Es probable que entre los veinte y veinticinco años me haya importado mucho que me leyeran. Hoy no me importa nada que se publique o no se publique lo que escribo.

Pero sí le importa la literatura, es de las pocas cosas que siguen mereciendo su atención. Aunque no sea la propia. Por ejemplo, su biblioteca. Hay una anécdota relacionada con ella que es, desde luego, impagable.

Es cierto, libros dedicados por amigos y desconocidos. De ellos me pregunto a veces, nerudianamente: «¿Dónde estarán/ mostrando qué palabras?». Pero me llegan siempre otros y sus autores se van convirtiendo, poco a poco, página a página, en nuevos amigos. Lo peor es reorganizar una biblioteca. No hay que dejar que se amontonen los libros. Tuve una experiencia inmortal. Una chica de trece o catorce años se me ofreció para disponer alfabéticamente, por autores, los libros que yo tenía en pilas. Ella sabía leer y escribir, recitaba de memoria el alfabeto. ¿Para qué más? Le di las gracias y le dije que se pusiera al trabajo. Unos días después me anunció que la biblioteca ya estaba ordenada. Para darle gusto fui a pasar revista; y me encontré con que la letra J reunía amorosamente, tal como estarán algunos en el Olimpo, a Joyce, Rulfo, Cocteau, Jiménez, Le Carré, Swift, Cortázar, Borges, etcétera.

A ver quién tendría el coraje de explicarle al pobre Onetti, que murió en 1994, cuando Google ni siquiera existía, que la red está llena de índices de ese tipo e incluso muchas editoriales tienen el desparpajo de ordenar su catálogo siguiendo el nombre de pila y no el apellido de los autores.

Aunque, como es lógico, lo que buscan casi todos los lectores son, o bien los chismes propios del mundo de la literatura, esa calderilla que poco o nada tiene que ver con la literatura en sí, pero que ha convertido a libros como el Borges de Bioy en textos míticos, gracias a la fea costumbre de los herederos de Borges de no ser demasiado respetuosos con la memoria del finado (por ejemplo, editando libros que él se negó a reeditar jamás como sus tres primeros libros de ensayos, o parcelando por géneros su obra con unos Cuentos completos que él siempre se negó a publicar de ese modo). Uno, cuando lee las conversaciones entre esos dos amigos que escribían cuentos policiales a cuatro manos, tiene, sí, la sensación de estar contemplando una intimidad más dada a la sátira y a la murmuración que a la literatura en sí. Pero también viene bien recordar cómo son los escritores en la intimidad. Onetti tiene, también, una idea clara sobre Borges, al que admira sin trabas, pero no por ello a ciegas.

–Borges me comentó en una entrevista que, allá en la Pampa, los gauchos dicen que el hombre que se enamora es un «manflower», un marica. Es el tema de su cuento La intrusa. ¿Usted oyó decir eso a los gauchos?
–Yo creo que Borges no estuvo nunca en la Pampa.
–¿Cree que estuvo enamorado alguna vez?
–Sí; locamente, de la literatura. Pero de ninguna mujer. Tal vez de su madre.

No entiende Onetti que Borges pudiera continuar su labor literaria dictando. Porque Onetti dibujaba la página. La veía casi como un lienzo, y no tanto como algo relacionado con la escritura.

Para mí escribir es ver el bolígrafo, o esta pluma estilográfica que me regaló un periodista de la televisión francesa, dibujando, ver cómo pongo la barra a la efe. Para mí es un placer sensual ver cómo he dibujado la página. Es como si yo tuviese un sentido nunca manifestado de dibujante, mi revancha de no haber podido pasar secundaria porque no sabía dibujar.

Tan atento estaba al dibujo que dice no interesarle las palabras, y es en realidad Dolly, el fiel perro de la desdicha, quien le da lustre a esas páginas que tanta adoración han despertado en lectores y autores a los que influyó.

¡Dolly! Confírmale a este caballero cómo trabajo. Escribo a mano, ella se encarga de marcarme las palabras repetidas y de que no queden consonancias, los ente con ente… etcétera, de modo que si a alguien hay que felicitar por la maravillosa perfección de mi escritura es a ella; después lo pasa a máquina y se lo manda a Carmen Balcells. Y, al fin, a esperar el cheque.

Así que, pese a lo que puedan decir, no es Onetti quien escribe tan bien, sino su esposa Dolly, que es quien edita lo escrito. Y, sin embargo, en la misma conversación, unos minutos más tarde, no tiene problema en decir lo siguiente.

Al principio yo releía a veces que lo que acababa de escribir, pero sin prestar mucha atención, porque tenía miedo a romperlo todo. Después aprendí: lo dejo como queda y jamás releo lo que he publicado, para mí se murió, se acabó. Porque a veces, si por casualidad agarro un libro cualquier de Onetti y leo al albur, me pueden ocurrir dos tipos de desgracias. Decirme a mí mismo: «Pero qué animal, Onetti; qué lástima, si lo hubiese trabajado mejor, con más paciencia; aquí hay tanta cosa que mejorar o para embellecer». Otras veces lo abro igualmente y me digo: «Pero qué bien escribió esto Onetti; nunca más va a poder escribir así». Y lo tiro, derrotado por la propia obra.

Trescientas páginas así, desdiciéndose, afirmándose, contando algo que luego desmentirá, apreciándose, despreciándose, bromeando con el periodista y sus intenciones, bebiendo, fumando, ironizando sobre su propia obra, sobre la literatura, mostrando el rostro de un hombre triste y solitario que, como muy pocos, supo trasladar a una página esa sensación de tristeza infinita en la que subyace la esperanza que nos sobrecoge una tarde de invierno, cuando anochece, en las calles de Montevideo o de cualquiera de los balnearios uruguayos que tenía en su mente cuando fue construyendo, a mano, caligráficamente, la Santa María de Larsen.

Se dice que hay muchas maneras de mentir; pero la más repugnante es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor y crítico. Su libro más reciente es la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe (Festina, Ciudad de México, 2016). Además ha publicado, entre otros títulos,  la novela Lima y limón, que cuenta con ediciones en cuatro países y una digital de alcance global. Otros de sus libros son Mezclados y agitados o El sabor de la manzana. Entre otras cosas es el director de penúltiMa.

Perengano: todavía menos que fulano, mengano o zutano.